“Cuentan las leyendas que hubo épocas anteriores a las registradas en la historia, donde civilizaciones nacían y caían, bajo los pies de hombres bárbaros y salvajes, que sólo hablaban con el acero que sus fuertes brazos sujetaban para abatir a sus innumerables enemigos. Eran épocas incivilizadas donde dominaba la ley del más fuerte.”

Action Tales presenta Relatos Salvajes:

Escrito por Oscar Camarero  y  Andrés Díaz / Portada: Jafar/ Color: Judson

La ciudad maldita de Kerún

Escrito por Oscar Camarero

            
Desde eones, el desierto ha sido para muchos viajeros el aguijón de la muerte. Y no sólo porque en ellos habiten seres de picadura mortal, sino porque la vastedad de su extensión se ha tragado, en muchos casos, sus cuerpos y sus ansias de vivir. Sin embargo, esta noche hay un intruso entre sus lindes al que no parecen preocuparle mucho estos hechos. Su nombre es Kull y en su larga vida ya se ha enfrentado otras veces al océano de arena, así que eso no lo va a detener. Además, esta noche cumple una misión crucial para su pueblo.

Hace tan sólo cuatro horas, un mago menor de su corte se ha presentado en sus aposentos con la palidez de la muerte reflejada en su rostro. Al principio sólo ha podido balbucir unas palabras, pero pronto su discurso se ha vuelto rápido y fluido. Ha explicado al rey atlante que esta noche las estrellas le han hablado de muerte y de dolor, tiñendo sus pupilas con el color escarlata de la sangre. Así, a través de este tétrico velo, ha podido observar en su demente visión a la ciudad de las maravillas envuelta en un manto de fuego. El caos y la destrucción aniquilaban todo a su paso, acabando con multitud de vidas humanas. Las casas ardían por sus cuatro costados transmitiendo el fuego como apóstoles de la muerte, y abrasando y aplastando a sus habitantes. Los palacios se consumían por las llamas que devoraban sus muebles, alfombras y tapices, y en las calles el cariz era más desolador: las personas huían enloquecidas por las calles sembradas de cadáveres, muestra de la siega del oscuro, y el olor del humo se  mezclaba con el de la carne quemada. Era una visión que abrasaba más que el fuego en sus pupilas. Pero lo que en verdad había aterrorizado a aquel mago menor fue la visión, en medio del caos, de la figura de un encapuchado que se mantenía impávido en medio de tanta destrucción, pues al fijarse bien en aquella persona había reconocido,  reposando sobre su pecho, el medallón de Yekter.

¡Yekter! El nombre golpeó con fuerza en los oídos de Kull, trayendo a su memoria fragmentos de la leyenda de la ciudad maldita de Kerún. Esta ciudad, destruida hace ya seiscientos años, había sido gobernada en sus últimos tiempos por un mago llamado Yekter cuya ambición y codicia no tenían límites. Llevado por estas ansias de poder, había querido dominar por sus negras artes todo el mundo conocido al este del mar de Huek-mer. Ayudado por su magia y sus seguidores, que formaban una organización secreta, conseguía sus propósitos manteniéndose en el anonimato, usando para sus fines bebedizos que convertían a reyes en títeres, espías que sumían a ministros y altos cortesanos por el chantaje, prostitutas que aherrojaban el corazón de los hombres más poderosos e influyentes, brujos que cumplían funciones de catalizadores de la magia de su amo, asesinos que eliminaban cualquier obstáculo en el camino hacia el poder......Hasta que un día, el vigésimo cuarto rey de Valusia, Fasdín, descubrió un complot urdido desde las sombras para acabar con su vida, y así supo de la existencia de tan sórdida organización. Al mando de dos de sus legiones marchó al encuentro del brujo para acabar con su reinado de sombras, mientras en todo el mundo conocido los gobiernos destapaban las ramificaciones de la organización y realizaban ejecuciones públicas, como advertencia para cualquiera que en el futuro se atreviese a desafiarlos. Pero aquel no fue, ni mucho menos, el fin del poder terreno de Yekter.

Las dos legiones de Fasdín no llegaron a ver nunca la ciudad de Kerún: una extraña enfermedad creada mágicamente por Yekter acabó con la vida de todos ellos a pesar de que el rey, que tenia conocimientos de brujería, intentase con un amuleto que había llevado consigo contrarrestar la fuerza maligna de aquel poder. Aquel amuleto se llamaba el Diente de Aynor y aunque no fue capaz de salvar la vida de todos aquellos hombres, sí que salvó la de Fasdín, pues lo protegió con un halo místico. Así que, con tan sólo su montura por compañía, el rey siguió su camino hasta la ciudad de Kerún y se enfrentó a Yekter a las puertas de su palacio.

A partir de aquí la leyenda tiene diferentes versiones según el orador que la narre. Según unos, el rey se enfrentó con un ejército de muertos, saliendo victorioso y decapitando al mago; según otros, Yekter invocó a los siete demonios del vacío interestelar para que mataran al valusio, pero éste, ayudado por el Diente de Aynor, derrotó a todos ellos y al brujo. Pero fuera cual fuese la versión, en todas Fasdín vencía al mago y éste, antes de morir, juraba volver algún día de la muerte para destruir a todos los valusios. Sin embargo, y a pesar de la amenaza, a partir de aquel momento todo volvió a la calma. Todo menos la ciudad maldita de Kerún, que durante dos días sufrió el azote de un viento demoniaco que convirtió aquel paraíso vegetal en un desierto de increíbles proporciones, precisamente aquel que Kull estaba ahora pisando.

Abstraído en estos pensamientos, Kull alcanzó la cima de una duna y desde lo alto de ella pudo ver los restos de la ciudad maldita. Sin duda aquella había sido una fastuosa ciudad: multitud de minaretes se elevaban hacia el cielo como queriendo desafiar a las estrellas; grandes palacios mostraban cúpulas cubiertas de oro y piedras preciosas, e inmensas avenidas se abrían en todas direcciones. Cuando llegó a ellas la impresión fue aún mayor: éstas todavía conservaban en buen estado su pavimento, realizado íntegramente en mármol y jade; estatuas realizadas en diferentes tipos de piedra y metal adornaban sus aceras y las casas eran espaciosas, muestra de que sus habitantes vivieron cómodamente; hermosas talladuras de motivo vegetal y fantástico adornaban sus doseles, y grandes espacios que en otros tiempos seguro fueron jardines, tenían diseminadas muchas y muy bellas fuentes.     

Ni siquiera el paso de los años y la fuerza de los elementos habían conseguido borrar el esplendor  que un día tuvo esa ciudad. Sin embargo, algo en el aire confería a todo el conjunto una visión aterradora, una sensación de que aquel encumbramiento tenia en su belleza un origen mágico, un origen maligno.

Sin más dilación Kull se dirigió hacia la avenida principal en busca del palacio de Yekter, bordeando casas que un día estuvieron habitadas, cruzando plazas que en su tiempo acogieron mercados, pisando lugares que sin duda fueron jardines concurridos; y el silencio se apoderó de su alma.

Cuando llegó a ella vio lo que sin duda fue el palacio de Yekter, pues era el edificio más majestuoso de aquella ciudad. El palacio parecía brillar gracias a la luz lunar que se reflejaba en los mármoles con que estaban recubiertas sus paredes, y la cúpula cubierta de gemas de diferente color y tamaño bañaban la ciudad con una suave iridiscencia.

De repente, el ruano que montaba se encabritó, alzando sus patas al cielo y emitiendo un angustiado relincho. Kull se agarró con fuerza a las bridas evitando caer, y cuando los cascos del caballo tocaron el suelo, le dijo unas palabras tranquilizadoras al oído que lo calmaron un poco. Pero a pesar de todo, el caballo se negaba a dar un paso más, como si una barrera mágica le bloquease el camino. Miró Kull al frente, buscando aquello que había asustado tanto al caballo y vio, en la antesala del palacio, una luz que se movía y que se paró bajo el alto dintel de la entrada. Ahora comprendía porqué su caballo se había asustado tanto: aquel lugar maldito estaba habitado. Descabalgó su montura y avanzó por las sombras en dirección al edificio, y cuando se hallaba a poco más de cien metros, pudo vislumbrar dos figuras a la luz de una antorcha. Una de ellas se movía inquieta de un lado para otro.

-¡Maldita sea Yamán, te digo que esta ciudad huele a brujería!- dijo

- Tú sí que hueles, y no precisamente a brujería - le contestó el otro.

- Es una locura, el shamir está poseído por el demonio de la avaricia y nos matará  a todos.

-¡Cállate imbécil! El shamir ha tenido siempre buen olfato para el botín, y esta vez no será diferente.

-¡Si! ¡Si que lo será!- le replicó - ¡El espíritu de ese Yekter nos matará a todos!  

- Olvídate de esas tontas supersticiones, cobarde, ese mago lleva más de seiscientos años muerto.

-¡Pero dijo que un día volvería!

- Para acabar con todos los valusios, ¿y acaso eres tu valusio?

