“Cuentan las leyendas que hubo épocas anteriores a las registradas en la historia, donde civilizaciones nacían y caían, bajo los pies de hombres bárbaros y salvajes, que sólo hablaban con el acero que sus fuertes brazos sujetaban para abatir a sus innumerables enemigos. Eran épocas incivilizadas donde dominaba la ley del más fuerte.”
Action Tales presenta Relatos Salvajes:
Escrito por Alexis Brito Delgado y Andrés Díaz Sánchez / Portada: Daniel Panero Bertucci.
ALMAS MUERTAS
Reemplazo la melancolía por el coraje, la duda por la certeza, la desesperación por la esperanza, la maldad por el bien, las quejas por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas por la frialdad de la calma y el orgullo por la modestia.
Lautréamont
1
EL TRONO DE VALUSIA
A última hora de la tarde, la sala del consejo del palacio es-taba prácticamente vacía. El amplio recinto, sostenido por gruesas columnas, decorado con ricos tapices, cortinas de seda y mullidas alfombras, mostraba su regio esplendor bajo la tenue luz vespertina. Durante la jornada, una infinidad de individuos habían expuesto sus problemas ante la corte: embajadores, sacerdotes, campesinos, nobles y mercaderes de todas las partes del mundo. Cualquier clase social tenía la misma importancia para el Rey, nunca hacía distinciones al respecto: todos los hombres eran iguales ante sus ojos. En el trono de topacio, una figura de anchos hombros y poderosos músculos escuchaba el resumen del día, con la barbilla apoyada en el puño y una mirada ausente. Kull estaba agotado. Los asuntos del reino eran una madeja extraña y laberíntica donde podía naufragar cualquier hombre. Añoraba la libertad de los bosques de Atlantis, sus montañas escarpadas, sus acantilados batidos por las olas y sus gentes fieras e indómitas. Aunque intentara evitarlo, despreciaba la hipocresía y las máscaras propias de la civilización; odiaba a los siervos que fingían lisonjearlo mientras maldecían sus orígenes entre dientes; y aborrecía las intrigas de una aristocracia que antes de su ascenso al poder, se tambaleaba víctima de una pútrida decadencia moral. Al fondo de la sala, un balcón revelaba una panorámica visión de Valusia: torres enjalbegadas, cúpulas escarlatas, tejados brillantes, palacios imponentes y murallas doradas.
Tu, el primer consejero de la corte y amigo del Rey, carraspeó:
— ¿Habéis escuchado algo de lo que he dicho, señor?
El gigante regresó a la realidad.
—Perdona, Tu. ¿De qué hablabas?
El anciano soltó un suspiro: nunca podía retener la atención del bárbaro.
—Majestad, decía que el embajador de Kamelia ha protestado por...
Indiferente, Kull regresó a sus pensamientos, mientras pro-curaba aparentar lo contrario: las complicadas responsabilidades del estado lo aburrían. A veces, cuando era incapaz de dormir, sentía que se había convertido en un esclavo de su reino; de las leyes, tradiciones y consignas que se perdían en el polvo de los siglos. Un relampagueo peligroso iluminó su iris. ¡Nunca se convertiría en un títere! Le había costado sudor y sangre conquistar el trono de la Ciudad de las Maravillas, no permitiría que nada ni nadie se lo arrebatara, aquel que lo intentase moriría bajo del filo de su acero. Una expresión desdeñosa llenó su rostro moreno cubierto de diminutas cicatrices: poco le interesaban las disputas de la nobleza, que se las arreglaran como pudieran. El atlante era consciente de que a pesar de haber levantado el país después de derrocar a Borna, el pueblo conspiraba a su espalda, cuchicheando en el interior de sus casas: nada les complacería más que ver destronado al bárbaro usurpador. El anciano continuaba exponiendo sus argumentos:
—En cuanto al conde Murom, desea que bendijeseis la boda de su hija Nalissa con Dalgar de Farsun, apadrinando a los novios y...
Kull tomó nota mental de aquel detalle: el conde Murom era un súbdito fiel, uno de los primeros que abrazó su causa, no le quedaba otro remedio que complacerlo, aunque no le agradaran aquel tipo de ceremonias. El gigante desvió la vista, la imagen de los asesinos rojos apostados a un lado del trono, inmóviles como estatuas de bronce, mejoró su ánimo introspectivo. Su guardia privada, embutida en armaduras carmesíes, eran los mejores guerreros del mundo: arrostrarían las llamas del Infierno y derramarían hasta la última gota de sangre por proteger a su señor. El sol acarició los contornos majestuosos del palacio, se ocultó por el poniente, y esparció una luz pálida y anaranjada sobre los azulejos de mármol. Un cansancio inesperado cubrió el alma de Kull durante un segundo: el peso de la corona le resultaba insoportable. Tu detuvo su arenga, se frotó las manos apergaminadas y pareció que su rostro envejecía notoriamente.
2
MENKARA DE ZARFHAANA
Kull inquirió.
— ¿Qué sucede, amigo mío?
El anciano soltó una bocanada de aire.
—Corren rumores por la ciudad, señor.
El atlante enarcó las espesas cejas.
—No te andes por las ramas, Tu.
El consejero real fue directo al grano:
—Mis espías me han dicho que Menkara, la mano derecha del emperador de Zarfhaana, se encuentra en la ciudad...
Kull lo interrumpió con brusquedad.
— ¿Qué hace aquí ese perro?
Tu encogió los estrechos hombros.
—No lo sé, majestad. Pero se rumorea que se dedica a inmolar vírgenes valusas en los altares de la serpiente.
El gigante llevó la diestra a su espada.
— ¿Cómo es posible? —exclamó—. ¡Quiero su cabeza!
—Primero tenemos que conseguir pruebas, señor —explicó—. Si lo detuviéramos ahora se desencadenaría un conflicto diplomático de proporciones catastróficas.
Kull enrojeció de rabia.
— ¿Por qué no me lo habías dicho, maldito seas?
Tu fue pragmático:
—Porque sabía que reaccionaríais de esta manera, majestad.
El atlante gruñó.
