“Cuentan las leyendas que hubo épocas anteriores a las registradas en la historia, donde civilizaciones nacían y caían, bajo los pies de hombres bárbaros y salvajes, que sólo hablaban con el acero que sus fuertes brazos sujetaban para abatir a sus innumerables enemigos. Eran épocas incivilizadas donde dominaba la ley del más fuerte.”

Action Tales presenta Relatos Salvajes:

Escrito por Zerat Aratkal  y  Raúl Baixauli Sánchez/ Portada: John Picaccio

Historia de Lord Elric de Melniboné

Escrito por Zerat Aratkal

Un homenaje a Moorcock que escribi hace ya varios años.

Ésta es una historia de Lord Elric de Melniboné, escrita por su pálida mano tinta en la sangre de los que se cruzaron en su camino, en la que narra una de sus desventuras no conocida todavía, y de Portadora de Tormentas, su demoníaca espada saciada por las almas de los que se opusieron a él.

Mi nombre es Elric y soy el albino Emperador de la perdida Melniboné, el imperio que subyugó al resto de pueblos, el imperio que yo destruí. Soy Elric Matamujeres, pues es mi destino que aquellas a las que amo caigan bajo el filo de mi espada. Soy un cáncer sobre el mundo atado al mayor de los demonios por pactos de sangre y muerte, y vago por el mundo aumentando a cada paso mi sanguinaria cosecha de almas y destrucción.

Ya os he contado mi sino, mi pena, mi castigo. Ahora os relataré una historia.

Comienza, como otras tantas historias ya narradas de otros tantos héroes ya olvidados, en una taberna. Me encontraba solo, sentado en un rincón, bebiendo el vino especiado del tabernero, un vino que ni se habría servido a los perros en Irmyrr, la ciudad de Ensueño que yo ordené destruir. Aferraba la copa de latón con mis largos dedos blancos mientras contemplaba mi reflejo en el líquido de color sangre y pensaba en todos aquellos que habían muerto y cuyo fluido vital había manchado mis botas.

Una mujer entró en la taberna en esos momentos. Oteó la sala y se lanzó a mis pies de rodillas llorando sobre mi capa púrpura.

-Mi señor Elric -sollozó la mujer entre sus bucles castaños- soy la reina de un humilde país, y pido ayuda al mayor hechicero que ha pisado la faz de la tierra para que me ayudé a defender mi pueblo de la amenaza que sobre él se cierne.

Yo sujeté su barbilla con mi mano y alcé su cabeza. Le miré los ojos. Pude ver el miedo en los suyos cuando vio mi cadavérico rostro y los rubíes que adornan mis cuencas. Me gustó su cara. Era bonita y delicada, aunque tenía algo de salvaje.

Así fue cómo me embarqué en un largo viaje, no porque me importase aquella mujer ni su estúpido reino, si no porque me había gustado su mirada.

Navegamos por encima de Tarkesh y dejamos muchas jornadas atrás la ciudad de Nio. Cuando desembarcamos lo hicimos en un pequeño puerto en medio de ninguna parte con una gran planicie ante nosotros por la que cabalgamos la reina y yo durante tres días. Durante todo este tiempo ella, que se llamaba Kaltim, me contaba cosas sobre su país mientras yo calentaba el agua en las hogueras y preparaba las infusiones de hierbas que me habían de devolver las fuerzas que el ejercicio robaba a mi débil sangre.

El país, Tuyheim, era una fría planicie con solo aquella fuerte hierba que aferraba en cualquier sitio como vegetación y unos pocos árboles en el extremo occidental. Era un país pobre con cabañas de barro y pieles, y las pocas construcciones importantes eran levantadas con la piedra de las montañas en el norte.

Las gentes del país, reunidas en pequeñas aldeas de apenas una decena de casas, saludaban a Kaltim con grandes exclamaciones de afecto. Incluso a mí parecían recibirme con los brazos abiertos, algo que era mucho más de lo que podía pedir en los más civilizados Reinos Jóvenes. Eran gente pálida de pelo negro, extraños en su amabilidad. Manifestaban su curiosidad por mí de una forma cortés, pero era curiosidad al fin y al cabo, y llegados a ese punto yo me retiraba a la cabaña que me habían indicado.