Su silencio contestó por él.

- Pues entonces cállate de una vez. Ese maldito brujo amasó una fortuna mientras vivió y es una suerte que esos tontos cuentos de niños que tanto te asustan hayan mantenido lejos de aquí a todo el mundo. Así todo el tesoro será para nosotros. ¡Y todo gracias al shamir!

A Kull no le hicieron falta más palabras para comprender que se encontraba ante un par de nómadas del desierto. Shamir era el título que aquellos asesinos daban a sus cabecillas, título que duraba tanto como su destreza con la espada y su capacidad de guiar a esa banda de buitres hacia un botín. Con gusto habría cruzado el umbral del palacio para destripar a ese par de cerdos, pero no era esa su misión, sino comprobar si la visión del mago menor de su corte era premonitoria, así que bordeó el edificio buscando otra entrada.

Se introdujo por una ventana al interior y al instante notó la frialdad del edificio. Permaneció unos minutos inmóvil, adaptando sus pupilas a la débil luz que llegaba del exterior, y empezó a recorrer aquella habitación vacía. El tiempo se había encargado de borrar toda huella humana del lugar, y a Kull no le costó llegar al otro extremo. Pero al llegar, unos gritos de terror que parecían provenir de las entrañas del edificio resonaron por todo el palacio. Se dirigió con rapidez hacia la sala principal buscando el origen de aquellas voces, cuando al llegar a ella se topó con los nómadas de la entrada.

La sorpresa de encontrárselo les duró un instante, pues al siguiente ya tenían sus alfanjes desenvainados. Kull, que iba a la carrera, empujó a uno de ellos contra una columna de piedra consiguiendo unos segundos preciosos para desenvainar su espada. El nómada que estaba en pie asestó un mandoble que podía haber decapitado a Kull si no fuese porque su tótem es el tigre, y al instante siguiente cayó muerto con un corte en el pecho. El otro nómada ya estaba en pie listo para asestar un golpe fatal al atlante cuando un rugido sobrenatural llegó del lugar de donde provenían los gritos. Eso le hizo vacilar. A Kull no, y su espada le atravesó el corazón. Después se agazapó con la espada llena de sangre a la espera de otro peligro, pero no vio ni oyó nada. El silencio volvía  a reinar en el palacio.

Cogió la antorcha del nómada muerto y entró en una sala adyacente. La habitación era muy grande y estaba a oscuras, y no tenia más entrada que la puerta por la que había llegado a ella. Alzó la tea para que su resplandor  iluminase más allá de dónde Kull alcanzaba a vislumbrar y avanzó con gran recelo, atento a cualquier sombra que se moviese en la penumbra, a cualquier figura que pudiese saltar desde la oscuridad para matarle. Durante un tiempo no observó nada, hasta que llegando al final de la sala, vió que algo brillaba a la luz de su antorcha. Caminó lentamente hacia el reflejo y cuando llegó hasta él supo lo que  era incluso antes de agacharse. Sangre. Sangre que fluía por debajo del muro que se alzaba ante él  y que le indicó que aquella pared era una puerta. Llevado por el interés de descubrir el origen de los gritos, sus dedos tantearon la pared en busca de un resorte secreto, y poco después un chirrido metálico acompañó a la puerta mientras esta se abría. Kull retrocedió unos pasos con la cautela de un tigre, escudriñando con la mirada la oscuridad que se abría ante él, pero el chirrido cesó y la puerta se detuvo sin que sucediese nada. Lanzó entonces su antorcha a la oscuridad aún a riesgo de perderla, y pudo ver con su fulgor a cinco cuerpos decapitados. Los cuerpos aparecían brutalmente desgarrados y la sangre los bañaba en su totalidad, y descubrió un hacer inhumano en todo aquello pues ningún hombre era capaz de tamaña matanza. Junto a uno de los cadáveres la sangre parecía discurrir como por un desnivel, formando un débil rastro que se perdía por un lóbrego pasillo. Recogió la antorcha del suelo, y con ella en una mano y la espada en la otra avanzó decidido hacia el final del túnel, sin pararse a pensar si en él hallaría la muerte.

Cada vez el pasillo se iba haciendo más estrecho, y la humedad había hecho crecer líquenes y musgo en las piedras, haciendo el piso más resbaladizo y sus pisadas más quedas. Pero aquel musgo también llevaba impresa una advertencia, pues unas huellas no humanas se habían marcado en él. Las miró fijamente intentando adivinar que clase de bestia podía haberlas producido, cuando unos gemidos humanos le llegaron del final del corredor. Sin más dilación se precipitó por el túnel hacia las voces, con la espada tan fuertemente aferrada que la carne de la mano se volvió blanca alrededor de la empuñadura. Yendo a la carrera, llegó hasta una gran sala que se iluminaba con el fuego azul que desprendía un enorme brasero. Y lo que vio entonces fue algo nauseabundo. En una de las paredes de la habitación había cientos de cráneos apilados que llegaban hasta el techo, y en medio de la sala, una criatura monstruosa agarraba a uno de los nómadas por la cabeza. Kull reconoció por sus vestimentas al que sin duda era el shamir, pero poco después sus pensamientos se detuvieron bruscamente cuando aquel monstruo arrancó de cuajo la cabeza del nómada y lanzó un rugido de triunfo. Kull reconoció entonces el rugido que había oído estando en la nave principal y vio en su mente a los cinco guerreros decapitados. Ya no lo pudo soportar más. La ira invadió su alma y un grito de guerra atlante se elevó en la habitación por encima del de la bestia, y en aquel momento nadie podría decir cual era más bestial o más aterrador. Lanzó a un lado la antorcha y se abalanzó hacia el demonio que lo miraba sorprendido, y todavía gritando, saltó con la espada agarrada con ambas manos, y con toda la fuerza de la que era capaz, golpeó su cabeza haciéndole una brecha en el cráneo.

 El monstruo lanzó un aullido que hizo temblar las paredes de la sala y se lanzó hacia atrás intentando detener la hemorragia con sus manos. Pero Kull no le dio cuartel. Golpeó una y otra vez aquel cuerpo demoníaco, haciéndolo sangrar por multitud de heridas. La bestia retrocedía gritando de dolor e incapaz de detener aquellos golpes, y Kull la perseguía por toda la habitación, acuchillando su carne macilenta, hasta que con un último mandoble lanzó su cuerpo sin vida contra la montaña de cráneos, que se derrumbó sepultándola.

Kull se arrodilló en el suelo con su espada como báculo, jadeando por el esfuerzo realizado y maldiciendo a Yekter por haber traído a la tierra a aquella criatura del infierno, cuando una risa espectral le quebró la respiración. Miró al lugar de donde provenía y vio una enorme puerta de madera de doble hoja. Comprendió que, como el brasero, no podía tener seiscientos años, pero cuando vio aquello que colgaba de la puerta pudo oler la magia que hedía todo el templo. Lo había visto en muchos libros y pergaminos, pero nunca había creído del todo en su existencia: era el Diente de Aynor, que Fasdín había utilizado para derrotar a Yekter. El talismán brillaba a la luz del brasero con una iridiscencia hipnótica que le hizo acercarse a él y descolgarlo. Fue un acto fatal. Al instante de tenerlo entre sus manos un viento helado que parecía provenir de las entrañas de Arallú abrió las puertas violentamente lanzando a Kull al otro extremo de la sala.

- Por Valga y por Hotath -maldijo- ¿Hasta aquí llegan las corrientes del infierno?

Y una voz contestó:

- Eso que has notado es el aliento de Yekter, el aliento de la muerte.

La voz parecía humana y provenía del otro lado de las puertas. La sala que allí aparecía estaba fuertemente iluminada pero Kull no vio antorchas ni braseros de luz azulada. Simplemente estaba iluminada. Lo que sí vio fue a una figura encapuchada sentada en un trono de oscuro jade.

- Pasa Kull, te estaba esperando.

El atlante dio un paso al frente y entró en la sala y cuando vio el medallón de Yekter sobre el pecho de aquél hombre, supo quien le había hablado.

-¿Sabes mi nombre?- preguntó Kull.

- Así es - le contestó - y llevo esperándote desde que llegaste al trono de Valusia.  

-¿Cómo sabes tanto sobre mí?

A modo de respuesta, Yekter señaló con un gesto de su mano izquierda un gran espejo que flotaba en el aire, y dijo:

- Desde hace seiscientos años ese espejo me ha mantenido en contacto con el mundo exterior. Gracias a él he podido comunicarme con mis sacerdotes a través de un plano místico.

-¿Sacerdotes?

- Así es. En la antigua ciudad de Kerún yo no era el único mago, aunque si el más poderoso. Cada uno de nosotros tenia sus servidores y aprendices; gentes de todas partes del mundo que venían hasta aquí para aprender las artes de la hechicería. Fuimos muchos y aún hoy somos bastantes.

- Así pues, aquello que comenzó hace seiscientos años aún hoy perdura.

