Las sorprendentes y extravagantes aventuras de los más legendarios y extraordinarios Caballeros del imperio británico. ¡ Dios salve a la reina!.
Action Tales y Sir Alan Moore presentan: La Liga de los Caballeros Extraordinarios
A LAS PUERTAS DEL SIGLO 1 de 2 – Alberto Morán
Portada: Ángel Marin
8 de Abril – 8.06
- Quieto Edward. Tranquilo. Ya están muertos.
- ¡Bastardos! ¡Seguro que todavía hay más!
- Tranquilo, por favor, va a conseguir que venga a aquí un regimiento.
- ¡Que vengan! ¡Que vengan, y haré explotar sus corazones sin sacarlos del pecho!
Murray trataba a duras penas de detener a Hyde, que avanzaba imparable a través de la galería profiriendo aullidos ensordecedores y blasfemias mientras babeaba copiosamente y sus ojos hambrientos buscaban una presa que descuartizar.
- ¡Hyde! ¡Deténgase, por amor de Dios, ya es suficiente, va a conseguir que nos descubran!
- ¡No importa! ¡Aparta, mujer, voy a por ellos! ¡Venid, cabrones!
Se oyeron pasos apresurados al fondo de la galería. Varios gritos.
- ¡AHH! ¡Por fin!
Hyde apretó el paso y se dirigió a grandes zancadas hacia las voces de los hombres, desaciéndose de Murray con un brusco movimiento. A medida que corría, las voces eran cada vez más nítidas, aunque no podía oír que decían. La voz de su cabeza, que le decía que los matase a todos, era mucho más sonora.
Otro corredor.
- ¿Qué ha sido eso?
- Yo también lo he oído…
- Ha sido horrible, era un aullido, o…
- ¿No será…?
- Lengua de Khali…
- Hyde
Nemo se paró un segundo, recapacitando sobre el origen del aullido.
- Por ahí… - susurró. Y salió corriendo.
- ¡Nemo! ¡Espere, maldición!
Un cabo torció la esquina apresuradamente, tropezando casi. Había oído algo, y él y tres compañeros estaban dispuestos a saber que estaba ocurriendo. A medida que se acercaba corriendo, oía gritos, muchos gritos desgarradores, disparos que impactaban en el metal, más gritos. Trataba de manifestar el menos pánico posible exaltando a sus compañeros, pero el pavor hacía que sus manos temblasen incontroladamente y su espalda quedase empapada por una cortina de sudor. Pensó en su mujer.
Cuando creía que ya iba a llegar a su objetivo, un chorro de sangre le acertó en la cara, cegándole momentáneamente y llenándole la boca de un sabor amargo. Temblando, se retiró la sangre de los ojos con el dorso de la mano, y contempló con espanto una criatura nacida del vientre del Demonio, alta como una torre, todo músculos y enormes y palpitantes venas. En una de sus manos estaba el cuerpo de un soldado, todavía manando sangre del cuello. En la otra su cabeza, con una expresión desencajada de horror. A su alrededor, manchas y salpicaduras de sangre, cuerpos y hombres mutilados. Uno de ellos trataba de incorporarse mientras intentaba con las manos que las vísceras no se le saliesen del vientre.
Hyde bramó y se abalanzó sobre el cabo con la velocidad de un huracán. Antes de que pudiese apuntarle con su rifle, la bestia ya lo había cogido por los brazos y empotrado contra una de las paredes. Uno de sus subordinados intentó ayudarle, pero en cuanto desenfundó su arma, Hyde arrancó de cuajo una plancha de metal de la pared de la galería y la arrojó con furia sin dejar de mirar a su presa. El cabo vio con espanto como el soldado se convulsionaba en el suelo con la plancha de metal atravesándole de lado a lado.
La bestia volvió a gritar, y lo cogió del cuello. Sin soltarle, apartó de una manotada a uno de los pocos supervivientes para luego aplastarle el rostro de un puñetazo. El último subalterno era un chico joven que trabajaba por los largos años de servicio prestados por su padre. Sollozando, apuntaba torpemente su fusil mientras un charco se formaba alrededor de su pierna. La bestia lo agarró de un brazo y lo golpeó contra una de las paredes tres veces, hasta que su brazo se separó del cuerpo y el chico dejó de gritar.
