“Cuentan las leyendas que hubo épocas anteriores a las registradas en la historia, donde civilizaciones nacían y caían, bajo los pies de hombres bárbaros y salvajes, que sólo hablaban con el acero que sus fuertes brazos sujetaban para abatir a sus innumerables enemigos. Eran épocas incivilizadas donde dominaba la ley del más fuerte.”
Action Tales presenta Relatos Salvajes:
LA CANCIÓN DE LAS ESPADAS
Cosas malas saben los sabios
que están escritas en el cielo,
reparan lámparas tristes, tañen melancólicas cuerdas,
y escuchan pesadas alas púrpuras
donde los seráficos reyes olvidados
aún planean la muerte de Dios…
Chesterton
I
LA DIABLESA PELIRROJA
La batalla había terminado. Los cadáveres cubrían la llanura, como una alfombra carmesí, hasta donde la vista podía alcanzar. En el cielo oscuro, cubierto por pesadas nubes, los buitres trazaban círculos en el aire, esperando el instante oportuno para descender a tierra y tomar su botín. El orgulloso ejército de Solimán el Magnífico había sido rechazado por enésima vez. En los muros, entre las troneras astilladas por los cañonazos y los parapetos manchados de sangre, los defensores de la ciudad lanzaron gritos de victoria ante la retirada de los turcos. Una figura exótica, ataviada con botas de cordobán hasta las rodillas, pantalones bombachos, cota de malla y capa escarlata, levantó su sable, lanzando una risotada mordaz.
— ¡Volved valientes! —gritó la joven—. ¡Aún me quedan un par de sorpresas en la manga para vosotros!
Los hombres que la rodeaban, una mezcolanza de austriacos, españoles, serbios, griegos, alemanes y húngaros, feroces y manchados de pólvora, corearon sus carcajadas.
— ¿Dónde están? —bromeó un lansquenete— ¡Queremos verlas, Sonia la Roja!
Los ojos de la mujer chispearon con diversión.
— ¡Tendrás que esperar tu turno, compadre!
Un corro de risas respondió a la réplica de la pelirroja. Ésta se quitó el casco y se pasó la mano por el rostro pálido, de labios carnosos y diminutas pecas, frotándose la mugre y el sudor del combate. Acto seguido, limpió el acero en la túnica de uno de los ankinji que habían logrado llegar hasta el muro, y esbozó una sonrisa burlona mientras envainaba el arma.
Sonia ignoró las miradas de deseo y los chistes obscenos que le dedicaban sus camaradas, descendió por una escalera de piedra con pasos firmes, y se dirigió a la taberna más cercana. Necesitaba ahogar su sed en una buena jarra de cerveza.
II
GOTTFRIED VON KALMBACH
Horas más tarde, cuando el sol se ocultó en el horizonte, la mujer había bebido lo suficiente para tumbar a cualquier hombre. La luz de las linternas creaba sombras parpadeantes sobre las paredes desconchadas y cubiertas de humedad. En rededor, los soldados bulliciosos trasegaban grandes odres de vino, riendo y cantado canciones groseras, ajenos a lo que les depararía el futuro. Aquella horda de individuos desesperados, formada en su mayor parte por mercenarios, fugitivos y ladrones, habían logrado lo que tantos daban por imposible: detener el avance del Gran Turco hacia Europa.
Debido a la borrachera, Sonia experimentó una sensación de camaradería hacia sus compañeros; deseaba abrazarlos con todas sus fuerzas. El alcohol indiscriminado convertía a los mejores guerreros en pálidas sombras de sí mismos.
La necesidad había convertido a los allí presentes en hermanos de armas, ninguno combatía por conseguir oro, plata o piedras preciosas, sino para conservar sus vidas. Si los ejércitos invasores conseguían entrar en Viena, acabarían con todos y cada uno de ellos, de la forma más cruel y sanguinaria posible.
La joven apuró su enésima jarra de cerveza de un trago y se pasó el dorso de la mano por los labios. Tambaleándose, se volvió en dirección al posadero —un austriaco gordo y fofo de mirada asustada— y exclamó con voz ronca:
— ¡Sírveme otra, compadre!
El dueño del local sonrió mientras colocaba una espumosa copa de latón delante de la pelirroja.
—He oído que luchaste como una diablesa esta tarde —comentó.
Sonia le devolvió el gesto.
—Esos perros nunca podrán con nosotros —dijo con desprecio—. Solimán no sabe dónde se ha metido.
Los soldados apoyados en la barra asintieron con grandes voces y brindaron a la salud de la mujer.