- Naturalmente. El recuerdo del poder que en aquellos tiempos teníamos en Kerún ha mantenida viva la llama del deseo, y ha hecho que a pesar del paso de los años aún tenga sirvientes en todas partes esperando mi regreso y con él mi poder y mis doctrinas.

- Lo que no entiendo - dijo Kull- es como podían esperar tu regreso si todas las leyendas hablan de tu muerte.

Yekter sonrió burlonamente y se inclinó sobre su trono de jade dejando que la luz iluminara su descarnado rostro.

- Escucha rey Kull, escucha atentamente, porque vas a conocer la historia de la caída y el renacer de Yekter. Hace setecientos años, después de tan sólo diez en el trono de Kerún, ya dominaba todo el mundo conocido al este de Fúl-bain. Mi presencia no era visible en los círculos de poder, pero mi organización tenia extendidos sus tentáculos por todos los estratos de la sociedad. Era el dirigente en la sombra de muchos reinos. Pero un día, un rey descubrió un complot para acabar con su vida, y así nos descubrió. Como supongo que ya has imaginado ese hombre era Fasdín, por entonces rey de Valusia. Era un gran guerrero y al frente de dos de sus legiones vino aquí para matarme. Sin embargo sólo él llegó a la ciudad.

Libró una cruenta batalla conmigo en la que las fuerzas arcanas de mi medallón y las del diente de Aynor formaron el mayor choque de poder místico que se haya conocido jamás. Era tal la igualdad de las fuerzas que se desataron que el combate hubiera durado siglos si no hubiese sido porque en un acto de impaciencia Fasdín se precipitó. Viendo la imposibilidad de matarme, se dirigió hacia las puertas de la sala y presionó con fuerza el diente de Aynor contra ellas, al tiempo que pronunciaba un hechizo destinado a confinarme para siempre entre estas paredes. Pero el cansancio ya había hecho mella en su cuerpo y yo aproveché mi juventud y mi poder para abortar en parte aquel conjuro. Así, conseguí que si bien un rey de Valusia había podido apresarme, otro pudiera liberarme. Del esfuerzo realizado Fasdín murió, y entonces empezó una guerra entre los magos de Kerún para hacerse con el poder. Los cielos se oscurecieron y se pronunciaron hechizos en lenguas ya olvidadas. Y el poder maligno de aquellos brujos era tan grande, que se extendió más allá de los límites de la ciudad y convirtió todo lo que tocó en un árido desierto.

Después de la cruenta lucha pocos quedaron en pie, y unos cuantos brujos que aún me eran fieles invocaron a un ser oscuro para que protegiera la puerta hasta el día de mi regreso y divulgaron la falsa noticia de mi muerte y de mi futura resurrección. Así se crearon las leyendas que llegaron hasta ti.

Más tarde, aquellos acólitos se dirigieron hasta Valusia y se llegaron a infiltrar en el círculo de poder de la corte. Así, cada vez que un nuevo rey llegaba al trono, uno de los brujos hablaba al rey de un extraño sueño, un sueño que advertía del advenimiento de Yekter, el rey-mago de Kerún. Soldados, sabios, magos y consejeros fueron enviados por

Sus reyes para investigar las señales y sus cráneos decoran ahora la habitación que acabas de dejar. Pero hasta la fecha ningún rey se había acercado hasta la ciudad.

Por supuesto, nunca se informó a nadie del fracaso de las expediciones. Como rey que eres sabes perfectamente las consecuencias que tendrían el conocimiento por parte del pueblo y sobre todo de los instigadores del reino de tales derrotas, así que mi regreso siempre estaba por llegar.

- Y así fue generación tras generación ¿no?- dijo Kull.

- Exacto. Hasta el día de tu ascensión al trono en que mis esperanzas renacieron, pues sólo un rey bárbaro abandonaría las comodidades de su palacio para ir en busca de una aventura, o incluso de su muerte. Por eso ahora, Kull, vas a morir, pues eres mi único obstáculo hasta el exterior y la conquista.

Y dicho esto, las manos del mago se alzaron al frente al tiempo que caminaba hacia él. Kull alzó su espada por encima de su cabeza y la descargó con toda su furia sobre la del brujo. Mil chispas saltaron del choque cuando el acero se partió con un agudo chasquido. Kull no se lo podía creer; en sus manos sólo quedaba la empuñadura y un palmo de buen acero valusio.

- Por Valka, ¿pero qué...?

Las palabras se apagaron en sus labios cuando un fuerte golpe le mandó al otro lado de la habitación.

- ¿Crees que he esperado seiscientos años para fallar ahora?

Kull no dijo nada. Sus ojos estaban inyectados en sangre y cerró los puños haciendo crujir sus falanges. En aquel momento no era un Rey, sino un animal salvaje. Se lanzó hacia Yekter como un tigre enfurecido, pero cuando estaba a tan sólo un paso de él, algo le lanzó por los aires contra una pared de la sala, haciéndolo con tal fuerza, que antes de caer al suelo Kull ya sabia que algo se le había roto por dentro. Cuando miró hacia el mago, éste tenia un brazo extendido. Kull agarró el medallón instintivamente como buscando su poder y al ver el mago su acción le dijo:

- Ese amuleto te ha permitido vencer al demonio de la Sala de los Cráneos, pues ha conferido el poder necesario a tu espada para matarlo, pero no te servirá de nada conmigo pues no sabes cómo usarlo.

Entonces Kull se dio cuenta de que no podría vencerlo por la fuerza e intentó un plan. Levantó lo que quedaba de su espada para lanzársela a Yekter, y éste sonrió viendo lo absurdo de aquel acto. Cubrió rápido el acero la distancia que los separaba y con un sonido metálico rebotó en el pecho del mago. Yekter continuó sonriendo hasta que vio un extraño brillo en los ojos de Kull. Rápidamente se llevo la mano al pecho, y descubrió atónito que ya no tenia el medallón, y al mirar lo vio en el suelo con la cadena rota. Al instante comprendió el motivo de aquel ataque. Alargó el brazo para recogerlo pero antes de conseguirlo algo se le enrolló en la muñeca que lo quemó como el fuego del infierno: era el diente de Aynor. Momentos después un frío invernal le recorrió el cuerpo cuando la espada rota de Kull le atravesó el corazón Miró con ojos atónitos al que se alzaba triunfante ante él; no era más que un bárbaro, sin los más mínimos conocimientos sobre las artes oscuras, y sin embargo había adivinado que todo su poder provenía del medallón, que era la fuente de poder que le había mantenido con vida todos aquellos años

Y que lo convertía en un ser invulnerable. Y por haberlo subestimado había perdido. Después de pensar en esto cayó muerto.

Kull recuperó el diente de Aynor de la muñeca del mago y antes de salir echó un último vistazo a la sala. Vio que el espejo había caído al suelo haciéndose añicos y se acordó de cierto mago menor de su corte. Pensó que el deseo de matarlo le haría más corta la travesía a pie por el desierto, y antes de partir cerró de nuevo las puertas y colgó de ellas el diente de Aynor, por si acaso a Yekter se le ocurría volver de la tumba.

Los cazadores de cabezas

Escrito por Andrés Díaz

            

“El  éxito es el valor, eso es lo      

 Que importa, el coraje en sí mismo,

 Aunque todo lo demás se malogre:

 Eso es el éxito.”

                      Proverbio tukurio

 Iedur corría y jadeaba. Atravesaba raudamente el bosque oscuro, aromático y fresco. Sus pies descalzos volaban sobre hierba, tierra y rocas. Un zorro lo miró con curiosidad tras un matojo de arbustos, una ardilla escapó de su camino y una culebra quedó hechizada por aquella figura musculosa que se movía rápida y enérgicamente.
 Tenía dieciséis años y su cuerpo era ya el de un hombre. Podía manejar una espada de guerra y casi había logrado tensar el arco de su hermano Connbraugh. Era de ojos color verde muy claro y cabello castaño rojizo que caía en grandes mechones sobre sus hombros y espalda alta. Su rostro lucía rasgos severos y agraciados. Varias jovencitas de su aldea se le habían acercado y sonreído, mas él tenía su atención centrada en otros asuntos.
 Recordaba a los guerreros, su padre y hermano entre ellos, corriendo a enfrentarse contra los enemigos sobre el valle de hierba y roca. Más de doscientos luchadores irlandeses que peleaban desnudos para demostrar el valor, sólo vestidos por el torque del cuello y armados de espadas, lanzas y martillos. ¡Qué suerte tuvo Cair, su padre, al morir en combate, rodeado de cadáveres, manchado de sangre, rugiendo como una bestia salvaje! Le dolió su muerte por los años que no disfrutaría junto a él, pero se alegraba del honor conseguido y la felicidad que en la Otra Vida estaría experimentando.
Incluso Faedril, su madre, había peleado junto a otras mujeres de la aldea cuando una horda del Norte atacó el poblado. La bella mujer parecía haber sido poseída por Morrigu y Nemain, tales eran su valor y destreza en la batalla.
 Más a él aún no le dejaban luchar con los adultos. Lo consideraban un niño, y eso le dolía. Aquel sufrimiento crecía cuando Aedai se burlaba de él mientras colocaba una flor de almendro en su pelo.
  Como cada vez que pensaba en la muchacha, el corazón se le disparó. Prefirió concentrarse en el presente.
Llegó al claro de Bran, el druida. Como otros tantos muchachos, Iedur aprendía de él la sabiduría de la Tierra, el Agua, el Aire y el Fuego, el Conocimiento que sus padres no sabían darle.
La sombra del menhir marcaba la mitad del mediodía. Llegó junto al megalito resoplando. Bran estaba preparando algún brebaje en una olla, cerca de su cabaña. Como siempre que se adentraba en los dominios de Bran, una vaharada de olores exóticos y dulzones embriagó a Iedur.
 El druida se volvió y lo miró. Era un anciano de aspecto noble y severo. Vestía túnica parda, impecable, que le llegaba hasta los tobillos. Sus pies estaban enfundados en zapatillas de suave cuero. Siempre portaba un cayado de madera de cedro. Con él llegó a abrir la cabeza de un lobo salvaje. Su figura era delgada y recta como el tronco de un pino. La barba y el cabello grises resultaban impresionantes incluso para aquellas gentes, que dejaban crecer sus cabellos sin pudor. Sobre una nariz afilada e inquisitiva había dos ojos de color azul metálico, inteligentes, profundos y tranquilos.
 

