“Cuentan las leyendas que hubo épocas anteriores a las registradas en la historia, donde civilizaciones nacían y caían, bajo los pies de hombres bárbaros y salvajes, que sólo hablaban con el acero que sus fuertes brazos sujetaban para abatir a sus innumerables enemigos. Eran épocas incivilizadas donde dominaba la ley del más fuerte.”

Action Tales presenta Relatos Salvajes:

Escrito por Alexis Brito Delgado y Raúl Baixauli Sánchez / Portada: Brego

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LA DISCIPLINA DEL ACERO

El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.

Nietzsche

I

EL RETUMBAR DE LOS TAMBORES

El manto de la noche, oscuro y tenebroso, estaba colmado de malos presagios. Desde el cielo cubierto por negras nubes, la luna llena arrojaba sus haces fantasmales sobre la foresta, iluminando los árboles retorcidos. El sonido de los tambores de guerra arreció, se extendió por el claro, y llenó los confines del bosque que se desvanecía en la madrugada. Figuras musculosas, pintarrajeadas con los dibujos propios del Clan de las Águilas, bailaban delante de una enorme hoguera. Las llamas oscilantes irradiaban sus cuerpos semidesnudos, ataviados con taparrabos, de miembros menudos y poderosos, propios de las tribus salvajes que habitaban al oeste del río Trueno. Un clamor colectivo desgarró la tranquilidad de la espesura, recorrió los caminos ocultos que conducían al poblado, e hizo que los animales de los alrededores regresaran a la seguridad de sus madrigueras.

En una de las casetas, tumbado en el suelo, con las manos y los pies atados con recias cuerdas, una imponente figura se debatía contra los nudos que lo separaban de la libertad. A diferencia de los individuos que danzaban en el exterior, el prisionero era un hombre gigantesco. Su complexión fornida, propia de las tierras del norte, le hubiera hecho destacar entre cualquier multitud. Tenía el cuerpo cubierto de arañazos, suciedad y moretones, frutos del combate que había librado con sus captores, antes de caer derrotado bajo la aplastante superioridad numérica. Una maldición escapó de sus labios: sus enemigos lo habían atado a conciencia; necesitaría un milagro para conseguir escapar. En su rostro moreno, lleno de pequeñas cicatrices, encuadrado por una larga melena negra, dos ojos azules brillaron con una rabia monstruosa.

El cimmerio cerró los párpados, inhaló una bocanada de aire, relajó sus nervios tensos, y prestó atención a los gritos ensordecedores que llegaban desde afuera. Sus gruesas muñecas y tobillos estaban en carne viva por la presión de las ligaduras. Una gota de sudor descendió por su mejilla y aterrizó sobre el amplio pecho: sabía que los pictos no tardarían en sacrificarlo a sus tenebrosos dioses. Desesperado, recorrió con la mirada los confines de la tienda, buscando la manera de huir; pero las paredes de piel de ciervo no le ofrecían ninguna alternativa. Con la espalda dolorida por la incómoda postura, rodó hacia un lado y quedó boca arriba, apoyando los hombros en el poste central que levantaba el techo. El rugido ensordecedor de los timbales taladró sus oídos. La tierra temblaba bajo el ritmo palpitante. Los pájaros abandonaron las copas de los árboles. La negrura que lo envolvía parecía crecer por segundos. Aullidos sedientos de sangre elevaron promesas de muerte hacia el firmamento tachonado de estrellas.

El bárbaro maldijo su suerte, había caído en manos de los pictos como un estúpido, su temeridad habitual lo había arrastrado a aquella desesperada situación. La idea de perecer nunca le había importado, pero hacerlo sin un arma en las manos, inmovilizado e indefenso, lo encolerizaba de forma insoportable. Una expresión amenazadora torció sus rasgos: antes de llegar al Infierno se llevaría por delante a todos los salvajes que pudiera. A pesar de la cacofonía y el fuerte acento de sus adversarios, común en las tierras que se extendían desde Aquilonia, a través de los Yermos Pictos, hasta el distante Mar Septentrional, logró distinguir algunas palabras sueltas.

—¡Ha llegado la hora! —Ordenó una voz familiar—. ¡Traed al extranjero!

La sonrisa sombría del cimmerio hubiera hecho retroceder a sus oponentes. Había reconocido el timbre inconfundible del jefe de la tribu; un demonio de facciones bestiales engalanado con plumas de águila, cruel y enfermizo como todos los de su raza. Un odio visceral, acunado durante miles de generaciones, prendió su alma. Su funesto destino quedó apartado por el momento: tenía que liquidar a aquel engendro de la naturaleza fuera como fuese.

II

ADVERSARIOS ANCESTRALES

Involuntariamente, anheló recuperar los atavíos personales que el enemigo le había arrebatado: el asco astado conseguido en Vanaheim, la cota de malla adquirida en Argos y la espada de doble puño comprada en Zamora. Irritado, observó su anatomía cubierta por una faldilla de cuero destrozada: desarmado como se encontraba poco podía hacer. El aroma de la leña quemada penetró en la tienda, le impregnó las fosas nasales y lo obligó a toser. El sonido de unos pasos felinos lo pusieron alerta mientras una sombra avanzaba. Al instante, un picto abría la apertura de la caseta y entraba con movimientos cautelosos. El bárbaro estudió desde abajo la figura enjuta, armada con un hacha y un cuchillo, que lo contemplaba como si fuera una especie de animal exótico. Un silencio pesado y perturbador flotó entre ambos hombres, enemigos ancestrales por naturaleza, cuyos antepasados habían luchado innumerables veces, vencidos por un barbarismo primigenio que llegaba hasta el presente. Ninguno de los dos tenía nada que ver con la civilización, eran individuos criados por la dureza de los elementos, fuertes e indómitos como los bosques que circundaban la aldea. El salvaje tomó la palabra:

—Voy a soltarte las piernas —dijo mientras le enseñaba el puñal afilado con una mueca torva—. Como intentes hacer algo te arrancaré las entrañas.

