Action Tales presenta Relatos Salvajes:
Portada: Miguel Serrano
LA LLAMA AZUL DE LA VENGANZA
Escrito por Alexis Brito Delgado
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse.
Edgar Allan Poe
1
EL PURITANO SOLITARIO
Año de Nuestro Señor 1.553
La bóveda entenebrecida colgaba encima del páramo desolado. Haces de sol iluminaban los altos juncos y anunciaban la llegada de la noche temprana. Una corriente de aire hizo cimbrear las riendas del animal. Los canales hedían y transmitían el sonido de las bestias salvajes del lugar. A la derecha, las montañas rasgaban el límite que separaba el cielo de la tierra, como una cuchillada dorado-rojiza que se extendía hasta las orillas del distante Mar Mediterráneo. A la izquierda, el camino intrincado y tortuoso que había recorrido desde Francia, a través de una Europa devastada por las guerras civiles y religiosas. Quedaban demasiados fantasmas detrás de sus pasos. La iniquidad de los hombres en el campo de batalla lo había obligado a abandonar los ejércitos en los que combatió. Ahora era un alma libre, el Señor guiaba sus pasos, mientras se aproximaba a Florencia, impulsado por la llama azul de la venganza.
Bancos de niebla ocultaron la maleza enmarañada, deformaron las dimensiones del pantano y crearon una atmósfera sobrenatural. Lo peor era la fetidez de las aguas, imaginaba siglos de locura humana, de sacrificios impíos, de enfermedades que podían hacer perder la cabeza a cualquier cristiano devoto de Dios. Incómodo, el caballo pifió, pisoteó la tierra con los cascos delanteros y levantó una nube de polvo.
—Tranquilo. —Una mano enguantada acarició el cuello del animal—. A mí tampoco me gusta.
El jinete apretó la capa alrededor de sus hombros, estudió la naturaleza amenazadora y encajó las mandíbulas: no sabía que camino escoger. Exhausto, limpió la suciedad de su rostro. Llevaba más de dos semanas sin tomar un respiro, cabalgando día y noche, detrás de un adversario que no se atrevía a dar la cara. El puritano inspiró aire, los mapas que había traído desde Inglaterra no le servían, en ninguno aparecía aquella ciénaga que abarcaba el horizonte hasta donde la vista podía alcanzar. Involuntariamente, posó su mano sobre el mosquete que colgaba por un lado de la silla. Los últimos días pesaban sobre su espalda, carcomían su espíritu y absorbían sus energías como una plaga.
— ¿Cruzamos o no? —preguntó a la montura.
De nuevo, volvió a experimentar la desagradable sensación de ser vigilado, alguien analizaba sus gestos y esperaba el momento adecuado para atacarlo, cuando estuviera con la guardia baja. El inglés cerró los acerados ojos azules y rememoró a la joven que había encontrado en el linde del bosque, violada y torturada por Le Loup, el Lobo que se había prometido cazar. Abrió los párpados, una docena de flamencos rosados levantó vuelo y cruzó el cielo encapotado: la tarde vibró con el aleteo de sus alas.
No podía quedarse en aquel punto muerto. El jinete se introdujo dentro de la marisma, e hizo caso omiso del animal, que avanzaba sin ganas, asustado por la atmósfera insana que los rodeaba. Poco a poco, atravesaron las aguas con los cinco sentidos alerta, expectantes ante la posibilidad de un ataque. El avance del caballo levantó ecos, el tiempo parecía congelado, suspendido sobre el lodo burbujeante que amenazaba con tragarlos. La oscuridad creció, apenas podía ver lo que tenía ante de sus narices, el chillido de un topo asustado lo hizo estremecer y le arrancó una blasfemia. Las lagunas ocultaban misterios imposibles de responder: soldados masacrados, aldeanos desaparecidos, brujas quemadas y niños secuestrados por los sirvientes del Diablo.
Durante un instante, el puritano miró su figura duplicada sobre el agua: sombrero de ala ancha, sombrías vestiduras negras, botas de cuero hasta los muslos y cinturón ancho, donde portaba un largo estoque enfundado en una vaina sin adornos y dos pistolas de aspecto temible. Le costaba reconocer al mercenario enlutado y solitario, que lo observaba reflejado sobre las lagunas, sentado sobre su montura. Su infancia en Devonshire había muerto, el pasado ardía miles de kilómetros atrás, era una imagen abstracta que no le proporcionaba ningún consuelo.