-No quieres aprender, Iedur -dijo el druida con su grave voz-. Si una nutria no aprende a nadar se hunde. Si un hombre no aprende lo que es importante no pasará de ser un necio hasta el fin de sus días.

-Lo siento, Bran -gimió Iedur, apesadumbrado.
 

-¿A qué se debe la tardanza?
  

Iedur estuvo a punto de inventar una historia, pero recordó las enseñanzas: mentir era la peor de las faltas, del que mentía todos se apartaban, incluso negándole durante días la palabra. Decidió sincerarse.

 -Yo... Estuve hablando con Aedai.
  

El druida casi sonrió.
 

-Ah... Aedai. Una jovencita inteligente. Uno de mis mejores alumnos. Ayer me dijo que hoy llegarías tarde.

Iedur enrojeció a causa de la ira.

 -Sus predicciones suelen ser acertadas -siguió el anciano, cada vez más divertido-. También es cierto que ella se preocupa mucho de que las cosas sucedan como espera que sucedan.
 

El anciano recuperó la adustez.
 

-Comencemos las enseñanzas. Hoy aprenderás muchos nombres de hierbas y plantas, su aspecto, localización y usos.

Iedur dejó caer los hombros desanimado.
 

-¡Vamos, vamos! -replicó el druida-. Imagina que en el futuro eres un guerrero poderoso, perseguido por tus enemigos en un bosque desconocido. Estás herido y débil. Debes saber qué hierbas cerrarán tus heridas y te proporcionarán fuerzas para seguir luchando.

Iedur abrió mucho los ojos, su mente dispuesta para aprender. Bran era un druida muy viejo y sabía cómo estimular a sus alumnos.
  

Pasaron dos horas estudiando la fauna y la flora boscosa. Cuando terminó la clase almorzaron juntos. Comieron queso fresco con miel, jabalí asado (a pesar de su edad, Bran era un excelente cazador), almendras y caldo de hierbas. Bebieron cerveza y leche muy fría.
 Iedur miró a Bran con el ceño fruncido.
 

-Maestro, tú que lo sabes todo, dime cuándo me permitirán mi madre y mi hermano combatir contra las tribus rivales. Connbraugh tiene ya en su habitación más de quince cabezas embalsamadas. Algunas las ganó cuando tenía mi edad. Mi madre también posee un trío de testas en su cuarto.
 

-Recuerda que aquellos eran tiempos más duros. Los clanes del Sur peleaban contra los del Norte, los de Cor-An-Tyr intentaron invadir nuestro territorio y todas las tribus de la Gran Región debieron unirse para rechazarlos. Ahora hay paz, aunque las batallas se suceden de vez en cuando. Estoy seguro de que pronto podrás lucirte en una contienda.
 

-¡Seré como Cúchulainn! -bramó el joven-. ¡Los enemigos caerán degollados a mis pies y moriré peleando!
  

Bran rió. No reprendió a Iedur. Sería ir en contra de las Leyes Naturales reprimir un fuerte carácter juvenil. Además, la comunidad necesitaba guerreros que la protegieran de los enemigos, ya fueran invasores o invadidos.
 

-Medita mucho antes de entrar en combate -aconsejó el anciano-, pero si lo haces gana o muere. Arrasa como el huracán a tus enemigos y trae el mayor número posible de cabezas. Tu pueblo y tu familia te lo agradecerán. El que no devuelve el ataque es un necio, el que no defiende lo que tiene no merece tenerlo.
 

Iedur asintió con fuerza.
 

Transcurrieron dos horas más de clase, centradas en el estudio de la fauna y la flora. Iedur asimilaba los conocimientos con rapidez, pues era un joven inteligente.
 Cuando acabaron, Iedur se despidió de su maestro. El severo Bran hubo de reprimir una sonrisa mientras contemplaba la alegre marcha de su alumno favorito.


Iedur sentíase excitado. Bran le había dejado irse excepcionalmente pronto. Aún tenía tres horas libres antes de acudir a la aldea, donde ayudaría a su madre y hermano en las faenas de la casa y el huerto.
 Volvió a preguntarse cuándo le dejarían luchar. Deseaba cortar cabezas enemigas. Se imaginaba agarrando por las melenas un puñado de testas rivales, quizá pertenecientes a los Comcrach o los Finn. Las colgaría del tejado de su cabaña para que todos en la aldea supieran lo valiente y fuerte que era Iedur, el guerrero.
Además, también quería que Aedai le admirara. ¡Aedai! Aún podría verla esa misma tarde, realmente lo deseaba. Se detuvo de pronto. ¿Era bueno que un guerrero ocupara su tiempo libre en frívolas charlas con una muchachita? Aquel dilema siempre lo acuciaba tras reunirse con la joven. De algún modo, intuía que las mujeres apartaban al hombre de su deber, que era la guerra.
Aquella mañana, antes de ver a Bran, Iedur había estado con Aedai.
 

 -¡Seré un luchador famoso! -había dicho él, muy serio-. ¡Cabalgaré junto a Morrigu y Nemain!
 

Aedai, sobre una de las grandes rocas al borde de la catarata, rió alegre y burlonamente. Aunque no pasaba de los quince años la túnica que se ajustaba a su espigada figura ya dejaba ver sinuosas curvas. Miró con sus profundos ojos negros a Iedur, quien se afanaba por seguirla saltando sobre las húmedas rocas. A su izquierda se abría una caída de veinte metros. En la base de la cascada, espuma brillante y afiladas piedras. A su derecha, el agua helada corría lánguidamente hasta precipitarse por el borde.
 El cabello de Aedai era aún más oscuro que sus negrísimos ojos, muy liso. Le caía espesa y aterciopeladamente hasta la cintura. La muchacha giró su cabeza bruscamente. Su pelo trazó una onda mágica en el aire.

-¡Seguro! ¡Un gran guerrero! -se burló, mirando pícaramente a Iedur. Los rasgos eran finos, bellísimos. La nariz algo respingona denotaba un carácter curioso, vivaracho, incisivo.
 

Iedur se sobresaltó. Seguir a aquella chica resultaba peligroso. Ella era un ser de la Naturaleza y brincaba ágilmente sobre altísimas ramas y desfiladeros o se internaba sin herirse a través de espesos zarzales. A pesar de su belleza, muchos chicos habían rehusado cortejarla porque ello resultaba perjudicial para la salud. No era el caso de Iedur, quien, a pesar de los hematomas, cortes y arañazos se negaba tozudamente a perderla de vista...
 

El chico, apretando los dientes, miró desafiantemente a Aedai y saltó a una nueva piedra. Ella rió.
 

-Primero tendrás que ayudar a tu madre a limpiar tus habitaciones y después sacar brillo a las armas de tu hermano.
 

-¡Te equivocas! -rugió Iedur. De tres temerarios saltos llegó hasta Aedai e intentó agarrarla. La muchacha salió corriendo y se internó en la fresca espesura.
 

Al poco, la halló recogiendo moras de un zarzal. Iedur se preguntó, al contemplarla, qué clase de hechizo hacía posible la atracción que sentía hacia ella mientras despreciaba o esquivaba distraídamente al resto de las jovencitas.
 

-A veces pienso que eres una dríade que un hada dejó en la puerta de tu casa -dijo Iedur-. Tus padres, compadecidos, te recogieron y criaron como a una hija, pero seguramente no eres humana. A vedes pienso que me estás embrujando.
 

La chica sonrió placenteramente.
 

-A veces yo pienso que eres un jabalí con aspecto de hombre    -ella lo miró burlona y desafiantemente-, un jabalí torpe y desmañado que hociquea entre el barro.
 

Él quedó quieto, mirándola a los ojos, embelesado por su belleza. Ella, nerviosamente, apartó la vista.
 

