Action Tales presenta: Dorian Stark
Creado por Alexis Brito Delgado.
COMA BLANCO

Escrito por Alexis Brito Delgado/ Portada: Caesar.
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COMA BLANCO
Asqueado, el agente ejecutor se desplomó sobre la cama y entrelazó los dedos debajo de la nuca. La borrasca golpeaba el lateral del rascacielos y llenaba la habitación con su sonido, haciendo que la miseria del mundo exterior penetrara en la suite. Después de cinco meses de inactividad, afrontar una operación de exterminio le resultaba agotador. Estaba perdiendo facultades; aquello no le hubiera sucedido en el pasado. Nervioso, controló los latidos de su corazón, serenando las violentas palpitaciones que amenazaban con romperle las costillas. Había tomado demasiadas anfetaminas, la falta de costumbre le pasaba factura, el tiempo transcurrido en el centro de rehabilitación menguó su resistencia física: la dosis que en su momento le parecería normal ahora le resultaba excesiva. Stark esbozó una sonrisa cínica, las vueltas del destino le sorprendían, no se acostumbraba a sus implicaciones. Durante un segundo, sopesó la idea de ducharse, limpiar la podredumbre del universo que lo aplastaba, pero primero necesitaba descansar un rato, se encontraba mentalmente alterado; lo dejaría para más tarde. Algo no encajaba, se le escapaba un detalle importante; su sexto sentido de soldado nunca lo había engañado.
Aries me oculta información, pensó. Archivos secretos fuera del expediente.
¿Por qué había desertado Omega? El robotóide sólo era un Épsilon-8 último modelo, su capacidad mental era inferior a la de otras máquinas, sus directrices no incluían la conciencia propia. Aunque odiara admitirlo, Dorian experimentaba afinidad con los cibernados, una especie de empatía que lo hacía comprender sus motivaciones mejor que los Ingenieros de Robótica que los creaban. El porcentaje biomecánico de su personalidad lo turbaba, no le agradaba identificarse con los seres que aborrecía, aunque esa parte lo convirtiera en el mejor agente ejecutor de la OC, manteniéndolo con vida hasta el presente. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Temía su condición de máquina, pertenecía a ambos mundos, su naturaleza lo convertía en un paria, jamás conseguiría integrarse en ninguna parte. Aterido, ordenó al sistema computerizado del hogar:
—Cambiar temperatura. Veinte grados, por favor.
El hogar replicó con voz metálica:
—De acuerdo, señor.
Lentamente, el ambiente helado de la estancia cambió, volviéndose más agradable, proporcionándole un momento de respiro. Incorporándose, abrió el maletín y sacó del interior forrado de espuma plástica su Fujitsu-Siemens, depositándolo encima del escritorio. La pantalla se iluminó al encontrar línea. Stark tomó asiento delante del aparato y tecleó su código secreto en la pantalla táctil y se introdujo en los vastos archivos informáticos de la Schneider.
Acceso Programa Omega.
Una serie de dígitos fluctuaron ante sus ojos enrojecidos por la falta de sueño:
Acceso denegado.
Con un gesto de extrañeza, el alemán miró las palabras: la Inteligencia Artificial sabía que sus superiores le habían destinado aquella misión; debería entrar en el expediente sin problemas. Un rectángulo verde apareció debajo del anterior:
Introducir código de seguridad:
Escribió la contraseña por segunda vez.
Código incorrecto.
Minimizó la pantalla, abrió el videófono y marcó un número de nueve dígitos, sin tener en cuenta la diferencia horaria que lo separaba de Los Ángeles.
—Buenos días. ¿En qué puedo servirle?
Había tenido suerte, lo atendía un androide, no le haría tantas preguntas como un recepcionista humano.
—Necesito el código Omega. Mi nombre es Dorian Stark. Sargento de la Orden de los Centinelas. Número de serie 89.676.817.
—Un momento, señor.
La máquina comprobó los datos, mirando una pantalla fuera de su ángulo de visión. Segundos más tarde, respondió:
— ¿Tiene autorización para entrar en el programa, señor?
—Sí —mintió—. Soy el comandante de esta operación.
El agente ejecutor contuvo el aliento. Sabía lo que androide estaba pensando, podía verlo en sus ojos sintéticos; consideraba a los humanos inferiores a las máquinas.
—Un momento, señor.
Dorian apretó los puños, le quedaba poca paciencia, detestaba mostrarse correcto con un androide.
—Tome nota, señor. EP8-AK750-618. ¿Desea algo más?
—No, gracias.
—Que tenga un buen día, señor.