El cimmerio no se molestó en replicar:

—Debería sacarte los ojos —gruñó el picto—. Casi acabas conmigo cuando te capturamos.

Con un movimiento brusco, su enemigo deslizó la larga hoja entre los pies del bárbaro, de abajo arriba, y comenzó a cortar las ligaduras.

—No dices nada, ¿eh?

Conan masculló con desprecio:

—Vete al diablo.

El salvaje soltó una risotada desagradable.

—No tendrás tantas agallas cuando te hayamos despellejado vivo, ¡perro!

La musculatura del cimmerio tembló de cólera.

—¿Perro? —rezongó—. ¡Debería haberte destripado cuando tuve la oportunidad!

El picto dividió las ataduras de un tirón: las piernas del bárbaro estaban libres. Acto seguido, con un movimiento imposible de seguir con la vista, clavó el cuchillo, profundamente, en el brazo izquierdo de su cautivo. Conan lanzó un gemido e intentó golpear a su adversario con la cabeza, pero el salvaje era demasiado rápido, se apartó esquivando la acometida y bufó desdeñoso:

—Eres tan blando como los colonos que vivían en las afueras del fuerte Tusce…

La patada del bárbaro lo dejó sin aire en los pulmones. En su arrogancia, había olvidado lo peligroso que Conan podía llegar a ser; un error que muchos hombres no tuvieron la oportunidad de cometer dos veces. Como un tigre hambriento, el cimmerio se puso en pie de un salto, embistió con la cabeza por delante, y hundió la frente en la cara de su rival. El picto se derrumbó de espaldas, pesadamente, con la nariz fracturada, lanzando una blasfemia en su gutural idioma. Justo en el momento que tocaba el suelo, el bárbaro le aplastó el cuello con el pie desnudo, destrozándole la garganta. Su adversario emitió un estertor y escupió un borbotón escarlata por la boca, expirando con horribles contracciones, asfixiado por su propia sangre. Conan escupió despectivamente sobre el cadáver.

—Arde en el Infierno, bastardo.

Sin transición, se inclinó en cuclillas, agarró el cuchillo que prendía de la mano inerte, y con gran esfuerzo, logró volver la hoja y aplicarla sobre sus muñecas. El puñal cortó las cuerdas a gran velocidad, rasgando su carne, detalle que no le importó en absoluto; estaba acostumbrado a resistir el dolor. Al librarse de las ligaduras flexionó los dedos amoratados: volvía a ser un hombre libre.

Conan esbozó una sonrisa satisfecha, agarró el hacha que colgaba de la cintura del muerto con la siniestra, apretó el cuchillo con la diestra, se aproximó a la entrada de la caseta y echó una ojeada al poblado. Delante, a unos cuarenta metros de distancia, los trazos dorado-rojizos de las llamas ondulaban en las tinieblas, formando lúgubres claroscuros en todas las direcciones. La impresión de maldad que emanaba de los pictos le puso la carne de gallina. De inmediato, su mente trazó un plan de escape, tenía una oportunidad, sino la aprovechaba se convertiría en un cadáver. El bárbaro examinó la empalizada, la disposición de los salvajes, la entrada del poblado, y los vigías situados en la penumbra: ahora o nunca.

III

LANZAS ROJAS

Silenciosamente, emergió de la tienda, corrió hacia la derecha y se ocultó detrás de unos matorrales. Expectante, aferró sus armas, con el cuerpo fríamente en tensión, preparado para saltar en cualquier instante. Un picto pasó a su lado, armado con una larga lanza de punta de pedernal, inconsciente del peligro que corría. El cimmerio se inclinó todo lo que pudo, pegando el cuerpo al suelo, fundiéndose con la negrura. El centinela continuó adelante, escapando de una muerte segura, desvaneciéndose en las tinieblas. Aliviado, Conan efectuó una corta carrera, avanzando con la agilidad de un leopardo, sin emitir el menor sonido. Detrás de su espalda, los alaridos de sus enemigos cambiaron de tono, traspasando el claro de un extremo a otro. El bárbaro apretó el paso, parecía que habían descubierto al individuo que había matado; los pictos no tardarían en salir detrás de su rastro. No tenía tiempo de tomar precauciones, aunque quisiera no podría pasar todo lo inadvertido que hubiera querido, su vida dependía de la velocidad de sus piernas. Rápidamente, se dirigió al pie de la empalizada, listo para matar o morir. Una figura indistinta se interpuso delante de su camino. 

—¡Lo he encontrado! —exclamó—. ¡Está aquí!