-Iré a nadar a la costa esta tarde.
 

-¡No vayas! -en la voz de Iedur había genuina preocupación-. Últimamente se ha visto a los hermanos Finn por esa zona. Ya sabes que raptan a las jóvenes para hacerlas sus esclavas. Son nuestros enemigos.
 

-¿Temes por mí? -Aedai sonreía, llena de placer y burla.
  

-Sí -dijo Iedur, algo incómodo. No sabía mentir. La sonrisa de Aedai se abrió aún más. Iedur, en un arrebato inexplicable, sacó la pequeña cuerda de su zurrón e hizo una lazada en ella.

 -¿Qué haces? -inquirió Aedai.
  

-Voy a ponerte un lazo al cuello. Así no te escaparás.

-¿Harías eso? -Aedai se le acercó, sus ojos chispeaban traviesamente.

 -Por supuesto -Iedur le colocó el lazo en el delgado y blanco cuello. Apretó el nudo sobre la fina garganta. Ella frunció levemente el ceño, pero no se apartó ni borró su sonrisa. Iedur tenía el otro extremo de la cuerda en su diestra.
 

-Eres una fierecilla y debes ser domada -dijo severamente el muchacho. Tiró levemente de la cuerda y ella se le acercó hasta que sus cuerpos se tocaron. Los ojos de la muchacha se entrecerraron y clavaron en los de Iedur.
           

-Ahora no te separarás de mí -dijo el chico, sintiendo que se hundía en aquellas dos negras profundidades-. Irás donde yo vaya, te domaré como a un potro salvaje o un perro desobediente -afirmó, con el ceño fruncido.

-Iría contigo hasta el fin de la tierra -contestó ella, sonriendo dulcemente, acercando sus labios a los de Iedur-. Prometo que obedeceré todas tus órdenes sin protestar...

Iedur la ciñó con firmeza por el talle y se besaron. Para los dos era el primer beso. Si los padres de ambos los sorprendieran en aquel momento los azotarían tantas veces que no se podrían sentar en al menos ocho días.

De pronto, Iedur sintió un escalofrío. Otra vez aquel pensamiento angustioso: ¿acaso las mujeres no apartaban al guerrero de la guerra, acaso no lo conducían a una vida sedentaria, a una cabaña llena de niños gritones? De nuevo la  maligna contradicción. Tal vez Aedai fuera realmente una hermosa elfa que le estuviera conquistando para su propio provecho. Si caía en su embrujo podía despedirse de la fama y la gloria.
La apartó violentamente de su lado.
 

-¿Qué haces? -preguntó Aedai, enojada.
 

Iedur se alejó hacia atrás, trastabillando.
 

-¡Me estás embrujando! ¡No caeré en tus redes! -gritó.
 

Aedai, furiosa, lo acribillaba con la mirada. Los ojos se le tornaron húmedos.
 

-¡Estúpido! -increpó. Se sacó la cuerda del cuello y la arrojó al suelo. Dióse la vuelta y se fue, caminando con aire orgulloso.
  

Iedur seguía muy inquieto. Esbozó una sonrisa. Se sentía victorioso.
 

De pronto, la alegría se esfumó y se vio a sí mismo como un niño tonto y supersticioso. Ahora, tras su error, nunca volvería a ver a Aedai, y aquel pensamiento, extrañamente, le causaba un gran dolor.
 

Apesadumbrado, echó a andar sin rumbo fijo. Entonces, dióse cuenta de la posición del Sol y recordó su cita con el druida Bran. Echó a correr.

Ahora, muchas horas después, también corría. Pensaba reunirse con Aedai y pedirle disculpas. Habría de reconocer su torpeza, pero quería seguir siendo su amigo.  Comprendió que realmente disfrutaba en compañía de  la chica.
 Al llegar al claro donde solían reunirse lo encontró solitario. Se sentó en una roca junto al riachuelo, que por allí transcurría rápidamente. Comenzó a lanzar piedras contra una gran roca, como tantas veces cuando tenía tiempo libre y se aburría. Estaba dispuesto a esperar.
 Una hora después, seguía lanzando piedras. Deseaba que Aedai llegara. Nunca le había hecho esperar tanto, aquella reunión era prácticamente una costumbre para los dos.
Mientras observaba su piedra número quinientos ochenta y cinco impactar certeramente en el blanco, recordó lo que Aedai le había dicho: que aquella tarde iría a la costa. Él lo había tomado por un comentario sin sentido. Pero tal vez ella, en su enfado, habíase alejado tan hacia el Norte para contemplar, como solía hacer, el mar desde los acantilados...
 ...Los mismos por los que pululaban los hermanos Finn.
Soltó la piedra que tenía en la mano y echó a correr a través de la espesura. Sentía un gran temor en su pecho.
 Llegó a la aldea como una exhalación. Los que le vieron no se extrañaron de su comportamiento, pues Iedur era un joven que no podía estarse quieto. Al fin y al cabo, había nacido bajo los signos del fuego: la salamandra como animal y el manzano como árbol.
 Llegó a la cabaña sin resuello. Su hermano Connbraugh apuraba una cerveza mientras fabricaba flechas a partir de una gruesa vara de fresno.
 

-¿Qué te ocurre, muchacho? -preguntó Connbraugh. Le sacaba cinco años a Iedur. Su rostro ancho y anguloso sonreía. Era, al igual que Iedur, ancho de hombros y estrecho de caderas. También lo perseguían las chicas, aunque él cortejaba a una sola, Aila, la de la larga trenza.
 

Iedur estuvo a punto de contarle a Connbraugh sus temores. Si lo hiciera, muchos varones del pueblo (entre ellos los hermanos y el padre de Aedai) saldrían en busca de la joven armados y dispuestos a enfrentarse a los Finn si se daba el caso.
 

-No pasa nada, hermano -contestó Iedur, aún jadeante-. Estaba probando la velocidad de mis piernas.

Connbraugh lanzó una carcajada y siguió con su tarea.
 

Iedur salió de la cabaña, dio  la vuelta a la misma y, tras asegurarse de que nadie le descubriría, se metió por el ventanuco de la habitación de su hermano.
 

En el cuarto había múltiples cabezas enemigas embalsamadas y ordenadas cuidadosamente sobre estanterías. También lucían en la sala varios escudos, un arco de madera de tejo, cuchillos de diferentes tamaños y una espada corta que perteneciera a su padre Cair y después a Connbraugh. También había un baúl para guardar las vestimentas y una larga cama, de cuyo cabezal pendía una resplandeciente trenza dorada, regalo de Aila, la prometida de Connbraugh.
 

Con el corazón latiendo desbocadamente, Iedur se colocó al cuello el torque guerrero de su hermano. Tomó la espada corta, metida en su funda de cuero duro, y la colgó de su espalda. Cogió dos cuchillos largos como su antebrazo, los envainó y sujetó al cinto de su cadera. Si Connbraugh entrara en ese momento en el cuarto sin duda lo despellejaría vivo.
 Tras asegurarse de no ser visto salió otra vez por la ventana y huyó del poblado, escondiéndose de los locales e internándose enseguida en la espesura.
            Echó a correr hacia el Norte con una firme convicción: si Aedai estaba en peligro la salvaría él, y sólo él.
Al cabo de una hora de veloz carrera salió de los bosques y vio la línea de acantilados. El aire estaba cargado de salitre. Iedur lo respiró con fuerza. Aún faltaban más de dos horas para que el Sol se pusiera. Esperaba encontrar a Aedai antes de que las sombras poblaran el mundo. El torque de acero inclinaba levemente su cabeza. En un principio  le habían dolido horriblemente los músculos del cuello, pero al poco habíanse acostumbrado al peso extra.
Corrió veloz sobre una pradera de rocas e hierba húmeda y llegó al borde del precipicio.
 Treinta metros más abajo, las olas chocaban contra los rompientes deshaciéndose en espuma. Buscó con la vista. Ojalá encontrara a Aedai. La tomaría de las muñecas y, aunque hubiera de llevarla a rastras, la devolvería al poblado. Había oído historias acerca de los hermanos Finn y temía por la suerte de la chica.
Comenzó a descender por un camino de tierra dura y fría que serpenteaba por entre los taludes de roca. Muchas veces lo había recorrido en compañía de Aedai y lo conocía de memoria.
 Llegó hasta las primeras rocas. El mar no estaba encrespado aquel día, las olas no superaban los farallones. Aún así, Iedur debía caminar con cuidado sobre ellos, pues eran sumamente resbaladizos. Se dirigía a una de las múltiples cuevas donde sabía Aedai gustaba de recoger conchas y caracolas.
 Ante él, quince metros al frente, apareció una figura oscura. Emergía de una cueva. Era un hombre de aspecto sucio, vestido con pieles de lobo y oso. La melena le caía desgreñada sobre la espalda. Era enorme. De su cadera pendía una larga espada envainada. Estaba de espaldas a Iedur.
 El chico se lanzó al agua antes de que el desconocido se volviera.
 El líquido estaba helado. Las olas lo llevaron cinco metros mar adentro. Una onda llegó en dirección contraria y lo estrelló contra una enorme roca. Los gruesos músculos de Iedur aguantaron el choque. Se aferró desesperadamente a un hueco en la piedra. Con dificultad, helado hasta los huesos y sufriendo por el peso de la espada corta y el torque, se encaramó a una roca superior. Tenía el pelo rojizo empapado y los mechones se le pegaban al rostro.
No vio al hombre vestido con pieles. Supuso que se había metido de nuevo en la gruta de la que saliera. El muchacho avanzó sigilosamente entre las rocas.
Llegó a las cercanías de la cueva, que se abría como las fauces de un gigantesco monstruo. Escondido tras unas piedras, vio allá dentro a cuatro hombres semejantes al anterior, aunque no tan grandes. Comían peces, cangrejos y el fruto de las caracolas. Sorbían los caparazones ruidosamente, absortos en su tarea. Portaban armas: mazas, machetes y espadas. Al fondo, un poco más apartada del trío, estaba Aedai. La chica los miraba con ojos temerosos mientras raspaba con un pequeño cuchillo un pescado. A su derecha había un cesto lleno de otros muchos. Al parecer, su tarea consistía en quitarles las escamas.
Uno de los tres, el de la maza, se volvió para mirarla. Lucía una expresión atroz. Aedai retrocedió un paso, los ojos desorbitados. También Iedur sintió escalofríos al observar aquel rostro salvaje y maligno.
 

