“Cuentan las leyendas que hubo épocas anteriores a las registradas en la historia, donde civilizaciones nacían y caían, bajo los pies de hombres bárbaros y salvajes, que sólo hablaban con el acero que sus fuertes brazos sujetaban para abatir a sus innumerables enemigos. Eran épocas incivilizadas donde dominaba la ley del más fuerte.”
Action Tales presenta Relatos Salvajes:
Escrito por Oscar Camarero y Raúl Baixauli Sánchez/ Portada: Brego
La marca del lobo
Escrito por Oscar Camarero
El sol seguía su curso descendente cuando otra luz más brillante apareció ante él. Procedía del pie de la ladera en la que estaba, de una pequeña cabaña de madera y a Molg le pareció que los dioses le echaban una mano. Se dejó caer por la pendiente, hundiéndose muchas veces en la nieve hasta la cintura, pero aquella luz parecía haber dado nuevas fuerzas a su cansado cuerpo y a medida que descendía, sus huesos parecían cada vez más ligeros.
Los lobos, como intuyendo su desventaja, abandonaron toda precaución y se lanzaron a la captura de su presa. Cuando llevaba bajada media ladera Molg se giró y vio como los lobos empezaban a bajarla con las fauces abiertas y los ojos inyectados en sangre. La saliva goteaba de sus colmillos y el pelo brillaba bajo la luz crepuscular.
Entonces Molg dejó de correr; se tiró por la pendiente intentando aumentar su ventaja, cayendo, levantándose, haciendo caso omiso del dolor que lo atormentaba. Llegó a la falda de la ladera en la linde de un prado y la casa se hallaba ahora a poco más de cincuenta metros. Se dirigió hacia ella corriendo al límite de sus fuerzas, fijando sus ojos en la puerta cerrada. Luego oyó las pisadas claras de los lobos tras él y Molg pensó que no seria capaz de llegar a tiempo cuando de repente la puerta se abrió. Una silueta se recorto en el umbral y alzó un arco que llevaba en sus manos y al instante siguiente un lobo gimió a su espalda. Tan cerca estaba de él que la sangre de su herida le salpicó. La figura disparó otra vez, y otro lobo gritó de dolor. Después se apartó de la puerta y la cerró una vez Molg hubo entrado.
Molg se dejó caer al suelo y miró con ojos atentos a su alrededor. En un extremo de aquella pequeña cabaña, cerca del fuego, una mujer sujetaba entre sus brazos a una hermosa niña. El hombre del arco se arrodilló a su lado y se puso a examinar su cuerpo.
- Parece que no tienes nada muchacho, tan sólo un desgarrón en un brazo. Nada grave.
- Lo se abuelo - dijo Molg jadeando- En cualquier caso no estaría tan bien si usted no fuese tan hábil con el arco.
- Muchas gracias. La verdad es que me ha sido de gran ayuda en los años que llevo aquí y me he llegado a convertir en un experto tirador.
- Eso ya lo he visto, y los lobos también. Seguro que ya han marchado con el rabo entre las piernas.
- Si piensas así muchacho, es que no conoces a los lobos de estas tierras. Son muy fieros y testarudos, sin duda a causa del hambre, y a veces llegan a comportarse como humanos. Montan guardia y se relevan, y se comunican a través de aullidos que parecen gemidos y nunca hay peleas entre ellos. Son muy disciplinados.- Eso suena muy sombrío abuelo, muy sombrío.
- Suena a lo que es. Sin embargo no siempre fue así. Hubo un tiempo en que la caza era abundante y los lobos y yo nos manteníamos a distancia. Cada cual tenía su territorio. Pero esta primavera, la caza ha aparecido muerta, desgarrada por alguna fiera con poderosas mandíbulas. La sangre manchaba de rojo la hierba y la carne se pudría y al final no quedó caza. Después encontré restos de caravanas que habían sido atacadas por los lobos. Pero a medida que ha ido avanzando el invierno ha venido menos gente a las montañas, así que ahora ya solo quedamos nosotros.