2
UNA APARICIÓN DEL PASADO
Un murmullo escapó de su boca seca:
— ¿Padre? —Inquirió con recelo—. ¿Eres tú?
—Solomon...
¿Había escuchado la voz del difunto Josiah Kane?
— ¿Padre?
Una oleada de temor ascendió por su columna vertebral.
— ¿Padre?... ¿Estás ahí?
La sangre le zumbaba en los oídos. Un hervidero movedizo cubrió su cuerpo: enormes mosquitos chocaron contra su anatomía y buscaron su piel blanquecina. El jinete agitó la mano intentando apartar a los insectos, taladró la negrura con la mirada y buscó el rostro de su progenitor.
—Siento haberte decepcionado, padre —susurró—. Los Tudor exterminaron a nuestra orden sin que pudiéramos evitarlo.
Su confesión se desvaneció. Quedaban pocos minutos de luz diurna, pronto estaría a merced del terreno traicionero, encerrado entre las algas cubiertas de espuma.
—He sido un buen cristiano, padre —explicó—. Jamás me he apartado del camino recto.
De nuevo el silencio sepulcral, matizado por el zumbido de los mosquitos, le hizo tener la impresión de que estaba a punto de perder la cordura.
— ¿Dónde estás, padre?
La neblina no le ofreció ninguna respuesta, el ambiente le impedía respirar con naturalidad, el cieno pareció aumentar de espesor por segundos.
—Padre...
Su progenitor emergió entre las cañas, montado encima de un ruano de gran altura y se dirigió hacia su posición. Su figura era borrosa, una impresión de triste bondad cubría su aura espectral, la misma que vio en su rostro el día de su funeral, hacía más de una década.
— ¡Dios Todopoderoso!
Josiah Kane susurró con voz ronca:
—Ten cuidado hijo —señaló—. Los pantanos de la Camarga rebosan de peligros.
Solomon tenía la carne de gallina.
— ¡Brujería! —Farfulló— ¡Esto es cosa de Satanás!
Su padre continuó hablando a eones de distancia.
—He vuelto del más allá para advertirte que temo por tu vida...
Un juramento escapó de los labios de Kane:
— ¡Por Lucifer! —exclamó—. ¿Por qué me atormentas con tu presencia?
La figura comenzó a desvanecerse.
—He de irme —musitó—. Recuerda que siempre te querré, hijo mío.
Un puño angustioso apretó las entrañas del puritano.
— ¡Padre! —gritó—. ¡Vuelve, padre!
El espectro de su progenitor se despidió.
—Nos encontraremos en el Reino del Señor, Solomon...
3
LOS ACÓLITOS DE SATANÁS
Antes de que pudiera reaccionar, el cuerpo cambió y se convirtió en una máscara cruel: el filo de una espada buscó su cuello. Kane retrocedió impulsado por sus entrenados reflejos y esquivó la hoja que le lamió la nuez de Adán. Velozmente, sacó el cuchillo de la funda y lo hundió en la rodilla de su atacante: un aullido rasgó la niebla y rompió la tranquilidad de la ciénaga. Un caballo irrumpió entre los herbazales, sus belfos soltaban borbotones de saliva, con los ojos enrojecidos. Atontado, desenvainó el estoque y paró un hacha a duras penas: una lluvia de chispas azules empañó su campo de visión. Dando un tirón a las riendas, saltó hacia delante, escapó de sus adversarios y ascendió a una isla de hierbas quemadas por el sol. Una flecha se clavó en su hombro. El aguijonazo, a la altura del deltoides, lo obligó a rechinar los dientes. Tres enemigos tomaban posiciones, Solomon Kane reconoció del tipo que eran de inmediato: bandidos, asaltantes de caminos, escoria que creían que habían encontrado una presa fácil. El puritano arrancó la flecha, sacó el pistolón y disparó: el proyectil cruzó el aire y lanzó hacia atrás al primer hombre que lo había agredido. De inmediato, guardó el arma y detuvo la embestida del hacha: la fuerza del golpe le insensibilizó el brazo y le produjo un calambre hasta el hombro.
