Action Tales presenta:

LA LIGA DE LOS HOMBRES MISTERIOSOS

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El Enemigo Interno parte 2

Escrito por Raúl Montesdeoca / Portada: Carlos Ríos

CAPÍTULO V

  Empezaba a hacer calor, por eso los guardias habían dejado que los reclusos que trabajaban en la construcción de la carretera de los Cayos se tomasen un descanso y bebiesen un vaso de té frío, deseosos ellos mismos de ponerse a resguardo del sol de justicia que lucía en el cielo ese día.

 Para Victor Smith, más conocido como Smithy en la Prisión Estatal de Florida, era su momento del día, se apuntaba a los grupos de trabajo por salir de la cárcel y por ver el mar, así que disfrutaba del espectáculo del océano y de su té frío como ningún hombre libre podría entender. Un grupo de cuatro embarcaciones llamó su atención, eran yates de recreo, estaban a unos cien metros de la costa, no era extraño verlos en esta zona, los Cayos estaban llenos de complejos hoteleros con embarcaderos donde los ricos y famosos atracaban sus naves. De repente, desde uno de los yates algo salió disparado hacia el cielo, Smithy pensó en un primer momento que se trataba de alguna bengala, quizás tenían problemas, eso explicaría la presencia de tanta gente en la cubierta, pero pronto descartó esa teoría, aquel proyectil no brillaba y se dirigía a donde estaba el grupo de trabajo trazando una enorme parábola, segundos después varios proyectiles del mismo estilo fueron lanzados desde las otras tres embarcaciones, algo no iba bien. Empezó a correr como alma que lleva el diablo hacia el agua, allí estaría seguro.

  Los guardias hablaban entre ellos de los últimos resultados de la liga de beisbol, resguardados del sol en el autobús, cuando uno de ellos se percató de la alocada carrera de Smithy completamente ajeno a las evoluciones de las embarcaciones que ya se dirigían a toda máquina a tierra firme.

-¿A dónde se cree que va ese? –dijo mientras desenfundaba su arma

   El resto de los guardias se pusieron en alerta tras el primer disparo de aviso, pero Smithy seguía corriendo hacia el agua. No había otra opción, no obedecía las órdenes de detenerse que los guardias le gritaban y ni siquiera el disparo de advertencia había tenido efecto alguno, así que el guardia Martinson apuntó su arma hacia Smithy pero algo interrumpió su concentración. Algo había impactado en el suelo a escasos metros de donde él se encontraba, el proyectil levantó una buena nube de polvo que tardó unos segundos en dispersarse, finalmente Martinson pudo ver un cilindro de unos veinte o treinta centímetros de largo del que salía algún tipo de gas comprimido, trataba de entender que estaba pasando cuando cayó desplomado al suelo, segundos después los otros guardias caían también como sacos de patatas, otros cilindros como aquel empezaron a caer por toda la zona y los reclusos del grupo de trabajo y los guardias del otro autobús siguieron el mismo destino. Todos habían caído, excepto Smithy, su idea de correr hacia el mar le había salvado, los proyectiles llevaban algún tipo de gas tóxico y afortunadamente la brisa del mar empujaba la nube tierra adentro, permaneció flotando e inmóvil para no llamar la atención de los asaltantes.

 Las cuatro embarcaciones se acercaron hasta casi embarrancar en los bancos arenosos de los Cayos, cosa que impidieron empujando desde la cubierta con unas varas largas. Inmediatamente empezaron a descender los ocupantes, llevaban ropa militar pero no eran de ningún cuerpo que Smithy pudiese reconocer, iban vestidos completamente de negro y llevaban máscaras antigás, no llevaban ninguna insignia visible y estaban armados hasta los dientes. Se desplegaron ordenadamente y empezaron a agrupar los cuerpos en una zona apartada de la carretera mientras otros procedían a desvestir a los reclusos y a los guardias que yacían inconscientes o muertos y guardaban sus ropas en los autobuses, una vez finalizada su siniestra tarea, se subieron a los autobuses y se marcharon, las embarcaciones se pusieron en marcha de nuevo y se alejaban hacia el oeste, de pronto el silencio se apoderó de todo. Smithy estaba paralizado, no sabía qué hacer. Esperó hasta que la nube de gas se hubo dispersado por completo y se acercó a aquel macabro montón de cuerpos pero una breve inspección le permitió ver que estaban todos muertos, sus pieles tenía una palidez espectral y de los ojos, nariz y oídos de los cadáveres podían verse hileras de sangre, habían tenido una muerte horrible. Smithy corrió hacia la carretera, tenía que avisar de esto a los federales, aunque era una ocasión perfecta para escapar tenía que hacer lo posible para detener a aquellos salvajes, quizás los federales quisieran hacer un trato y rebajasen su condena o incluso darle un indulto.

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Tras unos minutos que parecieron horas en los que su vida pendía de un hilo, literal y metafóricamente, Silk suspiró aliviado cuando el Mantarraya-1 aterrizaba finalmente no sin depositar antes su coche en el suelo, todos los ocupantes se relajaron cuando de nuevo el vehículo tocó tierra firme, viajar colgando de un cable en el interior de un vehículo no era una experiencia que ninguno quisiese alargar más de lo necesario.

 De la parte ventral del Mantarraya-1 se desplegó una rampa y dos figuras descendieron de la nave, la escena tenía un toque irreal, era de noche y la única luz que había en aquel descampado en el que se habían detenido era la que provenía del interior de la nave, les iluminaba desde atrás y se les veía rodeados de un halo, era una visión que habría impresionado a cualquier hombre corriente, pero aquellos no eran hombres corrientes, y Helene tampoco tenía nada de corriente.

En medio de ninguna parte y rodeados de oscuridad se hallaban reunidos varios de los individuos más sobresalientes de su época, los que habían descendido de la nave eran el Capitán Futuro y el Green Lama. El primero de ellos paradigma de la raza humana, el Mago de la Ciencia o el Hombre del Mañana eran varios de los sobrenombres que se había ganado a lo largo de su carrera a lo largo y ancho del espacio y del tiempo, el segundo un Lama que había estudiado las artes místicas en la ciudad sagrada de Shangri-La en el Tíbet, maestro en las artes marciales y con un dominio absoluto de su cuerpo y su mente.

  A unos metros de donde la rampa tocaba tierra les esperaban otro grupo de individuos no menos singulares. Black Bat, enmascarado justiciero y azote implacable del crimen organizado y de todos aquellos criminales que se creían por encima del sistema legal. Ki-Gor, gigante rubio de piel broncínea, el Señor de la Jungla y finalmente la acompañante de este último, Helene Vaughn, una mujer bella pero también letal, aventurera y curtida también por la vida en la jungla.

   Con aquel elenco de protagonistas, Silk decidió permanecer en el interior del coche.

   Fue Helene quien rompió el silencio, el tono de su voz no era cordial.

-Espero que esto no sea un nuevo intento para intentar retenernos porque Ki-Gor y yo empezamos a cansarnos de escondernos y esperar, así que esta vez no vamos a entregarnos por las buenas.

   Ki-Gor acercó su mano diestra a la empuñadura de su puñal para dar más énfasis a sus palabras.

   Green Lama levantó su mano derecha en una señal de paz universal.

-El Capitán Futuro entiende cuales son las prioridades ahora, estamos aquí para ayudar. La gente a la que nos enfrentamos es peligrosa, muy peligrosa, ya me las he visto con ellos antes y vamos a detenerles porque sea lo que sea lo que estén tramando sin duda que no será nada bueno.

 Esta vez fue Black Bat quien habló.

-Esas son buenas intenciones pero puede que sea tarde ya, si ese entrometido federal no nos hubiese hecho perder un tiempo precioso les tendríamos localizados, pero tras tanto retraso los pájaros han dejado el nido y les hemos perdido la pista. Se alojaban en un complejo hotelero de los cayos de Florida, pero según mi socio abandonaron el lugar en varios barcos de recreo.

-Los sensores del Mantarraya-1 son muy potentes, podemos rastrear la costa, esos barcos deben haber ido a alguna parte. – dijo el Capitán Futuro

No hizo falta ninguna palabra más, todos subieron a bordo del Mantarraya-1, excepto Silk que regresó a casa con el coche, aliviado de que sus aventuras hubiesen terminado ya.

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La operación para detener a Black Bat había sido un fiasco completo, se les había escurrido entre los dedos perdiendo con él la pista de los hombres de Nielsen y a eso había que añadir que aun veía luces de colores brillantes a donde quiera que mirase. Black Bat se le había escapado cegándole con una bengala cuando llevaba puestas las gafas de visión nocturna que el Capitán Futuro había cedido al F.B.I.

   X solo quería llegar a casa y descansar varios días seguidos aunque sabía de antemano que eso no iba a ser posible, tenía que llamar a K-9 en Washington e informarle de cómo habían ido las cosas. Marcó el número en el teléfono y al otro lado de la línea apenas dejaron sonar el timbre una vez.

-X ¿eres tú?

