FRÍO CONSUELO. Escrito por Arkón
El ex-detective Enrique Castillo se encontraba al
este de la estación de ferrocarriles, junto a
Echó un vistazo a su alrededor para contemplar a la gente que esperaba la llegada del tren -no serían mas de seis o siete personas- antes de introducirse en un oscuro pasillo alumbrado tan solo por una bombilla fulgurante. Al salir de allí, siguió hasta un sendero que se perdía entre dos grandes muros de piedra. Caminó unos doscientos metros hasta llegar al barrio mas alejado de la urbe. La atmósfera de la calle estaba turbada por una nube de humo provinente de Dios sabe donde, e impedía que Castillo pudiese ver el final de los edificios.
De pronto, una mano se apoyó sobre su hombro y, acto seguido, Castillo se giró clavando el cañón de su arma en el vientre del individuo, que dijo las siguientes palabras mientras daba una profunda calada a su cigarrillo:
- Ya estoy aquí.
Castillo lo reconoció al instante. Era su antiguo compañero, Andrew Pratt, cuyo pelo rubio peinado hacia arriba en larguísimos picos llenos de gomina, unas gafas de sol naranjas sobre sus ojos y una diminuta perilla el final del mentón, eran sus rasgos más significativos.
- Bien, vamos a ello -terció el ex-detective.
- ¿Seguro que me quieres ayudar, Enrique? Ahora ya no hay vuelta atrás.
- Segurísimo.
Andrew Pratt pidió a su amigo, días atrás, que le acompañase a esa zona de la ciudad, la calle Roscoe. Pratt tenía una novia con la que convivía por pura admiración, el estaba perdidamente loco por ella, pero el sentimiento no era mutuo. Cristina era la novia de un traficante de la ciudad, con el que acabó yéndose. Su drogadicción se saciaba antes con ese tipo que con un sub-inspector de la policía. Inconscientemente, la chica guió a Pratt hasta Charlie Bravo, un poderoso mafioso que controlaba el mercado negro en la ciudad. Ansiaba encontrarle desde que comenzó a ser agente y su oportunidad se presentaba a dúo con la de recuperar a su chica. Su visión de la ley, de ayudar a la sociedad, de contribuir al orden público, distaba de ser la misma que representaban cada día debajo de la placa.
- Prepara tu arma y vamos ahora mismo -espetó Castillo sacando a su amigo de sus cavilaciones-. Es nuestra oportunidad de hacer lo que siempre hemos querido.
Obedeciéndole, el joven policía sacó de su gabardina de pana gris una escopeta recortada por los cañones. Castillo comenzó a caminar antes que su amigo, con pasos lentos ya que entre el humo era fácil perderse aun estando a dos metros. Subió unas pequeñas escaleras de la entrada del número setenta y siete. Era un edificio de ladrillos rojos con numerosas ventanas que llegaban hasta la azotea.
Cruzaron el umbral hasta la puerta principal, que estaba abierta. En el interior, un viejo portero, con cara de mal humor y los cuatro pelos blancos que le quedaban sucios y enmarañados, acudió a impedirles el paso. Enrique Castillo disparó el arma a través de la chaqueta y la bala surcó la garganta del maltrecho individuo. Prosiguieron su paso hasta la escalera y Pratt dedicó una mirada al moribundo recepcionista.
- Quizá apuntamos demasiado alto -dijo de improvisto el inspector esbozando una sonrisa.
- Que más da.
Castillo señaló la puerta del ascensor indicando a su amigo que subiese por él. Mientras éste lo hacía, el ex-detective apresuró su camino y al llegar al primer piso se detuvo un instante, como si estuviese esperando la música de fondo de una orquesta al compás de sus balas acertando.
Cuando un joven negro salió por la tercera puerta del rellano, con la vista cansada y los ojos rojos, el ex-agente no tardó ni dos segundos en disparar, blandiendo el pesado revolver sin apuntar. El plomo surcó el torso del joven heroinómano despidiendo un chorro de sangre al interior de la vivienda que impregnó el rostro de una chica rubia tan solo vestida con ropa interior, quien no tardó en proferir un grito de terror.
Tras escuchar dos disparos en pisos superiores, el hombre que alguna vez fue Enrique Castillo salió disparado escaleras arriba. Dominado por los nervios y la satisfacción de estar haciendo lo correcto, disparó a alguien que corría cuando estaba ya en el cuarto piso; ni siquiera reconoció si era hombre o mujer. En su carrera, vio una puerta abierta, el Cuarto D, y entró para ver a una adolescente desnuda sobre la cama y la puerta de un armario abierta. Disparó cuatro veces seguidas a dicha puerta sintiendo como se contraía cada músculo de su cara formando una mueca de esquizofrenia, y el ruido de los casquillos rebotando en el suelo casi le inundaba la mente. El cuerpo de un hombre con un teléfono móvil en la mano se desplomó automáticamente en el suelo cayendo sobre las manchas de su propia sangre. En cambio, esta chica no articuló palabra.