El salvaje descargó el hacha sobre la cabeza del cimmerio. Éste se contorsionó en el aire y sus músculos brillaron bajo la luz de la luna llena, esquivando el filo de cobre que le arrancó un puñado de cabellos. Acto seguido, abrió la cara de su oponente con el puñal, trazando una estela carmesí que salpicó los herbazales. El picto lanzó un aullido de sufrimiento, soltó el arma en un acto reflejo y se llevó las manos al rostro, reculando a trompicones. Conan alzó la zurda y dividió su cráneo hasta los dientes: sesos, huesos y sangre brincaron de la espantosa herida. Asqueado, apartó el cadáver de una patada, se volvió como un lobo acorralado, y se dispuso a vender cara su piel. Una lanza cruzó el aire sobrecargado de la madrugada buscando su pecho. El bárbaro se inclinó a la derecha, soslayó el arma, y resistió la acometida de su adversario. Ambos chocaron en el aire, el cimmerio apartó el puñal con el antebrazo y enterró su hoja en el esternón del picto. Agónico, el hombre le arañó la cara: sus facciones cubiertas de cicatrices se contorsionaron en una mueca asesina. Los dientes podridos buscaron su garganta, pero el cimmerio le agarró el cuello, le apartó la cabeza y clavó el cuchillo en el vientre de su enemigo. Un espasmo recorrió la fisonomía del hombre, la fuerza de los brazos cedió y un brillo de reconocimiento resplandeció en sus pupilas: el miedo ante la cercanía de la muerte había hecho mella en su espíritu. Irritado, Conan sacó el puñal, volvió a hundirlo en la carne temblorosa y destripó al salvaje: las entrañas, rojas y azuladas, se esparcieron ante sus pies. Todo había sucedido en unos segundos: los pictos abandonaron la hoguera y corrieron hacia el bárbaro, aullando como lobos. El cimmerio lanzó una carcajada maliciosa, dió la media vuelta, y salió disparado hacia la entrada de la aldea. Flechas de penachos oscuros llovieron a su alrededor, picoteando sus pasos, sin conseguir alcanzarlo. Antes de que se diera cuenta, llegó a la empalizada, tomó impulso, y efectuó un prodigioso salto hacia el borde superior de la misma. A pesar del peligro que corría, el orgullo controló sus acciones y lo obligó a bramar, burlonamente, en el gutural idioma del Clan del Águila:

—¡Adelante, perros! ¡Os estoy esperando!

Acto seguido, abandonó su posición y aterrizó entre los matorrales. Una docena de saetas se clavaron en el lugar dónde había estado unos segundos antes. El bárbaro asimiló el impacto del aterrizaje, rodó entre los arbustos espinosos y corrió hacia los árboles. Atrás, una horda enloquecida de figuras pintadas emergía del interior de la aldea, vociferando como posesos, con la intención de vengar a sus hermanos caídos. Conan se introdujo entre la espesura y sorteó los tocones muertos y las depresiones del terreno traicionero, ignorando los brezos y las ramas bajas que le arañaban la cara; la caza implacable había empezado. 

IV

LA DISCIPLINA DEL ACERO

El avance desesperado del cimmerio, a través de la profundidad del bosque, lo arrastró hacia el oeste. Con los dientes apretados, pasó por alto el hambre y la sed, mientras intentaba mantener un paso uniforme. Gracias a su coordinación y agilidad innatas, Conan apenas dejó huellas que pudieran delatar su rumbo; de hacerlo, sus oponentes no tardarían en encontrar su rastro por la mañana. Por amarga experiencia, sabía que los pictos no cesarían de perseguirlo hasta lograr clavar su cabeza en la punta de una lanza; un destino que no estaba dispuesto a correr de ninguna manera. El bárbaro, descendió las lomas achaparradas y alcanzó un valle de paredes abruptas. El espejismo lunar irradiaba las rocas afiladas y los matorrales muertos. Una sensación de malevolencia flotaba en el aire frío de la madrugada. Sus instintos le advirtieron de que en aquel lugar había muerto gente; los colonos siempre decían que las tierras ribereñas situadas cerca del río Trueno eran la morada de los diablos de los cenagales. El cimmerio hizo caso omiso a sus miedos y bajó una ladera empinada a grandes trancos; podía escuchar los movimientos de la avanzadilla picta que le pisaba los talones, a escasa distancia. 

El bárbaro se ocultó detrás de un árbol y se dispuso a entablar combate. La luz mortecina de las estrellas reveló a los cinco hombres que corrían en su dirección. Entre ellos, distinguió al jefe de la tribu; su tocado de plumas de avestruz lo convertían en un blanco fácil. Cuando estuvieron a su altura, Conan arrojó el hacha, que frenó la carrera del cabecilla del grupo en seco. El líder de los salvajes, soltó un aullido póstumo y pereció en el acto, con la caja torácica abierta en dos; las deudas estaban saldadas. Inmediatamente, saltó hacia los supervivientes empuñando el cuchillo; una promesa de muerte ardía en sus ojos acerados por la furia. En la oscuridad, más allá de cualquier asentamiento civilizado, en lo profundo de la espesura innominada, el cimmerio se enfrentó a sus oponentes, con una energía nacida de la desesperación.

Conan hundió el cuchillo, en el pecho del salvaje más próximo. Acto seguido, brincó hacia atrás, esquivando un hacha que estuvo a punto de arrancarle la cabeza. Con una mirada torva, recuperó terreno y movió el arma a ambos lados, manteniendo a raya a los pictos. Sus tres enemigos giraron en círculos, buscando un punto débil en la guardia del cimmerio, ansiosos por derramar la sangre del individuo que se había atrevido a eliminar a su líder. En aquel momento, una figura negra saltó entre los árboles y atacó a los pictos. Éstos lanzaron un chillido de pánico, al descubrir al nuevo rival que había surgido entre las tinieblas. El bárbaro vislumbró el cráneo triangular, los colmillos puntiagudos, las garras afiladas, y el pelaje color azabache: era una pantera de los bosques. Con un rugido ensordecedor, el animal embistió a un salvaje y desparramó sus entrañas sobre la hierba pisoteada. Al instante, otro cayó por tierra con el cráneo atravesado por los dientes de la bestia: el sonido de los huesos quebrados ahogó el lamento quejumbroso del picto. Aterrorizado, el último soltó el arma y escapó del lugar como alma que lleva el diablo, perdiéndose por donde había venido. Conan no tuvo tiempo de sentir ninguna satisfacción, el animal se volvió con las fauces manchadas de sangre, extendiendo las garras en actitud amenazadora. Las miradas de ambos se encontraron, hombre contra bestia, en el aire glacial de la madrugada. Tenso, el cimmerio mantuvo su posición, sin perder un ápice de terreno. Si la pantera percibía cualquier duda se abalanzaría sobre su persona; al fin y al cabo estaba defendiendo su territorio.