Al tercer día de viaje vimos columnas de humo en el horizonte. Kaltim se irguió en su silla con expresión preocupada. Sin decir una palabra se puso al galope. Yo la seguí sabiendo lo que encontraríamos.

El poblado había ardido. Dos docenas de personas yacían muertas por el suelo a medio devorar por una boca enorme. Otras ardían aún en piras, apiladas como sacos. Sus cabezas estaban amontonadas en una pequeña montaña. No habían respetado a nadie: niños y ancianos, mujeres y hombres nos miraban por igual con ojos vacíos perdidos en el infinito. No aprecié signos de lucha; aquella gente se había rendido sin plantar cara y habían sido ejecutados fríamente.

Kaltim estaba de rodillas llorando. Yo busqué entre las ruinas un pequeño barril de aquel aceite que las gentes de Tuyheim usaban como combustible y lo esparcí sobre los dos montones de mutilados cadáveres. Después les prendí fuego. Tormentosa, envainada en mi cadera, se estremeció amargamente. Tal vez lamentando aquel desperdicio de almas.

La reina rezó a sus pequeños dioses familiares hasta la medianoche. Yo había encendido fuego y fabricaba las infusiones que me mantendrían fuerte. Cuando ella se sentó ante mí pude ver sus ojos, y al contemplarlos supe que no tardaría mucho en prescindir de las hierbas, pues pronto la energía que me sustentaría sería la de las almas de hombres devorados por mi espada.

-Hace aproximadamente un año un hombre vino a mí -confesó la reina-. Dijo ser un hombre elegido por los dioses para servir al pueblo de las praderas. El hombre era un hechicero y tenía poder sobre los elementos. Parecía sincero y lo acepté en mi corte. Por un tiempo las cosas fueron bien, las cosechas prosperaron y nuestro ganado medró. Sin embargo nos traicionó.

-¿A qué te refieres?

-Tras tres estaciones vinieron unos hombres, y el hechicero los acogió en mi casa diciendo que eran soldados y que servirían al pueblo. Pero aquellos hombres llevaban acero y mi pueblo no posee el conocimiento para extraer de Grome lo que Grome no quiere darnos. Los hombres descubrieron que eran fuertes y nos subyugaron. El hechicero construyó una torre en algún lugar de la planicie y se proclamó rey. Yo conseguí huir aquel mismo día, pero mi corte fue destruida. En Tarkesh oí del Lobo Blanco y desde entonces os busqué por todo el mundo

Yo me levanté. Removí un pequeño montículo de cenizas con la punta de mi bota, después, mientras contemplaba la mancha gris en la curtida piel negra mascullé: “Pan Tang.” Kaltim me miró sin comprender.

-Puedo oler su hedionda presencia incluso entre este humo. Este crimen no quedará impune.

-Pero, Elric, ¿cómo darás con ellos? Nadie sabe dónde se esconden.

-Para los ojos de un brujo entrenado el paso de los demonios se puede rastrear tan fácilmente como el de un lormyriano borracho. No te preocupes, mi reina: el azote de tu pueblo pronto dejará de existir. -Sin querer, mientras decía esto, mi mano derecha acarició la empuñadura de Tormentosa.


Tardamos tres días más en alcanzar la torre. Mis ojos, preparados para la magia, me mostraban claramente el paso de una bestia gigantesca, una criatura que, a pesar de tener cuatro pezuñas hendidas, arrastraba por el suelo una enorme panza. Debía ser un demonio muy poderoso si él solo había terminado con el pueblo. Tal vez un Señor menor del Caos, pero Señor al fin y al cabo. La idea me hizo estremecer.