— ¿Crees que tenemos alguna posibilidad de vencer? —inquirió el tabernero con cierto nerviosismo—. ¡Esos diablos de nariz ganchuda cada día son más fuertes!
Sonia fue arrogante:
— ¡Deja de hacer preguntas estúpidas! —gruñó—. Si tienes tanta curiosidad puedes salir afuera y luchar contra los turcos.
El dueño de la posada reculó, espantado ante la idea, santiguándose con grandes aspavimientos.
— ¡Dios me libre de tener que hacerlo!
La joven rió con sorna:
— ¡Hombres! —masculló—. ¡A la hora de la verdad vuelven a las faldas de sus madres como ratas!
El posadero enrojeció y estuvo tentado en mandar al Infierno a la pelirroja, pero se mordió la lengua y ahogó sus imprecaciones; sabía que Sonia de Rogantino no dudaría en separarle la cabeza de los hombros.
La mujer zumbó con sorna:
—Te has quedado sin habla, ¿eh?
El dueño del local vio las puertas del cielo abiertas: un parroquiano demandaba sus servicios.
—Tengo mucho trabajo, muchacha —se disculpó hipócritamente—. Luego continuaremos hablando.
Sonia soltó otra carcajada.
—Te tomo la palabra, cobardón.
Provocativa, la joven se volvió y analizó su entorno con una mirada traviesa; disfrutaba poniendo en su sitio a los individuos de la ralea del posadero. Su visión errática recorrió la chimenea que ardía en el fondo de la estancia, las mesas y taburetes de madera, los cuerpos nervudos y cubiertos de cicatrices, las ventanas destrozadas por las explosiones, y los suelos manchados de vino. En aquel momento, una figura cubierta por una armadura herrumbrosa se detuvo delante de su persona. Al levantar la vista, reconoció al franco al que había salvado el pellejo en las murallas unos días atrás. Achispado, Gottfried von Kalmbach se atusó los largos bigotes rubios en un remedo de seducción, mientras la devoraba con los ojos.
— ¿Qué tal estás, chica? —dijo—. Menudo día de perros hemos tenido... ¡Pensaba que no íbamos a contarlo!
Sonia lo estudió de la cabeza a los pies: cabellos rapados al cero, rostro enrojecido por la bebida, hombros anchos y fornidos, y mandoble de doble puño en su costado.
Un bufido escapó de sus labios.
—Déjame en paz, gordinflón —rezongó—. ¿Por qué no vas a buscar compañía en otra parte?
Von Kalmbach estaba demasiado ebrio para ofenderse por las palabras de la pelirroja.
—No seas desagradable, Sonia —dijo—. Una moza joven y hermosa como tú debería tener mejores modales.
La mujer estalló en risotadas al escuchar su comentario.
—Y supongo que querrás enseñarme las lecciones de cortesía pertinentes en posición horizontal, ¿verdad?
La expresión del germano se encendió de placer: no había captado la ironía de Sonia.
— ¡Por supuesto! —exclamó jubiloso—. ¡Estaría encantado de hacerlo!
La joven enarcó las cejas socarronamente. No podía creer que aquél estúpido borracho hubiera sido un Caballero de San Juan y cabalgado a la derecha Marczali; las historias que corrían por la ciudad debían de ser una patraña. ¡Si ni siquiera podía tenerse en pie!
Sonia fue burlona:
—¿Por qué tendría que reparar en ti, con ese arnés hecho jirones y la bolsa vacía, cuando Paul Bakics está loco por mí? ¡Lárgate, borrachín, tonel de cerveza!
Gottfried reculó hacia atrás, herido en lo más hondo, soltando espumarajos de rabia por la boca.
—Maldita seas —bramó—. No te muestres tan altanera, sólo porque tu hermana sea la amante del sultán.
Con una blasfemia, la mujer desenvainó el sable húngaro, lista para esparcir las entrañas del franco por los suelos.
— ¡Cerdo asqueroso! —barbotó—. ¡Atrévete a repetir lo que has dicho!
Von Kalmbach imitó a la pelirroja: el peso del espadón casi lo arrojó de bruces hacia delante.
— ¡Guarra! —chilló—. ¡Te voy a abrir en canal!
Un tumulto estalló en la posada. Los parroquianos se interpusieron entre ambos, agarrándolos, impidiendo que cometieran una locura. Dos austriacos y un español arrastraron al encolerizado germano hacia la puerta. Éste intentó ofrecer resistencia, pero los brazos que los sostenían fueron inexorables; llevaba excesivas copas en el cuerpo para zafarse de los dedos de hierro que lo arrojaron al exterior.
—Vigila tu espalda, viejo —amenazó ella—. ¡Cuando menos lo esperes tendrás un cuchillo clavado entre los omóplatos!