- Y yo abuelo, y yo - dijo Molg.
- Así es; un viajero en medio de estas montañas y en pleno invierno. Dime ¿qué te ha traído hasta aquí?
- Las batallas de más allá del Río Oscuro. Dicen que pagan bien por un brazo armado.
- Así que eres mercenario. Pues deja que te diga algo muchacho; si la nieve y los lobos persisten habrás de pasar lo que queda de invierno con nosotros.
- o se preocupe, ya me las apañaré.
Molg se cambió las ropas y cenó en la compañía de aquel hombre y de su familia. La primera comida caliente después de dos días.
Pasó el tiempo y la nieve cesó, y el sol cálido derritió la nieve hasta el principio del bosque, más allá del claro. Pero a pesar del buen tiempo, Molg no partió. Los lobos permanecían a unas decenas de metros de la cabaña, observando pacientemente. Se hallaban frente a ella, esperando, como si el hambre y el frío no les afectasen.
- Tenia razón abuelo- dijo Molg un día - es un comportamiento muy raro el de estos lobos. Ninguno de ellos se ha dejado llevar por el hambre y nos ha atacado. Casi se podría decir que nos están sitiando.
- Pues si tienen esa intención lo van a conseguir ya que no nos quedan provisiones para más de una semana.
Pasaron los días y el ambiente fue haciéndose más tenso dentro de la cabaña. Era evidente que los alimentos no durarían mucho y la presencia de los lobos impedía salir de caza. Una mañana, el montañero se levantó de un salto de su silla, cogió el arco y el carcaj de la pared y abrió la puerta.
- ¿Qué va a hacer? - dijo Molg
- No se si moriremos de hambre o a mano de los lobos, pero por lo menos, uno de esos demonios grises caerá antes que nosotros.
Y diciendo esto, sacó una flecha del carcaj y apuntó rápida y certeramente pues dio de lleno a uno de los lobos en el costado.
El animal cayó sobre la hierba sangrando abundantemente y entonces toda la manada se abalanzó sobre él para devorarlo. Pero no habían dado ni una sola dentellada cuando un aullido les hizo detenerse. Era el más salvaje y aterrador que Molg había oído nunca y provenía de mas allá del claro, del bosque de abetos. Seguidamente, un lobo salió veloz al claro y se dirigió al centro de la manada. Era el más grande que Molg hubiera visto jamás. Pero a pesar de correr a la manera de los lobos, éste no era un animal cuadrúpedo. Su complexión decía que era bípedo, como los hombres, pero Molg no lo pudo comprobar hasta que no estuvo al lado de los otros, pues entonces cogió al lobo caído con las extremidades anteriores y se irguió sobre las posteriores. Así, de pie, debía medir más de dos metros.
Dentro de la cabaña, nadie dijo nada. Miraban a través de la puerta abierta y a pesar de estar la chimenea encendida, todos estaban helados.
El ser aulló de nuevo y esta vez, ya sea por que se hallaban mas cerca o por el miedo, a todos les pareció más terrorífico. Entonces dejo al lobo muerto en el suelo, fijó la mirada en los humanos y se dirigió con paso firme hacia la cabaña.
- Por todos los dioses ¿qué es eso? - dijo la mujer
- Un lobizón, un hombre-lobo, un hijo de perra venido del infierno - dijo Molg.
El montañero no se movió ni dijo nada. Tenia la mirada fija en los ojos iracundos de la bestia. La palidez del miedo y de la muerte le cubrían el rostro.
Su mujer lo agarró del brazo izquierdo, que aún mantenía alzado el arco y sus ojos volvieron a brillar. Sin mediar una palabra cogió a la niña en brazos y a su mujer por la muñeca y salieron por la puerta trasera que daba a la leñera.
- ¿Se puede saber adónde vais? - gritó Molg - Si salís de la cabaña os matarán.