— ¿Y eso que diablos significa?
El anciano procuró tranquilizar al bárbaro.
—Que debemos obrar con cautela, señor. Os aseguro que cuando consiga testigos fidedignos dará con sus huesos en las mazmorras.
Kull golpeó el estrado con todas sus fuerzas.
— ¿Y qué harás mientras tanto? ¿Permitirás que sacrifique a todas las muchachas que le de la gana? ¿Te cruzarás de brazos hasta que cometa un error?
Tu bajó la mirada.
—No podemos hacer nada, majestad.
El gigante se puso en pie.
— ¡Estoy harto de las normas de la corte! —bramó—. ¡Son una pérdida de tiempo!
El primer consejero retrocedió ante la furia del atlante.
—La ley es la ley, señor.
Kull entrecerró los párpados.
— ¿Dónde está Menkara? —masculló—. ¡Quiero saberlo!
El anciano se apresuró a responder.
—En la Torre del Esplendor, señor.
El atlante descendió la escalinata, abandonó el estrado y desapareció por la puerta principal del salón hecho una furia. Tu murmuró en voz baja:
—Que los dioses nos protejan...
3
LA DECISIÓN DEL REY
Al llegar a sus aposentos, Kull despidió a los criados bruscamente: necesitaba pensar a solas. Irritado, el gigante recorrió la estancia de un lado a otro, como un lobo atrapado, haciendo resonar sus pasos en la penumbra. Kull había forjado su destino gracias a su valor, al temple de su brazo, al fuego de su espíritu, y al poder de su espada: no le debía nada a nadie. El atlante era un extranjero para los valusos, un invasor que había derrocado a la antigua dinastía entre un mar de llamas y sangre, para ceñirse la corona sobre su frente. Gracias a los bárbaros que recorrían el imperio, la Ciudad de las Maravillas había sobrevivido, de lo contrario, hubiera muerto víctima de la degeneración de sus propios habitantes. Kull había reconstruido los ejércitos, arruinado la supremacía de los grondaros, terminado con los sediciosos, quebrado el poder de la Federación Triple y aniquilado el culto de los hombres serpiente: méritos suficientes para merecer la lealtad de un pueblo que lo denigraba entre las sombras. El gigante profirió una maldición en su idioma natal y apretó los puños: ¿Qué clase de soberano sería si permitiera aquellos horrores en su feudo? Con la cabeza llena de hirvientes pensamientos, franqueó la habitación, apartó las cortinas de un manotazo, y se quedó mirando la Torre del Esplendor. La fortificación, construida hacía milenios, destellaba como una gema en la oscuridad, dominando las calles a oscuras. Kull levantó la vista y contempló las estrellas que brillaban en la noche temprana: tuvo la impresión de que los astros se burlaban de su impotencia. El atlante recordó el camino que había recorrido para llegar al poder: su infancia salvaje entre los tigres que lo criaron, los tiempos como esclavo en una galera lemur, su adolescencia de pillajes en las colinas de Valusia, los meses como preso en las celdas del palacio, su éxito como gladiador en las arenas del circo, los hombres bajo su mando cuando fue comandante supremo de los ejércitos... Una impresión de amargura estranguló su aliento y le humedeció los ojos: anhelaba recuperar el pasado.
— ¡Por Valka! —rugió—. ¡No permitiré que Menkara haga lo que quiera en mi reino!
La cólera inflamó su corazón, le hinchó las venas del cuello y lo obligó a rechinar los dientes: estaba cerca de perder el control de sus actos. Kull sabía que el político zarfhaano era un individuo corrupto, capaz de cometer las peores atrocidades, tal como demostraban las historias que corrían sobre su persona. De hecho, lo conoció el día que fue nombrado monarca de la Ciudad de las Maravillas: su presencia le resultó repulsiva. El gigante rememoró las facciones abominables del político, su frente estrecha, sus ojos hundidos, malévolos, sus labios finos y crueles. Kull arrojó la corona sobre la cama, se arrancó las vestiduras de un tirón y ajustó el pesado mandoble en su cintura: tenía que comprobar con sus propios ojos lo que Tu le había contado. El atlante se detuvo en el alféizar de la ventana. Abajo, a cien pies de distancia, el jardín envuelto en tinieblas estaba vacío: los guardianes tardarían unos minutos antes de volver a pasar por debajo de sus aposentos. Kull estudió las enredaderas que llegaban hasta el suelo, los árboles estremecidos por el viento, las fuentes de agua, los setos bien recortados y los muros del castillo: la decisión estaba tomada.
4
LA CIUDAD DE LAS MARAVILLAS
En el cielo, un cuarto de luna destelló en la negrura e irradió las calles empedradas, haciendo que la ciudad adquiriera un aspecto fantasmagórico. El gigante recorrió la azotea a gran velocidad, llegó al final de la misma y saltó al edificio de enfrente. El impacto del aterrizaje recorrió su fisonomía de los pies a la cabeza. Acto seguido, atravesó la construcción en diagonal, agarró una cañería, tomó impulso y llegó hasta el siguiente tejado. Kull utilizó pies y manos para ascender hacia el muro de la azotea, aplastó las tejas con su peso, y llegó a su objetivo: un kilómetro de distancia lo apartaba de la Torre del Esplendor. Debajo de su posición, a tres pisos de altura, una pareja de guardias armados con lanzas y espadas rectas, cruzaron la avenida y desaparecieron detrás de una vivienda. El rey sostuvo la respiración, comprobó que nadie lo veía y continuó adelante: la rabia daba alas a sus pies.
—Veremos que clase de hombre eres —rezongó—, cuando nos encontremos cara a cara, bastardo...
Kull sabía que estaba cometiendo una locura, sus acciones podían liberar una guerra entre Valusia y Zarfhaana, pero le era imposible contener su sed de justicia. Aquel político no se saldría con la suya. ¡Los dioses eran testigos de su promesa! El atlante descendió una tapia, recorrió varias terrazas pegadas unas a las otras, flexionó las piernas y efectuó un brinco entre dos edificios: pocos individuos hubieran podido realizar aquella hazaña. Con la respiración agitada y el cuerpo empapado de sudor, Kull se orientó entre las azoteas y eligió el rumbo más seguro que podía encontrar.