Gottfried profirió un juramento enloquecido antes de que le cerraran la puerta en las narices:
— ¡Que el Señor maldiga a todas las zorras rusas!
III
EL PROTECTOR DE LOS CREYENTES
Solimán el Magnífico, hijo de Selim I Yavuz, sultán de Turquía, monarca del Imperio Otomano que se extendía por Europa Oriental y parte del Mar Mediterráneo, ardía de rabia en su suntuoso pabellón. A cajas destempladas, despidió a sus generales, maldiciéndolos como un condenado.
— ¡Largaros verracos, perros sarnosos, hijos de un chacal castrado! —bramó—. ¡Van a rodar cabezas por vuestra incompetencia! ¡Juro por las barbas del Profeta que el verdugo gastará su hacha de tanto afilarla!
Los individuos aterrados, vestidos con livianas túnicas y petos centelleantes, inclinaron los yelmos emplumados y pusieron pies en polvorosa. ¡Preferían la cólera de Alá antes que la de la Presencia!
Con los ojos extraviados, Solimán el Magnífico, el Azote de Rodas, apretó los puños hasta que los nudillos se le tornaron blancos; pensaba tomar la ciudad aunque tuviera que sacrificar hasta el último de sus hombres. Furioso, se dirigió a la entrada de la tienda y estudió los muros de Viena iluminados a contraluz por los fuegos del campamento. ¿Cómo diablos, en nombre de Azarael, aquellos blandos occidentales, podían ofrecer tanta resistencia? Las expresiones de sus huestes, ojerosas y derrotadas, demostraban el precio que habían tenido que pagar aquella misma tarde. El Gran Turco sintió como se le inflamaba la sangre en las venas.
—Ve a buscar al Visir Ibrahim —gruñó a uno de sus criados—. Quiero verlo inmediatamente.
El eunuco salió disparado del pabellón como si el mismísimo Shaitán estuviera flagelándole el trasero. Acto seguido, cuando el hombre desapareció en las tinieblas de la madrugada, Solimán traspasó el pabellón y tomó asiento en la réplica de oro del trono de palacio que había traído para atender a sus aduladores durante el asedio. Melancólico, su mirada vagó sobre los cojines mullidos, los tapices, sedas y pieles de armiño que cubrían el pabellón; extrañaba a la pelirroja Hürrem, la mejor de todas sus concubinas, por la que hubiera renunciado a su reino de ser necesario.
La entrada de Ibrahim Pasha, su amigo de la infancia, lo obligó a olvidar a la ardiente rusa. El Gran Visir se aproximó con un revuelo de aterciopelados ropajes y se arrodilló servilmente ante los pies de su amo.
— ¿Qué deseas, Protector de los Creyentes?
El Gran Turco no estaba de humor para tonterías.
— ¡Levántate, idiota! —chirrió—. ¡Estamos en tierras infieles, no en la corte!
Ibrahim obedeció a superior y se puso en pie de un salto.
—Quiero saber porqué las murallas no han caído —repuso Solimán—. ¡Me cuesta creer que esos perros hayan logrado resistir nuestras fuerzas!
—Luchan como demonios —explicó el Visir con aire consternado—. Nuestro ejército rompe contra sus defensas día a día sin lograr penetrar los muros, Defensor de la Fe.
La Presencia restalló como un látigo.
— ¿Y qué piensas hacer? —inquirió venenosamente—. ¿Acaso vas a esperar a que caiga el invierno sobre nosotros? ¡No estamos preparados para afrontar las nieves gélidas del norte!
—No, Protector de los Creyentes —dijo—. He elaborado un plan que nos permitirá acceder al interior de Viena.
Solimán enarcó las erizadas cejas con interés.
—Cuéntamelo todo.
Ibrahim tomó una bocanada de aire.
—He sobornado a un armenio para que vuele las murallas. Conoce la zona y está dispuesto a auxiliarnos por su peso en oro. Os aseguro que esta vez no podremos fallar.
— ¿Podemos confiar en él? —preguntó Su Presencia—. No quiero arriesgarme a perder más hombres por la palabra de un traidor.
—No te preocupes por ello, Protector de los Creyentes —afirmó el Gran Visir—. Ha demostrado ser fiel a nuestra causa y sus mensajes nos han sido muy útiles para sembrar el caos y el terror entre nuestros adversarios.
Solimán se mesó la barba en punta.
—Espero que tengas razón —dijo un poco más animado—. ¡Cuando conquistemos Viena el resto de Europa será nuestra!
Ibrahim sonrió, complacido por la astucia de su plan; ignoraba que, dentro de pocos años, la Presencia ordenaría asesinarlo por alta traición en sus propios aposentos.