 -¡Más deprisa, estúpida! -bramó el tipo-. ¡Antes de que caiga el Sol debes tener limpios todos los pescados!
  

Agarró una piedrecilla del suelo y la lanzó hacia Aedai, quien la esquivó ágilmente. La chica tenía ya dos moretones en su fina frente.
 

Iedur supuso que aquellos eran los Finn. Se decía que vivían muy al Norte, pero bajaban hacia el Sur para pescar y cazar animales salvajes. Nadie los amaba. Solían robar personas perdidas, en su mayoría jóvenes que esclavizaban o entregaban a tribus lejanas a cambio de alimentos y metales. Eran itinerantes y muy escurridizos. Por eso no se les había atrapado aún. Cuando no cazaban o pescaban solían emplearse en las guerras entre diferentes clanes a cambio de comida y alojamiento.
 

Apareció aquel que ya conocía Iedur. Introducía su miembro viril bajo las pieles y se limpiaba la orina de la mano en el muslo.

 -¡Acabad! -rugió-. ¡Hemos de irnos antes de que empiecen a buscar a la chica!
  

-Aguarda, Corm -pidió uno de los comensales-. Aún nos quedan unos pocos cangrejos...
 

Corm se le acercó y de una patada hizo volar el cangrejo entre sus manos. El golpeado encogió los hombros, resignado. Sus hermanos le imitaron. Aquel grupo parecía más una pequeña manada de alimañas que una familia. Sin embargo, sin alguien que impusiera (aunque fuese brutalmente) el orden entre tales bestias, poco durarían con vida, tan odiados como eran.
  

 -¡Puerca! -llamó uno de los Finn a Aedai. Ella lo miró, angustiada-. ¡Recoge los cangrejos y los peces en un saco y síguenos!
  

Aedai obedeció rápidamente. Iedur vio que por los ojos de la chica cruzaba un rayo de furia. “¡No lo hagas, Aedai!”, pensó.
 

Pero la joven, aún con el cuchillo de raspar pescado en su diestra, llegó corriendo hasta el que le había dado la orden.
  

 -¡Cuidado, Taugh! -rugió Corm.
  

Aedai clavó el cuchillo en el costado del aludido. Pero el arma era pequeña y las pieles que cubrían al hombre muy densas. Taugh aulló, más de sorpresa que de otra cosa, se volvió y abofeteó a Aedai dos veces. La chica quedó sin sentido.
 

-¡Déjame castigarla, Corm! -otro de los Finn cogió a Aedai del pelo. La chica despertó y chilló de dolor.

-¡No, Medb! -bramó Corm-. Ya habrá tiempo para eso después. ¡Vámonos!
 

Taugh se frotaba el costado y miraba asesinamente a Aedai. Medb la soltó. La chica sollozaba quedamente y pronto continuó su tarea de recoger cangrejos y peces semidevorados.
 Iedur sintió que la sangre le hervía en las arterias. Ahora era el momento: debía lanzarse a la lucha, pelear como Cúchulainn contra los Cien Combatientes y cortar las cabezas de los cinco Finn. Su destino estaba al alcance de la mano.
 Con el corazón golpeándole el pecho, Iedur desenvainó silenciosamente la espada y se desvistió, dejando sobre su cuerpo tan sólo el torque y el cinto con los dos cuchillos. Pelearía desnudo, como los mejores guerreros, para probar su coraje.
De pronto, sintió que sus miembros estaban paralizados. Se negaban a obedecerle, a lanzarlo hacia la batalla. Estaba temblando, no podía mover un solo músculo. Sentía miedo. Miedo a la victoria, miedo a la derrota, miedo a la muerte. Todas sus esperanzas y deseos estaban siendo frustrados cruelmente por el miedo. La vergüenza enrojeció su rostro. Quería reaccionar, mas el terror lo mantenía paralizado. No podía cruzar la Barrera del Miedo. Hizo un esfuerzo de voluntad, concentró todo su ser en el deseo de batalla y gloria. Pero ellos eran cinco, más expertos y fuertes que él. Lo matarían, y matarían también a Aedai. No era digno de ella. Era tan sólo un despreciable cobarde. Un niño. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Espontáneamente, y antes de poder darse cuenta del hecho, saltó sobre las rocas y corrió hacia Medb, el Finn más cercano, quien masticaba distraídamente un pez crudo. Iedur gritó escalofriantemente. Su rostro era una máscara de locura. Medb fue asesinado, la espada de Iedur hendió su garganta y quebró la columna vertebral, surgiendo por la nuca. Los ojos se le desorbitaron. Intentó gritar, pero tenía las cuerdas vocales cortadas. Iedur sacó la hoja de su vaina humana. La primera sangre que derramaba cayó sobre su propio pecho. Medb, chorreando el líquido vital, se agarró el cuello escarlata. Cayó al suelo, muerto.  Iedur, aún sorprendido de su valor, miró la hoja brillante y contempló su rostro reflejado en la sangre.
 

-¡Cuidado, Iedur! -era la voz de Aedai.
 

El joven desnudo salió de su ensimismamiento. Sualtaim y Aillil, dos más de los hermanos Finn, se le venían encima. Uno portaba una maza de piedra, el otro dos machetes largos. Eran fuertes y estaban encolerizados. Mas Iedur poseía agilidad y un talento natural para las armas. Había practicado durante incontables horas con espadas de madera. Aun así, un combate real era muy distinto de un entrenamiento.
 Iedur saltó hacia atrás, sus desnudos pies, ya en carne viva, volvieron a herirse al asentarse en las afiladas rocas. Un machete de Aillil le tajó levemente el brazo. Iedur comenzó a sangrar. Esquivó el segundo machete y automáticamente, sin brusquedad, coló su cuerpo bajo el brazo de Aillil al tiempo que clavaba la espada en el muslo del Finn. Éste rugió y se apartó de un salto lateral.
Sualtaim se le acercó blandiendo su maza de piedra. Lanzó un golpe de revés que arrancó levemente la oreja del cráneo de Iedur. El muchacho habíase apartado a un lado y gracias a eso la maza no había hecho volar su cabeza entera. El dolor chillaba furiosamente, la sangre manaba a pequeños borbotones de la oreja deformada, manchando pecho y hombro.
 Sualtaim se disponía a golpear otra vez con su maza. Iedur trastabilló y se apartó hacia atrás. La maza pasó como un jirón gris y borroso a dos dedos de su rostro. El chico imaginó que el enemigo era una roca a la que lanzar una de sus piedras. Desenvainó el cuchillo y desde su mano voló, clavándose en la nariz del Finn. La hoja atravesó levemente el cráneo, sin llegar al cerebro.
 Sualtaim aulló y se arrancó el cuchillo, tirándolo al suelo. De su tabique nasal roto comenzó a manar sangre. Iedur sacó el otro cuchillo y lo lanzó. Esta vez, la hoja impactó certeramente en la garganta del Finn, quien se derrumbó enseguida junto a Iedur.

 Aillil se agarraba la pierna herida con la mano derecha, intentando detener la hemorragia. Miraba a Iedur con un odio capaz de taladrar las piedras.

-¡Matadlo! ¡Matadlo! -rugía Corm, el hermano mayor. Aedai, a su lado, contemplaba con ojos desorbitados la escena. Iedur la miró, y luego se volvió a Taugh y Aillil, quienes ya venían en su busca y dispuestos a hacerle pedazos.