Había vendido mi alma al Caos hacía tiempo, esperando que mi amor me fuese devuelto. Mi patrón, Arioch, cumplió su promesa pero por desgracia Cymorill no tardó en morir bajo el filo de mi hambrienta espada. Era pues un guerrero juramentado, un pelele tal vez, aunque yo prefería pensar lo contrario, que aun disponía de cierto libre albedrío. La ilusión del esclavo.

Tardamos pues tres días en alcanzar la torre; era una construcción de basalto y oro, de gemas increíbles engastadas. Se alzaba quince metros sobre el suelo, tan ostentosa que me recordó la caída torre de Baalz’neebet. La arquitectura era mucho más tosca, más humana, pero la suntuosidad de la que hacía gala era comparable a la de mi Melniboné natal.

La princesa me miró, esperando mi reacción. Le devolví la mirada, un plan se perfilaba en mi mente:

-Alejaos. Marchad lo más lejos posible.

-Pero, Elric…

Levanté mi pálida mano y coloqué la punta de mis dedos sobre sus labios, ella puso fin a su alegato ante mi gélido contacto. La Actorios, el anillo de Reyes de mi índice, pulsaba anticipándose a la hechicería que iba a desatar.

-Cuando la desenvaino mi espada mata amigos y enemigos por igual. Creedme, no os gustará estar cerca cuando Portadora de Tormentas empiece a cantar.

Sus ojos se clavaron en mi espada con pánico. Había oído las leyendas…

-Que los dioses de las planicies os sean propicios, Lord Elric -deseó la mujer antes de dar media vuelta y espolear a su caballo.


Yo sonreí para mí. No eran sus inofensivos dioses quienes debían serme propicios. Con la terrible mueca en la cara me acerqué a la torre.

-¡Saludos, Asesino de Mujeres! -gritó un hombre desde la ventana más alta-. Malvenido seas a mi casa, la que será tu tumba, pues yo soy Zuuls, el oscuro, siervo de Chardros, el Segador.

Por mi parte continué avanzando. Mi determinación de no apelar a mi abominable patrono se hizo más fuerte. Probablemente estaría muy de acuerdo con las atrocidades que ese pantangiano estuviese haciendo en esas tierras.

-¿No contestas, Engendro Blanco? -continuó aquel hombre-. Muy bien, melnibonés, enfréntate a mi siervo, lucha contra Baat’Gool’kihl, el azote de los pantanos. Tal vez en su barriga tengas más ganas de hablar.

Las puertas de la torre se abrieron y de ellas surgió una bestia enorme. Tenía el tamaño de un dragón pequeño, la cabeza de un sapo, las gruesas piernas de un caballo y arrastraba a ambos lados una gigantesca barriga que ondeaba continuamente.

Coloqué a Tormentosa ante mí siguiendo su avance. La criatura continuó acercándose hacia mí mientras guiñaba los ojos alternativamente y se relamía con una lengua rosada. Cuando la tuve cerca, cargué. No podía hacer otra cosa. De mis labios brotó inconscientemente el grito de batalla de los emperadores de Melniboné: “¡Sangre y almas! ¡Sangre y almas para mi señor Arioch!”

La negra hoja de Tormentosa barrió el aire, pues el demonio se había alzado sobre sus cuartos traseros. Un grito de frustración de mi hoja se alzó en la planicie. Deseaba alimentarse de aquel monstruo. Por su parte él volvió a precipitarse contra el suelo, intentando aplastarme. Me hice a un lado y encontré su flanco. Mi espada golpeó la fofa carne del costado, pero no consiguió atravesarla. Una pezuña impactó en mi armadura haciéndome trastabillar. Volví a golpear sólo para, incrédulo, ver cómo la hoja rúnica no conseguía morder al gelatinoso Baat’Gool’kihl.

-¡Maldito demonio! -rugí casi tan alto como los alaridos de Tormentosa, desesperada por alimentarse. Un gorgoteo de regocijo procedente de la bestia fue la contestación. Mi hoja rúnica tiró de mí hacia la cabeza del monstruo y yo la seguí: allí habría algo más duro que golpear.