Salir del palacio fue tarea fácil, sus guardianes no estaban preparados para hombres como el bárbaro, hasta un ciego hubiese logrado burlarlos. Silencioso, el atlante bajó por las enredaderas, se detuvo detrás de unos setos tupidos y esperó a que la guardia pasara de largo. Inmediatamente, corrió a través del jardín, se escondió unas cuantas veces entre los árboles para esquivar a sus soldados y alcanzó las murallas en poco tiempo. Sin aminorar de velocidad, Kull saltó en el aire, agarró el parapeto con ambas manos y subió a pulso encima del muro. Enfrente, la Ciudad de las Maravillas dormitaba, ignorando los crímenes que se perpetraban en las tinieblas. El gigante sacudió la negra melena, abandonó su precario refugio y se desvaneció en la noche igual que una sombra.
Kull volvió al presente, se pasó la mano por el rostro y analizó la Torre del Esplendor. Ahora que su cólera empezaba a difuminarse, una frialdad tétrica invadió su interior y serenó sus ánimos. Lo mejor era buscar una apertura en el muro exterior de la fortificación, esquivar a los guardianes y ascender hasta la cúspide del edificio. Lamentaba no estar mejor preparado, una cuerda y una cota de malla le serían útiles en aquella aventura, pero lo hecho hecho estaba, no tenía sentido mirar atrás. El atlante traspasó unos tejados irregulares, eludió a los hombres que salían de una taberna cercana y sonrió a las estrellas. Pesadas nubes recorrieron el firmamento ocultando la luna: la oscuridad era ideal para sus propósitos. Por primera vez en meses, Kull experimentó una desbordante sensación de libertad que colmó su espíritu de mares espumosos y montañas lejanas. Olvidó las lúgubres reflexiones de los últimos días, el peso de las ropas de terciopelo, los hábitos de la corte, la corona que abatía su conciencia y sus obligaciones como monarca: seguía siendo un hombre libre, eso era lo único que importaba.
5
ALMAS MUERTAS
Cautelosamente, el bárbaro se aproximó a la claraboya y observó a través de los cristales: una docena de sacerdotes vestidos con sombrías túnicas oraban debajo de su posición. A sus oídos llegó un monótono canto religioso. Kull sintió como se le ponía la carne de gallina: despreciaba la brujería con todas sus fuerzas. Su mano aferró el pomo de la espada. Un estremecimiento recorrió su espina dorsal. La superstición propia de su raza hizo mella en su espíritu: las costumbres hereditarias eran difíciles de borrar. Un poder malsano, que se perdía en el alba de los tiempos, cuando Atlantis era una isla entre las aguas, emanaba de aquellos hombres. En el centro de la estancia, sobre un altar de obsidiana, una joven de pálidos miembros, yacía esposada de pies y manos por cadenas de plata. Detrás de ella, la figura familiar del político zarfhaano, sostenía un puñal en la diestra, preparado para cumplir su siniestra inmolación. Kull rechinó los dientes: los espías del consejero real estaban en lo cierto. Las voces aumentaron de intensidad. Menkara avanzó unos pasos, se situó a un lado de la muchacha y levantó el arma sobre su cabeza: una mirada fanática ardía en sus ojos enrojecidos.
— ¡Acepta nuestro sacrificio, Thulsa Doom! —Aulló con voz ronca—. ¡Devuelve su antiguo poder al pueblo de los hombres serpiente!
El rey se precipitó hacia adelante. El tragaluz estalló en mil pedazos, fragmentos de cristal llovieron en todas las direcciones, y un bramido de asombro inundó las gargantas de los sacerdotes. Kull aterrizó entre sus enemigos. El mandoble destellaba en su puño, prometiendo muerte a todos aquellos que se atrevieran a atacarlo. Unas palabras primigenias surgieron de su boca sin que fuera consciente de ellas:
—Ka nama kaa lajerama...
Los rostros de los sacerdotes se difuminaron debajo de las capuchas, adquirieron unos rasgos horripilantes y se transformaron en ofidios, que espumeaban saliva por las fauces abiertas.
El gigante trazó un arco con la espada y dividió la cabeza de un hombre serpiente desde la coronilla hasta el esternón. Al instante, se desembarazó el cadáver y le abrió el pecho al sacerdote que tenía a su izquierda: sus pulmones salpicaron las baldosas de mármol. Menkara reculó hacia atrás, aterrorizado, cuando reconoció la silueta del bárbaro.
— ¡Matadlo, hermanos! —Ordenó a sus acólitos—. ¡Es Kull de Valusia!
El atlante soltó una risotada, movió la hoja a ambos lados y trazó un arco sanguinolento entre sus adversarios. Sin pensarlo, embistió como una pantera, destrozando los cuerpos que se le ponían por delante, enloquecido por la alegría del combate. Kull ignoró las heridas superficiales, los cuchillos que buscaban su físico desprotegido, las caras perversas de los sacerdotes, y cualquier iniciativa de protegerse: estaba en su elemento, había nacido para matar o morir. Su visión se tiñó de rojo, cortó miembros, extirpó vidas y destrozó a los hombres serpiente. Aquellos individuos, poco y mal entrenados en el uso de las armas, no podían vencer la cólera elemental del bárbaro. Minutos más tarde, Kull se irguió entre los cuerpos aniquilados: una miríada de pequeños cortes llenaba su anatomía. El atlante esbozó una sonrisa gélida, hizo caso omiso de sus heridas, pasó por encima de los cadáveres y se aproximó al zarfhaano: sus intenciones homicidas eran evidentes.
— ¡Socorro! —Chilló Menkara—. ¡Guardias!
Kull volvió a reír con siniestra alegría.
— ¡Grita todo lo que quieras! ¡Tus hombres no pueden auxiliarte! ¡He terminado con ellos, perro!
Menkara empalideció.
— ¡Mientes!
La punta de la espada apuntó el corazón del político.