Pero ellos ya no le escuchaban. Habían salido al exterior alejándose cada vez más de la cabaña, huyendo del peligro.
Molg miró otra vez a través de la puerta principal y vio a aquella bestia hacer unas señas a la manada que corrió bordeando la cabaña hacia la familia que corría aterrorizada.
Se giró de nuevo para mirar por la puerta trasera y oyó los gritos infantiles de la niña al ver a los lobos. Entonces el hombre tendió la pequeña a su madre y preparó una flecha en el arco. Pero no llegó a tirarla. Un lobo le saltó al cuello y los otros cayeron rápidamente sobre él y sobre su familia y Molg dio gracias a los dioses porque la muerte fue rápida. Entonces, un formidable golpe lo empujó al otro lado de la habitación, rompiendo con su peso una silla al caer. Cuando pudo alzar la vista, el lobizón le miraba con una sonrisa maléfica en los ojos. Los de Molg en cambio ardían de ira. Poco le importaba si había algo humano en aquello que había ante él, tan solo quería matarlo. Cogió un hacha que había sobre la chimenea y se lanzó al ataque tan rápidamente que la bestia tan sólo pudo gritar cuando el arma se le hundió en un hombro. Ciego de dolor e ira, golpeó a Molg con tanta fuerza que le rompió dos costillas de un sólo golpe. Sin embargo estaba confundido. Era evidente que nunca antes había sentido tanto dolor y lanzaba manotazos al aire rompiendo todo cuanto tocaba.
Ese momento de dolor de la bestia le dio a Molg el tiempo necesario para actuar,
y cogiendo un tronco de la chimenea golpeó con fuerza su peludo cuerpo. El primer golpe se lo dió en las piernas y le hizo arrodillarse y el segundo le hizo brotar sangre del
hocico. Cuando estaba en el suelo Molg le tiró el tronco en llamas y el pelaje de la bestia se incendió en un abrir y cerrar de ojos.
Los aullidos del hombre-lobo llegaban más allá del bosque y parecían querer rasgar el aire. Se agitaba convulsamente de un lado a otro de la cabaña, propagando el fuego como una tea viva.
Molg no dudó ni un instante. Trabó la puerta principal y salió por la trasera cerrando tras él. Después empujó la pila de leña sobre la puerta dejando encerrada a la bestia, rodeó la cabaña y se situó a pocos metros de la entrada, esperando por si intentaba salir por ella. El humo se escapaba por las rendijas y hablaban del infierno del interior de la cabaña y Molg pudo oír los aullidos y los golpes de aquel ser que corría frenético de un lado a otro de la habitación. Aguardaba espada en mano, por si acaso el lobizón conseguía salir, pero en poco tiempo el fuego consumió la cabaña y los tremendos aullidos cesaron. Al poco, ya sólo se oía el crepitar de las llamas y el sonido de algunos maderos quemados al caer el suelo. El viento azuzó los rescoldos, y chispas y cenizas se elevaron por el cielo. Entonces Molg reparó en la manada que rodeaba la cabaña. Miraban absortos el fuego que lo consumía todo como si éste representase el fin de una era, el fin de un sueño. Molg cruzó a través de ellos hasta el lugar donde cayeron el montañero y su familia, pero cuando llegó allí no había ni rastro de ellos. Sólo quedaban como testimonio de lo ocurrido el arco, el carcaj, una poca ropa y un inmenso charco de sangre. Molg recogió el arco y una flecha del suelo y apuntó hacia la manada: la flecha mató a uno de los lobos, atravesándole el cuello. Y a diferencia de su comportamiento anterior esta vez la manada salió huyendo en dirección al bosque, sin hacer el mínimo caso al animal caído. La muerte rondaba muy cerca y habían perdido a su líder.