IV
LA CANCIÓN DE LAS ESPADAS
Al amanecer, cuando los primeros haces perezosos de sol despuntaban por el horizonte, Sonia la Roja, de Rogantino, abandonó la taberna. Ésta gruñó al sentir la caricia sobre sus ojos enrojecidos y echó a caminar por una calle mal asfaltada. Con movimientos zigzagueantes, recorrió la avenida desierta, circundada por edificios despedazados por las descargas de artillería, mientras apuraba su última jarra de cerveza. Dificultosamente, la joven ascendió a la parte alta de la ciudad, cantando una canción obscena propia de sus antepasados, con la intención de buscar un sitio donde dormir la mona. Una hilera de soldados medio dormidos, capitaneados por Palgrave Philip, pasó a su derecha, haciendo entrechocar las espadas contra las armaduras abolladas por infinitas escaramuzas.
— ¡Ven con nosotros, Sonia! —la animó Palgrave—. Encontraremos trabajo para ti.
La pelirroja levantó la copa vacía con un mohín encantador.
—Quizá después, compadre —rió—. ¡Aún me quedan unos cuantos tragos!
Los hombres endurecidos por mil batallas sonrieron con admiración: las hazañas de la rusa eran la comidilla de toda la ciudad.
—Disfrútalos a nuestra salud —bromeó Philip—. Te estaremos esperando, muchacha.
Sonia soltó una carcajada y siguió adelante: comenzaba a experimentar las primeras punzadas de la resaca. Minutos más tarde, al llegar al mercado Am-Hof, el estruendo de los cañonazos le arrancó un respingo. Dando tumbos, encontró refugio debajo de un portal. Un pedazo de tejado cayó en el lugar donde había estado unos segundos antes, levantando una tormenta de polvo. Furiosa, la joven agarró una pistola y desenfundó el acero; los turcos iban a lamentar su ataque. Rostros desfigurados por el pánico llenaron su entorno, lanzando exclamaciones y blasfemias, formando un pandemónium indescriptible. Un grito inhumano irrumpió entre las sombrías torres y chapiteles que se bamboleaban ante su mirada.
— ¡Estamos perdidos! ¡Los jenízaros están en las puertas! ¡Sálvese quién pueda!
Sonia dejó atrás su precario refugio y apartó a empujones a los individuos que entorpecían sus pasos, dirigiéndose hacia la puerta de Saltz. El estampido de los cañonazos y los gritos de los moribundos estremecieron la ciudad. Una marea metálica armada hasta los dientes rompió las defensas de los suburbios. Los arcabuces, culebrinas y falcones tronaron a mansalva, elevando aullidos de agonía y espirales de pólvora; el Turco Invasor había conseguido traspasar el foso. Un cañón tronó desde el exterior y disparó una bala de gran tamaño por encima de los muros. La mujer reaccionó a tiempo y se inclinó detrás de un parapeto: adoquines, pedazos de esquirla y restos humanos salpicaron las calles ennegrecidas. Acto seguido, con un rugido de guerra, saltó el pozo fuliginoso que había abierto el proyectil y embistió a sus adversarios. El sable destelló como una llama azulada, hendiendo cráneos y extirpando miembros. Sonia esquivó las cimitarras cortantes que buscaban su cuerpo, soltó un juramento volcánico, y trazó un sendero de cadáveres entre las hordas jenízaras. Enervados por la fiereza que emanaba de la mujer, sus compañeros la secundaron, auxiliándola con espadas y mosquetes. Aterrados, los hombres de Solimán el Magnífico retrocedieron, vencidos por el empuje indómito de los defensores. Los soldados vitorearon a la pelirroja y arrojaron sus cascos al aire. Entre risas, a la cabeza de un grupo de aguerridos piqueros españoles, la joven asaltó las líneas desperdigadas. De un balazo, reventó la cabeza de un delis y lo arrojó de su montura, convertido en un guiñapo sanguinolento. Un centenar de arqueros alemanes tomaron posiciones a su siniestra; la lluvia de flechas negras masacró a los pocos que no habían caído. Sonia seguía riendo.
— ¡Volved, hienas del desierto! —desafió a los turcos—. ¡Mi espada reclama carne fresca!
Maldiciendo, el ejército invasor se retiró en alas de la victoria, aullando como lobos enloquecidos. El ataque le había costado al Gran Turco un millar de sus mejores hombres. La mujer sorteó los cuerpos inertes desparramados delante de sus pies y propinó una patada a un yelmo. Sus ojos resplandecían con una ironía maliciosa y exaltada; había nacido para combatir y todos lo sabían. Palgrave Philip cruzó la plaza y le estrechó la mano: una fea herida recorría su mandíbula.