— ¡Basta de cháchara!—gruñó—. ¡Acabemos con esto!
El zarfhaano levantó los brazos, puso los ojos en blanco y pronunció una frase en un idioma arcano, negro como el Infierno. Bruscamente, el avance del rey se inmovilizó: el hechizo había paralizado sus miembros. Una corriente helada acarició el cuerpo de Kull, espesó la sangre en sus venas y congeló su corazón. El político lanzó una carcajada.
— ¡Estás atrapado, bárbaro! —masculló—. ¡Ningún hombre puede romper mi conjuro!
El llanto desgarrado de la joven se alzó sobre el rugido que inundaba los tímpanos del atlante. Frenético, Kull concentró toda su energía en el brazo que sostenía el acero: no pensaba permitir que aquella muchacha muriera. Menkara volvió a retroceder, asombrado, incapaz de creer lo que estaba viendo.
— ¡No! —exclamó ante el poder del bárbaro que había cometido el error de subestimar—. ¡Es imposible!
Con un último esfuerzo, el gigante arrojó la espada hacia el zarfhaano. El mandoble surcó el aire, trazó una elipsis centelleante, perforó el esternón de su enemigo, le asomó por la espalda y lo clavó en la pared como a una mosca. El político se estremeció, escupió un borbotón púrpura por la boca y pereció con un gesto horrible en las facciones retorcidas por la agonía. Exhausto, Kull se desplomó de rodillas, con los músculos estremecidos por terribles temblores: le había faltado poco para no contarlo. Al recuperarse de la espantosa experiencia, se incorporó a trompicones y alcanzó a la joven desecha en lágrimas.
—Gracias, señor —susurró la muchacha—. No sé como agradecéroslo...
El atlante rompió las cadenas con sus vigorosas manos, levantó a la adolescente, la acunó entre sus brazos y le acarició la cabeza.
—Todo ha terminado —dijo con ternura—. Ya estás a salvo, pequeña...
FIN
Alexis Brito Delgado
MUERTE EN LA ESTEPA
Por ANDRÉS DÍAZ SÁNCHEZ
El Sol comenzaba su lento declinar sobre las estepas del extremo Occidental de Turán. Los soldados de Yezdigerd, corajudos, orgullosos del poder impuesto por el Gigante Turanio, observaban sin embargo con temor los montes y las llanuras: sabían que el Lobo Kozaki tenía largos colmillos. Los demonios de las estepas habían atacado en aquel perímetro varias caravanas con destino a la lujuriosa Zamora y otros reinos de Poniente, llevándose ricos cargamentos.
El comandante Sartag, quien lideraba aquel destacamento de seguridad que recorría la zona, maldecía ahora a los incompetentes mandamases que habían ordenado aquellas expediciones de patrulla. Sabía que su Señor Yezdigerd, el ambicioso rey de Turán, había sido mal aconsejado respecto a los kozakis, el enemigo más salvaje del comercio occidental de Turán. Contra los kozakis sólo se podían llevar a cabo dos clases de lucha: defensiva, reforzando la seguridad en caravanas y emplazamientos y villas de situación peligrosa, u ofensiva, enviando ejército tras ejército en busca de los jinetes, hostigándolos sin descanso a través de llanuras y montes, manteniendo un pulso de poder con ellos y ganándolo, dándoles al fin caza y exterminándolos hasta el último, sin compasión, aplastando su orgullo y su rebeldía sin dudas ni vacilaciones.La expedición que Sartag comandaba se quedaba en un tímido punto muerto a la mitad de los dos extremos; aquello sólo les acarrearía a los turanios males mayores: el destacamento de Sartag se ofrecía como fácil blanco, un manjar que los kozakis, maestros en el arte de golpear duro y huir rápido, no desaprovecharían.
Mas Sartag era en el fondo un soldado, y el férreo código de conducta por el que se había regido toda su vida no le permitía desobedecer órdenes. Hacía tiempo que no se hacía ilusiones acerca de la posibilidad de llegar a viejo: había combatido a los kozakis en el Norte, a los nómadas de tez cetrina del Sur, e incluso contra los zamorios. Conocía la violenta franja occidental de su nación como la palma de su propia mano; en aquel extensísimo territorio había matado a muchos, sufrido hambre, sed, heridas, había bebido el amargo vinagre de la derrota y el elixir embriagador de la victoria. Llevaba en sus entrañas el. Veneno de la guerra, que hacía despreciar el descanso de algunos veteranos y los impulsaba a seguir unidos al acero, la sangre, el compañerismo y la disciplina. Tenía el ánimo recio, languidecería en ambientes más cómodos y seguros, su brazo aún era rápido, su mente todavía conservaba la agudeza y su pecho aún ardía cuando cruzaba la lanza o la espada con el enemigo. Vivía para la guerra y por la guerra moriría. No tenía esposa ni hijos. La guerra era su mujer. Ahora, en aquella tarde mortecina, sintió una punzada en el corazón, y supo de pronto que antes de la noche moriría. Experimentó un ramalazo de terror y excitación. El miedo, vencido tantas veces, pero siempre presente, profundo como el latir del corazón, aminoró. Sartag quedó en un placentero estado de paz consigo mismo. Había esperado durante toda su vida este momento. Podría haberse echado atrás, ordenar a los doscientos diez soldados, colocados en secciones de a tres, a los capitanes, sargentos y cabos, todos ellos a su cargo, la vuelta, el regreso a la guarnición de la que partieran. Pero hubiera supuesto una traición a toda una vida de férreas convicciones militares. No, rendirse era del todo imposible, él era un soldado ante todo y debía cumplir con su deber, aunque éste resultara suicida. Se sabía capaz de soportar lo inevitable y cercano de su propia muerte, pero jamás el saberse un cobarde.
Como cada vez que se enfrentaba al miedo, su mirada se tornó penetrante y su mentón se endureció. Recordó aquel viejo dicho de campaña: “Si te aterroriza el enemigo, mátalo. Si no puedes matarlo, mata el miedo”. Sartag hizo un esfuerzo consciente y apartó el temor de su cabeza.