— ¡Te mataré! —Lo amenazó el rufián—. ¡Me comeré tu corazón!
Kane le dio un cabezazo y le rompió la nariz. La sangre le salpicó los ojos y nubló su visión. El hombretón lanzó un grito rabioso, sus ojillos porcinos se llenaron de lágrimas, y se llevó la zurda a la cara ensangrentada. El inglés aprovechó la oportunidad y cortó la cincha de la silla: el gigante resbaló y se hundió como una roca en el cieno. Otra flecha rozó el cuello de Solomon. Este clavó los tacones en las bandas del animal, traspasó los cañaverales y descargó la espada contra el casco que cubría la cabeza del arquero. La hoja atravesó el cráneo hasta la mandíbula, trozos de masa encefálica saltaron de la espantosa herida. El puritano se volteó, el hombretón cruzaba el claro enarbolando el hacha alzada sobre los hombros, dispuesto a asesinarlo. El caballo relinchó, herido de muerte, con el costado abierto: sus entrañas se derramaron sobre el limo removido. El agua invadió sus pulmones, Kane sacó la pierna de debajo del cadáver del animal, levantó el estoque y contuvo la arremetida de su contrincante. Escupiendo lodo, le propinó una patada en la entrepierna. El inglés se incorporó y se arrancó el sombrero inundado de barro, la porquería no le permitía ver nada. Su expresión taciturna y llena de amargura había sido sustituida por el odio. El gigante se recuperó. La hoja del hacha acarició la cara de Solomon y le abrió un tajo en la mejilla. Kane dominó el dolor, cambió el arma de mano, pasándola de izquierda a derecha, y la hundió hasta la empuñadura en el estómago de su rival. El hombretón chilló, desaforado, y atrapó la espada con las manos desnudas: expiraba como un condenado en la cruz. El puritano retorció el estoque, sádicamente, disfrutando con su espantosa agonía. La vida abandonó al gigante, el cual puso los ojos en blanco y emitió un estertor ahogado.
— ¡Bastardo! —Maldijo Solomon—. ¡Púdrete en el Infierno!
Irritado, enfundó la espada, temblaba por la tensión. Tambaleándose, apretó la herida y cortó parcialmente la hemorragia, que no paraba de sangrar. Uno de los caballos miraba el cadáver de su dueño, nervioso, con los ojos inflamados por el miedo. Kane lo agarró por las riendas y procuró calmarlo. Agotado por la batalla, se aproximó al islote y lo ató a una raíz que sobresalía entre las hierbas. Después, registró los cadáveres y se apoderó de sus escasas posesiones: unas pocas monedas de cobre, alforjas con víveres, pedernal de repuesto y una cuerda de buena factura. Aborrecía desvalijar a los muertos, pero no podía andarse con remilgos, había agotado las baratijas que guardó antes de salir detrás de Le Loup, necesitaba todo lo que pudiera encontrar para continuar adelante. Más tarde, recuperó sus pertenencias, ensilló a su nueva montura y arrastró a los dos corceles detrás, atados a la perilla de la silla. No podía quejarse, continuaba vivo, pocos hubieran logrado sobrevivir a aquella emboscada. Lo sentía por el caballo, fue un buen compañero de viaje, merecía algo mejor que un hachazo en las tripas. Cuervos siniestros surcaron los cañaverales, atraídos por el olor de la sangre, dispuestos a darse un festín.
— ¡Que os aproveche, pequeños! —dijo el inglés, sarcástico.
La frase murió en sus labios, una mano helada apretó sus miembros y paralizó su corazón. Entre las volutas de humo, contempló el auténtico aspecto de los cadáveres: eran seres putrefactos, de piel apergaminada, con colmillos similares a los de las bestias, vestidos con harapos sarmentosos que hedían a corrupción. Aterrorizado, reculó a trompicones, su mente cristiana no podía creer lo que veía, si lo admitiera perdería la razón. Finalmente, Kane se dirigió hacia el norte, le quedaba mucho camino por recorrer hasta llegar a Italia, buscando la salida de la ciénaga...
FIN
El Último Rey de Aquilonia
Escrito por Solharis
Relato basado en "La edad hiboria", de Robert E. Howard.