Los soldados de la torre nos habían rodeado durante el combate. Pude verlos contemplando cómo un emperador luchaba desesperadamente por su vida siendo que ni siquiera eran merecedores de postrarse a sus pies. Aquello me enfureció.

Tormentosa chilló alertándome, pero mi distracción había sido fatal. Un momento de ciego orgullo que pagué caro. La pegajosa lengua similar a la de un camaleón del demonio se había enrollado en torno a mis piernas. Él movió la cabeza de un lado a otro y yo volé por los aires sin poder desasirme de su presa. La espada se escapó de mis manos y voló por los aires, clavándose a una decena de metros en el suelo.

-¡Tormentosa! -la llamé-. ¡A mí, oscura compañera! ¡A mis manos!

Pero estaba demasiado hambrienta como para volver conmigo.

Desesperado, esgrimí la Actorios ante mí. Decidido a utilizar un plan desesperado, a invocar una entidad con la que había tenido desavenencias en un pasado con relación a un cierto Barco que navegaba por el Mar y la Tierra. Grome, señor de los elementales de la Tierra.

-¡Grome! -Aullé mientras el demonio me sacudía riéndose-. ¡Rey Grome! Olvidemos los conflictos, mis enemigos son tus enemigos. ¡Con picos y palas saquearon tu cuerpo! ¡Con lo expoliado crearon una torre desde la que se burlan de tu poder! Ven, Grome de la Tierra. ¡Elric de Melniboné te necesita!

Y aunque las runas eran las correctas no conseguía el poder necesario para evocarlas. Mi llamada no tenía fuerza suficiente para llegar al plano de la Tierra donde Grome reinaba sin oposición. Los soldados disfrutaban del espectáculo y por ello no vieron a Kaltim, que venía hacia mí a galope tendido. Como una auténtica amazona se inclinó hacia un lado sin detener su caballo y desclavó mi terrible espada del suelo.

-¡Elric! -gritó tendiéndome el arma por la empuñadura.

Y fue la última palabra que escuché de sus labios, pues murió un instante después. Pero no fue Baat’Gool’kihl quien la mató, ni uno de los soldados humanos que ahora corrían hacia nosotros. Fue mi espada, Tormentosa, y yo era quien la empuñaba.

En el momento en el que mis manos aferraron su empuñadura se retorció y tiró de mí, clavándose con fiereza en el corazón de la reina de Tuyheim. Grité una impotente negación mientras ella aceptaba con resignación la pérdida de su alma.


Su fuerza me inundó. Por un momento ambos volamos por los aires unidos por el terrible lazo de Tormentosa, después cayó destrozada cuando lancé una estocada contra la lengua del demonio. Se partió en dos como si fuese humo y me precipité contra el suelo.

Los soldados estaban esperándome, pero Portadora de Tormentas los esperaba a ellos. El primero murió abierto en canal, desde la ingle a la cabeza. Otro perdió la cabeza y un tercero las piernas. Un corazón fue atravesado y con cada alma que mi oscura compañera bebía yo me hacía más fuerte.

Baat’Gool’kihl se alzó sobre mí. Levanté el Anillo de Reyes y aullé, pletórico de la fuerza robada.

-¡Rey Grome! Elric de Melniboné pide tu ayuda. Mis enemigos son tus enemigos. Te arrebatan lo que es tuyo por derecho, joyas y metales, tesoros de la tierra...

“¿Y qué me importa?” Una voz ultraterrena surgió del suelo. “Tarde o temprano volverán a mí”.

Desesperado busqué algo con lo que tentar al elemental. Mi mente recorrió en un instante mi anterior encuentro con la poderosa entidad, y recordé el precio pagado para contentarle.

-¡Pero Rey Grome, no sólo te arrebatan las bagatelas de tu reino, sino que te niegan lo que legítimamente es tuyo! ¡Nuestros enemigos entregan los muertos a tu hermano Kakatal!

Kakatal, hermano de Grome, señor del fuego. El primero exigía la incineración de los cadáveres, el segundo que fuesen entregado a su reino, las profundidades de la tierra.