Pasaron los minutos. Un silencio pesado caía desde las colinas y los eriales. La hierba rala y seca se agitaba gracias a una ligera brisa. Los caballos bufaban, inquietos, y sus jinetes tiraban de los frenos con suavidad para mantenerlos bajo control. También los hombres estaban nerviosos, con esa expectación que precede a la violencia de altas proporciones.
Primero fue un ligero ronroneo que culebreaba sobre las patas de los caballos. Pronto aquel rumor se tornó un suave y leve martilleo. Las piedrecillas sobre la tierra comenzaron a botar.
Sartag ordenó el alto alzando una sola mano. El tañedor emitió tres largos soplidos sobre el cuerno y las voces de los jefes de sección restallaron como látigos. El ejército turanio detuvo completamente su marcha. El silencio se espesó y Sartag escuchó con atención. Los oía venir... desde el Norte... el Oeste... el Este... ¡Y también del Sur!
Sartag sintió que se le secaba dolorosamente le garganta. La que tendría lugar sería una verdadera masacre. Normalmente, los kozakis atacaban en pequeños grupos y huían rápidamente. Pero esta vez no: sabedores de que el destacamento turanio hollaba aquellas tierras de nadie, se habían unido varias hordas y convertido en fabuloso ejército que superaría a los de Yezdigerd en número doble o triple. No se contentarían con hostigarlos y causar un gran número de bajas. No. Los aplastarían, destrozarían, diezmarían y después torturarían a los prisioneros durante largas horas. Todo ello pasaba por la cabeza del comandante y de los integrantes más veteranos del destacamento, quienes ya murmuraban La Última Canción del Soldado, una rápida oración mediante la que encomendaban su alma a Tarim antes de morir. Los más jóvenes y novatos, por el contrario, sentían retortijones en el estómago a causa del miedo y la excitación, deseando explotar y entrar ya en combate. Sartag pensó con rapidez: no tendría sentido efectuar una defensa en círculo o una retirada. Tan sólo podrían hacer una cosa: atacar hacia el frente con todas sus fuerzas, con toda su rabia suicida, hacia donde menos lo esperaba el enemigo, y tener la esperanza de escapar milagrosamente del campo de batalla o morir pronto en él, evitando así el cautiverio kozaki y sus crueles torturas. Sabía que los enemigos atacarían en tromba por los cuatro frentes, cada uno de éstos se extendería hacia los lados en sus extremos y se espesaría en la vanguardia en forma de cuña, cuya ancha punta embestiría de manera demoledora. Desde la retaguardia se cerraría un círculo completo y los últimos kozakis se encargarían de vigilar el perímetro de la batalla, preparados para cazar a los turanios fugados e intervenir en los lugares donde sus compañeros flaquearan. El comandante se sacudió de la cabeza los pensamientos funestos y, hombre de decisiones rápidas como era, comenzó a impartir órdenes a sus inmediatos subordinados. Estos las transmitieron a los suyos y el sargento de cada sección las aulló a los cabos y soldados, disponiendo las secciones conforme al ataque que pronto se llevaría a cabo. La multitud turania obedeció, nerviosa y expectante, los caballos se agitaron inquietos, pero obedecieron a sus amos. Se levantó un espeso polvo del suelo terroso y la bestia de guerra turania comenzó a funcionar con premura y eficacia, uniéndose unas secciones con otras hasta formar todo al ejército dos gruesas líneas que formaban una ancha cuña. Dos secciones de lanceros, sesenta jinetes armados con largas y afiladas lanzas, se dispusieron en la punta de vanguardia: ellos penetrarían los primeros el muro kozaki, atravesando a los esteparios con sus picas. Cada lancero subió el escudo hasta la altura de los ojos y después apuntó su vara hacia el frente. El resto de los guerreros, obedeciendo puntualmente las órdenes impartidas, desenvainaron sus sables de resistente y afilado acero, silbando las armas al ser sacadas de las aceitadas vainas, y también dispusieron sus escudos altos, cubriendo el busto. La cruda energía saltaba de hombre en hombre y hasta los caballos la sentían, pues chillaban y mostraban los dientes. Aquel destacamento de caballería turanio ya estaba perfectamente organizado, dispuesto para el combate. Todos sus componentes esperaban la orden de partida con inquietud.
El comandante Sartag se adelantó y se encaró con sus hombres, llevando cuidado de colocarse en una posición tal que todos le divisaran, incluso los más lejanos. El silencio resultaba denso, opresivo. Les lanzó una severa, terrible mirada, que recorrió las dos gigantescas líneas de la cuña.
-¡SOMOS SOLDADOS DE TURÁN! –gritó, en un volumen asombrosamente alto, logrando que sus palabras llegaran incluso a los dos extremos de retaguardia. Su rostro se contrajo en una mueca feroz y su vozarrón vibró sobre el silencio, roto tan sólo por el murmullo de los cada vez más cercanos kozakis
- ¡NO TENEMOS MIEDO! ¡PELEAMOS POR NUESTRAS MUJERES, POR NUESTROS HIJOS! ¡POR EL PODEROSO YEZDIGERD! ¡POR TARIM! ¡POR TURÁN!
Muchos veteranos asintieron afirmativamente, con mirar lúgubre. Nadie rompería la disciplina, que ordenaba callar cuando el líder hablaba. Los jóvenes, llenos de ansiedad y una salvaje alegría, apenas podían reprimir los murmullos que surgían por entre sus apretados dientes, los restos de gritos ahogados por una férrea voluntad.
Sartag sentía todas esas miradas clavadas en él. Tomó aire y volvió a gritar:
-¡SOMOS TURANIOS! ¡TURÁN ES EL AMO Y LOS KOZAKIS SON NUESTROS ESCLAVOS! ¡SOMOS LOS HALCONES DE GUERRA DE YEZDIGERD! ¡Y VAMOS A GANAR! ¡VENCEREMOS!
Sartag alzó el puño cerrado, y la ferocidad de sus guerreros se desbocó en un maremagno de rudas loas a Turán y Yezdigerd e insultos y promesas de muerte y esclavitud para los rebeldes kozakis.