Iedur no dudó.  Saltó hasta el cadáver de Sualtaim, recuperó sus dos cuchillos, apartó rápidamente la sangre que bañaba su rostro con el antebrazo y lanzó uno a Aillil.
El Finn trastabilló, mirándose el abdomen. Por entre las pieles surgía el mango del cuchillo. Iedur alzó el otro, dispuesto a lanzar. Los ojos de los Finn se abrieron a causa del terror y retrocedieron gritando y buscando un escondite. Iedur los contempló, algo sorprendido. No debería extrañarse tanto, el cuchillo entre sus manos de experto tirador era un arma muy peligrosa.
Corm aún se mantenía en pie, sujetando por un brazo a Aedai. Sus dos hermanos permanecían agazapados tras las rocas.
 

-¡Has matado a mis hermanos Medb y Sualtaim! -rugió  Corm, fuera de sí-. ¡Vas a morir!

Desenvainó su espada, larga y recta. Miraba a Iedur con odio, pero también con respeto.
 

Iedur envainó el cuchillo arrojadizo. Agarró su espada a dos manos. Los dos sonrieron torvamente. Sería un duelo honorable, a muerte. Iedur deseó que su hermano Connbraugh pudiera contemplarle en aquellos momentos. El muchacho, desnudo y sangrante, se rió de la vida y la muerte.
Corrieron el uno hacia el otro. Corm rugió y descargó un mandoble. Iedur lo paró con su espada. El impacto sónico casi lo dejó sordo. Sintió la destructora vibración subir hasta el hombro. Aun así, y a pesar de su corta edad, su cuerpo era ya el de un hombre y como un hombre aguantó. Lanzó un revés y una estocada, su espada resbaló rechinantemente sobre la hoja de Corm. El Finn gruñó, sorprendido. Había esperado luchar contra un cachorrillo y ahora tenía frente a sí un lobo sediento de sangre.  Iedur redobló sus ataques, acostumbrándose rápidamente al dolor que producían las vibraciones resultantes entre los aceros. Recordó a su padre Cair, muerto en combate. Una rabia brutal se apoderó de él. Atacó como un poseso, hasta el punto de hacer retroceder al asombrado Corm.

 -¡Deja en paz a mi hermano o la mato! -Taugh agarraba a Aedai por el pelo. La chica chillaba, dolorida y aterrorizada. El Finn, furioso mas también asustado alzaba su maza sobre la cabeza de Aedai. Junto a ellos se encontraba Aillil, quien había sacado el cuchillo de su abdomen. Las gruesas pieles le habían salvado de la muerte.

 -¡No! -rugió  Corm-. ¡Es un combate legal! ¡No interfieras!
 

Iedur respetó profundamente a Corm.

-¿Y si te mata? -argumentó Taugh-. ¡Deja que acabemos entre todos con él, es sólo un chiquillo!
 

-¡Es un guerrero! -bramó Corm-. ¡Quiero su cabeza y la tendré en una lucha legal!
 

El pecho de Iedur se infló. Sintió un ramalazo de orgulloso placer.

-¡Yo también quiero la tuya! -intervino el chico-. ¡Y las de tus hermanos muertos! ¡Los he matado en combate justo!
 -Tendrás sus cabezas si me vences a mí, y después a ellos -Corm señaló a Taugh y Aillil.
 

-De acuerdo -Iedur se agarró la oreja deformada con una mano. Ahora la sangre manaba más débilmente. Le resultaba imposible oír por ese lado. Supuso que le habían destrozado el oído-. Pero lucharéis de uno en uno.
 

-Me parece justo -concedió Corm.
 

-¡Pero...!
  

-¡Cállate de una vez, Taugh! ¡Tus gimoteos me dan dolor de cabeza!
  

El aludido enmudeció. Corm alzó orgullosamente la barbilla e infló su enorme pecho.
  

-Hoy, aquí, demostraremos que los Finn tenemos honor.
 

Iedur y Corm giraron uno alrededor del otro, observándose en silencio. Las olas del exterior ahogaban los quedos sollozos de Aedai. La chica contemplaba con genuina preocupación a su antiguo compañero de juegos, convertido ahora en sangrante guerrero.
 Corm atacó, Iedur paró el golpe. Ya las muñecas no le dolían tanto a causa de las vibraciones y sentíase más confiado. Hubo un intercambio de golpes. Iedur pasó al ataque. Su cerebro gritaba una sola voz:
 “¡MATARLO!¡MATARLO!¡MATARLO!...”
No podía ni quería pensar más que en ello. Recuerdos y esperanzas desaparecieron de su cabeza. Se estaba jugando seriamente la vida y debería concentrar alma, cuerpo y sentidos en el combate.
Corm retrocedió, espantado. Iedur poseía un talento natural para atacar en el lugar más desprotegido de su defensa y enlazar severos y bien dirigidos golpes. El mayor de los Finn comenzaba a asustarse. Comprendía que aquel chico tenía el potencial necesario para llegar a ser un héroe épico.
Corm rugió y cargó con todo el cuerpo. Las espadas se trabaron, el Finn lanzó a Iedur al suelo. La espalda desnuda probó las cortantes aristas de roca. Se levantó instantáneamente sobre los sangrantes pies.
Iedur comenzaba a resentirse por la pérdida de sangre. Estaba mareado. Trastabilló. Corm cargó otra vez. De nuevo paró el golpe, el  Finn lo empujó y el joven probó en su cadera la dureza de las piedras húmedas. Corm alzó la espada, gritando. Tenía el rostro de un loco sediento de sangre. A su espalda una ola estallaba contra las oscuras rompientes y se deshacía en lluvia de espuma.
Iedur paró varios golpes terribles. Corm lo atacaba sin piedad, el chico se apartaba o defendía débilmente, las vibraciones restallaban en todo su cuerpo amenazando con  hacerle estallar la cabeza.
Ahora hallábanse en una zona de rocas romas muy resbaladizas. Los pies de Iedur tenían plantas rojas y sin piel. Habíanse endurecido como cuero seco y se asentaban con mayor seguridad que las botas de Corm. Iedur decidió aprovechar la oportunidad:

-¡No eres más que un cobarde, tu padre lo fue más aún, y tu abuelo os superó a los dos!

Para un celta, ser llamado cobarde era el peor de los insultos, pues amaban el coraje y el valor por encima de todas las cosas. Normalmente, el verse superado numéricamente en  una proporción enorme no era excusa  para abandonar la batalla. El que un guerrero muriera por efectuar una acción temerariamente suicida no escandalizaba a nadie, sino todo lo contrario: a sus familiares se les trataba con respeto y todos contribuirían con gusto a su manutención. Aunque el muerto hubiera sido en vida arrogante, cruel, vengativo y maligno, si su final fue valeroso el que hablara mal de él sería severamente castigado.

Así pues, las pullas del muchacho enloquecieron a Corm. El Finn se lanzó al ataque como un toro furioso, descuidando sus movimientos. Sus botas resbalaron, perdió el equilibrio y agitó  los brazos en el aire.
 

Iedur rió al ver el hueco gigantesco en la defensa del gigante y saltó hacia él. Su espada se hundió en el esternón hasta la empuñadura. Los dos se desplomaron, la espada de Iedur pinchó en el suelo de piedra y se partió.
 

Corm soltó su arma, se debatió y agarró el hombro de Iedur.

-Me has vencido -musitó.  Sonrió-. Enhorabuena.
 

Iedur se levantó, sacando del cuerpo caído la espada asesina, ahora de color escarlata, rota. Cogió el otro fragmento. Trató de unirlos. Tenía los ojos húmedos. Aquella fue la espada de su fallecido padre y con ella también peleó su hermano Connbraugh. Las lágrimas fluyeron.
 Corm, en el suelo, a punto de morir, canturreaba una canción montañesa.
A Iedur le temblaban las rodillas. Guardó en la vaina el fragmento superior de la espada. El otro lo empuñó a dos manos.
Tough, Aillil y Aedai lo miraban en silencio. En los ojos de los dos hermanos había genuino terror.

-¡No te acerques! -gritó Taugh. Cogió de nuevo a la chica por el pelo-. ¡La mataré!

-¡Sois despreciables! -bramó Iedur, con voz ronca y ojos enrojecidos. Señaló con la espada rota a Corm, cuya mirada ya era vidriosa-. ¡No merecéis llevar su sangre!
 

Aedai cambió su expresión asustadiza por otra, iracunda. Metió la mano bajo  las pieles de su captor. Taugh dobló rodillas y tronco. Perdió el equilibrio, debilitado. Tenía los ojos desorbitados. La maza cayó al suelo encharcado. Gritó, y más aún cuando Aedai retorció su presa en la entrepierna de Taugh. Éste se desplomó, chillando de genuino dolor, con las manos en la ingle.
Aedai lo soltó y echó a correr hacia Iedur. Una sonrisa salvaje se abría en su rostro manchado de lágrimas secas.

-¡Vámonos! -exclamó. Abrazó a Iedur con fuerza, hundiendo su rostro en el pecho pegajoso y rojo del muchacho-. ¡Vámonos, por favor!

-No puedo -respondió él, rodeándola con sus brazos-. Se lo  prometí al mayor de los Finn.

 Aedai lo miró fijamente.