Ante mis palabras el suelo comenzó a temblar lleno de furia homicida. Los soldados se quedaron paralizados de terror cuando éste se abrió en innumerables fisuras y de éstas surgieron los sirvientes de Grome, gnomos, entidades creadas por tierra y piedra con gemas por ojos. Los elementales se lanzaron sobre los hombres golpeándoles con puños de granito y arrastrándoles a su oscuro hogar.

Baat’Gool’kihl se lanzó sobre mí, que daba buena cuenta de los soldados que me rodeaban. Por el rabillo del ojo pude ver como la bestia comenzaba a asestarme un golpe fatal en el momento en el que dos gigantescos brazos de piedra surgieron de la planicie a sus lados y lo rodearon en un mortal abrazo. El Señor Menor del Caos pataleó intentando desesperadamente escapar del Rey de la Tierra, pero fue en vano. El abrazo se hundió en la tierra llevándose a mi enemigo a un destino terrible.

Los gnomos aporreaban la torre destruyéndola como picapedreros. Una figura avanzaba entre ellos. Zuuls el oscuro reía como un loco. Llevaba una espada y un escudo redondo. Tormentosa aullaba extasiada, relamiéndose por anticipado del alma que esta pronta a devorar.

El siervo de Chardros me lanzó una estocada protegiéndose tras su escudo. Contesté pero Tormentosa resbaló por la mágica superficie de éste. La hoja de su espada pasó a pocas pulgadas de mis ojos. Tras de él la torre se derrumbó con un gran estrépito.

-¡Noooo! -gritó el hechicero. Se lanzó sobre mí como un loco, asestando golpes al aire. Lo esquivé por poco y girando sobre mis pies Tormentosa me arrastró tras de sí en un giro mortal. El escudo encantado se partió y tras este el Zuuls el oscuro.

No tuvo tiempo suficiente para maldecirme antes de morir. Apoyé la punta de una irritada Tormentosa en el suelo mientras contemplaba cómo los gnomos desaparecían en el suelo. La negra hoja siseaba furiosa por no haber podido beber el alma del hombre. Probablemente, conjeturé, Zuuls la hubiese entregado a Chardros en algún terrible pacto.


Días después pisaba de nuevo los Reinos Jóvenes donde mi leyenda servía para aterrorizar a cualquiera lo suficientemente desdichado como para cruzarse en mi camino.

No he contado jamás esta historia y la escribo ahora, en la última hora cuando el Caos amenaza toda la tierra, sobre las ruinas de Melniboné, en la compañía de mi primo Dyvim Slorm y mi único amigo Moonglum.

Tal vez penséis que no aporta nada, que no es más que otra historia de un monstruo sediento de sangre, pero escribo esto en nombre de la noble reina que me salvó la vida y cuyo cuerpo quedó destrozado en la llanura de Tuyheim, muerta por mi propia mano.

El Anillo de Arseth Parte 3

Escrito por: Raúl Baixauli Sánchez

Ilustraciones: José Baixauli Sánchez

- Tú mismo lo has dicho, cimmerio. No hay ningún tesoro como recompensa - habló el hechicero -. Aunque podría concederte muchos una vez el poder de ese anillo vuelva a ser mío.

- ¿A qué te refieres, curandero?

Arseth sonrió maliciosamente ante la impertinencia del joven y rodeó el foso para situarse tras el altar.

- Supongo que conoces la historia del anillo.

- Arjas me habló de ella - contestó Conan -. Aunque parloteaba demasiado y no le presté mucha atención.

- Pero sabrás que ese anillo es la llave de mi poder. Con él en mis manos mis capacidades son casi ilimitadas, así que podría concederte inmensos tesoros…una vez que haya ocupado el lugar que me pertenece.

Conan intuyó por dónde iban las locas ideas de Arseth y no le gustó un pelo el rumbo que estaba tomando aquella aventura.

- ¿Piensas convertirte en rey o algo así?

- No, bárbaro - contestó Arseth divertido -. Erigir un reino es costoso y aburrido. Pero puedo dominar a cualquier rey de la tierra para que me obedezca, puedo esclavizarlos a todos uno por uno si lo deseo. Y con ellos a todos sus reinos.