Lentamente, el animal se replegó con un gruñido y se desvaneció en las sombras; el bárbaro había triunfando ante la primitiva inteligencia de la bestia. Conan soltó un suspiro, se vendó el brazo herido lo mejor que pudo con las ropas de los cadáveres y recuperó el hacha: Crom siempre era justo con aquellos que luchaban por su existencia.

EPÍLOGO

Cuando el sol comenzó a despuntar sobre los árboles, una claridad lechosa invadió la espesura, prendiendo los ángulos tenebrosos del bosque. El bárbaro se detuvo para recobrar el aliento y echó un vistazo hacia atrás: sabía que los pictos no habían cesado de perseguirlo. Involuntariamente, comprobó que su paso apenas había marcado huellas en la hierba húmeda. Una simple rama rota sería fatal; los miembros del Clan de las Águilas eran los mejores rastreadores que habitaban en aquella tierra mortífera. Con una determinación nacida de la supervivencia más elemental, Conan volvió al camino; le quedaba mucha distancia para alcanzar el océano…

FIN

Alexis Brito Delgado

El Anillo de Arseth Parte 1

Escrito por: Raúl Baixauli Sánchez

Ilustraciones: José Baixauli Sánchez

Este relato está basado en el personaje y el universo creado por Robert E. Howard.

Dedicado a mi hermano, José Baixauli.

Gracias por haberme invitado a Hyboria.

1

El viento helado soplaba con violencia aquella noche en las calles de la ciudad de los ladrones, Arenjun. Los pocos que se aventuraban por las destartaladas calles del Mazo, el peor barrio de la ciudad, lo hacían agarrando bien sus ropas y pensando en llegar a la siguiente taberna rápidamente para calentar sus cuerpos con el fuego de las chimeneas y el de alguna moza generosa. El antro en el que se encontraba Conan, bien escondido entre dos callejuelas, era uno de los más solicitados aquella noche.

El bárbaro se encontraba en una mesa alejada del fuego, donde las sombras daban un aire aún más sensual si cabe a las dos hembras que fingían escuchar interesadas los exagerados relatos de sus aventuras como ladrón. Precisamente esas mismas aventuras le habían procurado recientemente el oro que utilizaba para saciar su sed y la de sus acompañantes con abundantes jarras de cerveza que prácticamente llenaban la mesa.

- Por Bel, dios de los ladrones, que en esta ciudad se puede robar cualquier cosa - aseguró el cimmerio mientras pellizcaba a una de las mujeres en sus rollizas piernas.

- ¿Y no robaríais para mí alguna hermosa tiara que poder lucir en las fiestas?

Conan, divertido por aquel embriagador juego de seducción se acercó a ella hasta susurrarle al oído.

- No quieras abusar de mí, pequeña - le contestó riendo -. Bastante beneficio estas sacando ya de mis trabajos a juzgar por lo que eres capaz de beber.

No muy lejos de allí, cerca del deteriorado portón de madera del tugurio, un hombre enjuto miraba a derecha e izquierda como si buscase algo o a alguien. Por la forma en que iba ataviado no parecía un habitante de ninguna de las ciudades del reino de Zamora, quizás un nemedio pensó Conan, que fijó su atención en él unos segundos antes del volver a mojar el gaznate apurando su jarra de cerveza. El individuo parecía nervioso y acelerado. De repente cambió el semblante, se giró y salió corriendo de la taberna, y apenas unos segundos más tarde, cuatro tipos más salieron corriendo tras él. La atención de Conan, sin embargo, seguía puesta en la bebida y en sus acompañantes.

- Cuéntanos alguna historia más, Conan - sugirió una de las muchachas -. Corre el rumor de que fuiste capaz de entrar a la Torre del Elefante y volver con vida.

- Esa historia es bien cierta, pero ¿por qué no dejamos estas aburridas chácharas y venís las dos conmigo a mi habitación? Si seguimos aquí, mañana no me quedará ningún oro con el que emborracharme, y empiezo a necesitar otro tipo de atenciones de vosotras.

Las dos jóvenes rieron a carcajadas mientras el bárbaro se levantaba y dejaba unas monedas más en la mesa. Después salieron del tugurio y los tres se encaminaron hacia el sur por una calleja estrecha que conducía a la posada donde Conan se alojaba.  Los efectos del alcohol, que apenas causaban un ligero atontamiento en el cimmerio, hacían que las dos muchachas se tambaleasen de pared a pared, causando un alboroto de risotadas que resonaba escandalosamente en las calles casi desiertas a causa del frío. Estaban a punto de llegar a la posada cuando los ecos de una reyerta no muy lejana alcanzaron los finos oídos de Conan. Un poco más adelante, al llegar a una esquina, el bárbaro se adelantó a las dos jóvenes que caminaban a duras penas y se asomó para comprobar la naturaleza de aquellos sonidos.

Como había supuesto, allí había un angosto callejón sin salida lóbregamente iluminado en el que tres hombres arrinconaban a un cuarto asustado y un quinto yacía en el suelo en medio de un charco de sangre que se agrandaba por momentos. El bárbaro, que imaginaba la trifulca que estaba a punto de desatarse allí, se giró rápidamente hacia las dos muchachas.

- Volved a la taberna, rápido - les dijo silenciosamente para no llamar la atención.

- ¿Qué quieres decir? ¿Es que ya no vamos a…?

Antes de que pudiese acabar su escandalosa frase, la mano del cimmerio le tapó fuertemente la boca causando un importante asombro a ambas, que dejaron por un momento de gritar y reír.

- Si apreciáis vuestros hermosos cuellos, volved ahora a la taberna - les susurró Conan mientras pasaba suavemente sus dedos por la piel de la joven -. Quizás vuelva más tarde a reclamar que me los ofrezcáis de nuevo.