-¿Quién si no, jefe? – ironizó X

-No hay tiempo para bromas, algo muy extraño está sucediendo, he recibido una llamada de Jimmy Palmiotti ¿le recuerdas?

-Sí, estaba destinado en Florida, es lo último que he sabido de él.

-Sigue allí y dice haber recibido una llamada de un recluso de la Prisión Estatal de Florida, un tal Smithy que afirma que un grupo de asaltantes desembarcaron en la costa y han matado a los guardias y a los otros reclusos del grupo de trabajo de la prisión que trabajaba en la carretera de los cayos, al parecer se han hecho con el control de los autobuses que trasladaban al grupo y se han alejado tierra adentro.

-¡Esa es la prisión en la que está Nielsen! ¡Está tramando algo! ¿Ha puesto sobre aviso a nuestros hombres en Florida?

-Ahí está lo extraño que te mencionaba antes, Palmiotti dio el aviso al Subdirector Hunter pero éste descartó la alerta tras confirmar él mismo con el alcaide de la Prisión Estatal que no había sucedido nada extraño en ninguno de los grupos de trabajo y que incluso habían contactado con ellos por radio y todo estaba en orden. Palmiotti me lo contó porque sabía que tenía especial interés en cualquier noticia relacionada con la Prisión Estatal.

-Algo huele mal en todo esto, tengo que ir a Florida ya mismo. Jefe, póngame en contacto con el Capitán Futuro, es urgente.

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 El capitán Karl von Schmidt del ejército alemán llevaba puesto un uniforme de guardia de la Prisión Estatal de Florida, se cubría con una gabardina a la que había subido el cuello en un vano intento de disimular la mandíbula metálica que era el motivo del sobrenombre por el que le conocían por igual aliados y enemigos del Tercer Reich, Eisenkiefer (mandíbula de Hierro). El resto de sus Kommandotruppen llevaban también uniformes de guardias o de reclusos de la misma prisión. Miraba continuamente su reloj para comprobar que el plan se desarrollaba tal y como estaba previsto.

 

 Iban a bordo de sendos autobuses propiedad de la penitenciaría del Estado de Florida, para cualquier observador ajeno no había nada fuera de lo común, los presos y los guardias de los grupos de trabajo regresaban a la prisión, pero no era la intención de este siniestro grupo devolver reclusos a su celda, más bien todo lo contrario. 

   Ya tenían a la vista las verjas exteriores de la prisión, así como la garita de entrada y la torre de vigilancia, detrás se veían los bloques en los que se encontraban los reclusos que formaban una gran estructura cuadrada, conforme se acercaban más, Eisenkiefer pudo ver como dos guardias les esperaban en el exterior de la puerta y que uno de ellos les hacía señales para detenerse, el kommandotruppe  que conducía el autobús le miró buscando alguna indicación. Eisenkiefer simplemente asintió, seguirían según lo previsto hasta averiguar qué es lo que buscaban aquellos guardias. Aquello se salía de los protocolos normales de la prisión, los había estudiado bien,  contaban con algunos simpatizantes entre el personal de la prisión que les habían provisto de toda la información necesaria.

   El autobús se detuvo justo frente a la puerta exterior de acceso a la prisión, uno de los guardias de la prisión se acercó hasta la puerta del conductor.

-Hola, ¿habéis tenido algún problema?

-Todo bien, sin novedad. – respondió con aparente tranquilidad el agente alemán que se hacía pasar por el conductor

-Hemos recibido una llamada denunciando la desaparición de uno de los internos, ¿está Smithy con vosotros?

 Esta vez el nerviosismo hizo mella en la sangre fría del conductor, se quedó bloqueado, así que Eisenkiefer se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta de salida de pasajeros.

-Smithy está en el segundo autobús, le acompañaré. ¡Abre la puerta! – casi le ladró al conductor

 Descendió del autobús y se acercó al guardia curioso, la cercanía hizo que este pudiese ver su cara y enseguida se dio cuenta de que algo no iba bien.

-¿Quién eres tú? ¿Qué está pasando aquí? – balbuceaba retrocediendo el guardia mientras se llevaba torpemente su mano a la cartuchera de su arma

No hubo respuesta, solo un movimiento fugaz que hizo aparecer casi por arte de magia una pistola Luger en la mano derecha de Eisenkiefer. Se oyó un sonido apagado y el guardia cayó al suelo sin vida. El segundo guardia que había permanecido un poco más atrás tenía una expresión de horror en su rostro, trató de reaccionar pero el nazi no le dio oportunidad alguna, poco después exhalaba su último aliento.

 La alarma de la prisión empezó a sonar, los guardias de la torre de vigilancia de la entrada habían visto lo sucedido. Eisenkiefer gritó órdenes al conductor y al resto de sus hombres.

Derriba esa puerta! ¡Los demás, poneos las máscaras antigás!

El conductor embistió a la puerta exterior con toda la potencia que el autobús le permitió consiguiendo sacarla de sus anclajes, no estaba diseñada para resistir un impacto como aquel. Eisenkiefer daba órdenes a sus hombres para que avanzaran con los autobuses hasta la entrada a los bloques de reclusos.

Los guardias de la torre de vigilancia empezaron a disparar para tratar de repeler lo que a todas luces era un asalto a la prisión, uno de los disparos impactó en pleno plexo solar de Eisenkiefer pero eso no pareció retrasarle ni desanimarle lo más mínimo, se limitó a coger una granada que llevaba colgada de su cinturón de campaña y con la misma tranquilidad que si hubiese estado jugando al beisbol lanzó el proyectil contra la torre de vigilancia.

Una nube de humo empezó a cubrir la torre de vigilancia, no se veía a los guardias pero se les oía, por sus gritos se deducía que la vida se les escapaba y casi se agradecía que la nube letal impidiese verles. Los autobuses penetraron en el recinto exterior de la prisión y alcanzaron la puerta del edificio principal, esta puerta iba a ser imposible de derribar con el autobús pero Eisenkiefer había venido bien preparado para cualquier inconveniente. Los Kommandotruppen empezaron a tomar posiciones para el asalto pertrechados con sus máscaras antigás. Dos de ellos montaban un cohete en un Panzerfaust. La explosión resultante enviaba la pesada puerta por los aires reducida a escombros además de sembrar el caos entre los guardias que se habían acantonado tras ella para repeler el ataque.

 La situación era caótica, sin dar tregua los kommandotruppen aprovecharon su ventaja, lanzando varias granadas cargadas con el mortífero gas al interior del edificio a través del enorme boquete que había ocasionado la potente arma antitanque en la puerta y seguidamente rociando el interior con el fuego de cobertura de sus armas automáticas para asegurar el avance de los kommandos, los defensores cayeron como el trigo ante la hoz.

 Apenas diez minutos después y tras dejar un reguero de cadáveres Eisenkiefer se encontraba frente a la puerta de la celda 212 del Bloque D, era una celda amplia y bien luminosa, varios estantes con libros e incluso un escritorio delataban que su ocupante disfrutaba de privilegios que estaban vetados a la mayoría de residentes de la prisión. Era Harold Nielsen, el líder de una milicia llamada los camisas marrones que hacían apología del nacionalsocialismo. Nielsen leía tranquilamente una copia del “Mein Kampf” como si el caos y el ruido a su alrededor no fuese con él.

-Herr Nielsen, debemos irnos. –dijo Eisenkiefer

 Harold Nielsen cerró con calma su libro y miró por primera vez a Eisenkiefer.

-No, aun no, antes debemos resolver unos asuntos. – respondió con una sonrisa maliciosa

-Con todos mis respetos, deberíamos irnos, los federales no tardarán en llegar y puede que incluso la Guardia Nacional.

-Cuento con ello, así que espero que haya traído usted suficiente cantidad del gas que tuve a bien proporcionarle.

Eisenkiefer asintió en gesto de afirmación.

-Perfecto, - continuó Nielsen -, vamos a tomar esta prisión y les haremos frente.

-No tengo miedo a luchar Herr Nielsen, pero esta es una batalla que no podemos ganar, tenemos muy pocos hombres para defender la prisión, el plan era rescatarle y salir. – protestó Eisenkiefer

Harold Nielsen dibujó una sonrisa maligna en sus labios y dejó escapar una carcajada.

-No tenemos que ganar, solo hay que causar el suficiente caos para poner en jaque al Gobernador y que declare la Ley Marcial, con el poder civil del Estado incapacitado será mucho más fácil hacernos con el control. Debemos conseguir que los ciudadanos vean como su Gobierno se ve incapaz de protegerlos. Así que esperaremos a las fuerzas que tengan a bien mandar contra nosotros, las gasearemos y una vez eliminadas liberaremos a un ejército de criminales y delincuentes  para que campen por el Estado a sus anchas. Eso hará que los ciudadanos indignados exijan un gobierno con más mano dura y ahí estaremos nosotros apoyándoles y alentándoles. Hoy es el primer día de la Segunda Revolución Americana.