El cabo sintió terror, y gimió entrecortadamente. Luego, sintió una húmeda dentellada en su cuello. Y todo se tornó negro.
- ¡Dios!
- Señorita Murray…yo…él…dios mío, ¿Qué es lo que ha hecho? ¿Qué he…que hemos…?...oh, dios mío, dios mío…
- Pero…Jekyll…hace un minuto usted era…
- Lo se, señorita, lo se, pero…no se…
Murray se arrodilló al lado de Jekyll para ver como se encontraba. Temblaba, y tenía la frente perlada de sudor. Los ojos se le entrecerraban, y su vista se perdía en el infinito.
- Tranquilo, tranquilo…cielos, Henry, no entiendo como ha podido…
- No… por favor no termina nunca, es…
Murray inspiró profundamente mientras cerraba los ojos, pero el olor a sangre le turbó de tal manera que casi perdió el sentido.
- Vámonos de aquí.
- Murray, mire…
La lánguida y temblorosa mano de Jekyll señaló al hueco que había en la pared, donde Hyde había arrancado la plancha.
- Hay una especie de galería…
Murray se incorporó y se dirigió hacia el hueco. Efectivamente, era la entrada a un pasillo largo y estrecho cuyo final no llegaba a vislumbrarse, oscuro como las puertas del infierno y frío como la mirada de un cadáver.
- ¿Se encuentra usted mejor?
- Oh, desde luego. Yo primero.
Jekyll, en pie a duras penas, se acercó dando tumbos hacia la entrada, apartando delicadamente a Murray para poder pasar. Tomó aire.
- ¿Está seguro de que puede continuar?
- Si. Totalmente. Además, sería poco caballeroso por mi parte dejar que una mujer me adelantase.
Se hizo el silencio durante unos segundos. Incómodo y doloroso.
- Oiga, Henry, creo sinceramente que este es un buen momento para decirlo, y…
- ¿Si?
- …
- Usted dirá.
- Oh, verá, es que… ¿porqué hizo aquella fórmula?
- …
- ¿Y bien?
- Señorita Murray, no quisiera importunarla, pero creo que no es un buen momento. Puede que acceda a hablar con usted sobre ese… tema. Pero hasta entonces, le agradecería sumamente que se abstuviera de mentar aquella fórmula.
- Como quiera.
Murray entornó los ojos hacia arriba y suspiró con desasosiego. Jekyll era una de las peores compañías posibles. Era inteligente, cabal y caballeroso, pero ninguna de sus cualidades salía a relucir. Sólo se veía un caparazón quejumbroso que profería lamentos y pesares sobre el infortunio y la maldición que sobre el pesaban. Era como un cofre lleno de tesoros cuya llave nadie parecía poder llegar a encontrar, oculta bajo toneladas de culpa. Y aquello molestaba a Murray más allá de toda descripción.
Continuaron caminando un par de minutos que se hicieron eternos como tardes lluviosas, hasta que al final del pasillo vislumbraron una luz. Aceleraron el paso con reanimados ánimos para averiguar de dónde procedía aquel destello, hasta que finalmente dieron con una habitación; grande, humilde y vieja, como las ancianas rurales de los campos de trigo del Este. Olía a moho y a humedad en madera, a decrepitud de carcoma y a polvo. Los muebles, otrora esbeltos y delicados, estaban roídos por los inexorables dientes del tiempo, cubiertos de suciedad, y emanando un olor a podredumbre que podría decirse que dentro se hallaba enterrado un cadáver. La tímida luz provenía del exterior: una ventana, la única en toda la habitación, era atravesada por un finísimo rayo de sol que moría en el suelo tapizado por una moqueta desgastada.
- ¿Qué es esto…?
- No lo se, señorita. Parece una habitación, pero… es muy grande. Hay armarios, y mesas. No hay camas. Es… es tan curioso, ¿Quién viviría aquí, alejado de cualquier viso de vida? Es como una cárcel.
- Cierto. He visto hogares de lenocinio mucho más limpios. Sin embargo, mire. – Murray abrió uno de los armarios – Aquí hay bastante ropa, y de caballero. Supongo que aquí vivirá un hombre. Póngase algo, Hyde le ha destrozado la camisa y va a enfriarse.