El bárbaro volvió a centrar su atención en el callejón mientras las dos mozas corrían algo asustadas calle arriba. Al fijarse en el hombre que estaba en la otra punta, el que estaba arrinconado levantando una pequeña daga entre él y sus enemigos a modo de precaria defensa, Conan se dio cuenta de que era el mismo tipo al que había visto en la taberna, el nemedio demacrado que había salido corriendo. Aprovechando que los tres que arrinconaban al hombrecillo le daban la espalda, el bárbaro se agazapó entre las sombras y empezó a internarse en la calleja acercándose a la acción sin hacer el más mínimo ruido, como un experto depredador.

- Danos el anillo y te dejaremos ir - dijo el cabecilla del grupo sin relajar la mano con la que sujetaba una vieja espada corta.

- ¡No pienso dejarlo ir! - discutió otro situado más a la izquierda -. Ha matado a mi hermano.

El nemedio retrocedió unos pocos pasos más sin bajar la guardia y sin quitar ojo a sus atacantes, que parecían ser zamorios, según advirtió Conan.

- ¡Olvídate de tu hermano, necio!

Desobedeciendo al cabecilla, el zamorio que estaba más a la izquierda se adelantó a sus compañeros y, pasando por encima del cuerpo inerte de su hermano, trató de ensartar al nemedio con su daga. Éste, sin embargo, demostró tener precisos reflejos y detuvo el corte antes de que alcanzase su estómago. En ese momento, y viendo que la gresca ya no tenía marcha atrás, Conan se agachó y recogió del suelo un pedrusco desprendido de la pared que tenía más cercana y, desafiando a la negrura en que se hallaba sumido el callejón, hizo gala de una puntería perfecta lanzando el canto cual proyectil directo a la cabeza del zamorio que había comenzado el ataque. Éste, tras recibir semejante golpe cayó al instante al suelo junto al cuerpo de su hermano. Un reguero de sangre brotaba de su cabeza abierta. Aún no habían reaccionado los otros dos zamorios cuando, aprovechando el desconcierto, Conan se lanzó con la velocidad y la decisión de una pantera hacia otro de ellos, el que estaba situado a la derecha del cabecilla que era el que le quedaba más cerca, derribándolo implacablemente. Una vez en el suelo, lo noqueó con un solo golpe certero y se levantó rápidamente para no quedar desprotegido. Se hallaba frente al último de los atacantes, que apenas podía creer que en unos segundos hubiese perdido a todos sus compañeros.

- ¿De dónde sales, bárbaro? - preguntó horrorizado el zamorio.

- De las mismas sombras en las que tratabais de ocultar vuestra cobardía.

- ¿De qué me estás hablando?

- Cuatro contra uno no es una pelea justa - le contestó Conan -. Pero ahora está mejor, ¿no crees? Acércate, perro.

- ¿Cómo te atreves, salvaje?

El zamorio levantó su espada y, cargado de ira, se lanzó hacia Conan, que también había desenfundado la suya. Sin embargo, el reciente giro de la situación tenía al zamorio aún perturbado, y aunque hizo varios movimientos certeros, no tardó en titubear. El bárbaro aprovechó el primer movimiento falso de su contrincante para rajarle el cuello sin miramientos, y el zamorio se desvaneció al instante uniéndose al resto de sus compañeros en un suelo cada vez más enrojecido.

Conan volvió a enfundar su espada tras limpiar el filo con la ropa del zamorio y se volvió hacia el asustado nemedio que aún temblaba agazapado junto a la pared que ponía fin al callejón.

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2

El alboroto de la taberna, que a esas horas de la noche era ya un hervidero de gente entregada a la bebida, hacía casi inaudibles las palabras del nemedio. Éste había insistido a Conan para que aceptase al menos una invitación como pequeña muestra de agradecimiento por haberle salvado la vida en el callejón, por lo que el bárbaro se encontraba de nuevo en el tugurio. Mientras el nemedio pedía las bebidas al tabernero, Conan echó una ojeada al local tratando de localizar a las hermosas féminas que le acompañaban un rato antes, pero comprobó que éstas ya no se encontraban allí y maldijo para sus adentros el momento en que se había visto envuelto en aquella trifulca que había hecho que su compañía cambiase de un modo tan poco favorable.

- Aquí tienes, amigo mío - dijo el nemedio pasándole una jarra rebosante de espuma sobre la desgastada madera de la mesa -. A Arjas de Nemedia le gusta ser agradecido con aquellos que le echan una mano, y por Mitra que tú esta noche me has echado el brazo entero. Y menudo brazo, por cierto. Viéndote diría que eres del norte.

- Mi nombre es Conan, y soy cimmerio.

- Conan, ¿eh? No conozco tu tierra - le contestó Arjas -, pero veo que los cimmerios sois gente noble. Desearía poder agradecerte la ayuda de un modo más justo, pero lo cierto es que no dispongo de medios para hacerlo, amigo.

- ¿Y qué hay de ese anillo que te reclamaban los zamorios?

El nemedio pareció turbarse durante unos instantes, detalle que no pasó desapercibido para el avispado bárbaro.

- ¡Ah, el anillo! - dijo Arjas titubeando con precaución -. Es…una baratija de escaso valor.

Conan, tras vaciar de un trago casi media jarra de cerveza, echó una fría mirada a su nuevo amigo. Arjas se sintió por un breve instante intimidado, pues el bárbaro le estaba dando a entender que no tenía un pelo de tonto.

- Los zamorios no son gente muy avispada, pero nadie es tan tonto como para dejarse acuchillar en un callejón por una baratija. Y harías bien en no tomarme por idiota.