-No. Prometiste  luchar contra ellos de uno en uno. ¡Obsérvalos! ¡No son honorables! No pelearán de forma limpia contra ti. Te combatirán juntos, engañándote y usando todo tipo de tretas.

Aillil ayudaba a su hermano a levantarse del suelo. Taugh, aún con un rictus de dolor brutal en su rostro, poco a poco recuperaba la compostura.

 -Llevas razón -dijo Iedur-. No respetarán las reglas -deseaba luchar contra ellos, pero... ¿qué sería de Aedai si perdía la batalla? En ella descargarían toda su ira y su frustración. Le resultaba muy difícil decidirse.
 

Aedai lo miraba, desesperada e implorante. Apretaba aún más su cuerpo contra el de él.

-Vámonos -decidió Iedur. La tomó de la mano y ambos echaron a correr hacia el exterior de la cueva.
 

Las olas barrían los rompientes, la espuma salpicó sus cuerpos. Iedur agradeció la gelidez del agua salada que se colaba por sus heridas, limpiándolas, lo libraba de la pegajosa costra sangrienta y despertaba sus atontados sentidos.
 

Saltaron sobre las rocas hasta llegar al pie del sendero de tierra. Comenzaron el ascenso. Iedur resbaló y se raspó el vientre desnudo al caer unos metros sobre el sendero de dura arena. Clavó los dedos en ella y siguió subiendo.

 Taugh y Aillil, salvajemente airados, comenzaron el ascenso. El viento cortante levantaba sus pellizas de piel, barbas y melenas. Taugh, ya recuperado, marchaba el primero. El muslo herido de Aillil volvía a sangrar.
La escalada resultó muy dura. Iedur empleó sus últimas fuerzas en llegar a la cúspide. Atontado por la pérdida de sangre, exhausto a causa de la batalla, se desplomó en el suelo de hierba, tierra y piedras. Trató de levantarse, mas no pudo. Respiraba silbantemente, sentía el aire helado acuchillando sus ardientes pulmones. Aedai llegó a su lado y lo miró, desesperada.
 

-Vete... -logró decir Iedur.
 

Ella miró hacia abajo, a los dos hermanos que ya pronto los alcanzarían. Se volvió hacia el bosque, tras cien metros de pradera. En la espesura no la encontrarían. Miró a Iedur, tirado en el suelo, incapaz de levantarse y a punto de vomitar. Se mordió el labio superior.
 La chica cerró sus puños con fuerza y de dos pasos llegó al borde del precipicio. Los Finn estaban a tan sólo diez metros de la cúspide.

-¡Te cogeremos, furcia! -bramaba Taugh, fuera de sí a causa de la rabia-. ¡Vas a sufrir mucho por lo que me hiciste allá abajo! ¡Y a tu amigo lo vamos a despellejar vivo!

Aedai agarró una piedra maciza tan grande como su propia cabeza. Con esfuerzo la levantó por encima de sus hombros.

-¡Tú eras el que más me pegaba! -acusó, bufando como una gata salvaje-. ¡Cállate de una vez!
 

Lanzó la piedra. Taugh levantó una mano para protegerse. El proyectil alcanzó su antebrazo y rodó por su pecho. El Finn perdió el equilibrio y se precipitó acantilado abajo. Aillil se había apartado hacia la derecha, esquivándolo. El cuerpo rodó e impactó de cabeza contra una roca del fondo.
 Aillil miró a su hermano muerto. Luego a Aedai. La chica contemplaba incrédulamente sus manos. El Finn rugió salvajemente y escaló a la carrera los últimos metros. La muchacha buscó otra piedra, aterrorizada. Aillil llegó hasta ella y alzó su maza de madera, dispuesto a hundirle la cabeza entre los esbeltos hombros.
Iedur se interpuso entre ambos. El muchacho habíase recuperado, aunque todavía estaba mareado. Tenía manchas de vómito en su mejilla. Cargó sobre Aillil.
Éste golpeó con su maza en sentido ascendente. Alcanzó a Iedur en el muslo izquierdo y el muchacho gritó, con la pierna entumecida y doliente. Iedur atacó con la espada, la cual se clavó en la maza, quedando allí encallada. Iedur tironeó, mas no la logró sacar. Aillil volteó el arma, quitándole la espada al muchacho de las manos.
  

-¡Devuélvemela! -rugió el chico. Se lanzó sobre Aillil y, antes de que éste pudiera reaccionar, los dos puños volaron sobre su rostro rompiendo un pómulo y una ceja. Aillil quedó atontado, sostenido por dos piernas vacilantes. Cayó al suelo.
 

Iedur agarró la maza y tiró de su espada hasta sacarla de la madera. Aillil ya se levantaba cuando el chico le clavó el arma en la espalda varias veces.

El último Finn quedó en el suelo, moribundo. Iedur lo contemplaba como un borracho. Aedai lo sostuvo cuando ya caía, mas no pudo soportar aquel corpachón musculoso y ambos acabaron abrazados sobre la hierba, incapaces de hacer nada más que permanecer tumbados, recuperando fuerzas, el rostro de Aedai pegado al torque y mentón de Iedur. Temblaba violentamente y no era capaz ni de hablar.
 

Al cabo de un rato la muchacha se levantó y arrancó un pedazo de su vestido. Con él vendó la cabeza y el brazo de Iedur, cerrando así las hemorragias. El chico tenía oscuras ojeras bajo los ojos, que contrastaban con la palidez cenicienta del rostro. Había perdido demasiada sangre. Sus ojos brillaban húmedamente a causa de la fiebre. Aedai comprendió que si el joven no comía pronto iba a morir. Y eso ella no estaba dispuesta a consentirlo.

Echó a correr hacia el bosque y al cabo de poco volvió cargada de bayas, nueces y moras silvestres. Se había levantado la falda y sobre ella, a modo de cuenco, transportaba los frutos. Iedur los devoró. Tras el banquete, y aún debilitado, el chico logró alzarse sobre las temblorosas piernas y arrancó la espada del muerto Aillil. Limpió el acero en la fresca hierba y miró el arma que perteneciera a su padre, luego a su hermano, y ahora, por méritos propios, a él.

-He de cortarles las cabezas -dijo, con firmeza. Aedai lo miraba desde el suelo, sentada con las piernas cruzadas.

El chico, ahora ya más restablecido, bajó por el sendero de tierra. Aedai lo seguía muy de cerca, temerosa de que resbalara a causa de la debilidad.

Ya en la cueva, Iedur se aproximó al cadáver de Corm, sobre el que los cangrejos y las gaviotas comenzaban a darse el festín. Espantó a las alimañas. Miró al muerto con respeto.

-Él fue el más honorable. Él será el primero.

Con golpes metódicos lo decapitó. Anudó las melenas a su cinto. Ahora la testa pendía de él.

Siguiendo la antigua tradición de los cazadores, arrancó el corazón de Corm y comenzó a devorarlo para así poseer la energía, valor y nobleza de la presa cazada. La carne y la sangre fortalecieron su cuerpo más que los frutos antes tomados.

 -Yo también quiero comer de su corazón -dijo Aedai.

-¿Tú? -Iedur la miraba asombrado.

La chica alzó orgullosamente la barbilla.

 -Olvidas que yo también cacé hoy. Maté a Taugh arrojándole una piedra. Su cabeza es mía.
-Es cierto -afirmó Iedur-. Hoy te has comportado como una verdadera guerrera.

Aedai sonrió, llena de placer. Iedur cortó un pedazo grueso del corazón y se lo dio a Aedai. La chica, mientras lo comía, manchando su bello rostro de sangre fresca, miraba pícaramente a Iedur. Él la llamó con un dedo y ella se acercó.

-Aún no he olvidado lo que te dije esta mañana -dijo el muchacho, clavándole los ojos-. Prometí domarte como a un animalillo salvaje, prometí que nunca te separarías de mi lado.

Ella apoyó una mano dulcemente en su hombro derecho.

-Si fueras mi amo... -dijo, casi susurrando, acercándose más a él- debería hasta de comer de tu mano.

-Cierto -respondió Iedur.

Aedai le cogió la diestra y comenzó a chuparla cuidadosamente, sin dejar de mirar fijamente a los ojos de Iedur, hasta que los dedos, la palma y el dorso quedaron limpios de sangre y brillantes. El chico comprendió por qué se había interesado por ella, evitando al resto de las chicas. Ellas aún eran niñas, jovencitas. Aedai, a pesar de su edad, era toda una mujer.
 La tomó por la cintura. Sin delicadeza alguna la atrajo hacia sí. Se besaron con fuerza durante largo rato. Iedur comprendió que se podía ser un buen guerrero con una mujer como aquella a su lado. De hecho, deseaba tenerla junto a él hasta el final de sus días.

-Hoy has cazado más que cabezas -le dijo Iedur-. Hoy  me has cazado a mí. Eres una espléndida cazadora. La mejor.
 

-Cázame tú a mí -respondió Aedai.
 

Volvieron a besarse. Después, dejaron de ser niños y amigos.