Molg permaneció un rato más mirando la cabaña envuelta en llamas que se recortaba en el crepúsculo invernal. Después rezó a los dioses por el alma de sus amigos y se alejó en busca de un horizonte mejor, un horizonte desierto de lobos.
El Anillo de Arseth Parte 2
Escrito por: Raúl Baixauli Sánchez
Ilustraciones: José Baixauli Sánchez
5
En el interior de la torre, la temperatura era más agradable que en el exterior, pues no había huecos ni ventanucos en su piedra por donde pudiese colarse el frío viento que empezaba de nuevo a recorrer los valles con su peculiar ulular. Había, por tanto, una considerable penumbra también, tanta que los ojos de los dos compañeros tardaron un rato en poder distinguir algo una vez se hallaron en el interior de la construcción. Cuando los sagaces ojos de Conan, más entrenados para sobrevivir en la oscuridad se adaptaron, quedó perplejo una vez más con aquella torre misteriosa.
Un inmenso vacío se extendía sobre sus cabezas hasta el techo de la construcción que quedaba, por supuesto, muy lejos de donde eran capaces de divisar. No había pisos superiores, sólo una interminable bóveda, un gran vacío de oscuridad, y ante ellos, una destartalada escalera de piedra que descendía como si los invitase a internarse dentro del peñasco en el que se sostenía la torre.
- Curioso - reconoció Arjas -. Realmente curioso. Es como si la verdadera torre estuviese invertida, dirigida hacia abajo, y todo lo de arriba fuese simplemente un envoltorio, una gran puerta.
Conan se adelantó hasta la escalera, que se enrollaba sobre sí misma serpenteando hacia el fondo hasta perderse en la más densa negrura mientras vigilaba disimuladamente a Arjas. Con su pie empujó un pequeño canto hasta hacerlo caer y trató de escuchar su llegada al fondo, pero el sonido, si se produjo, no llegó hasta sus oídos.
- Esto no me gusta un pelo - reconoció el bárbaro -. Por si no bastaba con un hechicero de la antigüedad, encima éste parece tratar de acercarnos lo máximo posible al infierno.
- No temas, tenemos lo que él busca, así que no nos hará ningún daño.
- No he dicho que tema - le corrigió Conan -. Sólo que no me gusta. En todo caso busquemos algo con que alumbrarnos y bajemos.
Tras agarrar una antorcha apagada que colgaba de una de las paredes cerca de la entrada a la torre, Arjas se las apañó para conseguir prenderle fuego y comenzaron el descenso hacia las entrañas de la tierra.
La antorcha apenas iluminaba las paredes de piedra oscura y los estrechos y erosionados escalones en los que debían apoyarse con sumo cuidado para no precipitarse al vacío. Arjas volvía a parlotear sobre las cosas que compraría con toda aquella cantidad de oro mientras Conan permanecía atento a todo lo que le rodeaba. A medida que descendían, podía sentir cada vez más y más cerca el olor a azufre y muerte que desprendía aquel lugar, un olor que, según había aprendido, era común a todos los lugares en que la hechicería hacía pactos con dioses oscuros y desconocidos demonios. Eran muchas las veces en que se había visto envuelto en asuntos de magia arcana, más de las que hubiese deseado, pero por desgracia muchas veces los tesoros y las grandes aventuras se encontraban alrededor de estas extrañas artes, y no pensaba renunciar a ninguna de las dos cosas.
Llegaron a una pequeña estancia en la que pudieron abandonar las escaleras por un momento y tomarse un respiro. Allí había más antorchas con las que prolongar el fuego y unos extraños grabados en las paredes que representaban la torre, al hechicero Arseth y el anillo coronándolo todo, como si representara el objeto anhelado. Y debajo de todo aquello, un enorme cofre repleto de monedas.
- Aquí tienes la prueba de que mi historia es cierta, cimmerio. - dijo Arjas alumbrando el grabado.