Al salir del apartamento, una oleada de aire frío provinente de una ventana rota le sacudió el rostro. Se asomó por ella para contemplar la ciudad una vez más y sentir el frío consuelo que le brindaba esa noche de diciembre. Se estremeció entonces al escuchar el ruido del ascensor abriendo sus puertas en ese mismo piso. Apuntó rápidamente con su arma al interior pero no había amenaza; tan solo dos cuerpos recién acribillados.
Al fin subió las escaleras para llegar al quinto y último piso, donde se escuchaba una conversación. Ya estaba arriba para ver a Andrew con el rostro salpicado de sangre arrastrando por los pelos al archifamoso Charlie Bravo, que tan solo llevaba un chaleco negro y unos diminutos pantalones blancos.
- Vamos a hacer que este colega pase el peor momento de su vida, ¿eh? -preguntó-. ¿Te sientes bien, Enrique? ¿Te has dejado llevar?
En ese momento el ex-detective no tenía el cuerpo para responder. Respiraba frenéticamente y se apoyaba en la pared para sostenerse. Su búsqueda de la paz empezaba por ahí. En realidad no estaban en ese miserable edificio para matar a nadie. Solo eran un par de kamikazes en busca de una oportunidad de redención.
- ¡Enrique! -gritó Pratt- ¡Apártate!
Una bala soltó un trozo de carne del cuello del enfermizo ex-detective. A escasos metros de él, el septuagenario portero del edificio portaba una enorme pistola en una mano mientras su garganta escupía como una fuente. Castillo reaccionó haciéndose a un lado y apretándose el corte que el disparo le había hecho en el cuello. El portero volvió a disparar, y esta vez lo hizo simultáneamente contra Andrew Pratt. El inspector albergó la bala bajo la clavícula mientras que el viejo la recibía entre las piernas, emitiendo un quejido que consistía en alargar la vocal “u”. Al recibir el disparo, Pratt cayó contra la pared del rellano y soltó las rastas de Charlie Bravo, que se fue escopetado hacia el interior de donde lo habían sacado a rastras. Cerró la puerta y se escuchó el sonido de al menos tres cerrojos corriéndose.
- Vámonos -comenzó a decir Castillo-, abajo he acabado con un bastardo que estaba llamando a la policía.
- ¿Qué...? ¿Cómo sabes que era a la policía? -el agente de la ley estaba inquieto, y su mirada no se detenía en ningún lugar concreto.
- Si no lo hizo él lo habrá hecho alguien. Debemos irnos.
- Tú lo has dicho: debemos irnos. Pero no nos vamos a ir porque hemos venido a romper el deber. No hemos conseguido nada.
- Y nada vamos a conseguir...
Castillo iba a continuar la frase, pero su compañero, que parecía ignorar la seria herida de su pecho, le apartó de un empujón y apuntó con la escopeta a la reluciente cerradura de la puerta.
- ¡No nos vamos a ir aún, engendro! -gritó contra la puerta- ¡Queremos algo más de ti!
Entonces disparó a la cerradura, haciendo que saltasen trozos de metal y madera, y acto seguido comenzó a lanzar patadas con frenesí en el centro de la puerta, hasta conseguir que se descuajase por algún lado y las bisagras saltasen. Y cuando la puerta -que había sido pintada años atrás de azul celeste- cayó, un disparo abarcó todo el torso de Andrew Pratt, lanzando su cuerpo por el aire mientras caía a cámara lenta en el final de las escaleras. El adalid de la mafia salió gritando desesperado, con una amplia sonrisa de tiburón, ignorando el fatigado adversario que aún se sostenía en pie, aparentemente sumido en un trance.
Al ver a Andrew Pratt definitivamente muerto, Charlie Bravo gritó como un loco ansioso. Vio coches de policía aparcar atropelladamente en la puerta a través de la ventana, y volvió hacia arriba para ver que Enrique Castillo ya no estaba en su lugar. Entró en su casa e hizo un gesto tranquilizador para la que tiempo atrás fue novia de Andrew Pratt, que estaba encogida en un raído sofá. El camello miró a las tres puertas que había casi pegadas: el dormitorio principal, el lavabo y la cocina. Mientras permanecía pensativo, una de las puertas cayó sobre él y lo lanzó contra una mesita de cristal que se hizo añicos por su peso. La puerta se partió en dos y Castillo lo agarró por el cuello para lanzarlo, seguidamente, contra la pared más cercana. La chica gritó:- ¡Dios mío, no le mates!
Pero obvió sus palabras, e introdujo el plateado cañón de su arma en la boca del criminal para esparcir su masa cerebral por las cortinas, gastando la última bala del cargador.
- ¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!! -vociferó la chica, casi un esqueleto humano, le parecía a Enrique, pues estaba extremadamente delgada y tenía la tez muy pálida.
Con su trabajo acabado, el detective se dejó caer en un cómodo sillón de la instancia en el momento que los agentes de policía inundaban el lugar con sus uniformes.
- ¡No te muevas! -gritaron tres de ellos al unísono, y seguidamente añadieron-: ¡Quieto ahí!
Supongo que apuntábamos demasiado alto, pensó Castillo, No todo el mundo obtiene su ansiada catarsis. Me enseñaron que el final siempre es feliz, aunque sea para otro.
Detrás de los policías, una visión de Andrew Pratt
le disparaba repetidas veces con una pistola mientras sonaba la canción “Highway
FIN.