—Gracias, Sonia —la felicitó efusivamente—. De no haber sido por ti, mis hombres hubieran huido en desbandada.
La pelirroja agitó su flameante cabellera.
—Déjate de tonterías, Philip, e invítame a una copa —replicó con descaro—. ¡Matar a esos hijos de mala madre me ha dado una sed de mil demonios!
FIN
Alexis Brito Delgado
El encuentro con Thurgan Thul
Escrito por Oscar Camarero
Pictos. Su solo nombre hace venir a Conan sentimientos de odio y rencor. Su pueblo natal, Cimmeria, ha estado siempre en lucha con ellos y su nombre le inspira mayor aversión que el de Hiperbórea. Son enemigos naturales y los motivos de este enfrentamiento es posible que sólo se hallen en el hambre y en la proximidad fronteriza. Pero ahora Conan no está en Cimmeria, sino en un avanzado puesto fronterizo en la zona más al oeste de Aquilonia. Su trabajo, actuar como explorador para el ejército, y más en concreto localizar plazas pictas para poder destruirlas. Aquilonia ha intentado desde hace décadas poblar las zonas cercanas a la frontera con Pictland para asegurar su frontera oeste, pero los pictos han exterminado sistemáticamente a los colonos que se han ido estableciendo en sus tierras.
Aunque Aquilonia no se ha dormido. Ha construido fuertes de madera para hacer de refugio a los colonos e intimidar a los pictos. Pero los pictos no son seres civilizados, tienen la inteligencia de los simios y la fiereza del oso y el único rasgo humano que poseen es el de la crueldad. Quizás por eso todos los pueblos que limitan con ellos fronterizamente los odian a muerte.
Hace un día, el grupo que guiaba Conan fue asaltado por un numeroso grupo de salvajes, y solo él pudo escapar con vida. Ahora, ve como las fogatas iluminan la noche en el campamento picto. Conan puede contar hasta tres fuegos distribuidos por todo el poblado, cuya función es la de ahuyentar a las fieras y servir de puesto para el retén de la guardia.
Los ocho centinelas situados en los alrededores del campamento apenas no se mueven para no delatar su posición, ya que el color oscuro de su piel les camufla con las sombras del bosque que les abraza. Así, inmóviles, sólo las fieras pueden localizarles por el olfato o la vista y nunca un civilizado aquilonio. Pero Conan no es aquilonio ni civilizado. Su sombría tierra, Cimmeria, le enseñó a ver lo que la oscuridad le intentaba ocultar, y en cuanto al olfato... sería capaz de oler a un picto mejor que un lobo un rastro de sangre. Conan decide entrar en el campamento por la zona norte, así que se decide a eliminar a los dos centinelas que montan guardia. El primer guerrero siente rompérsele el cuello sin tiempo a dar la alarma y el segundo tan sólo es capaz de ver un resplandor en la noche antes de que un cuchillo le atraviese el cuello. Conan sabe que dispone de poco tiempo antes del próximo cambio de guardia, así que se dispone a entrar en el poblado en busca de Thurgan Thul, el hechicero de la tribu.
Desde hace unos meses este chamán ha conseguido unir a las tribus pictas limítrofes con la frontera para formar un frente común en contra de Aquilonia. Sus sabios consejos militares y su poderosa magia han hecho de él un hombre importante, tan importante, que su choza es mayor que la del jefe picto. Por eso Conan busca a Thurgan Thul, porque su muerte eliminaría la confianza de los salvajes en sí mismos al perder su magia, y al mismo tiempo es posible que su pérdida hiciese que los lazos de unión entre las tribus pictas se rompiesen. Ese era el objetivo del reducido grupo de soldados que se habían introducido en territorio picto. Ahora, Conan está solo y se acerca sigilosamente a la tienda del brujo. Sabe que un leve ruido haría que el poblado entero se levantase en armas y que no lograría salir de allí con vida, así que entra en la morada de Thurgan Thul con cuidado de no despertar al mago.
Hay un pequeño candil suspendido del techo de la choza. El aceite que quema en él, ilumina tenuemente la gran estancia y justo debajo y dando la espalda a Conan, hay un gran trono de madera. De repente, de detrás del trono suena una voz gutural:
- ¿Es que la osadía de Aquilonia no tiene fin?
Conan se queda inmóvil. Es evidente que ha sido descubierto y teme que el brujo dé la alarma, pero lo que pasa después hace que se sorprenda.
- Dime Conan de Cimmeria, ¿piensas quedarte en la puerta?
- Por Crom, ¿cómo sabes mi nombre?