- Está bien, amigo Conan - añadió Arjas rápidamente con una risa nerviosa tratando de reconducir la conversación -. Puedo decirte cuál es el valor de ese anillo, de hecho…se me está ocurriendo un modo de ofrecerte una recompensa más que justa por lo que has hecho esta noche, siempre y cuando me prestes tu ayuda un poco más.

Conan se relajó y se dispuso a escuchar con renovado interés las palabras del nemedio. Mientras el griterío disminuía al marcharse parte de la clientela de la taberna, Arjas se echó mano a un bolsillo interior de su harapiento chaleco y extrajo con la mayor cautela posible un anillo que, como bien había dicho antes, no parecía tener mayor valor que la bisutería de una ramera. Aunque Conan se extrañó al ver aquel objeto, era consciente de que debía tener algún valor que aún no entendía y esperó la explicación de Arjas sin hacer preguntas.

- ¿Has oído hablar del anillo de Arseth? - preguntó el nemedio bajando la voz.

Conan negó con la cabeza mientras acercaba su cabeza a la de Arjas para escuchar más claramente sus cautas palabras.

- Parece una baratija sin valor alguno - explicó -, y de hecho, ningún comerciante te daría por él más de lo que vale la cerveza que tienes en tus manos, pero sin embargo, puede ser canjeado por un tesoro de incalculable valor si se lo hacemos llegar a la persona adecuada.

- ¡Explícate mejor, hombre! - le apremió Conan -. A estas horas de la noche me desborda que me hablen con rodeos.

- No seas impaciente, mi joven amigo. Te explicaré el asunto por encima. El anillo es propiedad del hechicero Arseth, un hombre poderoso que habita al norte de Arenjun, en una solitaria torre. Hace muchos años que le fue robado y prometió un inmenso tesoro a aquel que fuese capaz de devolvérselo. Hace unas semanas, me enteré de que un poderoso noble nemedio se había hecho con él, sólo los dioses saben por qué métodos. El noble organizó una comitiva de los mejores y más fieles hombres a su servicio para que viajasen a Arenjun y devolviesen el anillo a Arseth. Así se haría con el tesoro. Así que, seguí con cautela al grupo y, en cuanto tuve oportunidad, me colé en su campamento y me hice con él. El problema es que, aunque logré escapar, alguno de esos hombres me vio y ahora andan buscándome por la ciudad junto con refuerzos zamorios como los que me han atacado antes. Así que, como ya imaginarás, no puedo permanecer mucho tiempo en la ciudad, tengo que llegar lo antes posible a la torre de Arseth y llevar el anillo al hechicero.

- No podrás llegar a esa torre en una noche tan oscura y fría como ésta - sentenció Conan.

- Lo sé, y bien que me preocupa tener que hacer noche aquí con toda esa gente tras mi pista. Por eso mismo quiero proponerte que te unas a mí. Cada vez soy más consciente de que solo jamás podré alcanzar esa torre, y viendo cómo has peleado en el callejón no se me ocurre mejor aliado contra los que me persiguen.

- ¿Y qué beneficio saco yo de todo esto?

Arjas se guardó de nuevo el anillo en el bolsillo con el mismo cuidado con que lo había extraído.

- ¿Qué te parece la mitad del tesoro? - contestó sonriendo -. Sé que puede parecer extraño que quiera compartir contigo tanta riqueza, pero prefiero tener la mitad que morir acuchillado por el camino. Además, si es tan grande como se dice, la mitad nos bastaría para comprar un reino entero. Y también está el hecho de que te debo la vida.

Conan meditó interiormente la oferta de Arjas. Desde luego la idea del tesoro era tentadora, pero había aprendido a desconfiar de la palabra de cualquier hombre civilizado cuando había riquezas de por medio. Además, la idea de hacer tratos con hechiceros le incomodaba enormemente, pues por experiencia prefería mantenerse alejado de los que jugaban con artes oscuras. No obstante, apenas le quedaba ya oro con el que pagar sus juergas y pensó que valía la pena correr el riesgo siempre y cuando no quitase ojo al nemedio, especialmente una vez hubiesen llegado a su destino.

- Te acompañaré a la torre de Arseth, pues. Pero más te vale no traicionarme.

Arjas soltó una sonora carcajada y levantó la jarra.

- Amigo, te debo mi vida, ¿cómo piensas que podría traicionarte?

Después los dos dieron buena cuenta de sus cervezas y se marcharon con prudencia hacia la posada donde se alojaba el bárbaro mientras Conan se lamentaba por haber perdido la compañía de aquellas fogosas muchachas en una noche tan fría.

3

Cuenta la leyenda que el hechicero Arseth lleva en este mundo desde antes del hundimiento de Atlantis, y que, ya en su juventud, era temido por la facilidad con que manipulaba los oscuros poderes de la magia negra. Su perdición, sin embargo, fue caer víctima del más obcecado amor cuando, al poco de terminar su instrucción en una antigua orden de hechiceros ya extinguida, conoció a Bertan, la hermosa hija adolescente de su mentor en las artes arcanas.

Arseth y Bertan, sabedores de que el padre de la muchacha y la orden de hechiceros jamás consentirían semejante romance entre ellos, vivieron una apasionada historia de amor en el más absoluto de los secretos, hasta que, años más tarde fueron descubiertos por un novício.

El padre de Bertan, enfurecido, decidió expulsar a Arseth de la orden para así alejarlo de su hija. Pero el amor entre ellos era más fuerte que cualquier imposición. Arseth y la joven estaban dispuestos a escapar juntos, lejos de la orden y de todo el mundo que conocían cuando su padre, indignado ante la deshonra que suponían la desobediencia y el comportamiento de su hija, decidió acabar con la vida de ésta, y la noche anterior al día de la huída, una terrible e inexplicable enfermedad invadió el cuerpo de la muchacha apagando en pocas horas su vida casi de la misma forma en que una bocanada de aire apaga la llama de una vela que segundos antes ardía con vigor.