Eisenkiefer obedeció y procedió a organizar a sus hombres para el inminente ataque, no le gustaban los cambios de planes pero no dejaba de reconocer que podría funcionar, esa podría ser la chispa que incendiase Florida y el resto de los Estados les seguirían. Los japoneses ya estaban moviendo ficha en California y varios agentes secretos se encontraban destacados en Washington recabando apoyos para la causa.

CAPITULO VI

   Grag y Otto dirigían al Mantarraya-1 a toda la velocidad que les era posible en dirección a la Prisión Estatal de Florida. En el salón de reuniones en la parte posterior de la cabina y sentados alrededor de una mesa redonda se encontraban Green Lama, el Capitán Futuro, Black Bat, Ki-Gor junto a su inseparable Helene Vaughn y el Agente X que se afanaba por poner al día a sus contertulios sobre la situación.

-Ahora mismo se está produciendo un motín o un asalto en la Prisión Estatal de Florida, la información que poseo no da muchos detalles al respecto pero lo que está claro es que la situación es caótica. No hará falta que os recuerde que allí se encuentra recluido Harold Nielsen, y como no soy de creer en casualidades hemos de suponernos lo peor.

-He aprovechado nuestra parada en Nueva York para recoger a X y he pasado por mi laboratorio a buscar algo que nos será de mucha utilidad -de uno de los bolsillos interiores de su túnica Green Lama sacó unas ampollas de vidrio y las repartió entre los presentes- . Ya me he enfrentado a Nielsen antes y su modus operandi siempre es el mismo, uso indiscriminado de gases tóxicos, estos viales contienen un antídoto de fabricación propia que os inmunizará contra los efectos de sus armas químicas, tenemos que llegar allí antes que las autoridades o va a ser una masacre.

-Ya he dado aviso a las autoridades en Washington para que nadie se acerce hasta que la zona sea segura. Aun así habrá que ser rápidos, el tiempo va en nuestra contra.

Todos los presentes bebieron el contenido de aquellos pequeños frascos, Helene Vaughn, la única mujer a bordo de aquella increíble aeronave, miraba al resto con una sonrisa.

-¿Os habéis fijado que es la primera vez que estamos todos juntos remando en la misma dirección?

 Al resto les sorprendió aquella pregunta claramente retórica, sin duda que Helene quería llegar a alguna parte y en los rostros de los hombres se veía que no tenían del todo claro a donde. Incluso Ki-Gor que la conocía como nadie miraba intrigado a su compañera y amada.

-¿Os habéis parado a pensar en lo que se podría haber evitado si hubiese sido así desde el principio en vez de tendernos trampas y ponernos la zancadilla unos a otros?

Ya empezaba a quedar claro cuál era su intención, X habló:

-Efectivamente tiene usted razón, Miss Vaughn, pero ahora estamos aquí y eso es lo que cuenta, si esperan una disculpa ya pueden olvidarlo, solo hacía mi trabajo.

A nadie se le escaparon las miradas acusatorias y de reprobación que se intercambiaron el Agente X y Black Bat, pero Helene tenía razón, era la primera vez que actuaban como equipo y las cosas empezaban a funcionar, no era el momento para más discusiones

   Fue la voz del Capitán Futuro la que rompió aquel incómodo silencio, el capitán estaba enfrascado leyendo datos en la pantalla de una de las terminales de mando del Mantarraya-1.

-E.T.A. en dos minutos, estoy leyendo el scanner de los sensores de la nave.

 Ki-Gor se acercó a Helene y le preguntó susurrando en el oído.

-¿Qué idioma está hablando?

 Helene no pudo contener la carcajada y le dio un cariñoso beso en la mejilla.

-Si te soy sincera, tampoco yo termino de entenderle del todo.

El capitán se ruborizó por el comentario, entre sus muchas habilidades no estaba el trato con mujeres, toda su infancia la había pasado en compañía de Otto y Grag, dos seres artificiales, también estaba Simon Wright el Cerebro Viviente, pero alguien que no tenía cuerpo a la fuerza tampoco podía ser un buen consejero en la materia. De repente vinieron a su mente los recuerdos de la bella Joan Randal, no dejaba de ser extraño echar de menos a alguien que aun no había nacido. Y si no tenía cuidado con los cambios que se estaban produciendo en la corriente espacio temporal podría ser que nunca llegase a nacer, que su línea temporal entera fuese borrada dando lugar a otro futuro, trató de imaginarse un futuro sin Joan y una punzada de dolor atravesó su corazón.

Pero había trabajo que hacer y continuó con su reporte tras la interrupción de Helene.

-Por los sensores ópticos de la nave se puede observar como las puertas exteriores han sido forzadas, pero las puertas interiores parecen haber sido voladas con armas de gran calibre, así que extremad las precauciones, están muy bien equipados. El scanner infrarrojo indica que hay una gran concentración de personas dentro, siguen ahí, así que si no se han marchado habrá que dar por sentado que se han atrincherado. No va a ser fácil entrar.

 El informe fue interrumpido una segunda vez, ahora se trataba de Grag, el hombre metálico y fiel compañero del Capitán Futuro, que había abandonado la cabina de pilotaje y se encontraba en el arco que daba acceso a la sala de reuniones.

-Capitán, solicito permiso para entrar el primero, mi blindaje me protege, es innecesario que se arriesguen, su tejido orgánico les hace vulnerables.

 Tras unos escasos instantes de duda el capitán dio su consentimiento.

-Ve a la cápsula de escape, voy a dar una pasada y te dejaré a las puertas de la prisión. Ábrenos camino mientras aterrizamos el Mantarraya-1.

   Grag se dirigió a la cápsula de escape sin esperar ningún agradecimiento ni recompensa, su mente artificial apenas conseguía comprender esos conceptos, lo hacía porque era lo que debía hacerse y eso era todo lo que necesitaba.

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Uno de los kommandos entró a toda prisa en el despacho del alcaide que ahora servía de improvisado cuartel general a los asaltantes, allí se encontraban Eisenkiefer y Harold Nielsen, este último había dejado sus ropas de presidiario y lucía su uniforme de líder de los camisas marrones, su rostro y cabeza estaban cubiertos por una capucha al estilo de las que usaban los miembros del Ku-Klux-Klan pero en color negro.

-¡Heil Führer! – Dijo el soldado dirigiéndose a Nielsen mientras hacía el saludo romano – Una aeronave se acerca a toda velocidad y no se parece a nada que haya visto nunca.

Sin mediar palabra el líder de los nazis americanos rebuscó en un cajón de la enorme mesa escritorio donde se había desplegado el plano de la prisión, sacó unos prismáticos y se dirigió al amplio ventanal que iluminaba la estancia para otear el horizonte, enseguida pudo verlo. El soldado tenía razón, no se parecía a ninguna aeronave que hubiese visto anteriormente.

-¿¡Qué demonios!? ¿¡Quiénes son!? –exclamó sorprendido mirando tanto al soldado con cara de póquer como a Eisenkiefer, aunque no halló respuesta alguna–. ¡Rápido, llevad las armas antitanque al tejado!, estarán aquí enseguida y quiero ese avión derribado ¡¡¡ya!!! Eisenkiefer, organiza a los hombres y dirige la defensa.

-Jawohl –respondió este sin ningún atisbo de sentimiento o emoción en su voz ni en su rostro

-Usted, soldado haga venir inmediatamente a Oliver Snate.

El aparato volador se acercaba devorando el espacio que los separaba, cuando casi estuvo sobre ellos realizó un giro de noventa grados y trató de alejarse de nuevo de la Prisión. Tres impactos de armas antitanque golpearon con inusitada furia en el vientre del Mantarraya-1 haciendo pasar un mal rato a sus ocupantes que fueron zarandeados violentamente, aun así la nave mantuvo su integridad y los defensores no pudieron evitar que lanzara una especie de proyectil esférico y de color metálico junto a la puerta principal del complejo.

Tras el impacto contra el suelo la esfera se abrió y como si de una burda parodia del nacimiento de un huevo se tratase, Grag salió de la esfera recubierto con los restos de la espuma anti-impacto que ahora se licuaba en contacto con el aire, los defensores que guardaban el perímetro exterior salieron de su asombro pasados unos segundos y rápidamente entendieron que había que detener aquella cosa a toda costa.

El ruido de decenas de detonaciones invadió la escena, alrededor de diez de los kommandos y otros tantos de los reclusos que se habían unido al motín dispararon a Grag con todo lo que tenían, armas automáticas, granadas, escopetas, pero nada parecía tener el más mínimo efecto sobre el cuerpo metálico y blindado del robot, ni siquiera un impacto directo de las armas anti tanque hizo mella en su armadura. Los ojos de Grag empezaron a iluminarse con una luz rojiza y dos haces de luz salieron de sus ojos artificiales, impactaron contra uno de los kommandos que se afanaba en vaciar sus cargadores contra el robot, el kommando cayó al suelo fulminado. Estaba inconsciente. Sin pararse a pensar ni dudar un solo momento, eso no estaba en su programación, continuó disparando sus láseres aturdidores contra sus atacantes. Uno a uno caían, parecía un campesino que recogía su cosecha con una guadaña, era imparable.