Arseth sonreía diabólicamente mientras su mente se perdía entre aquellos sueños megalómanos. Conan entendió entonces que la mente de aquella momia viviente se había ido pudriendo junto con su cuerpo hasta el punto de alcanzar la locura más absurda. Lamentándose por haber perdido su tiempo y sus energías en toda aquella historia de la que no sacaría una sola moneda de oro, el bárbaro se giró y comenzó a caminar hacia fuera del salón.

- ¿Qué haces? - rugió Arseth -, ¿A dónde crees que vas?

- No pensarás que voy a creer esa estupidez de que me harás rico cuando seas poderoso, ¿verdad?

- Estúpido bárbaro… ¿y qué importa eso? Hablas como si tuvieses elección, como si pensases que puedes salir de esta torre vivo con mi anillo.

 Conan se volvió y la mirada que le lanzó al hechicero no era menos terrorífica que la de éste.

- Voy a marcharme de este apestoso lugar y empeñaré este anillo a cambio de una buena cerveza en la primera ciudad que encuentre, y si quieres tu baratija ven aquí, momia, y te enseñaré por Crom y por Mitra que tus trucos de feriante no pueden rivalizar con la hoja de mi espada.

Arseth montó en cólera al escuchar las palabras del cimmerio y sus ojos volvieron a llenarse de vacío mientras empezaba a agitar sus manos preparando un hechizo. Conan pudo sentir un ligero temblor en el suelo y seguidamente, las brillantes baldosas bajo sus pies comenzaron a calentarse rápidamente. En cuestión de segundos, el calor casi calcinaba sus pies atravesando la gruesa piel de sus botas, y el bárbaro, intuyendo lo que iba a suceder, saltó atravesando el arco de la pared hacia la fría piedra de la galería de columnas justo antes de que una vivísima llamarada de fuego surgiese del suelo en el mismo punto donde se encontraba un instante antes. La llama se mantuvo durante unos segundos y después desapareció de la misma inexplicable forma, aunque el bárbaro supo que la fuerza de aquel fuego hubiese sido suficiente para carbonizarlo por completo.

- ¡Maldito brujo cobarde! - le gritó Conan enfurecido.

Según el particular código de honor de los rudos habitantes del norte, curtidos en batallas donde la vida y la muerte se deciden cara a cara a escasos centímetros de uno mismo, aquel tipo de ataques a distancia y sin riesgo eran un acto de cobardía absolutamente despreciable, y Conan, que ya se las había visto con un buen número de hechiceros, sabía que éstos no conocían más que sucios trucos para evitar un combate noble.

Se levantó del suelo rápidamente y desenfundó su espada. Buscó con la mirada a su enemigo y vio al hechicero tremendamente agotado tras su altar, jadeando y con la agrietada piel de su frente humedecida por un sudor amarillento. Arseth estaba muy lejos de ser el temible mago del que hablaba la leyenda del anillo, sin duda los años lo habían convertido en un anciano incapaz de conjurar un hechizo sin que su salud se resintiese de forma considerable, de ahí que utilizase a aquella gigantesca bestia para deshacerse de los visitantes y que anhelase de esa forma recuperar el anillo, pues con él probablemente su poder sí que sería digno de temer.

Aprovechando el agotamiento de Arseth, Conan pasó de nuevo bajo el arco de la pared corriendo hacia el hechicero como si el diablo alentara sus cansadas piernas. Acercarse a él era clave si quería salir bien parado de aquel lugar demoníaco. Arseth pareció recuperar las fuerzas en cuanto vio a la bestia en la que se había convertido el cimmerio correr hacia él con los ojos llenos de furia. Pronunció una sola palabra en una lengua perdida y una altísima línea de fuego que casi alcanzaba el alto techo del salón se extendió a ambos lados del altar impidiendo que el bárbaro pudiese alcanzarle. Sin embargo Conan, imbuido por un espíritu primitivo que ya conocía bien y que le impulsaba a seguir adelante hasta ver muerto a su enemigo, no pareció detenerse ante aquella eventualidad.