Arseth, al conocer la noticia y roto de dolor, prometió la más cruel de las venganzas contra la orden, y cuentan también las leyendas que, desde ese día, su rostro perdió toda la humanidad que le quedaba y pareció sumirse de lleno en un abismo de oscuridad más profundo de lo que una mente sana es capaz de comprender.

Tras pasar años desaparecido, Arseth volvió con un anillo que, según él, los mismísimos dioses oscuros le habían ayudado a forjar y que tenía dentro el alma de la joven Bertan asesinada. Con ese anillo, cuentan que el poder del hechicero se multiplicó hasta límites insospechados y así pudo cumplir su venganza, mandando a toda la orden y a su propio mentor, el padre de Bertan, al mundo de los muertos. Cumplida su venganza, el hechicero se retiró a una solitaria torre.

Pero años más tarde el anillo le fue robado y Arseth, decidido a recuperarlo, prometió una inmensa fortuna a aquel que se lo devolviese. Hizo correr entre los ladrones la noticia y, alargando su vida gracias a los pactos con demonios y dioses oscuros, espera aún el día en que el anillo que encierra el alma de su amada y la llave de su poder vuelva a él.

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4

Cuando Arjas terminó de contarle a Conan la leyenda del anillo de Arseth, era casi mediodía y un débil sol proporcionaba un agradable calor a los enrojecidos rostros de los dos viajeros.

Para tratar de no ser vistos por un gran número de personas, habían partido antes del amanecer, mientras la ciudad de los ladrones aún dormía las cogorzas de la noche anterior. Ahora cabalgaban a lomos de dos corceles jóvenes que habían conseguido adentrándose con astucia en la caballeriza de un caserón de las afueras.

- Y esa es la historia del anillo.

- Lo cierto es que poco me importa cuál sea su historia - contestó Conan -, siempre y cuando nos den por él lo que prometen esos cuentos.

- Confía en mí, mi joven amigo. Dentro de poco tendrás riquezas para retirarte y gozar de los mejores placeres de por vida.

Un rato después encontraron una zona boscosa donde, a la sombra de un imponente árbol, pararon para comer unas tiras de carne seca que Arjas llevaba consigo. Pese a que Conan seguía desconfiando de su compañero, el bárbaro sabía que por el momento podía permanecer relajado, pues el nemedio no trataría de deshacerse de él hasta que se hallasen cerca del tesoro del que hablaba la leyenda. Lo único de lo que Conan debía preocuparse por el momento era del posible ataque de zamorios o del grupo de nemedios enviado por el noble, que sin duda alguna habrían averiguado sus movimientos y estarían tratando de darles caza, aunque le era imposible saber cuánta ventaja les llevaban.

Se apresuraron en ponerse en marcha de nuevo. El escarpado terreno les impedía avanzar a la velocidad que hubiesen deseado, pues la torre se hallaba en lo alto de un enorme peñasco por el que era imposible ascender directamente, sino que tenían de rodearlo para iniciar la escalada. Arjas parloteaba desmesuradamente, y Conan fingía escucharle mientras tenía su oído y su vista pendientes de todo lo que les rodeaba, pues su instinto norteño sabía que la mayoría de veces, estar prevenido es la diferencia que separa la vida de la muerte.

Un buen rato después y sin sobresaltos, llegaron a la cima del promontorio y se hallaron al fin ante la torre de Arseth.

La torre era poco más que un montón no muy alto de piedras gigantescas mal apiladas que se recortaban solitarias en el cielo gris como un mal presagio. No era, desde luego, lo que el bárbaro había esperado encontrar, pues imaginó un lugar más noble, más imponente. Aún así, el aspecto de la torre era suficiente para hacer que Conan sintiese un ligero hormigueo de nervios en su estómago, el mismo que sentía cada vez que se hallaba ante los extraños misterios de la hechicería que tanto detestaba.

- ¿Aquí se supone que encontraremos un gran tesoro? - ironizó el bárbaro señalando la grotesca torre.

Arjas también parecía ligeramente desconcertado por el aspecto del lugar, aunque trató de mostrarse seguro.

- Lo importante, mi desconfiado amigo norteño, no es lo que hay fuera, sino lo que el hechicero nos regale cuando…

- ¡Cuidado, Arjas! - gritó Conan.

De repente una certera flecha se hundió en un costado de la montura de Arjas haciendo que el animal se desbocara por completo y lanzase a éste al suelo. De los lados del camino apareció un grupo de cinco nemedios que cabalgaban velozmente y sin vacilar hacia Conan y su compañero. Sin duda el ruido del rugiente viento había ocultado los sonidos de las monturas nemedias a los perspicaces oídos del cimmerio, aunque ya era demasiado tarde para lamentarse por ello. Conan, reaccionando rápidamente como correspondía a su entrenamiento en la batalla, se adelantó protegiendo a su compañero que todavía estaba en el suelo tratando de recuperarse de la caída y se dispuso a hacer frente a sus enemigos que, por fortuna, atacaban descoordinados.

El primero que llegó hasta el bárbaro tuvo una muerte rápida cuando, tras tratar de rajarle con su sable por un costado, Conan consiguió esquivarlo fácilmente y hacer un limpio y letal corte en su cuello.

- ¡Vamos, Arjas! - gritó Conan sin girarse -. ¡Si estás en condiciones pelea a mi lado, que dos espadas se oyen más que una!

Arjas se incorporó y desenfundó su arma al tiempo que otra flecha se incrustaba en el polvoriento suelo entre sus pies. Corrió hacia donde se encontraba Conan, que no había descabalgado y buscó refugio tras el animal. Los cuatro nemedios restantes se hallaban ahora frente a ellos, quietos, observándoles.