   Ya había conseguido atravesar el perímetro exterior de defensa sin apenas esfuerzo, se encontraba a las puertas del recinto interior desde donde se podía acceder tanto a los bloques de detención como a la zona donde estaban las oficinas del alcaide, el cuerpo de guardia y el resto de instalaciones destinadas al personal de la prisión.

 Una figura corpulenta se plantó frente a él, Grag avisó.

-Rendíos, no tenéis ninguna posibilidad, deponed vuestras armas y entregaos. –advirtió el hombre metálico

La silueta dejó el arco de sombras que le mantenía en la penumbra, era Eisenkiefer, sin mediar palabra sacó de su cartuchera el prototipo de su pistola de rayos, apuntó calmadamente a la cabeza del robot y disparó. 

El haz rojizo atravesó limpiamente la cabeza del robot dejando un hueco del tamaño de una pelota de golf en lo que antes era su ojo izquierdo. Grag trató de continuar andando pero solo consiguió caer de espaldas como un fardo al suelo.

Harold Nielsen que había observado la escena desde la ventana del despacho en que se encontraba respiró tranquilo cuando vio caer inerte el pesado cuerpo de Grag al suelo. Algo llamó su atención, llamaban a la puerta.

-Adelante.

  Era el soldado al que había ordenado traer a Slate.

-Herr Slate se encuentra aquí, Mein Führer.

-Hágale pasar.

Oliver Snate entró en la habitación examinándolo todo, incluso con sus ropas de recluso Snate se comportaba como lo que había sido una vez, el jefe del hampa de Nueva York, tras él venía su inseparable guardaespaldas que tuvo que encorvarse para pasar por el arco de la puerta, sin duda era el humano más grande que Nielsen hubiese visto nunca, sus brazos y piernas parecían troncos de árboles y un cabello y barbas de color negro, largos ambos y enmarañados contribuían a darle un aspecto aun más bestial si cabía, en la prisión le llamaban Marco el Hombre Montaña. Nielsen pensó que el sobrenombre apenas exageraba.

-¿Herr Slate? ¿Mein Führer? ¿Y qué significan esas ropas, Nielsen? Te recuerdo que ya te pillaron, esa máscara no tiene sentido ya, todos sabrán que eres tú.

Nielsen se contuvo.

-Esta máscara tiene otras utilidades que no voy a discutir con usted, Mr Slate.

Una de ellas disimular el gesto de desprecio que Snate le producía, pero era útil y le necesitaba para que cumpliese su parte del plan. Ya había trabajado con gente de su calaña y sabía cómo manejarlos.

-Si esto sale bien, Florida será suya para tomarla Mr. Slate - continuó Nielsen - Sabe usted bien que si dejamos al Estado sin Fuerzas de Seguridad no habrá nadie que se le oponga y que termine como termine este asunto cuando el polvo vuelva a asentarse será usted el hombre con quién tengan que negociar. A usted le seguirán, es un tipo duro con una reputación que le avala como uno de los mejores jefes criminales que haya tenido Nueva York en los últimos años.

-Tú lo has dicho Nielsen, si esto sale bien. Porque aún falta por ver si eres capaz de vencer a los polis y a los federales que seguro van a enviar a por nosotros.

-¿Recuerda usted por qué estoy aquí, Mr Slate?

-Sí, usaste algún tipo de gas somnífero para cometer robos o algo de ese estilo.

-Efectivamente, la revolución es cara y tuve que recurrir a esos medios, ahora planeo usar ese gas contra quiénes envíen a detenernos, es más, mi intención es poner a su disposición una cantidad suficiente de dicho gas para que usted y sus muchachos no tengan ningún problema en convertir este Estado en un buffet libre.

 Slate se frotaba las manos lentamente pero la sombra de la duda cruzaba su rostro.

-¿Qué ganas con todo esto, Nielsen? Esta es una oferta demasiado buena para ser verdad.

-No lo hago desinteresadamente, créame que tengo mis motivos. Con el Estado indefenso, los ciudadanos estarán más que dispuestos a cambiar su libertad por seguridad, y ahí estaremos mis amigos y yo para darles lo que piden - se rió - Se avecinan nuevos tiempos Mr Slate, y si juega bien sus cartas estará usted en el equipo ganador. Ya ha visto como hemos despachado a ese engendro mecánico que han mandado a por nosotros, somos superiores y disponemos de la mejor tecnología del Tercer Reich. Es el Nuevo Orden Mundial, no hay quién lo pare.

-Muy bien, lo haremos a tu manera, por ahora. ¿Qué hay de esa extraña aeronave?

-Es uno de los motivos por los que le he hecho llamar, al parecer han enviado algún grupo de asalto especializado, ese extraño hombre metálico que mis hombres abatieron formaba parte de ellos así que debemos suponer que hay más. Debido a su proximidad a la prisión no podemos usar el gas o acabaríamos afectando a nuestros propios hombres, al menos a los suyos que no están debidamente equipados. Habrá que ocuparse de ese asunto a la vieja usanza, quiero que sus hombres estén preparados para el asalto y que hagan su parte.

-Nosotros haremos nuestra parte, asegúrate tú de hacer la tuya.

 Oliver Slate dejó la habitación seguido del gigante Marco, su hombre de confianza y guardaespaldas.

-No me gusta este asunto, jefe. - dijo Marco una vez hubieron recorrido una distancia prudencial para que no pudiesen ser oídos

-¿Y a tú quién te ha preguntado? - respondió hoscamente Slate

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Desde el Mantarraya-1, que ya se encontraba aterrizando a poca distancia de donde tenía lugar el combate, el Capitán Futuro veía los progresos de Grag gracias a su cámara interna que enviaba todo lo que veía a un receptor en la nave. De repente en la pantalla un destello de luz cegador, el receptor se llenó de estática y la imagen se perdió, el Capitán sabía que significaba aquello, sus músculos se tensaron y su semblante se crispó notablemente.

-Vamos a entrar ahí y vamos a acabar con esto ahora – se dirigió al resto - nos dividiremos, el asalto frontal es inviable sin Grag, lo primero es averiguar si tienen rehenes y si los hay sacarlos de ahí. Hay que encontrar a Nielsen, sin líder el motín quedará sin organización y podremos hacernos con el control y evitar violencia innecesaria.

 Bien fuese porque la situación requería pasar a la acción o por las dotes de mando del capitán pero esta vez nadie cuestionó las órdenes, la rampa ventral del Mantarraya-1 ya se abría y el extraordinario grupo allí reunido bajaba de la aeronave  pertrechados y preparados para la acción cuando Ki-Gor señaló hacia el carretera de acceso a la prisión.

-¡Mirad!

Al principio fue difícil ver poco más que una nube de polvo en la distancia pero segundos después  un reconocible sonido acompañó a aquella visión, eran las sirenas de los coches de policía. Green Lama parecía contrariado y miraba al agente X a los ojos.

-Creía que habías avisado a las autoridades de que no debían acercarse por aquí, ellos no están inmunizados contra los efectos del gas de Nielsen, si se presentan aquí no tienen posibilidad alguna.

 El agente X estaba perplejo y costó que las palabras saliesen de su boca.

-Lo hice...les avisé, di instrucciones muy claras y específicas de no acercarse hasta que la zona estuviese asegurada.

-Pues parece que tus amigos los federales ya no te quieren tanto como antes, te ignoran. 

El comentario de Black Bat quedó sin respuesta, varias detonaciones y el característico y escalofriante sonido que hacían los proyectiles de los Panzerfaust hizo que todos mirasen la estela que estos dejaban para verlos explotar en varios puntos del convoy que formaban las fuerzas del orden que se acercaban a la prisión con la intención de sofocar el motín. Casi instantáneamente nubes de humo empezaron a cubrir la escena. No saber lo que pasaba solo añadía más tensión. Al momento, uno de los coches consiguió salir de la nube de gas solo para ir a estrellarse una decena de metros más allá contra uno de los postes de la carretera.

 Las órdenes del capitán sacaron a todos de su ensimismamiento.

-Rápido, ahora más que nunca debemos impedir que consigan salir de la prisión, yo me ocupo de los lanzagranadas del tejado.

Desenfundó su pistola láser, la puso en posición de aturdir y activó los retropropulsores de su mochila-cohete ascendiendo rápidamente en dirección al lugar de donde habían sido disparadas las cápsulas de aquel gas.

 El resto se puso en acción también.

CAPÍTULO VII

Precedido por las estelas de fuego de su mochila-cohete al Capitán Futuro le bastaron unos segundos para sobrevolar la prisión, en el tejado del ala dedicada al personal de la prisión aun estaban cinco de los kommandos que se apresuraban a recoger el material usado en su misión de detener a las fuerzas del orden y había que reconocerles el mérito, había sido un éxito absoluto.

Lamentablemente para el capitán el brillo de su estela al volar hizo que los kommandos se percataran de su presencia, tres de ellos que seguían empacando el material usado dejaron lo que tenían entre manos y desenfundaron sus pistolas, los otros dos que parecían al mando echaron mano enseguida de los subfusiles que llevaban colgados y rociaron el cielo con una lluvia de plomo.