Al apagar la videoconferencia masculló:
—Púdrete en el Infierno, montón de chatarra.
Restaurando la ventana, Stark tecleó el código, esta vez resultó.
Acceso concedido.
Una imagen de Omega llenó la pantalla. Su armazón metálico le resultó amenazador: era un Épsilon-8 concebido para el combate extremo; necesitarían un milagro para aniquilarlo. Tres carpetas brillaron encima de su objetivo: Stark desconocía la existencia de la última. Sus sospechas se acrecentaron; el comandante Aries lo estaba engañando.
EP8 459762390
Keller, Adam.
750 Lincoln AV.
L.A. California.
GRADO: 6
SERVICIO: 18
MERITOS:
Buena conducta.
Fidelidad.
Valor.
ESTADO:
Fallecido.
La revelación le estranguló el pecho y la suite dio vueltas a su alrededor; no podía creer lo que estaba sucediendo. El odioso pasado invadió su memoria:
— ¿Dónde estamos? —inquirió.
Sobresaltado, el hombre abrió los ojos.
—No lo sé, señor —explicó con un hilo de voz—. Desperté aquí dentro.
— ¿Has hablado con alguien?
—No.
— ¿Cuál es tu nombre?
—Adam Keller, señor.
—Puedes llamarme Dorian, Adam.
—Sí, señor... Perdón, Dorian.
— ¿Tienes familia, Adam?
—Dos niños.
Stark sonrió sombríamente.
—Dudo que puedas volver a verlos. —El alemán intentó incorporarse—. Hemos sido capturados por la yakuza.
Keller palideció.
—Mierda.
—Lo más probable es que nos torturen hasta morir, Adam. —La habitación osciló temerariamente cuando se puso en pie—. Tenemos que salir de aquí.
No puedo creerlo, pensó. Es imposible.
El agente ejecutor apretó los bordes de la silla orgánica. El plastiacero saltó en pedazos, resquebrajado por la violencia de su miembro biónico. Una oleada de odio cubrió sus retinas y borró la pantalla del Fujitsu-Siemens, abrasando la escasa humanidad que aún podía conservar. Deseó exterminar a sus superiores, borrar la Schneider de la faz de la Tierra. ¿Keller estaba atrapado en aquel monstruo? La idea le dio ganas de devolver aunque llevara meses sin comer nada sólido. Aquello era lo peor que podía pasarle a una persona. En comparación, sus injertos significaban un pasatiempo; una nimiedad al lado de la aberración que había perpetrado el departamento. De inmediato, contactó con Aries. El videófono sonó tres veces antes de que su superior respondiera.
—Buenos días, Stark.
Como de costumbre, el rostro inhumano del comandante le resultó repulsivo. Sus pupilas de distinto color lo observaron con frialdad.
—No pienso cumplir la operación, señor.
Aries sonrió, irónico, encendiendo un pitillo entre sus finos labios.
—Lo ha descubierto, ¿verdad?
La bilis se le agolpó en la garganta.
—Efectivamente.
—Me preguntaba cuanto tiempo tardaría en husmear el expediente de Omega.
—Acabo de verlo.
—Ya lo sé, sargento. —Soltó una bocanada de humo—. Esperaba vuestra llamada.
—Busque a otro carnicero. Me retiro de la misión. No mataré a Adam Keller. Me niego rotundamente.
— ¡Tonterías, Stark! —Exclamó Aries—. ¡Keller está muerto!
—Para mí no, señor.
—Keller fue asesinado en Angkor hace tres años, sargento. Recuerdo su informe. Usted, como de costumbre, exagera las implicaciones morales de la cibernización.
— ¡No soy una máquina, señor! —gruñó.
El tono del comandante destiló veneno:
—Ya es suficiente, Stark. Veo que vuelve a consumir anfetaminas. Está demasiado susceptible.
—Usted lo sabía —escupió—. No quiso decírmelo. Temía que rechazara su asquerosa operación.
Aries lanzó una carcajada sin humor.
—No tiene elección, sargento. ¿Cuándo va a admitirlo?
—Nunca —respondió con desprecio—. Jamás seré un instrumento de la Corporación.
El comandante se mostró inesperadamente conciliador.
—Olvidaré esta conversación, Stark. Lleva tiempo lejos de primera línea. Pero como vuelva a fallarme...
Dorian cortó su amenaza en seco.
— ¿No me ha escuchado?
—Le degradaré a soldado raso como continúe, Stark.
—No me importa.
—Su expediente no está limpio. Usted lo sabe perfectamente. Puedo ordenar que lo ejecuten. ¿Quiere enfrentarse a sus propios agentes, sargento?