Sartag asintió. La excitación se extendió como el fuego sobre la paja seca y ya todos deseaban, de manera casi enfermiza, entrar en combate.
Un combate que Sartag sabía el último para la mayoría, si no todos, de aquellos hombres: jóvenes y viejos caerían aplastados bajo la espada kozaki. Una punzada de dolor cruzó su ajado rostro al descubrir el brillo salvaje en los ojos de los soldados novatos. Con suerte uno podía esperar una muerte rápida; había visto suficientes prisioneros escapados de los campamentos kozakis como para preferir un final súbito y violento a las torturas de los lobos de la estepa; había visto los cuerpos a los que se les había arrancado la piel con cruel precisión, los rostros deformados brutalmente, sin nariz, orejas, ojos ni labios; le habían hablado acerca de cautivos alimentados con alimentos secos y salados, para después privarles de agua y encadenarles bajo el sol, mientras sus guardianes derramaban agua en tierra, ante sus ojos; sabía que muchos se habían hecho saltar la sangre de las venas, con sus propios dientes, enloquecidos por la sed.Por todo ello, Sartag guardaba en una bolsita de cuero duro, adherida a su cinturón, una pequeña aguja empapada en un veneno rápido y letal.
El comandante volvió al mundo real y se concentró en la tarea que debía llevar a cabo. Aulló la orden de avance. El tañedor la transmitió y los jefes de la línea de lanzas y de cada diferente sección la repitieron a sus hombres. Los caballos comenzaron a avanzar, al trote ligero. Poco a poco iban aumentando la velocidad. El sonido que producían aquellos doscientos treinta y un animales resultaba titánico, colosal, un constante tronar que se extendía sobre la estepa y hacía huir a cualquier bestezuela en una legua a la redonda. Comenzó a sonar un grito, repetido constante y rítmicamente, que cada garganta expulsaba al más alto volumen: “¡Turán!... ¡Turán!... ¡TURÁN!...” Pronto, se impuso al martilleo de la cabalgata. Todos los jinetes enronquecían al vociferar el nombre de su patria, a pesar de que se les colaba el polvo en la boca y la nariz.Sartag corría inmediatamente detrás de la vanguardia de lanceros, gritando también. El mundo botaba al compás de su silla de montar. Las nubes de tierra se espesaban, pero aún podía otear al frente, entre los cascos de los jinetes de la primera línea. Sentía la mano que empuñaba el sable decidida y segura, pero su corazón latía salvajemente, pugnando por escapar de su pecho.
Al grito turanio se unió el rugido de los kozakis. Sartag los vio en la lontananza, una línea negra y espesa de hombres y caballos, sobre la cúspide de una suave ladera. Hincó las espuelas en su caballo y el resto de los turanios le imitaron. El terror y la excitación se unieron en un éxtasis casi insoportable. Kozakis y turanios cabalgaban directamente hacia la violencia y la sangre, estaban mirando a la Muerte directamente a los ojos y sosteniendo Su mirada. La humanidad se rendía, ahogada por un suicida deseo de matar.
Sartag rió sin poder evitarlo, de manera demoníaca. Ya podía distinguir con perfecta nitidez los rostros kozakis, sus barbas grises o negras, sus pellizas de cuero y lana, sus gorros y bacinetes adornados con calaveras humanas o cuernos de toro. Vio los sables de la estepa y las curvas cimitarras, los escudos circulares de madera, cuero y metal. Sintió la furia enemiga llegar hasta él, como una primera e invisible onda que precedía a la descarga humana. Experimentó el turanio una explosión de energía. El vello se erizó y desapareció el miedo.
Los ejércitos chocaron, dos muros compactos de hombres y caballos colisionando a gran velocidad. Las lanzas turanias atravesaron a equinos y humanos, levantando a éstos últimos de sus sillas de forma espectacular. Muchas picas se astillaron y rompieron, mientras que los kozakis atravesados eran empujados hacia adelante por los que llegaban de atrás. Los caballos se volvieron histéricos, relinchaban salvajemente y trataban de escapar de la brutal presión. Algunos, los más vigorosos, lograban alzarse de manos y al bajar rompían huesos con sus cascos. Otros se encabritaban y se abrían paso a fuerza de coces. Muchos turanios fueron atravesados por los sables alzados hacia el frente de sus enemigos. El lugar se convirtió en un marasmo furioso de hombres y bestias que se desparramaban hacia los lados debido a la presión de ambas retaguardias. Toda criatura que caía al suelo era pisoteada y aplastada, y provocaba a su vez nuevas caídas, algunas en masa, de hasta cinco o seis nobles brutos acompañados de sus jinetes.
Sartag pudo resistir sobre la silla. Su caballo, no obstante, había sido atravesado por un sable kozaki y seguía tan sólo debido a estar comprimido por otros que le impedían caer. El comandante turanio forcejeó hasta lograr liberar sus pies de los estribos, con los tobillos casi sobre la silla, en equilibrio precario.
Un rebelde de las estepas se le echó encima. Le sobresalía un pie y medio de lanza turania, la pica le había atravesado desde la axila derecha a la cadera izquierda. Aullaba, pero su grito se perdió en medio de aquel caos ensordecedor. Sartag le asestó un sablazo de revés, tan sólo por puro instinto, pues el desdichado se hallaba ya a las puertas de la muerte.
El gigantesco cúmulo de jinetes y caballos había perdido espesor y ya existía espacio suficiente entre guerrero y guerrero como para que las espadas hablaran: las hojas entrechocaron, acero turanio contra metal kozaki. Un titánico chillido compuesto de cientos de pequeños impactos llenó la estepa.
Sartag estaba inmerso entre cabezas, cuerpos, patas, brazos y piernas, todo ello enmarañado en un caos absoluto, y sobre el conjunto se alzaba un bosque de aceros que zumbaban vertiginosamente en múltiples direcciones. El comandante turanio peleaba instintivamente, revolviéndose y repartiendo tajos. Sartag sólo veía objetivos sobre los que actuar: un cráneo turanio, y su mano se contenía en el último segundo; una cabeza kozaki y la hoja se lanzaba en pos de ella. Muchos hombres sólo luchaban empleando la espada y por ello morían. Los más veteranos y los que más rápidamente se habían adaptado a esta enloquecedora situación utilizaban también puños, codos, hombros, pies, rodillas y cabezas como arma; todo servía con tal de sobrevivir.