Era un blanco esquivo y que se movía a toda velocidad, solo uno de los soldados llegó a impactar contra el cuerpo del capitán pero el blindaje de su traje lo detuvo sin mayor complicación, uno de los suboficiales falló por escasos centímetros obligando a nuestro héroe a realizar una maniobra de esquiva, momento que el segundo suboficial aprovechó para disparar a placer pues le tenía donde quería.

El blindaje de su traje resistió a duras penas, habían sido varios los proyectiles de la ráfaga que le habían impactado. Aquellos no eran criminales ordinarios, actuaban en equipo como un reloj bien engrasado, no debía subestimarlos o podría llegar a tener problemas, tenía que concentrarse en lo que estaba haciendo pero en el perímetro de su conciencia estaba la inquietud de no encontrar el cuerpo de Grag por ninguna parte, pero eso ahora debía esperar. Disparó su láser dos veces contra las suboficiales que usaban las armas automáticas, el primero de ellos pudo adivinar las intenciones del capitán y ponerse a cubierto a tiempo pero el segundo se había expuesto demasiado para aprovechar su ventaja y cayó inconsciente al suelo al ser alcanzado por el haz rojizo de la pistola del Capitán Futuro. Intentando aprovechar la iniciativa el capitán presionó en su ataque en un intento de eliminar el arma automática que quedaba disparando pero de nuevo el parapeto en el que se había cobijado el kommando le impidió incapacitarlo así que no insistió más y disparó contra uno de los soldados que le disparaban con sus pistolas, aunque eran menos peligrosos un disparo afortunado podría ponerle en aprietos y esto solo acababa de empezar, el soldado cayó al suelo inmediatamente.

El suboficial que aun estaba consciente viendo que sus compañeros caían uno tras otro se dio cuenta de que la protección no le iba a salvar para siempre así que trató de recuperar la compostura y pasar a la ofensiva animando a los dos soldados que aun quedaban en pie a que no desfallecieran. Jugándose el todo por el todo vació el resto del cargador en una temible ráfaga, el impacto fue brutal y aunque el blindaje le protegió de la peor parte por el dolor proveniente de sus costillas el capitán pensó que una o dos de ellas se habían roto, los soldados también alcanzaron su objetivo, eran unos tiradores excelentes pero con armas de aquel calibre era prácticamente imposible dañar al Capitán Futuro.

Esta vez el capitán no quiso dejar margen a errores y aprovechando antes de que pudiese volver a su cobertura disparó dos veces contra el suboficial acertando los dos disparos. Acabar con los dos soldados fue un mero protocolo. Aterrizó sobre el tejado ahora despejado y se llevó la mano a su costado, le dolía considerablemente. Hizo un nuevo y vano intento de localizar a Grag en sus sensores electrónicos.

Ni rastro de él.

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Green Lama supuso que con la prisión bajo su control lo más lógico era que Nielsen hubiese establecido su centro de mando en el despacho del alcaide pero un rápido vistazo desde una segura lejanía a los cuerpos de los guardias que se amontonaban en el acceso interior de la prisión le hizo saber que quedaban más personas en peligro, sin duda quedaban más guardias y a eso había que sumarle el personal civil de comedores, administrativos, etc. Tenían que estar en alguna parte.

Para tenerles bajo control lo más lógico sería confinarles en los bloques de reclusión, las celdas estaban vacías de presos ahora y era el lugar idóneo para ello. A pesar de que probablemente nadie tenía más ganas que él mismo de capturar a Nielsen y sus camisas marrones sabía que como decía el sabio “lo primero es antes”, los inocentes en peligro eran su prioridad. Antes de emprender el camino buscó el consuelo y la fortaleza recitando un mantra.

-Om mani padme hum.

Rodeando el muro interior de la prisión en dirección oeste Green Lama se deslizó sin hacer el más mínimo ruido hasta colocarse bajo el alfeizar de una de las rejas exteriores de una celda, la distancia que la separaba del suelo era de casi cuatro metros, una distancia insalvable para cualquiera, pero Green Lama no era cualquiera, sus años estudiando los antiguos secretos de Shangri-La en el Tibet y los poderes que le otorgaban las sales radioactivas que había ingerido previamente habían llevado su cuerpo a los límites de la perfección humana, así que de un único salto y sin tomar impulso se encaramó al exterior de la reja para comprobar que por suerte para su plan la celda estaba vacía.

 Robustos barrotes de acero impedían que nadie pudiese salir de la celda y también en este extraño caso tampoco entrar. Green Lama en un precario equilibrio sobre el casi inexistente alféizar introdujo una de sus manos entre los barrotes y seguidamente su antebrazo hasta llegar al hombro, era capaz de controlar su cuerpo de una manera que a alguien que no fuese un maestro del yoga le sería difícil de comprender. Moviendo y contrayendo casi cada músculo de su cuerpo fue haciendo pasar poco a poco su hombro, su cabeza y finalmente el resto de su cuerpo al interior de la celda.

 Ya estaba dentro, la puerta de la celda estaba abierta al igual que lo estaban todas las celdas de aquel piso como pudo comprobar poco después, el segundo piso estaba desierto ya que al parecer habían concentrado al personal y al resto de los guardias en las celdas de la primera planta, las cuales no daban al exterior con la intención de impedir cualquier intento de rescate desde el exterior. Los propios reclusos eran quienes hacían ahora las funciones de carceleros, estaban bien armados con pistolas y escopetas de la armería de la prisión, eran aproximadamente unos veinte y ocupaban el centro del primer piso, estaban en algún tipo de reunión probablemente dando y recibiendo las últimas instrucciones para defenderse del asalto.

 Era una situación complicada, rehenes inocentes y criminales armados era una mala mezcla, tendría que meditar calmadamente el curso de acción a seguir si quería impedir una masacre, a su memoria vinieron las imágenes de los cuerpos inertes de inocentes viandantes asesinados por un ajuste de cuentas del crimen organizado que tuvo la mala fortuna de contemplar con sus propios ojos a los pocos días de regresar a los Estados Unidos después de su elegido exilio en el Tibet durante más de diez años. Aquello le había impulsado a crear su identidad de Green Lama para tratar de ayudar a los inocentes, de ninguna manera quería que una escena como aquella volviese a repetirse y mucho menos por su falta de previsión o imprudencia.

De una de las celdas al otro lado de la galería apareció una silueta completamente vestida de negro y encapuchada, empuñaba dos automáticas del calibre 45, era Black Bat, se acercó a la barandilla que permitía ver y ser visto desde la zona central de la planta baja en la que se encontraban los convictos amotinados.

-Tenéis treinta segundos para entregar las armas y liberar a los rehenes. - gritó Black Bat

   Green Lama se dio cuenta de que no iba a tener mucho tiempo para meditar.

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Black Bat observaba como sus compañeros de aventura se dispersaban siguiendo las órdenes del Capitán Futuro, el hizo lo mismo pero sin quitarle el ojo de encima al Agente X, no terminaba de fiarse de él, y el que hubiese tratado de tenderle una emboscada para entregarle a las autoridades no había ayudado en lo más mínimo a mejorar la situación. El agente X parecía dirigirse al bloque administrativo sin hacer el menor esfuerzo por ocultarse, su comportamiento era extraño.

Black Bat pudo ver como Green Lama se encaramaba de un increíble salto a una de las enrejadas ventanas de la segunda planta y como contorsionando su cuerpo de una manera asombrosa se introducía en el interior de la celda. Sin duda el monje planeaba liberar a los rehenes y no le vendría mal que alguien le echase una mano.

 Corrió hasta la siguiente esquina del bloque de celdas, buscó rápidamente en su cinturón y sacó una cuerda bien enrollada unida en uno de sus extremos a un gancho del estilo de los que se usan en escaladas y montañismo, fue girando poco a poco el gancho haciendo que la propia inercia del movimiento le imprimiese la velocidad necesaria y en el momento exacto lo dejó ir, el lanzamiento no podía haber sido más certero, ya disponía de un firme asidero para trepar, esto último no supuso ningún problema para Black Bat. Una vez asido a las rejas de la celda rebuscó en los bolsillos de su cinturón y extrajo un tubo de ensayo que manejó con extremo cuidado destapándolo y procediendo a verter unas gotas del líquido contenido en aquel frasco en la base de dos de los barrotes de la ventana. Un siseo y un humo espeso proveniente de los barrotes indicaban que el potente ácido estaba haciendo su trabajo, apenas segundos después pudo retirar los barrotes que le impedían el acceso al interior de la celda.


Desde su nueva posición pudo observar que la segunda planta se encontraba vacía y que las puertas de las celdas estaban abiertas, señal inequívoca de que habían sido vaciadas, desde la primera planta llegaba el ruido de conversaciones que por sus acentos y modos deberían pertenecer  a los convictos amotinados , trató de prestar atención a lo que se hablaba cuando pudo ver como Green Lama observaba la escena casi desde el otro lado de la galería en la que se encontraba, él no le había visto porque estaba concentrado observando la situación.