Conan prestó escasa atención a la representación y se hizo con una antorcha con la que dar más luz al lugar. Cuando la prendió acercándola a la llama de la que sostenía Arjas, vio en el suelo restos de huesos que pertenecían al cadáver de un hombre.
- Parece que no somos los únicos que hemos intentado encontrar al hechicero.
Arjas se acercó y, al verlos, quedó algo impresionado.
- Supongo que habrá habido necios que se creían capaces de engañar al hechicero con anillos falsos.
- ¿Y estás totalmente seguro de que el tuyo es el auténtico, Arjas? - preguntó Conan sopesando la desagradable posibilidad.
- ¡Claro que sí! - se apresuró a contestar el nemedio -. Es decir…el noble no hubiese mandado a tantos hombres aquí de no estar seguro de que tenía el anillo auténtico. Confía en mí.
- Espero que no te equivoques, amigo - respondió Conan echando una última ojeada a los restos humanos -, porque ahora sabemos qué es lo que hace Arseth con los que tratan de engañarle.
Continuaron descendiendo por la interminable escalera de caracol que los acercaba cada vez más al olor a muerte. La temperatura iba aumentando a medida que avanzaban, y la sensación de agobiante humedad era cada vez mayor. Un buen rato después, Conan creyó distinguir un atisbo de luz más abajo, como si el fuego iluminase alguna estancia no muy lejana, y no mucho tiempo después ambos pudieron ver claramente que los escalones al fin terminaban.
Se encontraron en una amplia galería con luz suficiente como para no necesitar más las antorchas. Tenía el techo bastante alto, sostenido por varias filas de gruesas columnas de piedra adornadas con inscripciones carentes de sentido para los dos compañeros, probablemente provenientes de alguna antigua lengua ya muerta.
Conan recorrió con la mirada la galería sin pasar por alto el detalle de los huesos que decoraban el suelo de forma desagradable y poco alentadora esparcidos por todo el lugar. Buscaba al hechicero, o en su defecto, alguna puerta, túnel o nueva escalera por donde continuar. Sin embargo, aquella galería no parecía tener ninguna salida y el hechicero no se hallaba allí. Arjas también buscaba desconcertado sin saber muy bien qué hacer.
- ¿Es éste el final? - se preguntó el nemedio en voz alta - Aquí no hay hechicero, ni tesoro…espera, no puede ser. Tiene que haber algo.
Conan permaneció quieto mientras Arjas se internaba entre el laberinto de columnas. Su intuición bárbara le decía que algo no iba bien en aquella sala, que no estaban tan solos como creían, y Conan había aprendido a hacer caso a su intuición, por lo que permaneció quieto, esperando atento. Arjas iba de un lado a otro examinándolo todo de arriba abajo cuando el bárbaro oyó claramente el sonido de la respiración de un animal que se disponía a atacar. En el último instante, vio una sombra oculta tras una columna cercana a Arjas, pero antes de que pudiese abrir la boca para advertir a su compañero, la criatura salió de su escondite.
6
Lo que Conan vio un instante después, hizo que sintiese un ligero temblor en sus fornidas piernas y titubease momentáneamente al tratar de asir la empuñadura de su espada.
La criatura que se movía sigilosamente tras la espalda de Arjas, quien continuaba buscando la salida de aquella galería ajeno a la mismísima muerte que se le aproximaba, solamente podía compararse con una especie de lobo de gigantescas proporciones, aunque en la mayor parte de su cuerpo, el pelaje de la bestia era tan poco denso que casi parecía que hubiese sido esquilado violentamente. En su hocico, del cual emanaban desagradables espumarajos fruto de la cercanía de su víctima, se adivinaba una mandíbula poderosa capaz de desgarrar fácilmente la carne y los huesos de un hombre, y debían haber sido muchos los que habían corrido esa suerte a juzgar por la cantidad de restos humanos que podían dar fe de ello en aquella galería mortal.
- ¡Cuidado! - le gritó el cimmerio a su compañero.