"La civilización no es natural, la civilización es un accidente. Al final siempre triunfa la barbarie." - palabras de Conan, personaje de Robert E. Howard.
Acatando la orden y con paso erguido pero vacilante la muchacha se acercó al trono. Andaba desnuda pero sus delicados pies no se movían sobre la sucia tarima de un burdel sino que pisaban el suelo, de mármol y cubierto de alfombras, de un palacio. Aterrada, no podía evitar que temblara la bandeja que sostenía en los brazos y sobre la que portaba una copa llena de exquisito vino traído desde los viñedos de la provincia meridional de Poitán, realmente un caldo selecto, como cualquier otro que pudiera hallarse en las bodegas reales. Pero el bárbaro desmañado que agarró la copa con rudeza no era capaz de apreciar el cuerpo o el olor de un buen vino sino que lo engullía por pura vanidad. Sorbió ruidosamente la mitad de su contenido y después arrojó la copa de oro con brillantes incrustados con descuido, como si del hueso de un venado a medio asar se tratara y él se hallara aún en su sucia cabaña en los bosques de Pictland. Ajeno a cualquier norma de etiqueta, el picto se limpió los restos del vino, en los labios y en la barba, con el dorso de la mano...
La muchacha se retiró con prisa y temerosa, y en su tímida huida un individuo más joven que el que se sentara en el trono y del que era digno vástago, le cacheteó descaradamente las nalgas desnudas. Apenas si se atrevió ella a protestar con un débil gemido antes de desaparecer.
Y mientras el vino de la copa arrojada arruinaba sin remedio una alfombra traída desde el Iranistán, tan magnífica como costosa, dos hombres se miraron en silencio como los enemigos mortales que eran.
Uno de ellos representaba el pasado y esperaba su destino al pie de la escalinata del trono que antes había sido suyo. A sus cincuenta y seis años de edad Dhormes había sido rey de Aquilonia durante casi treinta años. El peto de acero, que ostentaba la divisa del águila real, era la única señal de su posición, si bien estaba más que sobradamente abollado y ajado por el combate. De todas formas, había en él un porte orgulloso y aristocrático que le confería autoridad aunque sus cabellos grisáceos, sobre los que ya no portaba su corona, estuviesen sucios y revueltos, su piel llena de heridas y sus manos fuertemente atadas a la espalda.
Su rival, en cambio, significaba el presente y la victoria de él y de todo su pueblo sobre la civilización. Mientras que su adversario aguardaba el veredicto de pie, él ocupaba con sus posaderas un trono por el que estaba dispuesto a luchar hasta la muerte por conservarlo y también por agrandarlo, porque su ambición le desbordaba y se veía pronto saqueando Nemedia y hasta la lejana Turán y sus ciudades a las orillas del mar de Vilayet. A su lado estaban sus tres hijos.
El bárbaro sentado en el trono era Gorm, caudillo de las tribus pictas. Primero, cacique de un pueblo apenas civilizado, ahora rey, y pronto, pensaba él, emperador de occidente. Había disciplinado a las feroces hordas pictas y con ese ejército, tan temible como sanguinario, había humillado a la otrora orgullosa Aquilonia. No se había visto personaje tan extraordinario y tan fuera de lugar en el salón de audiencias desde que un cimmerio llamado Conan había venido desde el norte para sentarse en el trono. Pero aquel lo había conducido a la gloria y éste lo llevaría a la destrucción.
Con su exagerada y vulgar ostentación del lujo parecía que el caudillo picto buscara burlarse de los refinamientos de la civilizada de la aristocracia. Sus dedos estaban profusamente ensortijados y abundantes colgantes y collares se derramaban desde su cuello sobre la barba y la cota de malla. También había pulseras en ambas manos y pendientes en sus orejas. Con todo no había conseguido sino parecer más bárbaro aún de lo que en verdad ya era. Su mirada se adivinaba implacable y cruel, y bajo los collares de oro no había dejado de mostrar una ristra con los dientes de sus enemigos, como acostumbraban los guerreros de su raza, un distintivo que llevaba con el mayor orgullo porque lo tenía en más valía que todos los fatuos adornos de oro. Sus hijos también se mostraban enjoyados e igualmente fieros pero más sonrientes y vulgares: carecían de la astucia y de la frialdad de su progenitor.