-El monje está pensando en cómo sacar a los rehenes pero sabe que es imposible sacarles con garantías mientras los convictos estén donde están. – pensó Black Bat

Sin pensarlo dos veces desenfundó sus pistolas automáticas y se acercó para dejarse ver desde abajo, para asegurarse que nadie dejaba de verle gritó:

-Tenéis treinta segundos para entregar las armas y liberar a los rehenes.

Durante unos segundos el silencio se hizo en el bloque de prisioneros, todos miraban hacia arriba temerosos de ver a una fuerza de federales y policías encañonándoles pero solo parecía haber un tipo enmascarado, de repente Slate gritó.

-¡Es Black Bat! ¡Cogedle! ¡Lo quiero vivo!

En su tono se mezclaban un odio profundo, rabia y también miedo ya que Black Bat era el principal motivo de que Slate hubiese acabado con sus huesos en prisión y de que abandonase de manera forzosa su posición de jefe del hampa en la Gran Manzana.

Quizás el aviso de Slate había hecho más mal que bien, los convictos sabían de la reputación de Black Bat y le temían, era la némesis del crimen organizado en Nueva York, no se podía negociar con él ni sobornarle como a los polis y no dudaba en matar cuando era necesario. Slate se percató de su error y para evitar que el miedo hiciera estragos en las filas de sus hombres gritó de nuevo.

-¡Diez mil dólares para quién lo atrape!

Black Bat sonrió desde su privilegiada atalaya y la luz que le iluminaba desde abajo le confirió un aspecto siniestro.

-¡Que alegría verte de nuevo, Slate! – dejó escapar una carcajada que retumbó por toda la sala y que ciertamente ponía los pelos de punta

Los reclusos parecían dudar pero la recompensa de  diez mil dólares y la confianza que da tener una superioridad numérica de veinte a uno hicieron que las dudas se desvanecieran y que prácticamente la totalidad de ellos saliesen en tromba hacia las escaleras que daban acceso a la planta superior, otros en cambio apuntaron con las pistolas y escopetas a donde se encontraba aquella silueta encapuchada y vestida de negro.

 Con las primeras balas zumbando muy cerca de él, Black Bat lanzó cuatro proyectiles esféricos al piso inferior que al impactar contra el suelo lanzaron gran cantidad de un humo espeso, miró a Green Lama que se encontraba al otro lado de la galería de la segunda planta y que aun no había sido detectado por los amotinados y le guiñó el ojo.

Green Lama supo enseguida que pretendía el encapuchado justiciero, le estaba dando una oportunidad de sacar a los rehenes de allí, la cortina de humo le permitiría moverse sin ser visto y sacarlos de las celdas sin tener que enfrentarse a todos ellos, el único fallo que veía al plan era que Black Bat se quedaría aislado con más de una veintena de reclusos y criminales bajo las órdenes de un tipo que claramente le odiaba, pero Black Bat sabía lo que hacía y se había arriesgado para darle esta oportunidad así que no podía desperdiciarla o el sacrificio de Black Bat habría sido inútil. De un ágil salto Green Lama se dejó caer a la planta baja aterrizando con la agilidad y sigilo de un gato, la nube de humo cubría sus movimientos casi por completo, solo dos hombres se habían quedado con Slate al cuidado de las celdas, el resto subían como alma que llevaba el diablo por las escaleras de acceso al segundo nivel, incluso los que habían optado por disparar desde abajo tuvieron que tomar el mismo curso de acción que sus compañeros ya que la cortina de humo apenas les dejaba ver nada de lo que sucedía dos metros más allá.

Los dos secuaces que permanecían con Slate que trataban de adivinar lo que sucedía en la planta superior no fueron ningún problema, uno de ellos cayó inmóvil tras ser golpeado en la base del cráneo, el otro caía también segundos después con Kata, la bufanda ritual de Green Lama,  enrollada en su cuello. Con un suave movimiento de muñeca la bufanda soltó su presa y volvió a las manos de su dueño, era increíble ver la maestría con la que la manejaba. Slate aun tuvo tiempo de desenfundar su pistola y apuntar a Green Lama, pero este desvió el arma con su el dorso de su mano izquierda lo suficiente para que el disparo que iba dirigido a él fallase. Con un único y fluido movimiento impactó con sus dedos índice y corazón en pleno plexo solar, cayó al suelo inmovilizado pero consciente de todo lo que sucedía a su alrededor, el miedo se reflejó en su cara, estaba allí en el suelo, impotente e incapaz de hacer nada, a merced de aquel extraño enemigo, pero Green Lama decidió ignorarle, los efectos de la parálisis pasarían en pocos minutos.

Se dirigió a la palanca que abría las celdas del primer piso sin oposición de nadie. Poco después los primeros rehenes empezaban a dejar las celdas, vigilados y escoltados por Green Lama. Slate trató de gritar y dar la voz de alarma pero fue inútil, las palabras no salían de su boca ni conseguía articular palabra alguna, así que poco pudo hacer excepto mirar impotente como los rehenes abandonaban el módulo de reclusión escoltados por aquel extraño monje vestido de verde.

 La situación en la segunda planta no era ni de lejos tan favorable, Black Bat había conseguido mantener a raya a la casi veintena de amotinados que querían cobrar la recompensa prometida por Slate durante unos minutos esperándoles en el hueco de la escalera y realizando dos descargas cerradas de plomo en cuanto los primeros aparecieron, esperaba que ese tiempo hubiese sido suficiente para que Green Lama hubiese podido rescatar a los rehenes. Tres de los amotinados cayeron en la primera escaramuza pero la presión del número obligó a que Black Bat tuviese que ceder terreno. Y eso era un problema, tener que abandonar aquella posición superior y aventajada le dejaba en una situación preocupante, solo quedaban los pasillos de la galería o las celdas, en unos estaba completamente a descubierto y en las otras se quedaría encerrado, pensó rápidamente y recordó la celda por la que había entrado, quizás tendría una posibilidad si escapaba por allí.

Los primeros amotinados empezaban a asomar sus hocicos en la galería de la segunda planta, un nuevo intercambio de disparos hizo que dos más de los criminales fugados cayeran por sendos impactos de bala pero un afortunado disparo de un recluso hirió a Black Bat en su muslo derecho, el dolor era terrible como si hubiesen atravesado su pierna con una lanza. La fuga se complicaba por momentos pero tenía que seguir intentándolo, continuó disparando haciendo que cada bala contara ya que sus cargadores se vaciaban con rapidez y sabía que no iban a darle la oportunidad de recargar.

Defendiendo con uñas y dientes cada palmo de terreno que se veía obligado a ceder una segunda bala alcanzó el hombro izquierdo de Black Bat, una de sus automáticas cayó al suelo, con la mano derecha aun dio buena cuenta de tres reclusos más antes de quedarse sin balas. Superado en número, sin munición y sangrando profusamente Black Bat terminó por caer ante la avalancha de golpes que los reclusos le propinaban. Desde el suelo donde era sujetado por cuatro hombres y casi al borde la inconsciencia pudo ver como Slate se acercaba, su paso era vacilante como si estuviese ebrio o mareado y caminaba un tanto encorvado, en una mano llevaba su pistola automática mientras que con la otra se masajeaba con fuerza el torso y los muslos.

-Vaya, vaya, vaya – dijo con tono burlón – parece que este es el último vuelo del murciélago.

-Eres un idiota, Slate – respondió desafiante Black Bat -. Te has dejado engañar por esos nazis para hacerles el trabajo sucio, solo eres un peón prescindible para ellos, ¿en eso te has convertido, en un lacayo? Esta vez es algo muy gordo, alta traición a tu país, no te vas a ir de rositas después de una cosa así.

-Sé lo que intentas hacer, pero no te funcionará esta vez, no volverás a engañarme de nuevo.

 Slate apoyó el cañón de su pistola sobre la cabeza de Black Bat.

 CAPÍTULO VIII

 El agente X encaminó sus pasos hacia la puerta de entrada del bloque administrativo despreocupadamente como si diese un paseo por Central Park, cuatro kommandotruppen custodiaban el acceso al interior del edificio y observaban con cierto estupor y asombro la actitud de aquel extraño visitante. Uno de los soldados tomó la iniciativa y encañonándole con su arma le advirtió.

-¡Halt! Levante las manos.

 Con una tranquilidad pasmosa X respondió.

-Tranquilo muchacho, vengo en son de paz, no queremos que te pongas nervioso y que una bala arruine la conversación tan interesante que vamos a tener tu jefe y yo. Ahora voy a sacar muy despacio mi identificación, ¿ok?

 Sacando del bolsillo interior de su chaqueta con movimientos lentos y mostrando en todo momento sus manos mostró una acreditación del F.B.I. que le identificaba como Vincent Hamilton.

-Soy un representante del gobierno federal y tengo autorización para negociar una salida a esta situación, llévame ante tu superior.