- Deja de invocar a tu dios y ven ante mí.
Conan obedece sabiendo que su única oportunidad es ponerse a un mandoble de espada del brujo, pero parece que Thurgan Thul lea sus pensamientos cuando le dice:
- No tan cerca, guerrero, no tan cerca. Ponte tan sólo donde pueda verte.
Conan avanza unos metros colocándose ante el hechicero cuyo cuerpo casi desnudo está totalmente cubierto por extraños tatuajes.
- Llevo varias horas esperándote, cimmerio. Tengo algo que enseñarte.
Con sus delgadas manos, Thurgan Thul destapa una esfera de cristal al tiempo que emite una especie de tonada. Conan teme que el canto llame la atención de los guardias pero pronto toda preocupación por ellos desaparece; en el centro de la esfera empiezan a formarse imágenes y Conan reconoce su pasado en ellas. Ve a su madre dándole a luz en el campo de batalla, el asalto a Venarium, el ser venido de las estrellas de la Torre del Elefante. Y ve a Fafnir, a Bélit y a tantos otros que ha conocido. Y Conan ve también la batalla de hace un día con los pictos y su llegada al poblado, hasta que se ve a sí mismo mirando a la bola de cristal. Lo que ve después le inquieta. Se halla en una jungla al estilo de las de Kush, sólo que la vegetación le es desconocida. Conan levanta la cabeza para preguntarle al brujo que significan esas imágenes pero cuando mira hacia donde tendría que estar el chamán, no ve más que selva.
Una sensación parecida al miedo le atenaza, como siempre que se ha enfrentado a lo sobrenatural, pero al igual que esas otras veces el Cimmerio ha pasado del miedo a la rabia. Y entonces, cuando presiente más que otra cosa un peligro a su espalda, Conan se gira a la velocidad del rayo para hacer frente a la amenaza. Un ser de tres metros de altura, le mira con ojos rasgados inyectados en sangre, y el color oscuro de su piel hace pensar a Conan que quizás haya salido del pozo más negro de Arallú. La bestia abre la boca formando una sonrisa con sus blancos dientes afilados, y señalando con sus garras al cimmerio, salva los metros que le separan de él con un poderoso salto. Sólo un instinto reflejo le hace apartarse hacia un lado evitando que la bestia le arranque la yugular de cuajo, pero casi al instante de tocar el suelo, la torre de ébano salta de nuevo. Su rapidez y corpulencia hacen que Conan caiga al suelo bajo el monstruo y aunque no sabe si aguantará mucho tiempo, sujeta al ser por las muñecas, apartando las garras de su cara. Pero el monstruo tiene otras armas. Acerca sus fauces abiertas hacia el cuello del cimmerio, poco a poco, sabiendo que al final la sangre de aquel hombrecillo será suya. Conan también se da cuenta de esto, así que se lo juega todo en una maniobra desesperada. En el momento de mayor tensión de fuerzas, deja libre la mano derecha al horror, descompensándolo y haciendo que se ponga bajo él, al tiempo que saca su daga del cinto y se la clava profundamente en el corazón.
La bestia lanza un grito que hace temblar la vegetación circundante y se separa unos metros de Conan. Después, mira extrañado la daga y sus dientes afilados se ven blancos cuando sonríe. De un movimiento rápido se arranca el puñal con la garra derecha y elevándola al cielo al igual que la cabeza, lanza una sonora carcajada, como si se burlara de los dioses. Será la última carcajada que haga. Un golpe certero de espada, separa la cabeza del tronco del monstruo y cuando éste cae al suelo Conan sabe que está muerto. No sabe que extraños poderes habían hecho que el demonio no muriera por la daga, pero en sus numerosas aventuras Conan ha podido ver que la mayoría de las criaturas mueren si se las decapita, y ésta no era una excepción.
Un ruido en el follaje avisa a Conan de la presencia de algo más en la selva. Quizás un testigo de la lucha que ha tenido lugar, quizás otro ser de pesadilla, pero cuando se gira hacia la espesura, la agitación cesa.
- Sal al claro cobarde, que te mataré a ti también.
Las palabras de Conan parecen no surtir efecto, pero segundos más tarde las plantas delatan la desesperada huida de alguien hacia el tupido follaje interior.
Conan se sonríe, enfunda su espada y se dirige al oeste buscando una salida.