Los ojos del rey bárbaro eran los del lobo viejo y endurecido, pero su presa sostuvo la mirada y le hizo frente, porque no era un cordero el que comparecía ante Gorm el picto sino un hombre que, con corona o sin corona en la cabeza, conservaba el orgullo de la sangre.
Ahora el viejo lobo sólo deseaba quebrantar su espíritu.
-Saluda a tu sucesor y nuevo rey de Aquilonia –comenzó con placentera fanfarronería-. No, de todo occidente, y muy pronto del mundo. Yo soy tu señor y tú no eres nada. Podría hacerte mi esclavo y dejarte vivir encadenado como un perro o podría hacerte ahora mismo degollar para divertirme. No soy compasivo pero me complacería oyéndote pedir perdón y te concederé una muerte rápida o la esclavitud según sepas divertirme con tus lloriqueos. Empieza poniéndote de rodillas.
Dhormes no dijo nada.
-¡Te he dicho que te arrodilles, perro! –rugió el picto.
Dhormes se mantuvo en pie. El guerrero que le custodiaba le derribó con fuerte y traicionera patada. Los príncipes pictos rieron pero su tenebroso padre ni siquiera sonrió antes de continuar su estudiado discurso:
-Mírame. Ya no eres nadie ni tienes nombre. El poder de tu país se ha apagado y ahora el mundo pertenece a mi pueblo, el de los invencibles pictos, porque tus ejércitos fueron aplastados y su rey morirá muy pronto... ¿No te gustaría saber qué muerte te espera?
Dhormes ni siquiera pestañeó. Siguió hablando el bárbaro:
-Sí, tú crees, y lo piensas en este momento, que tus hijos podrán vencerme. Pero la resistencia que ellos levantaron desde Poitán y Gunderland ha sido aniquilada. En la batalla tú no fuiste el único prisionero sino que muchos guerreros de tu pueblo cayeron abatidos por el valor de mis pictos. El resto huyó aterrado. No sabemos que ha sido de dos de tus hijos, pero el tercero ha tenido el honor de medrar mi collar-. Y sostuvo con los dedos la siniestra ristra de dientes para que Dhormes viera algunos dientes más blancos y recientes que los demás.
El antes rey no quiso mostrar su dolor, apenas si palidecieron sus mejillas, pero su enemigo no dejó de notarlo y se regocijó de ello.
-Tus hijos fueron valientes pero también tan estúpidos como tú. Tampoco se salvó tu mujer... Hubiera cuidado bien de ella pero prefirió el suicidio. Aunque, pensándolo mejor, quizás fue más inteligente que tú y toda tu progenie...
Ahora sí mostró Dhormes una mueca, ocultando mal su dolor a aquella bestia sanguinaria que había salido de los infinitos bosques pictos para destruir su civilización. Pero no tendría tregua, porque a una señal del cruel picto entró un grupo de unas veinte muchachas. Habían sido escogidas entre las cautivas más hermosas y muchas de ellas habían nacido nobles, para convertirse en concubinas entregadas al servicio y placer de los hijos de Gorm y de él mismo. Totalmente desnudas para su divertimento, sus delicados cuellos estaban encadenados con cadenas de oro para ser sometidas y satisfacer la lujuria de sus amos en todo momento. No eran más que animales domésticos para aquellos salvajes.
Entre ellas se encontraba la chica de la bandeja pero también había otras dos muchachas, la una del cabello del color de la plata y la otra de cabellos negros como el azabache. Pero ambas tenían los ojos del mismo maravilloso y poderoso azul y ambas abrieron esos ojos en par viendo los igualmente azules de un hombre que comparecía atado ante el todopoderoso Gorm...
-¡Padre! –exclamaron al unísono, antes de cubrirse como pudieron con las manos y echarse a llorar. Se dejaron caer sobre el suelo, intentando ocultarse de la vista de su padre, pero fueron obligadas a levantarse rápidamente a base de contundentes varazos en las nalgas desnudas.
Esta vez el severo caudillo bárbaro se permitió sonreír. Había jugado su baza final y el deleite de ver a su enemigo cubrirse el rostro con las manos, derrotado moralmente al fin, superaba todos los placeres obscenos que aquellas jóvenes le habían proporcionado.