- Entréganos el anillo, ladrón - dijo uno de ellos elevando la voz para que Arjas, que se escondía tras la montura de Conan lo escuchase.

- Mirad - bromeó otro -, se ha buscado un sucio bárbaro como escolta.

- Harías bien en tragarte tus palabras, perro nemedio - le advirtió Conan -, aunque  no te hará falta una vez haya rebanado tu cabeza.

Se adelantó uno de los nemedios y tomó la palabra tratando de evitar más muertes. Era el menos corpulento del grupo y por su actitud, Conan dedujo que era el único con una pizca de inteligencia.

- No hará falta que muera nadie más, bárbaro. Sólo reclamamos lo que pertenece a nuestro señor.

- Pues dile entonces a tu señor que si quiere riquezas se juegue el pellejo por ellas en vez de enviar a otros a la muerte como animales - le contestó Conan airado -. Que venga él en persona e intente pasar por encima de Conan de cimmeria.

El nemedio alzó su arma al tiempo que, con un ligero gesto, ponía a sus camaradas en guardia de nuevo.

- Si esa es tu última respuesta no nos queda más remedio que…

Aún no había terminado su frase el nemedio cuando Conan espoleó a su caballo y se lanzó al ataque con la furia y la determinación propia de su pueblo. El nemedio trató rápidamente de detener el tajo de su enemigo, pero descubrió que la potencia de los brazos cimmerios era superior a lo que los suyos podían soportar, y al entrechocar los aceros sintió un fortísimo calambre que le recorrió como un rayo el brazo desde la mano al hombro, viéndose obligado a soltar su arma. Una vez lo hubo desarmado, Conan no tardó más que un instante en hundir su hoja en el vientre de un enemigo que todavía estaba sorprendido por la fiereza del cimmerio.

- No, amigo - le susurró Conan a su rival ya vencido -. Ésta es mi respuesta.

Para entonces, el resto del grupo ya se abalanzaba sobre él, pero al menos ahora estaban más parejos en número, aunque Conan dudaba de poder contar con la ayuda de su compañero. No fue así y Arjas entró enseguida en acción. De un ágil salto se subió al caballo del nemedio recién derribado y se dispuso a hacer frente al ataque del grupo enemigo junto a Conan, que ya había comenzado a cruzar su acero con un nuevo rival.

Arjas, viendo cómo el nemedio que se encontraba más alejado de la pelea extraía una flecha de su carcaj y se disponía a apuntar hacia el bárbaro, echó mano a su cinturón y cogió una pequeña y afilada daga arrojadiza, y sin pensárselo dos veces la lanzó contra el nemedio sin estar muy seguro de la precisión de su lanzamiento. Pero ni siquiera las prisas restaron efectividad a la buena puntería de Arjas y la daga se hundió en el hombro del arquero haciéndole soltar su arma y caer de su montura entre sonoros alaridos de dolor.

Conan, mientras tanto, se las apañaba para aguantar las acometidas de sus dos rivales que, como el cimmerio estaba descubriendo, no se defendían nada mal. Manejaba con determinación a su cabalgadura tratando de evitar en todo momento que le rodeasen, pues sabía que eso era lo peor que podía hacer. Mientras mantenía la situación donde le convenía, tanteaba la defensa de sus rivales esperando cualquier error para deshacerse al menos de uno de ellos. La oportunidad le vino cuando Arjas, lanzando un grito con más teatro que carácter, comenzó a aproximarse a ellos y uno de los nemedios echó una brevísima ojeada por encima del hombro de Conan para ver qué sucedía. El ínfimo instante en que el nemedio bajó la concentración no hubiese supuesto problema alguno de estar batiéndose con cualquier otra persona, pero era, sin embargo, todo lo que necesitaba el bárbaro para acabar con la vida de su contrincante con un certero sablazo en un costado que le hizo caer el suelo desangrándose escandalosamente.

El último supeviviente del grupo nemedio trató aprovechar el instante que tardó Conan en recuperar el control de su espada para atacar, pero la pasmosa velocidad del cimmerio, que parecía incrementarse en los momentos en que la sangre y la muerte danzaban alrededor de él, fue suficiente para detener el ataque del nemedio y desarmarlo.

- Te dije que te rebanaría la cabeza, perro.

- ¡Espera! - suplicó el nemedio viendo la muerte en los ojos de Conan.

Y esa fue realmente su última visión.

- Ahora ya no necesitas tragarte tus palabras - sentenció Conan mientras bajaba de su caballo y se reunía con Arjas.

Los cuerpos de los cinco nemedios yacían esparcidos en medio de grandes charcos de sangre que bañaban la yerma cima del montículo mientras los dos compañeros observaban fatigados la escena tratando de recuperar el aliento y sintiéndose más vivos que nunca, como ocurría siempre que se sobrevivía a un combate a priori en desventaja.

- La muerte va a darse aquí un buen festín, ¿eh, amigo? - bromeó Arjas golpeando con cauta suavidad la enorme espalda del bárbaro -. Hice bien en traerte conmigo.

El cielo rugió con un lejano trueno, como si la muerte contestase a la llamada de Arjas y se preparase para descender sobre el lugar. Conan supo entonces que era el momento de extremar las precauciones para con su compañero, pues la torre  esperaba tras ellos con el tesoro en su interior, y sus enemigos ya no eran un problema. El cimmerio se giró y pasó su brazo sobre los hombros de Arjas atrayéndolo hacia sí mismo en un extraño gesto amistoso.

- Claro que sí, compañero - dijo Conan fingiendo afecto por el nemedio -. Tú y yo somos un gran equipo. Y ahora adentrémonos en esa torre. No puedo esperar más para ver ese gran tesoro.

- Eso es, amigo - dijo Arjas sonriente -. No perdamos más tiempo.

Continuará…