Donde la selva acaba empieza la arena del desierto. Conan ya se temía algo así cuando a unos kilómetros atrás de dónde se halla la vegetación se iba haciendo cada vez menos densa. En el horizonte puede divisar unas montañas para él desconocidas y piensa que la extensión de arena que ve ante sí y que puede cubrir en tan sólo dos jornadas es una pequeña parte de un desierto que se extiende perpendicularmente a su posición. Pero cuando mira a derecha e izquierda puede ver los límites del desierto flanqueados por la selva. Conan piensa que tal fenómeno sólo puede ser producto de la brujería y piensa en dar media vuelta. Pero durante el tiempo que ha tardado en cruzar aquella flora extraña no ha encontrado ni un solo fruto comestible, así que decide dirigirse a las montañas que tiene enfrente para probar mejor suerte.
Pero tras llevar caminada media jornada las montañas parecen igual de distantes. Conan empieza a pensar que quizás aquel desierto sea una trampa mortal y mira hacia atrás como pensando en dar media vuelta. Pero lo que ve al girar la cabeza hace encogérsele el alma. La selva que debería tener a poca distancia, ya no existe, y más allá de donde abarca su vista sólo se divisa la arena blanca del desierto. Mira a izquierda y derecha y sólo ve lo que temía: el desierto se extiende amenazador por todas partes, y a Conan se le acelera el corazón. Mira rápidamente por encima de su hombro como temiendo girarse y observa que las montañas se hallan a la misma distancia. Ahora, a Conan sólo le queda la opción de seguir camino hacia ellas y desear que aquello que está viendo no sea otra ilusión.
La distancia hasta las montañas cada vez es más corta y Conan ve con optimismo la salida de aquél desierto. Pero cuando lleva recorrida casi una jornada oye un ruido ensordecedor como el de un grupo de jinetes al galope por las estepas hyrkanias. Mira a su alrededor extrañado por el sonido y aunque al principio no observa nada, luego se percata de que algo se mueve a gran velocidad justo por debajo de la superficie arenal. A Conan le parece que aquello debe ser enorme, pues el rastro de arena levantada no coge su forma original hasta mucho después de haberse formado. Conan observa que sus movimientos ondulados van tomando su dirección así que no se sorprende cuando a unos cincuenta metros de donde está, la cabeza de una gran serpiente se lanza rápidamente hacia él. Sus rasgos triangulares le dan un aspecto terrorífico y hielan la sangre del cimmerio. Un movimiento muy rápido permite a Conan esquivar la acometida de la cosa que se sumerge en la arena desviando su trayectoria. Ahora, el Cimmerio puede ver el cuerpo de la cosa avanzando a una gran velocidad por delante de él. Sus anillos surgen del agujero por donde saliera su cabeza y se vuelven a ocultar por el lugar donde la ocultara. La longitud del áspid parece no tener fin y da tiempo a Conan de desenfundar su acero y atacar su cuerpo. Pero los golpes de su espada apenas inquietan al monstruo, que no desvía su trayectoria hasta que todos los anillos han pasado por el lado de Conan.
La cabeza de la serpiente se halla ya muy lejos pero describe una curva para volver a atacarle. Conan sabe que a esa velocidad no podrá hacer nada más que esquivarla hasta que le alcance definitivamente, así que se sube a una gran duna y espera su ataque.
Este no tarda mucho en llegar. Ahora, la arena desplazada por la cosa se eleva por los aires, despedida, y el cuerpo de la serpiente puede verse en su totalidad. Es enorme. Conan se mantiene inmóvil en lo alto de la duna con el acero empuñado, esperando a que la bestia salte para atacarle, y cuando lo hace, el impulso de su velocidad la hace tan rápida como una cobra. En el mismo instante, el cimmerio salta tras la duna como si intentara escapar y el gigantesco áspid efectúa un rápido movimiento con sus anillos cambiando su trayectoria. Ahora, intenta atrapar a Conan atravesando la duna e interceptándolo, pero cuando la cabeza del monstruo reaparece tras ella Conan se halla medio metro a su derecha. El movimiento del bárbaro es rápido. Salta ágil como un león a lomos de la serpiente, aprovechando que ésta ha reducido su velocidad al atravesar la duna y se dispone a librar la batalla más singular de su vida.
El monstruo nota a Conan en su lomo y se eleva hacia el cielo con movimientos bruscos, intentando librarse de él, pero el cimmerio se agarra desesperadamente, invocando a Crom para que insufle valor a su corazón.
Después de alcanzar una altura considerable la cosa se lanza a gran velocidad hacia la arena del desierto. Quiere sumergirse en ella haciendo que Conan tenga de desmontarla pero el cimmerio se da cuenta de sus intenciones y cuando están a pocos metros del suelo clava su espada en la mandíbula inferior del monstruo. La serpiente nota el aguijón de acero clavándosele con fuerza, y por instinto, vuelve a elevarse hacia el cielo. Pero el tormento no cesa. La espada de Conan profundiza cada vez más, buscando su cerebro, y la bestia enloquece de dolor. Sus reacciones ahora son irracionales. Intentando librarse del sufrimiento se lanza hacia la arena con el único fin de acabar con la vida del cimmerio, pero éste, viendo que el choque contra la superficie será mortal, salta del lomo de la bestia justo antes del impacto.