Los kommandos intercambiaron miradas nerviosas que denotaban que no comprendían del todo la situación, finalmente el soldado que había llevado la voz cantante del grupo y que al parecer tenía algún tipo de autoridad sobre los otros tres dijo:

-Ponedle los grilletes y que le lleven ante el führer Nielsen, aseguraos de que no lleva ningún arma y de que no intente ningún truco, ante cualquier movimiento extraño no dudéis en disparar a matar.

Dos de los soldados se adelantaron a cumplir apresuradamente las órdenes, encadenando sus manos y piernas, tras un cacheo intensivo fue conducido al despacho del alcaide con no muy buenas maneras.

En el amplio despacho le esperaba el autoproclamado führer de los nazis americanos, llevaba puesto un uniforme del estilo al que usaban los miembros del NSDAP alemán, pantalón bávaro negro, botas negras de caña alta, camisa marrón con su correspondiente correaje negro, lo más llamativo era sin duda la capucha negra que cubría su cabeza y rostro al modo y manera de la que usaban los miembros del Ku - Klux - Klan americano pero en color negro.

-Siempre me ha llamado la atención tu gusto por la opereta y lo teatral, un disfraz muy logrado. – ironizó X.

-Soy un hombre ocupado y con poca paciencia, agente Hamilton ¿cuál es el motivo de su visita?

-El gobierno federal quiere buscar una salida negociada a este desaguisado y yo soy el representante que han elegido.

-Si lo que pretende es conseguir nuestra rendición ha perdido usted el tiempo. – sentenció el encapuchado

-Estás en una situación que no puedes ganar en ninguno de los escenarios posibles ¿qué es lo que quieres conseguir?

   A pesar de llevar el rostro oculto por la capucha X pudo observar los ojos del hombre tras la máscara y habría jurado que no sabía que responder, así que decidió seguir presionando por ver si podía averiguar algo más.

-La última vez era comprensible, con tus atentados en Sarasota y Spring Hill buscabas financiación para tu causa, pero tu plan actual no parece perseguir ningún objetivo.

 El enmascarado parecía realmente incómodo con aquella conversación.

-Mis planes no son de tu incumbencia.

 Una expresión mezcla de incredulidad y burla se podía entrever en el rostro del agente X.

-¿Quién eres tú? – preguntó

 Esta vez no fue difícil ver la expresión de asombro en los ojos del enmascarado que se puso visiblemente nervioso, dio órdenes a los soldados que escoltaban al prisionero para que abandonasen el despacho, una vez se hubo asegurado de que estaban solos se acercó a X que permanecía encadenado de pies y manos.

-No tengo ni idea de qué demonios me estás hablando, federal entrometido.

 X sonrió.

-Nielsen jamás cometió ningún atentado en Sarasota ni en Spring Hill, si tu fueses Nielsen lo sabrías, pero claramente no lo eres y por eso no eres capaz de explicarme cuál es tu objetivo, porque no lo sabes. Nielsen te ha dejado como cebo para cubrir su fuga,  ya consiguió lo que quería, ¿no es así? Ni siquiera el resto de vuestros hombres saben que tú no eres el verdadero Nielsen.

El enmascarado pensaba a toda prisa y buscaba una solución a aquel inconveniente, la solución a la que llegó no fue muy original pero sí bastante definitiva, sacó una pistola de la cartuchera que portaba en su cinto y apuntó cuidadosamente al agente X.

-Eso es algo que no vas a tener oportunidad de contar a nadie.

 Era el momento de ponerse en marcha, X apretó entre sus manos una ampolla llena de su gas especial que había sacado del interior de su cinturón y se disponía a usarla cuando por el rabillo del ojo vio una estela ígnea en el cielo que se dirigía a toda velocidad al gran ventanal del despacho, sin pensarlo dos veces se lanzó al suelo.

 El nazi enmascarado que estaba de espaldas e ignorante a lo que se aproximaba creyó que era un desesperado intento por escapar de una muerte segura.

-Ja,ja,ja,ja, eres patético, arrástrate por el suelo como el gusano que…

El resto de la frase resultó inaudible por el estrépito producido por el impacto del haz de luz rojizo proveniente de la pistola del Capitán Futuro contra el cristal que prácticamente desintegró el amplio ventanal. El nazi trató de reaccionar y se giró con el ruido, intentando levantar su pistola para protegerse de aquella inesperada amenaza pero todo fue en vano, el Capitán Futuro aprovechando la inercia de su mochila cohete embistió al enmascarado, el choque fue tremendo mandando a la inconsciencia de inmediato al supuesto führer. El Capitán se salvó de lo peor del choque gracias a la protección de su traje aunque había rastros en su rostro de punzadas de dolor, las costillas rotas se estaban cobrando su factura pero el Capitán Futuro estaba hecho de una pasta especial y pronto se recuperó.

-Ya tenemos a su líder. – dijo el capitán satisfecho una vez recobró sus fuerzas

-Me temo que no, capitán, - dijo X – hemos sido engañados, el verdadero Nielsen debe estar camino a alguna parte, este no es más que un impostor.

El capitán buscaba nuevos cursos de acción.

-Vámonos de aquí, con este ruido en breve llegarán los soldados de Nielsen.

 X sonrió.

-Creo que tengo una idea mejor que esa.

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Nielsen y Eisenkiefer trataban de alcanzar el patio exterior a través de la zona de cocinas. Vestían el uniforme que llevaban los reclusos para evitar llamar la atención de cualquier observador, aunque en el caso del segundo era un tanto difícil, sobre todo en las distancias cortas. Eisenkiefer transportaba el frío e inerte cuerpo metálico del robot Grag envuelto en unas mantas, a pesar del gran peso que acarreaba, Grag medía más de dos metros y estaba hecho de metal lo que no le hacía precisamente ligero, no parecía que tuviese que realizar un gran esfuerzo. Partes de su cuerpo habían sido reforzadas o completamente sustituidas con metal, impulsadas por su propia unidad interna de energía que incrementaban su fuerza, resistencia y agilidad hasta límites súper - humanos.

Pero no estaban solos aunque así lo creyeran, Ki-Gor les seguía sin hacer el menor ruido, en su mundo eso era una obligación, el sigilo te mantenía vivo, moviéndose casi sobre su vientre como un cocodrilo que acecha a su presa apenas exponía su silueta y evitaba ser detectado.

 Helene Vaughn observaba desde una distancia prudente, en un principio le extrañó que Ki-Gor no entrase en la prisión y hubiese decidido quedarse a la espera a cubierto entre los matojos que plagaban la zona, lo conocía muy bien como para saber que la cobardía no era la razón, pero no llegaba a entender por qué esperaban escondidos mientras los demás asumían todos los riesgos, Ki-Gor no era de ese tipo de hombres, tuvo que preguntarlo y esta es la respuesta que Ki-Gor le dio.

-Esto no es tan distinto a la jungla, los nazis son alimañas ¿y qué hace una alimaña cuando los depredadores entran en su madriguera? Huye por su túnel secreto. Solo hay que esperar a que salga. En cuanto a los demás parecen el tipo de hombres que saben cuidarse solos.

Helene tenía que reconocer que los hechos le habían dado la razón, ahí estaban las ratas que abandonaban el barco, se mantenía un tanto retrasada respecto a la posición de Ki-Gor por dos razones, la primera porque no era ni de lejos tan sigilosa como Ki-Gor aunque sabía lo bastante como para no delatar su presencia y la segunda y quizás más importante era por cubrir a Ki-Gor, si bien él no gustaba del uso de armas de fuego a ella no le importaba usarlas si llegaban a ser necesarias y por el aspecto esta era una de esas situaciones en las que podrían llegar a serlo. Llevaba una escopeta que había recuperado de entre los cadáveres de los guardias de la prisión, en algunas tribus de la vieja África se decía que si usabas el arma de un guerrero que había muerto empuñándola su espíritu te ayudaría y te daría fuerzas en la batalla. Se sorprendió a sí misma por lo mucho que echaba de menos su hogar, se rió al pensar en que hace solo dos años ni siquiera se habría atrevido a llamar hogar a su casa en la jungla y ahora añoraba el momento de regresar.

 Sus pensamientos se interrumpieron cuando observó como Ki-Gor se quedaba inmóvil como una estatua, optó por imitarle, algo pasaba. Algo se acercaba surcando el cielo desde el este, eso es lo que Ki-Gor había visto e incluso él entendía que esa era su vía de escape, había llegado el momento de actuar antes de que la presa escapase. Tomó el arco que llevaba a la espalda y sacó una flecha de su carcaj, se irguió cuan largo era y disparó, la flecha surcó el aire durante apenas unos segundos que parecieron interminables para ir finalmente a hallar su objetivo en el hombro derecho de Nielsen que aulló de dolor y ladraba órdenes a Eisenkiefer.

-¿No se supone que eres guardaespaldas?, ¡Haz tu trabajo, maldita sea!

 Eisenkiefer dejó caer pesadamente y sin miramientos el cuerpo de Grag al suelo y se aprestó a cumplir su cometido. No necesitó que se lo dijeran dos veces, interponiéndose entre Ki-Gor y Nielsen sacó el arma de rayos que tan buenos resultados le había dado y apuntó calmadamente a Ki-Gor sabedor de que sus flechas poco o nada podrían hacerle.