-¿Con eso crees que frenarás la espada de un cimmerio?

Saltó por encima del foso humeante de la misma manera en que lo hubiese hecho un fiero felino y contra lo que cabría esperar de un salto humano, alcanzó el mármol tras el que se creía a salvo el hechicero. Se alzó sobre el altar ignorando las quemaduras que el mármol caliente estuvo a punto de producir en sus manos y se plantó delante del incrédulo Arseth.

- ¡Maldito seas, cimmerio! - musitó el hechicero incapaz de reaccionar ante la barbarie de aquel hombre.

- Ya has vivido suficiente, brujo.

Conan se lanzó sobre él y descargó todo el peso de su brazo armado contra el cráneo de su enemigo, que se abrió al instante como si sus huesos llevasen siglos en descomposición, y ciertamente así era. Arseth cayó al suelo de inmediato y, al mismo tiempo que exhalaba el último suspiro de su larga y terrible vida, las líneas de fuego que ardían a ambos lados del altar se apagaron. La escasa vida que quedaba en el cuerpo de aquel hombre había volado, y con ella sus ambiciones y su temible poder, y Conan sintió que de alguna manera había librado al mundo de una oscuridad incalculable.

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Se alejó del cuerpo del brujo y rodeando el altar se acercó al foso en el que las débiles llamas seguían quemando incienso y loto. Echó mano a su cinturón y sacó el anillo de Arseth. Lo observó durante un instante, pensando en el poder que dormía en su interior y que ya jamás podría resurgir, y después decidió que no valía la pena tratar de venderlo.

- Si fuiste forjado por los dioses oscuros es mejor que vuelvas con ellos.

Arrojó el anillo al interior del foso donde las lenguas de fuego lo abrazaron calurosamente y se quedó observando las llamas hasta que aquel objeto de maldad se perdió para siempre. Después, hastiado de tanta aventura sin provecho y de haberse visto empujado a tantos combates por engaños y mentiras, comenzó a caminar hacia la galería donde el cuerpo de Arjas descansaba bajo el de la gigantesca bestia y al pasar al lado de éstos, echó una mirada al nemedio.

A su lado, junto a su cuerpo, un pequeño saquito de tela descansaba en el suelo de piedra, seguramente caído del interior de su chaleco. Conan se agachó y recogió el saquito. Al vaciarlo sobre su enorme mano, cayeron unas cuantas monedas de oro que hicieron cambiar el semblante del bárbaro. Volvió a meterlas con cuidado dentro de la fina tela y anudó el saquillo a su cinturón.

- Al menos - le dijo a Arjas -, me pagarás la bebida y las mujeres esta noche.

Después agarró una antorcha y, tras prenderle fuego acercándola a otra que iluminaba la galería colgada en una columna, comenzó el largo camino de vuelta al exterior por la oscura y larguísima escalinata. Cuando después de mucho subir se halló de nuevo en el exterior, la noche había caído ya sobre los valles zamorios y el viento volvía a bramar con arrolladora fuerza, pero al cimmerio no le importó, pues al notar el aire en su rostro, sintió el agradable frío de la libertad. También sintió el inmenso alivio de encontrarse de nuevo lejos de las bestias demoníacas y de la locura de las artes arcanas, en un mundo que ya conocía bien, en el que los hombres eran predecibles y eran, al fin y al cabo, sólo hombres.

Emprendió enseguida el camino de vuelta a Arenjun donde, sin lugar a dudas, podría dar buena cuenta del oro de Arjas y robar mucho más, pues por algo era conocida como la ciudad de los ladrones. Pero todos los placeres que le quedaban por disfrutar palidecían en ese momento al pensar en una buena cerveza, así que al sentir la sed sofocando su garganta, aceleró el paso y su figura se perdió en la noche mientras vociferaba:

- ¡Prepara tu oro, tu bebida y tus mujeres, Arenjun, pues Conan vuelve sediento, por Crom!