El agente ejecutor fue arrogante:
—Los mataría a todos, señor.
— ¿Está seguro? —Inquirió con malicia—. ¿Eliminaría a soldados de la OC sólo por llevarme la contraria?
Aquello frenó sus ansias de sangre.
—Algún día acabaré con usted, comandante Aries, no olvide mis palabras.
Aries no se dejó impresionar por su ultimátum.
—Ni usted las mías, Stark. —Apagó el cigarrillo en un cenicero—. Mañana hablaremos. Quiero un informe de la misión desde que esté finalizada.
—Lo tendrá, señor.
Exhausto, el alemán apagó el equipo, sintiendo como la derrota consumía su interior. Su superior tenía razón, era un esclavo de su profesión, nunca podría huir de la Schneider. Por primera vez en toda su vida se sintió afortunado consigo mismo continuaba siendo humano, no lo habían convertido en un engendro mecánico, tal como hicieron con Adam Keller. A trompicones, regresó al maletín, buscando el tubo de estimulantes, dispuesto a drogarse para olvidar el dolor. El vacío se extendió y abarcó su espíritu, hundiéndolo en la miseria, en un laberinto de remordimientos horriblemente familiar. Aunque no quisiera, debía eliminar a Adam Keller. Por ello lo habían escogido: era el hombre perfecto porque había entablado contacto con su objetivo en el pasado. El comandante Aries dejó claro lo que sucedería si se negaba a cooperar, se convertiría en un desertor idéntico a los cibernados que perseguía desde siempre. Los mismos agentes ejecutores que estaban bajo sus órdenes lo cazarían como a un perro rabioso. ¿Habrían hecho lo mismo con Nessa? Rememorar a la cyborg fue espantoso, las pastillas amplificaron la nostalgia que experimentaba por ella, destrozando su interior como un huracán de plomo. Dorian resbaló, desplomándose sobre una rodilla: la punzada recorrió su sistema nervioso, transmitiendo la señal a la zona del tálamo. El sufrimiento de los implantes no era auténtico, los neurocirujanos de la Corporación lo habían reconstruido en cuatro ocasiones, suplantando las partes afectadas por bioingeniería, aproximando su anatomía a la hibridación absoluta. Incorporándose, se dejó caer sobre el colchón de poliestireno. La rótula magullaba se volvía púrpura: el dolor rivalizaba con los calambres producidos por las anfetaminas, distanciándolo durante un corto intervalo de su aflicción.
¿Qué es lo que han hecho, Adam?, pensó. Te han convertido en un monstruo.
Colérico, engulló el frasco de estimulantes, atragantándose con su sabor amargo. Stark cerró los párpados, era el momento de averiguar hasta dónde podía tocar fondo, nadie lloraría su extinción. Un aullido luchó por escapar de su boca. La onda de las pastillas amenazó con arrebatarle la cordura. Gruesas gotas de sudor le descendieron por la frente. Temblando, ordenó con voz alterada, sin poder pronunciar correctamente:
—Ba... jar... tem... peratu... ra, diez gra... gra...
— ¿Podría repetir la orden, señor?
— ¡Mu... érete!
La crisis convulsionó sus miembros. Espasmos recorrieron su fisonomía. La transpiración férvida bañó su cuerpo. Desesperado, se introdujo los dedos en la garganta, quería vomitar las anfetaminas, pero era demasiado tarde, el mal estaba hecho. Tenía que buscar un bocado, podría arrancarse la lengua de un mordisco, el chasquido involuntario de sus mandíbulas presagiaba lo peor. El agente ejecutor saboreó su propia sangre: la marca de los dientes se extendía sobre los huesos metacarpianos, dejando impresa la huella carmesí de su boca. Los primeros síntomas de la hipertermia aparecieron: ardía igual que mil soles; era un horno de fundición que sobrepasaba los cuarenta grados.
Aguanta, pensó. O sufrirás un colapso cardiovascular.
Era la primera vez que sufría una sobredosis, luego de una década consumiendo estimulantes, lo novedoso de la situación era aterrador; lo merecía por ser tan imbécil. No lograba soportar el descontrol, podía tener un derrame cerebral, no pensaba pasar por el bioquirófano por quinta vez. Finalmente, su cuerpo sufrió un desmayo y se rindió a la negrura devoradora...