 Helene se estremeció, tenía que hacer algo, disparó una y otra vez su escopeta contra Eisenkiefer y quiso la fortuna o los espíritus de los guerreros muertos que uno de sus disparos hiciera trizas la pistola con la que apuntaba a su hombre, el nazi apenas sufrió daño por los impactos pero al menos había perdido su arma.

Ki-Gor no se hizo esperar, empuñó su cuchillo y cargó como una bestia salvaje.


El choque parecía muy desigual para Ki-Gor, aunque él mismo rondaba los dos metros y una fuerza que había sido puesta a prueba contra gorilas no era rival para la fuerza sobrehumana que le daban los injertos mecánicos del alemán. En el último momento Ki-Gor saltó, aprovechando el impulso de la carga, sobre los hombros de Eisenkiefer para ir a caer justo a su espalda, la maniobra no era tan suicida después de todo. Sin perder un instante con su mano izquierda se aferró al enorme cuello de aquel ser medio hombre medio máquina y su mano derecha empezó a descender con todas las fuerzas que pudo reunir para apuñalar a su enemigo. Los disparos recibidos, la inmediatez y la ferocidad de la carga de Ki-Gor unido a haber perdido su arma habían dejado aturdido a Eisenkiefer momentáneamente.

Ki-Gor aprovechaba como un regalo de los dioses aquellos preciosos segundos de ventaja, su brazo derecho subía y bajaba como un resorte, con una rapidez pasmosa. Si bien sus primeros intentos rebotaban sin hacer mella en el armazón metálico que cubría buena parte de su cuerpo,  su ropa iba quedando reducida jirones y a  través de ellos acertó a ver cables, mangueras y otro tipo de artilugios y utensilios que desconocía, pero Ki-Gor sabía que ahí podía causar daño y en eso concentró sus esfuerzos.

Eisenkiefer salió de su momentáneo letargo sacudido por una descarga de dolor, ya casi no recordaba lo que era el dolor, hacía tanto tiempo. Pudo ver cómo humo y un líquido transparente brotaban de su torso mientras aquel salvaje, ese maldito mono blanco lo apuñalaba sin piedad buscando huecos en su blindaje, un viejo sentimiento recorrió su cuerpo, la ira, también volvía a sentirla. Con un veloz movimiento agarró el brazo con el que Ki-Gor se asía a su hombro y como quién se deshace de un paquete que ya no quiere lo lanzó por los aires a casi una decena de metros de distancia.

Helene miraba preocupada al lugar donde Ki-Gor había caído, no se movía. No sabía qué hacer.

   Eisenkiefer le habló.

-Llévate a tu hombre y vive para luchar otro día o morirás aquí y ahora.

Helene sopesaba sus posibilidades pero lamentablemente aquel engendro mecánico nazi tenía razón, debía vivir para luchar otro día y para ayudar a Ki-Gor del que en estos momentos no sabía si se hallaba vivo o muerto ya que el impacto recibido había sido brutal. No había otra opción que retirarse, mientras se dirigía al lugar donde se encontraba Ki-Gor observó como el aparato que se acercaba volando era una especie de plataforma circular voladora, una estructura semicircular en la parte superior contenía lo que parecía ser el panel de mandos y barras de seguridad para que los ocupantes no se arriesgaran a caer, pero sin duda lo que más le llamó la atención era la apariencia del piloto.

 Se cubría casi la totalidad del cuerpo con una túnica roja con extraños bordados negros que parecían algún tipo de escritura pero no ninguna que Helene conociese o hubiese visto antes, su cara estaba cubierta por una máscara sin facción alguna y hecha de cristal de espejo pues reflejaba lo que a su alrededor había. Sus manos enguantadas en negro, ni un solo centímetro de su piel era visible cubierto como iba de la cabeza a los pies.

El disco volador se posó sobre el suelo, Nielsen subió haciendo muecas de dolor por la flecha que aun llevaba clavada, sudaba mucho y no tenía buen aspecto. Eisenkiefer echó de nuevo sobre sus hombros el rígido cuerpo de Grag y lo llevó hasta la plataforma, el movimiento hizo que las mantas que lo cubrían se deslizasen y dejasen ver lo que ocultaban. El piloto miró el cuerpo de Grag y con una voz con reverberaciones metálicas dijo.

-Nos ha tocado el primer premio en la Feria de Ciencias de este año. - y a continuación rió a carcajadas que disminuían de nivel conforme se alejaban en la distancia

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Oliver Slate echó hacia atrás el percutor de la pistola que mantenía apoyada contra la cabeza de Black Bat, no era necesario para disparar el arma pero consideraba que añadía dramatismo a una escena que estaba disfrutando y con la que había soñado cada noche del último año que había pasado entre los muros de esta asquerosa prisión.

   Marco, el gigante habló.

-Jefe, sé que hay una historia entre este tipo y usted, pero tiene que escucharme, tiene que pensar en nosotros, no solo en usted. Nos estamos metiendo en algo muy gordo, en eso el enmascarado tiene razón. Se han llevado a nuestros rehenes y no tenemos nada con lo que negociar, ahora no valemos un centavo y con lo que hemos hecho ridiculizando a la pasma cuando vuelvan no van a tener contemplaciones con nosotros.

Slate miró un tanto asombrado a su guardaespaldas.

-Nunca te había oído pronunciar tantas palabras seguidas, Marco.

-Nunca había sido necesario hasta ahora.

 Slate observaba al resto de sus hombres calibrando sus reacciones y sus apoyos, todos parecían estar de acuerdo con Marco.

-Bien, acabaremos con el motín y que zurzan a esos malditos nazis pero antes mataré aquí mismo a este pajarito.

-Jefe, ya se lo dije, lo que hemos hecho es muy gordo, alta traición, no nos añada un asesinato, además es el único rehén que tenemos.

 Slate se negaba a creer que no iba a poder disfrutar de esta oportunidad inmejorable de acabar con su odiado enemigo aunque en el fondo sabía que Marco tenía razón, no tuvo más remedio que ceder.

Black Bat se dirigió a Marco.

-Te debo una, amigo.

 Marco le miró con desprecio.

-No te confundas, las cosas han sido así porque las circunstancias eran las que eran. La próxima vez que te interpongas en nuestro camino te mataré con mis propias manos.

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Varios kommandotruppen, hasta un total de cinco corrieron hacia el despacho del alcaide donde su führer tenía el cuartel general tras oír los ruidos producidos por la rotura del cristal, pudieron ver a su líder en el suelo tratando de incorporarse y poniéndose la capucha que solía llevar sobre su uniforme, les miró y les gritó.

-Ese maldito hombre volador irrumpió en mi despacho y se llevó al prisionero. ¡Reúna a todos los hombres en el bloque C para las últimas instrucciones antes de la evacuación!

-¿Nos vamos, mein führer? - preguntó uno de los soldados

-Nuestra misión aquí está cumplida pero las explicaciones pertinentes se darán cuando la tropa esté finalmente reunida en el Bloque C, dense prisa, no tenemos mucho tiempo.

 La organización de la tropa era excelente, solo diez minutos más tarde la práctica totalidad de los kommandotruppen que quedaban operativos esperaban órdenes donde les había sido indicado, esperaban las instrucciones de su líder y este finalmente apareció.

-Kameraden, tengo una noticia que comunicaros. ¡Quedáis todos arrestados!.

Los kommandos se miraban unos a otros tratando de averiguar si era algún tipo de broma de mal gusto cuando las puertas de acceso del bloque C empezaron a cerrarse dejándoles aislados del exterior.

Su líder se quitó la capucha ante su estupefacta audiencia revelando el rostro del agente federal Vincent Hamilton que algunos reconocieron como el federal que había ido a negociar con el führer Nielsen. Habían sido engañados. Uno a uno los soldados empezaron a caer al suelo, el agente Hamilton no era más que una máscara bajo otra máscara, quién estaba detrás de aquel plan era el agente X y el gas somnífero que el Capitán Futuro había dispuesto en la sala empezaba a hacer efecto, los nazis habían caído sin necesidad de dar un solo tiro más.

Black Bat salió cojeando y sangrante del bloque de reclusión donde se habían acantonado los reclusos, dos de los reclusos le acompañaban, iban cargados de armas que depositaron en el suelo, se rendían.

No era una mala noticia, eso era indudable, habían sofocado el motín y liberado a los rehenes pero el principal responsable de todo aquello había conseguido huir dejando tras de sí un reguero de cadáveres de inocentes. Habían perdido a Grag. El Capitán Futuro, Black Bat y Ki-Gor estaban  heridos de diversa consideración, siendo Black Bat el que se había llevado la peor parte, pero  los  avanzados equipos médicos de los que disponían en el Mantarraya-1 podrían curar las heridas, con eso y un poco descanso estarían listos de nuevo para la acción.

Pero otra vez su enemigo se movía por delante de ellos y no tenían ninguna pista.

   Continuará…