- Mil gracias, señorita – Jekyll comenzó a ponerse uno de los trajes del armario, abotonándoselo temblorosamente. – Creo que nuestra prioridad sería investigar esta habitación, ¿no cree? Me gustaría saber quien vive en este cuchitril...si usted no tiene inconveniente, claro…
8 de Abril – 8.10
Quatermain observó preocupado que apenas le quedaban balas en su rifle. Miró a su alrededor, buscando una corredor que no hubiese visitado o una galería sin explorar, buscando en sus recuerdos más inmediatos alguna pared o esquina que no le resultase familiar. Se negaba a creer que estaba en un laberinto. Con el rifle en guardia, fue caminando hacia un pasillo, con la esperanza de llegar a alguna parte. Estaba cansado, muy cansado de tener que pararse cada diez pasos para eliminar a un guardia, y sus piernas empezaban a resentirse.
A su derecha, un corredor. No le venía a la cabeza haber estado antes en él. Era largo, y terminaba en una puerta. Avanzó.
8 de Abril – 8.17
- Murray, usted inspeccione el ala oeste, yo me quedaré buscando por aquí, si no le molesta. Si quiere usted el ala este, sólo tiene que decirlo y… bueno, lo que quiero decir es que, como usted quiera. Si ve algo, avíseme.
- Descuide.
8 de Abril – 8.17
- Nemo, mire… por aquí ha pasado alguien. Y como lo ha dejado… recuerdo una fiesta en la que muchos…
- Visto el aspecto, yo diría que Hyde ha estado por aquí. Le gusta regodearse en la sangre.
- Vaya, este hombre es increíble, mire la cabeza de ese tipo... y yo que pensaba que un cráneo no podía llegar a comprimirse tanto. ¡Y mire aquel de allá!
- Griffin, silencio. – Nemo miró el agujero de la pared – Un pasillo. Curioso. Por aquí.
8 de Abril – 8.18
Jekyll abrió un baúl con gran esfuerzo, levantando la pesada tapa de madera con remaches de bronce. Ante él se elevó una voluta de humo que le mordió la garganta al ser inhalada y lo hizo toser. En el interior del baúl no había nada de valor: unas cuantas muñecas de trapo, un caballo de madera con una pata rota. Un pequeño tren de mercancías. Estaba mirando una muñeca de trapo, cuando algo le puso los pelos de punta. Fue algo instintivo, sin razón. Algo. Algo ocurría. No sabía que, pero algo disparó sus sentidos. Procedía del ala oeste. Jekyll se incorporó bruscamente, tirando la muñeca.
En la otra punta de la habitación, una mujer lánguida caminaba lenta y silenciosamente hacia Murray. Vestía un camisón ajado, estaba descalza y tenía el pelo largo y negro. No se le veía el rostro. Y se estaba acercando a Murray.
8 de Abril – 8.18
- No recuerdo haber abierto esta puerta – murmuró Quatermain para si mismo. Giró el enrome picaporte de bronce, y entró.
8 de Abril – 8.19
La mujer se acercaba más.
Otro paso.
Murray estaba mirando una caja musical. Para Elisa, de Beethoven. Con una bailarina girando en la caja.
Otro paso.
Jekyll apenas podía hablar. Notaba una mano helada agarrándole la garganta. Era pavor. Más que pavor. Era el miedo que tenía de niño a morir arrollado por un tren. Era el miedo de adolescente a morir solo. Era el miedo de adulto a ser una bestia. Eran todos sus miedos, oprimiéndole, un miedo primitivo y puro.
Otro paso.
Las 8 y 20.
- ¡Murray! ¡Cuidado!. ¡Cuidado!.
- ¡AAAAAH!
La mujer rajó con sus uñas, de lado a lado, el hombro de Mina. Un torrente carmesí brotó de su herida abierta. La mujer no mostraba el menor signo de humanidad. No se movía. Sus uñas todavía goteaban sangre. Jekyll corrió con toda su alma hacia donde yacía su compañera, que se llevaba la otra mano a la herida, intentando contener la hemorragia, con el cuerpo convulso.
- ¡No! ¡Murray, no, por favor, no, no, no!
Jekyll llegó hasta Mina y le abrazó con fuerza.