El comandante cayó al fin de su caballo, el cual chorreaba sangre por el tremendo corte. El líquido caliente embadurnaba los muslos de Sartag y el turanio los liberó y se separó del animal cuando éste se desplomaba, gracias a que ya había sacado los pies de los estribos. Muchos hombres perdían una pierna o morían aplastados por no escapar a tiempo del enorme peso. Sartag llegó al suelo, se levantó y resbaló sobre varios cadáveres. De nuevo se alzó, a tiempo para ver a dos kozakis que venían hacia él a pie, aullando locamente. Sartag les salió al encuentro.
En ese momento, un caballo desbocado se abrió paso entre otros luchadores y llegó cerca de los tres. El animal tenía una espada clavada en su cuello. En los estertores, el noble bruto coceaba histérico, rompiendo la espalda a más de uno, y relinchaba aterrorizado, soltando espumarajos por la boca. Uno de los dos kozakis se volvió hacia la bestia descontrolada. El animal lo golpeó con su musculoso pecho, tirándolo al suelo, y después lo pisoteó en su alocada carrera, rompiéndole literalmente el rostro. El caballo huyó, perdiéndose de nuevo entre el tumulto. El kozaki herido quedó en tierra, de rodillas, gimiendo y agarrándose los huesos y los jirones de carne de su faz destrozada. Un soldado turanio se acercó por detrás y le asestó un tremendo sablazo que abrió su cráneo en dos. El turanio partió de allí, en busca de nuevas víctimas.
Mientras, el segundo kozaki había seguido su camino y se abalanzó sobre Sartag. El turanio aulló el nombre de su rey y las espadas chillaron. Ambos notaban la muñeca y el brazo temblar dolorosamente cada vez que los aceros chocaban. Sartag se agachó y describió al mismo tiempo un giro con su sable. La hoja hendió la pierna derecha del kozaki, cortando el cuero de la bota, la basta tela del pantalón y los músculos bajo la rodilla, quedando el acero encallado en la tibia. El kozaki abrió mucho sus ojos, pero descargó un golpe descendente. Sartag se apartó a tiempo mientras sacaba su arma del enemigo, haciendo deslizar la afilada hoja en ángulo con la herida, para causar así mayor daño. El nativo de la estepa perdió el equilibrio y trastabilló, logrando sostenerse sobre la pierna sana. La herida sangraba profusamente, tiñéndolo de rojo hasta el tobillo. Sartag volvió a golpear al tiempo que se levantaba; pero esta vez pinchó en lugar de cortar, y el sable se introdujo entre las costillas del kozaki, desprovisto de cota, coselete, peto o cualquier otra protección. El turanio había empujado el sable con todo el cuerpo y la hoja quedó atrapada dentro del rival, pero su dueño tiró de ella diagonalmente, destrozando órganos internos en su viaje de salida. El kozaki boqueó, incrédulo, y cayó de lado. Intento levantarse, pero ya no tenía fuerzas.
Sartag, por el contrario, buscaba nuevos enemigos.
Y pronto los encontró: tres kozakis a pie igualmente merodeaban, entre los grupos de combatientes y los cadáveres. Uno le señaló con su cimitarra y se le aproximaron a la carrera.
El turanio gruñó, ávido de victoria y sangre, y saltó sobre un caballo que agonizaba. Aspiró el aire cargado de sudor y violencia y cargó a sablazos contra los enemigos. Éstos, salvajes y esquivos como lobos, aguantaron la lluvia de golpes, repartiéndose el terreno, intentado rodearle. La hoja del comandante describía fulgurantes giros, en golpes cerrados y potentes, rápidos como el ataque de una cobra. Cada lance iba acompañado de un trallazo metálico al ser interceptado por las armas enemigas y un agudo silbido cuando sólo encontraba aire. El comandante había logrado hacerles retroceder varios pasos, pero la furia remitió durante unos instantes y ellos llevaron a cabo su ofensiva. Sartag frenó y desvió varios tajos, intentando que se estorbaran unos a otros. Mas eran demasiados, y por ende ágiles y fuertes. Uno de los aceros le alcanzó en el casco. Sintió el turanio un zumbido espantoso en la mitad derecha de su cráneo. El dolor se extendió, helado y eléctrico, hasta las mandíbulas. El yelmo, ahora abollado, le había salvado la vida, pero se sentía como un yunque golpeado por el martillo del herrero. El mundo ennegreció ante sus ojos. Trastabilló, deteniendo milagrosamente un golpe más. Pero enseguida recuperó el vigor.
Aulló el nombre de su patria y se agachó y avanzó, alzando la espada. La punta dio en el vientre de un rival, pero la cota de mallas zamoria no permitió la herida. El kozaki, no obstante, se dobló en dos como alcanzado por el puño de un luchador de tabernas, sin respiración, boqueando en busca de aire, y se derrumbó de rodillas.
Un segundo kozaki del trío alcanzó el costado izquierdo de Sartag con su cimitarra, rompiéndole dos costillas. La cota impidió el derramamiento de sangre, pero el turanio se retorció y retrocedió, sintiendo en fuego la zona golpeada.
Siguió reculando, sin perder la cara a los contrincantes, como un animal rabioso y hostigado, encorvado y jadeante, su rostro pálido y tenso. Sentía las costillas rotas clavándosele en la carne igual que finos palos de bambú afilado. Se sabía ya totalmente perdido. Los enemigos se aproximaban y él no tenía energías, no tenía nada, se sentía vacío por dentro, helado ante la llegada de la muerte.Aún así, se lanzó hacia adelante, sin quererlo o dejarlo de querer, gritando de nuevo el nombre de su nación. Su sable amagó un golpe bajo, dobló por sorpresa en el último momento, pasando por encima del rival, y atravesó limpiamente el ojo zokazi, llegando al cerebro. Ambos cayeron al suelo, turanio sobre kozaki.