La advertencia resultó, como Conan ya suponía, totalmente inútil, pues la criatura se abalanzó velozmente contra el nemedio en cuanto el primer atisbo de voz del bárbaro salió de su garganta. Arjas trató de volverse al oír el leve sonido de la bestia al lanzarse hacia él, pero antes de que llegase a darse cuenta de lo que sucedía, las zarpas de aquel demoníaco animal cayeron sobre él derribándolo al instante.
- ¿Qué demonios…? – maldijo el nemedio al encontrase en el frío suelo de la galería, rodeado de restos humanos y con aquella irracional bestia lobuna babeando sobre su ropa.
Conan aprovechó que el animal estaba intimidando a su presa para reaccionar antes de que decidiera cerrar sus afilados colmillos sobre el pobre Arjas. Se acercó hasta ellos corriendo y recogió del suelo el cráneo fragmentado de algún pobre diablo que había tenido la mala suerte de acabar sus días aquel lugar como estaba a punto de sucederles a ellos. Después se levantó y con toda la fuerza de su enorme brazo, lanzó el cráneo contra el costado de la bestia golpeándole en las costillas.
Si bien el golpe no fue suficiente para dañar al animal, pues estaba claro que con su enorme anatomía aquello sólo conseguiría provocarle un leve cosquilleo, Conan consiguió que la bestia reparara en él y se olvidase por un instante del aterrorizado nemedio. Cuando aquel lobo clavó sus fríos ojos negros llenos de rabia en el bárbaro, Conan comprendió que aquella atormentada criatura imposible era, de alguna loca manera, obra del poderoso hechicero y sus artes oscuras, aunque también supo que, como cualquier bestia, moriría si era capaz de hundir su espada en su carne demacrada y maloliente.
El animal soltó un aterrador alarido justo antes de lanzarse en velocísima carrera hacia el cimmerio. Conan, echando mano de toda su sangre fría, esperó junto a una de las monumentales columnas a que aquella mole estuviese más cerca de él hundiendo bien los dedos alrededor de la empuñadura de su arma y con las piernas ligeramente flexionadas. Una vez la bestia tensó los músculos de sus patas traseras para abalanzarse implacable sobre él, el bárbaro se lanzó velozmente hacia su derecha, donde la columna le daba cierta protección y consiguió esquivar a la criatura. El lobo quedó desconcertado ante el movimiento de su nueva presa y Conan aprovechó para lanzarle un certero tajo al cuello.
Una espesa y negruzca sangre manó a borbotones del cuello del animal mientras éste soltaba desgarradores aullidos de dolor, pero, aunque la herida era considerable, ni mucho menos fue suficiente para hacer que cayese derrotado. Conan, viendo que el lobo seguía en pie, corrió buscando distancia antes de que se lanzara de nuevo hacia él, pero apenas dio unas zancadas cuando sintió que su espalda se abría dolorosamente sangrando tras un violento zarpazo de venganza.
El cimmerio cayó al suelo apretando fuertemente los dientes para que el dolor no le hiciese gritar y la bestia se posó sobre él de la misma manera que estaba unos segundos antes sobre Arjas. Como vio el animal que el cimmerio aguantaba su terrorífica mirada sin intimidarse como le sucediese al nemedio, trató enseguida de clavarle sus afilados colmillos, pero Conan, que ya se había visto en situaciones similares con otras bestias, agarró con sus fuertes manos las mandíbulas del lobo y utilizando toda su fuerza lo retuvo para evitar el fatal mordisco.
- ¡Aguanta, amigo! - gritó Arjas - ¡Aguanta un poco más!
Conan tensaba al máximo todos los músculos de su brazo y solamente conseguía retrasar el momento en que aquellos dientes se cerraran sobre él, pues aunque era capaz de aguantar la fuerza de la mayoría de las bestias de la tierra, la fuerza de aquel animal infernal no era del mismo mundo que el cimmerio conocía.
- ¡Date prisa, por Crom!