- Tranquila, tranquila, no pasa nada, no pasa nada…no, es culpa mía, no, no, por dios, no…
Mina trató en vano de esbozar una sonrisa. El dolor le abrumaba, y sentía la mitad de su traje húmedo y caliente. Jekyll no dejó de abrazarla, pero miró con odio hacia la mujer. El pequeño rayo de sol que entraba en la habitación era demasiado pequeño y se encontraba en la otra ala, por lo que la oscuridad le impidió ver su rostro. Sólo veía una silueta oscura de mujer vestida con un camisón y una mano goteando sangre. Las gotas repiqueteaban sobre la madera.
Jekyll comenzó a notar una gran tensión en el cuello.
- Tu… vas a pagar… - sintió como los ojos se le salían de las cuencas – tu, vas…tu… le has hecho… - crujir en la espalda – daño…tu…tu…vas a… - dolor en las manos. En los brazos. Furia. Una voz monstruosa - ¡¡Tu, puta, vas a decorar las paredes de esta habitación de rojo!!
Hyde saltó hacia su presa con toda su ira. Sin embargo, la mujer giró sobre si misma en una fracción de segundo, esquivando hábilmente a Hyde y arañándole el hombro.
- ¡¡Zorra!! Pequeña zorra juguetona ¿crees que eres algo? No eres una mierda.
El poderoso brazo de Hyde se tensó como un cable de acero y golpeó en el rostro a su oponente, haciéndola caer al suelo. Sintió sus nudillos húmedos.
- Te gusta recibir, ¿eh? ¡Pues ven aquí!
De repente, oyó pasos detrás de él. Dirigió la mirada hacia atrás, y vio a Nemo con la espada desenvainada y la mirada clavada en él.
- ¡¡Nemo!! ¡Atienda a Murray, está sangrando, se muere! ¡Ha sido esta pu…! – Pero cuando volvió a mirar hacia delante, su presa ya no estaba. Hyde aulló de rabia hasta hacer vibrar las ventanas, y golpeó una pared con tan fuerza que abrió un agujero enorme.
- Hyde. Tranquilo. Murray está sangrando mucho, lo que sea le ha seccionado una arteria y no sobrevivirá a menos que la llevemos al Nautilus.
- ¿Pues a que esperas, filibustero? ¡Deshaz lo andado, y haz que deje de sangrar! ¡Vamos a salir de aquí, no importa que no esté el conde, ni su criado, ni nadie!
Una voz surgió de la nada
- Disculpen caballeros, siento colgarme el cartel de aguafiestas, pero ¿no se olvidan de alguien?
- Quatermain…
8 de Abril – 8.20
Una habitación. En el centro, una mesa enorme, con un sillón. Toda la habitación estaba llena de cuadros de todos los tamaños, contando la historia de toda la dinastía. Alfombras asiáticas, jarrones orientales y lámparas germanas adornaban toda la estancia, que se mantenía iluminada por enormes velas. En el sillón, el criado del conde miraba despectivamente a Quatermain. Le parecía viejo y triste. No sería nada para ella.
- Espero que sea tan amable de llevarme hasta su amo el conde, caballero. Todavía tenemos un asunto pendiente.
- Una vez cazador, siempre cazador, ¿verdad, amigo?
- No juegue conmigo, caballero. No soy una persona con la que se deba jugar, créame.
- Oh, vamos Quatermain. No sea iluso. Llevo jugando con ustedes desde que llegaron aquí. ¿De verdad cree que estaría usted aquí si no fuese por mi voluntad?
- ¿A dónde quiere llegar?
- ¿Llegar? No, no quiero llegar a ningún lado. Verá, señor Quatermain, quiero que se sienta usted halagado. Va a conocer usted a alguien muy especial para mí, realmente importante. Alguien a quien he criado con todo mi amor desde que nació.
- Ya basta. Tiene cinco segundos para callarse.
- Oh, Quatermain, rudo y despiadado cazador. Yo sólo quiero que vea algo. – Dicho esto, el criado pulso un botón de la mesa. – Carmilla, por favor, aquí hay un hombre que me está molestando.
No hubo respuesta.
- ¿Carmilla?
Silencio otra vez.
- Carmilla, deja de jugar, ven aquí inmediatamente…
- Señor, será mejor que no oponga resistencia.