El choque hace vibrar el desierto y una gran nube de polvo se eleva sobre él. Conan no sabe si el áspid ha muerto, y ahora que no tiene su espada, desenfunda su daga y espera acechante. De repente, su oído le avisa de un ruido enfrente suyo, e intenta averiguar su origen escudriñando con la mirada el muro de polvo, pero cuando éste se posa al fin, no ve nada más que el cuerpo de la serpiente muerta.
Se acerca a ella y recupera su espada y Conan puede ver un rastro de pisadas humanas alejándose del lugar. La gran distancia entre las huellas le dice al cimmerio que el hombre, si es que es un hombre, corría veloz. Pero aquellas pisadas le dicen algo más: su trayectoria. Ahora se dispone a seguirlas allá donde se dirijan pues le llevan a pensar que quizás sean la respuesta a todas sus preguntas.
El rastro acaba en un oasis de vegetación exuberante. El verdor de las plantas contrasta con el blanco de la arena y en medio de aquel desierto parece la morada de un dios. Pero sea la morada de un dios o no, ahora quizás sea el cobijo de las respuestas de Conan, así que atraviesa el follaje en busca de ellas. El cimmerio se halla en el centro del palmeral y a orillas de la pequeña laguna que le da la vida espera sentado Thurgan Thul.
El pequeño brujo picto ni se inmuta cuando Conan avanza hasta ponerse a unos pocos metros de él porque no lo ve. Sus ojos permanecen cerrados y la posición cruzada de sus piernas hacen pensar al cimmerio que quizás esté meditando. Pero tanto si es así como si no, el brujo se halla despierto.
- Nunca creí que fueras capaz de matar a mi campeón negro, y mucho menos a la serpiente, pero visto que lo has conseguido ahora tendré que matarte yo mismo.
Conan no tiene tiempo de reaccionar. El chamán le mira rápida y fijamente a los ojos y al bárbaro se le escurre la espada de entre los dedos. Las fuerzas le han abandonado. El brujo ríe sarcásticamente mientras clava su mirada en los ojos azules del cimmerio y avanza lentamente arrastrando los pies. Camina muy cautamente, tratando de no perder la concentración ni de desviar la mirada de los ojos del cimmerio. Pero Thurgan Thul no lleva ningún arma para acabar con Conan. Confiaba que los seres creados por su brujería acabarían con el bárbaro y ahora, mientras mantiene a Conan inmóvil por la hipnosis, se percata de su equivocación y dirige una fugaz mirada a la espada del cimmerio. Es un error fatal. Al desviar su atención hacia la espada, Conan recupera la consciencia y alcanza con sus manos el cuello del hechicero. El mago siente la fuerza de sus pétreos dedos aferrando su curtido pellejo, e intentando mantener la serenidad, mira fijamente a los ojos llenos de ira de Conan. Pero ya es tarde. La falta de oxígeno le impide concentrarse y cuando oye el chasquido de una vértebra se da cuenta de que es el final. Un instante después el cimmerio le ha partido el cuello.
Entonces, las fuerzas de la naturaleza parecen rebelarse y un viento fuerte y cálido forma una tormenta de arena. Conan se debate furioso. La arena vuela a tanta velocidad que provoca numerosos cortes en la bronceada piel del cimmerio, y cuando la tormenta se halla en su punto más álgido, todo cesa repentinamente.
Conan, confuso, abre los ojos, y para su sorpresa ve que se encuentra en la choza de Thurgan Thul. El brujo se halla a pocos pasos de él, con el cuello roto y la mirada vacía. Entonces oye las voces. Son los gritos de los guerreros pictos que recorren alocadamente el campamento. Conan piensa que quizás hayan encontrado ya a los centinelas muertos y no cree que tarden mucho en llegar a la choza de Thurgan Thul para alertarle. Sabe que dispone de poco tiempo, así que se lanza a través de la pared de paja de la choza y se dirige hacia la selva.
Es consciente de que cuando hallen el cuerpo de su hechicero muerto los salvajes formarán una batida para encontrarle, y que los múltiples cortes de su cuerpo les darán un buen rastro para seguirle.
Sólo le queda correr hacia el fuerte aquilonio esperando que la noche se convierta en su aliada. Si no, la selva se llenará de gritos de muerte pictos.