Con un ágil salto, Arjas se subió sobre el lomo de la criatura y levantó su espada para acabar con ella, pero antes de que el nemedio descargase su brazo, la bestia se retorció violentamente haciéndole caer de inmediato de espaldas al suelo. Conan se vio libre por fin de la terrible fuerza de las mandíbulas del lobo, pero Arjas no tuvo tanta suerte por segunda vez y antes de que pudiese volver a levantarse, sintió aquellos terribles y larguísimos colmillos hundiéndose en su cuello, desgarrando sus músculos y su clavícula. Después de aquello ya no volvió a sentir nada más.
Conan recogió del suelo la espada que había perdido y, mientras la bestia se ensañaba con el cuerpo ya sin vida del pobre Arjas, se lanzó hacia su costado y hundió con no poco esfuerzo la hoja entre las costillas del lobo. El animal trató de revolverse y librarse una vez más, pero antes de que lo consiguiese, Conan movió la espada y rajó todo el costado de aquel ser demoníaco haciendo que al fin se desplomase mientras se ahogaba en su propia sangre negruzca.
El bárbaro se arrodilló tratando de recuperar el aliento tras el titánico esfuerzo que había supuesto sobrevivir a la fuerza y la rapidez del depredador infernal. Liberó su espada de las entrañas de la bestia y miró a Arjas.
El nemedio se desangraba rápidamente bajo el cuerpo del lobo, aunque ya poco importaba, pues la vida había escapado por completo de su cuerpo haciendo que se uniese al interminable número de víctimas que yacían en aquel lugar. Sus ojos estaban muy abiertos y llenos de pánico, el mismo pánico que había vivido en sus últimos segundos de vida, y Conan pasó la mano sobre ellos cerrándolos para siempre.
- Al final no me has traicionado como temía - le dijo el bárbaro a Arjas como si aún pudiese oírle -. O al menos no te ha dado tiempo a hacerlo.
Se levantó y sintió las piernas cansadas. Un olor nauseabundo procedente del cadáver de la bestia se extendía rápidamente por toda la galería y Conan sintió un ligero amago de mareo. Comenzó a caminar hacia el fondo de la sala tratando de alejarse lo más posible de los dos cadáveres cuando creyó oír ruidos provenientes de una de las paredes.
Se quedó parado, mirando atento hacia el muro mientras agudizaba el oído al máximo. De repente creyó ver cómo las enormes piedras que parecían llevar siglos atrapadas en el mismo lugar comenzaban a moverse lentamente y corrió a esconderse tras la sombra de una de las columnas. Una vez se creyó a salvo, se asomó cuidadosamente para asistir de nuevo a un espectáculo que nadie en su sano juicio sería capaz de creer, aunque para él ese tipo de locuras comenzaban a ser demasiado habituales.
Las piedras fueron replegándose unas sobre otras y desapareciendo, abriendo así en la pared un arco que pronto conectó la galería con otra sala colindante de la que provenía un resplandor cegador. Al cimmerio, tras horas vagando por las sombras de aquella extraña torre invertida de subterráneos, la potente luz le obligó a taparse los ojos rápidamente con el brazo. Cuando consiguió acostumbrarse, se asomó de nuevo y a duras penas distinguió una sombra que entraba a la galería desde la sala luminosa, y enseguida supo de quién se trataba.
Arseth, el hechicero y señor de aquella torre hacía por fin acto de presencia.
7
El aspecto de Arseth no era muy diferente al de otros hechiceros con los que el bárbaro había tenido la mala suerte de cruzarse en su larga lista de aventuras. La única diferencia era, quizás, su rostro chupado, prácticamente cadavérico que, al mirarlo, provocó en Conan una mezcla de inquietud y desprecio. Los pactos que el hechicero había realizado con dioses oscuros para alargar su vida durante cientos de años no habían conseguido mantener su cuerpo en una razonable juventud, y viéndolo caminar lentamente por la galería, el cimmerio creía estar viendo un cadáver pútrido en movimiento.