- ¡Carmilla! ¡Maldita sea, Carmilla, ven! ¡Carmilla!
- Señor, es la última vez que se lo advierto – Quatermain apuntó al criado al pecho.
- ¡No! ¡No puede ser! ¡No es posible!
- Señor, por favor…
- Ella…no, no está…mi niña, no…
- Señor..
- No, no está, yo, yo debo ir a buscarla, ella no está, ella… - el criado salió corriendo hacia la puerta.
- ¡Quieto!
- ¡Carmilla!
- ¡Quieto! ¡Quieto!
Un disparo.
8 de Abril – 8.41
Hyde sostenía a Murray en brazos. El hombro de la mujer había dejado de sangrar por un torniquete de Nemo, pero todavía estaba inconsciente. Su rostro estaba mucho más pálido que de costumbre, y los labios se habían tornado ligeramente violáceos. Su vestido apestaba a sangre fresca, y los colores suaves contrastaban con el rojo. Hyde la miró, y retiró la mirada en un instante profiriendo un rugido.
- Esta mujer apesta. Espero que tenga usted agua dentro de su nave, Nemo.
Nemo ni tan siquiera se dignó a entornar la cabeza hacia Hyde. Arroz Jack saludó su regreso marcialmente. Detrás de Nemo, Quatermain miraba al frente, solemne. Sabía que aquel hombre al que había matado no era solamente un criado. Sabía que era algo más. Un demente, un militar, cualquier cosa. Carmilla. Ese nombre se grabó a fuego en su cabeza. El miedo de aquel hombre al tener la más leve impresión de que la perdía era tan espantoso que no podía imaginar que vínculo los unía.
Detrás de todos, Griffin caminaba tranquilamente. Ver a Murray herida no le resultaba especialmente incómodo. A decir verdad, le resultaba totalmente indiferente. Se había dedicado a pegar a los niños de camino al Nautilus. Miró a Nemo, que le explicaba a Arroz Jack cómo su experiencia con los planos le permitió memorizar un camino de regreso al exterior.
El Nautilus engulló a los caballeros extraordinarios y se sumergió en las oscuras aguas en silencio.
11 de Abril – 14.32
- Mi más sincera enhorabuena, caballeros. Parece ser que el conde del castillo había sido sustituido por su criado… lo cual no deja de ser curioso, ¿verdad? El criado que sustituye al amo.
- Sigo pensando que aquel no era un criado. Es sólo mi opinión.
- Como quiera. Me fío de su instinto.
- ¿Murray se pondrá bien?
- He hablado con nuestro mutuo amigo el Capitán, y me ha dicho que está bien, pero que necesita mucho reposo. Ha estado a punto de morir. Sea lo que fuese aquella mujer, era todo un demonio. Herir a Hyde no es nada fácil, eso se da por descontado. Y si de verdad era esa tal Carmilla… bueno, por lo menos tenemos un nombre.
- Que útil.
- Griffin…
- Bien, señor Moore. Si no nos necesita más, nos retiramos. Muchas gracias.
- Adiós, caballeros.
- Adiós.
Cuatro hombres salieron del edificio. Llovía.
- Yo, si no ven inconveniente en ello, iré a visitar a Murray.
- Como quiera. Yo necesito beber algo. Y hablar con alguna chica. Si alguien quiere unirse a la fiesta, le recibiré con los brazos abiertos. – la chaqueta de Griffin se abrió en forma de T, confiriéndole la imagen de un espantapájaros.
- Bien caballeros. Adiós.
- Adiós.
Jekyll se puso su gorro y se adentró en un carro.
- Al hospital St.Paul, por favor. Tengo que hablar con una amiga.
El cochero fustigó a los caballos, y el carro se fundió en la niebla.
¡Ah!, joven y extrovertido lector, nuestros estimados y extravagantes caballeros verán un nuevo amanecer, más… ¿Quién es esa damisela vestida de colores oscuros? Solo aquellos que lean nuestro panfleto con cubierta podrán disipar sus tormentosas dudas, además de disfrutar de un exquisito paseo de Mrs.Murray y Jeckyl que nuestras dulces lectoras, más dadas al romanticismo y a los sentimientos, disfrutarán en mayor medida.
Continuara...