Rodó para evitar el golpe de la cimitarra enemiga. Ante él se alzaba el último del trío, escupiéndole insultos y amenazas en su lengua natal. Sartag se apartó y la punta hincó el barro de tierra y sangre un palmo a la diestra de su cabeza. El comandante pateó la rodilla enemiga, tratando de quebrarla, pero sólo logró desequilibrar ligeramente al kozaki, quien, negruzco, poderoso, cubierto por pieles y lana, volvió a tajar. El turanio esquivó de nuevo, arrastrándose, y su hombro dio con el asta de una lanza. La tomó a dos manos y alzó, a tiempo para detener otro golpe con destino a su cara. El asta crujió, pero era buena y gruesa madera y soportó el trallazo. Sartag inmediatamente la hizo girar entre sus manos y la lanza describió un giro fulgurante, estrellándola, como un palo, contra la boca kozaki. El oriental retrocedió un paso mientras escupía un diente y echaba a sangrar por los labios rotos. Tragándose la agonía de sus costillas rotas, Sartag se incorporó sobre una rodilla, aprovechando el aturdimiento del rival, y avanzó al frente, pinchando. El kozaki desvió la hoja de la pica con su propia cimitarra, pero su costado había quedado desprotegido con esta acción y Sartag clavó en él la suela de su bota, tirándolo al suelo. Pasó la hoja de la lanza por entre la cimitarra y el hombro enemigos y cortó el rostro kozaki, desde el mentón a la sien. Sartag profirió un salvaje alarido y clavó la hoja en el cuello de toro. La retorció en la herida, contemplando con ojos desorbitados la faz tiznada de sangre; el final de su enemigo.Se volvió, exhausto, presa del vértigo y la debilidad.
Vio una masa de al menos cincuenta hombres, a caballo o a pie, que luchaban furiosamente. Aquella vorágine se desplazaba, impulsada por la presión de sus integrantes y los que se le unían, como un inmenso enjambre de cuero, carne y metal. Y todo ello se le vino encima. El oficial se tapó la cabeza instintivamente y fue derribado. Le pisotearon, cayeron sobre él… vivos o moribundos que resbalaban y tropezaban, se arrastraban y acuchillaban mientras se retorcían aún con las entrañas abiertas. Sartag se sintió aplastado por la marea humana. Le estaban asfixiando. Fue presa de un terror abismal, enloquecedor. El pánico le dio energías para empujar y revolverse, en busca de aire, hasta lograr salir del bullicio y respirar libremente. Se arrastró y después avanzó de pie, muy encorvado, a punto de desplomarse, sujetándose el costado donde sus costillas estaban rotas.
Un joven turanio con la cabeza partida se desplomó ante él y un kozaki -probablemente su asesino- se encaró con Sartag. El comandante lo vio venir como en un sueño, la figura sucia y chillona destacando perfectamente contra el caos de la batalla. Sartag intentó esquivar el golpe. Sin embargo, los miembros ya no le obedecían con la rapidez y el vigor necesarios, y la espada le alcanzo en el hombro derecho, destrozando la articulación. Un rayo de dolor atravesó a Sartag y cayó al suelo.
El kozaki, en sus ojos la demencia, se alejó, buscando nuevas víctimas. Sartag se arrastró penosamente, tratando de sacar fuerzas para ponerse nuevamente en pie y continuar luchando. El brazo derecho le colgaba lacio de la articulación partida y aquel nuevo y espantoso dolor se sumaba a la agonía de sus ulcerantes costillas. Exhausto, quedó tirado sobre un charco de sangre, junto a un caballo muerto y un joven soldado turanio que se contenía las tripas con una mano y gemía y lloraba en voz baja, llamando a su madre. Sartag giró la cabeza y su mirada se alejó de la suciedad, el horror, la sangre, la muerte, el coraje, la ira, la valentía, la maldad y la locura de la guerra, para concentrarse en el cielo carmesí del anochecer, en el cual se adivinaban ya las primeras estrellas.Recordó entonces las brillantes torres de Aghrapur, los jardines donde su madre, perfumada de rosas y lavanda, le contaba cuentos. Por su memoria pasaron los rostros de las mujeres que había amado. Ante sus ojos delirantes se dibujó la figura del rey Yezdigerd, el rostro duro, la mirada aguda e incendiaria propia de los hombres dominados por la ambición y la fuerza latentes en el macho más fuerte de la manada... Aquel día, en la graduación de Sartag como oficial del Real Ejército Turanio, El Rey Guerrero, famoso por su implacable sed de conquistas y su temeraria determinación, pasó revista a sus tropas. Sartag hubiera querido arrojarse al suelo al pasar su señor, como tantos otros en aquel día. Allá estaba Sartag, junto a él, viéndole en carne y hueso, viendo a quien había enriquecido y glorificado Turán, quien le había dado poder sobre otras naciones.
-Turán... -susurró, somnoliento, en el suelo del campo de batalla-. Turán…
Sus dedos tantearon y buscaron entre la inmundicia, como si fueran las patas de una araña carnosa y ensangrentada. Como por casualidad, dieron con el filo de una espada turania. Temblorosa, la mano se cerró sobre el puño, agarrándolo con fuerza.
-Turán… -dijo de nuevo Sartag, con voz ronca y quebrada.
El cielo, teñido por su lucha entre la luz moribunda del día y la oscuridad naciente de la noche, le devolvió su infinita mirada, mostrando más y más puntos de brillo plateado, como una mujer hermosa que apareciera por entre las brumas, vestida con una túnica salpicada de perlas y lágrimas de plata.
-La gloria... –musitó Sartag, atónito y maravillado, con ojos fulgentes y acuosos. A gloria… El cuerpo se relajó, sostenido por las múltiples cimitarras del anochecer, hincadas hasta las guardas en su carne. Los dedos de la diestra permanecían cerrados, rígidos y tozudos, sobre el puño del sable.El Sol lanzó su último rayo y dio comienzo, una vez más, el reino de las sombras.
FIN