Arseth se acercó al lugar donde Arjas yacía bajo la inmensa bestia demoníaca. Al ver a la criatura muerta y rodeada por aquel charco de espesa sangre negra, Conan adivinó un ligerísimo gesto de asombro en la faz hechicero, aunque aquel rostro era prácticamente incapaz ya de mostrar expresión alguna. Arseth se agachó y con su huesuda mano empezó a tantear buscando entre las ropas de Arjas. Conan comprendió que estaba buscando el anillo y, al mismo tiempo, entendió la trampa del cruel hechicero. Sintió una ola de rabia invadirle y, sin poder contenerse, ignoró el peligro que suponía abandonar aquel escondite y se reveló ante el mago.
- Así que el tesoro no existe, ¿verdad?
Arseth se sobresaltó al oír la voz firme y profunda del cimmerio y se giró enseguida. Miró a Conan sorprendido de que alguien tan corpulento y con tanta energía hubiese pasado desapercibido para él, y el bárbaro pudo ver que los ojos del hechicero carecían por completo de vida, como si un inmenso vacío te consumiese al mirarlos. Aún así, el cimmerio le aguantó la mirada mientras Arseth lo examinaba sin abrir la boca.
- Para eso tienes a esta bestia repugnante - prosiguió Conan -. La historia del tesoro atrae a la gente. Una vez en tus dominios, la criatura se encarga de ellos mientras tú esperas a que estén muertos para ver si alguno de ellos trae tu anillo, ¿me equivoco?
Arseth seguía observando a Conan sin pronunciar una sola palabra ni cambiar su semblante, impasible, como si todo aquello no fuese con él. Conan, mientras tanto, se llevó la mano al cinturón y buscó algo en él.
- ¿Es esto lo que buscas, perro cobarde?
Conan extendió su brazo y le mostró al hechicero la palma de su mano. Cuando Arseth vio el anillo brillando débilmente ante él, su rostro al fin dibujó una notoria mueca de sorpresa y sus ojos parecieron llenarse de vida de repente.
8
- Estoy seguro de que ese nemedio tramposo pensaba traicionarme, así que le cogí esta baratija antes de entrar en la torre - explicó Conan -. Ese necio ni siquiera desconfió cuando le pasé el brazo por encima.
Arseth parecía no escuchar las palabras del cimmerio, toda su atención estaba puesta en el anillo, del cual no apartaba su terrible mirada. Un rato después pareció reaccionar y clavó sus ojos de nuevo en Conan.
- Entrégamelo - le ordenó el hechicero con un gélido susurro de voz.
Conan cerró la mano y volvió a poner el anillo a resguardo en su cinturón.
- Me prometieron que la recompensa por traértelo me haría rico, así que quiero ver si realmente puedes ofrecerme algo.
Arseth se relajó un poco. Comenzó a caminar lentamente hacia el arco que había abierto en el muro un instante antes sin dejar de mirar al bárbaro.
- Está bien, Conan de cimmeria. Ven conmigo.
A Conan no le sorprendió que Arseth conociese su nombre. Ese detalle era menos que nada teniendo en cuenta que el hechicero llevaba en el mundo cientos de años, así que comenzó a seguirle hacia la sala colindante.
Ésta era un amplio salón circular bien iluminado por un considerable número de antorchas que colgaban de sus elegantes paredes brillantes. En medio, y precediendo a un bello altar de mármol blanco sobre el que descansaban varios libros antiguos, el fuego de una hoguera crepitaba en el fondo de un foso del tamaño aproximado de un elefante. El humo que salía del foso apestaba a incienso, a loto y a muchas otras cosas que el bárbaro no sabía identificar pero que le causaban una involuntaria relajación. Desde luego, pensó, el preciosismo de aquel salón contrastaba enormemente con el resto de los subterráneos.
Continuará…