Dorian cruzó el corredor rodeado por cámaras de criosueño. Técnicos de Información desfilaban por los pasillos cubiertos de baldosas acrílicas, que apenas se distinguían de los tonos impersonales de las altas paredes inclinadas en sentido oblicuo sobre su cabeza. Sin prestar atención a los cristales ahumados, donde las distintas clases griegas descansaban, Stark se subió a la pista deslizante con movimientos enervados. Durante el camino, estudió los letreros luminosos que especificaban el número de serie de cada unidad de combate. Aún se preguntaba el porqué de aquel extraño deseo, no era capaz de responderse, se dejaba arrastrar por la marea del destino donde quiera que lo llevara: debía vivir todo lo posible antes de ser eliminado en alguna de sus operaciones. Abandonó la pista en marcha y acercó al compartimento asignado a los Beta-3, con una mirada expectante en el rostro. Al limpiar el vaho del cristal con la manga de la trinchera de cuero, las estilizadas cápsulas se revelaron ante sus ojos, cada una ocupada por un inquilino sumido en un profundo sueño artificial. Sus pupilas recorrieron las superficies de acero y gomaespuma, encontrando a la mujer que buscaba desde el principio, dentro de una cámara cubierta de escarcha, que se amoldaba a los bordes su fisonomía. La cyborg dormía plácidamente, con la faz relajada, sin pesadillas que turbaran su descanso. Hipnotizado, el agente ejecutor contempló los rasgos esculpidos en carne sintética: el pelo negro enmarcaba la belleza del enigma detrás de un velo de inconsciencia, frente amplia en un rostro bello de rasgos orientales, cejas que formaban dos semicírculos sobre los ojos (uno oculto por una microcámara de rastreo) oscuros de largas pestañas, pómulos marcados, nariz pequeña, boca de labios sensuales, barbilla redondeada. El cuerpo desnudo de metro ochenta de altura era perfecto: músculos precisos de bailarina, piel blanca, hombros anchos, cintura estrecha, senos pequeños y bien formados, vientre liso, caderas estrechas y piernas largas.
¿Cómo te llamas?, preguntó a la máquina. ¿Quién eres?
El rostro dormido no pudo responderle, despertaría cuando sus superiores lo ordenaran, probablemente para ejecutar otra operación de exterminio. Stark no podía explicar porqué se sentía fascinado por la mujer, no cesaba de pensar en ella desde que lo había auxiliado en la catedral moscovita. Debería odiarla, era una máquina, idéntica a las que le arrebataron la humanidad. Al contrario de sus deseos, sólo podía sentirse atraído por aquel ser en todos los sentidos. Durante el escaso tiempo que compartieron juntos, se encontró protegido entre sus brazos: el sostén que le proporcionó calmó los dilemas que deterioraban su interior.
Me siento atraído por ella, reflexionó. Si fuera humana intentaría hacerle el amor. Pero es una cyborg, terminará revelándose contra sus creadores, hasta que uno de nosotros tenga que cazarla.
Fascinado por la belleza sobrenatural de su cara, la nostalgia por los tiempos felices se expandió e invadió sus fibras, transformándose en una necesidad sin nombre que nubló su visión de lágrimas...
Al abrir los ojos, Dorian comprobó que estaba tumbado boca abajo. El suelo manchado de sangre le recordó la estupidez que había cometido; un error que estuvo cerca de costarle la vida. Dolorido, se dio la vuelta y enfocó el cielorraso de la habitación. Le costaba respirar, parecía que llevaba horas inconsciente. Con un chirrido, las garras cibernéticas desaparecieron dentro de las vainas ocultables: tres líneas de dos centímetros quedaron grabadas entre los nudillos de su puño derecho. ¿Por qué había desenfundado las cuchillas retráctiles? Encontró la respuesta: la estancia estaba hecha añicos, los valiosos muebles destrozados, la espuma del colchón desgarrada, el Fujitsu-Siemens reventado... Stark intentó hacer memoria: no recordaba haber arrasado la habitación, su mente era un programa en blanco, las drogas le hicieron perder el control de sí mismo. ¿Qué hora sería? Involuntariamente, había descansado un tiempo indeterminado, su cuerpo notaba los síntomas de la sobredosis, no tenía fuerzas para levantarse. La pesadilla regresó a su mente. Los lienzos del pasado continuaban atormentándolo, debilitando su autoestima con su carga, un peso moral que no podría olvidar jamás: fue la única etapa de su existencia que se sintió completo. ¿Podría encontrar descanso durante unos minutos? Lo dudaba, nunca resucitaría de sus cenizas, no le quedaba nada a lo que sostenerse. El alemán intentó llorar, desahogarse, pero las pastillas le habían arrebatado las emociones: el porcentaje de máquina dominaba su personalidad, protegiéndolo de sus conflictos.
Continuará…