-¡Bárbaro que apestas el trono en que te sientas indignamente y que no te corresponde! ¡Rata cobarde! –protestó Dhormes, pero aquel bárbaro sonreía a pesar de los insultos, sabiéndose vencedor y regocijándose con la humillación de su enemigo. Sí, en la sangre de Dhormes también bullía la sangre bárbara de Cimmeria, pero los cimmerios eran una raza noble, que respetaban el valor y no disfrutaban con la pura crueldad y la humillación ajena. Por eso había existido desde siempre un odio inextinguible entre cimmerios y pictos, porque siendo pueblos bárbaros eran tan diferentes como pudieran serlo los aquilonios de los decadentes estigios.
Dhormes se cubría con ambas manos, sin que le importara ya mostrar su dolor. Su mundo había terminado y él continuaba vivo. ¡Los dioses eran crueles habiéndole negado la muerte en la batalla! ¡Muchos hombres honorables habían muerto en combate y él había tenido que vivir para ver esto! ¡Para saber que sus hijos nunca le sucederían y que su esposa se había suicidado en la desesperación! ¡Para saber que sus pobres niñas eran vejadas como las rameras de un burdel! ¡Para saber que nada de lo que él había querido permanecería, ni su estirpe ni el reino que había heredado! ¡Y serían tantos los que sufrirían! Las lágrimas cayeron de sus ojos pero en cuanto en las sintió en sus manos, ya no cayeron más y su cuerpo tembló de ira.
Lanzando un rugido que estremeció a los mismos pictos, tiró violentamente de las muñecas y el negligente soldado que le custodiaba cayó al suelo. Antes de que pudiera levantarse el picto le ensangrentó el rostro con una patada y, apoderándose de su espada corta, terminó de rematarlo y cortó luego la cuerda.
-¡Apresadle! ¡Le quiero vivo! –rugió Gorm, desocupando el trono para ponerse a cubierto de Dhormes, que subía enloquecido por la escalinata.
Era muy exigente el bárbaro, porque fueron muchos los guerreros que murieron o quedaron malheridos para conseguir apresarle. Porque Dhormes ya no era un ser civilizado sino un bárbaro como el que se sentara en el trono que antes fuera suyo, y la sangre del rey Conan bullía en él e hinchaba las venas de su cara, enrojeciéndola horrorosamente, mientras insultaba y plantaba cara a sus adversarios. Pero la ira no embotaba sus sentidos sino que los agudizaba, y su espada describía arcos mortíferos y los muertos y heridos caían por la escalinata del trono y acababan amontonándose unos sobre otros. Finalmente cayó como un héroe, abatiendo a los enemigos, hasta que el agotamiento pudo con él y lo aprovecharon para reducirle y derribarle.
Luego seguirían las torturas. Los pictos eran consumados maestros en esta cobarde ciencia y se emplearon con todo su odio. Pero indigno e inmisericorde sería explayarse describiendo los tormentos que padeció. Mejor diremos que Dhormes murió como un rey, sin suplicar la muerte, y demostrando una templanza y dominio de sí mismo que acabaron por hastiar al cruel reyezuelo bárbaro. A pesar de los tremendos errores bajo su reinado, murió como un digno heredero de Conan el cimmerio.
Cuando no le quedaba aliento para hablar ni ánimo para desear otra cosa que el fin, fue decapitado, y su cabeza fue empalada detrás del trono. Gorm esperó a que terminara de pudrirse y quedara el cráneo seco y desnudo. Ordenó entonces que fuera engarzado en una diadema de acero y cambió la corona de oro y diamantes por este horror, que resultaba mucho más de su gusto. He aquí el espíritu artístico de aquella salvaje raza que no supo ni quiso crear una civilización sobre las ruinas de la que había destruido.
No tuvieron su lugar en este decadente reino de barbarie los sabios ni los artistas ni los mercaderes. Tampoco hubo momentos de esplendor, tan sólo guerras y matanzas continuas contra los extranjeros y también entre ellos mismos. Pero hubo quienes resistieron en la decadencia y quedaron para dar a la civilización una oportunidad y levantarla otra vez.
FIN