“Era el inicio de
Esta es la historia de la última de las estaciones Babylon."
Espíritu Guardián Parte 2 de 2
Escrito por J. Michael Straczynski
Traducido por Javier Pérez Fernández
(Gracias a Mirka, por facilitarme el original en inglés)
Esa historia esta ambientada tras la 5 temporada de Babylon 5.
-...Y eso fue lo último que vimos de nuestra nave.
El hombre que hablaba se había identificado como Nathan del’Compte, primer oficial de la nave madre del Cuerpo Psíquico que habían encontrado abandonada en el hiperespacio. Tenía el uniforme (ahora guardado en una caja bajo la tosca cama de madera) y los documentos para probarlo.
Otros habían sido convocados en la cápsula salvavidas modificada que usaban como sala de reuniones, cada uno confirmando la historia de los otros; justo como Samuel había prometido. De momento el lugar parecía ser todo lo que se había anunciado que era, y aún así había algo que la preocupaba. Quizás era el modo en que sus historias se corroboraban tan exactamente. Pese a todas sus habilidades los teps no eran más perfectos o consecuentes que los mundanos; veían las cosas de formas diferentes, en momentos diferentes, e interpretaban esas cosas de modo personal y único.
Aún así todas las historias que le habían contado desde que llegó tenían una curiosa similitud entre ellas... como si hubiesen sido redactadas, o...
Frunció el ceño y tomó un bocado de otro de los frutos de aspecto exótico del cuenco que tenía enfrente. Era delicioso, pero apenas sintió menos hambre que cuando se comió el primero. No obstante, ese era un asunto sin importancia; algo no cuadraba allí, y no podía dar con ello.
-Ya sabes lo que debes hacer –se dijo a sí misma-. Lo que sólo tú puedes hacer.
Sacudió la cabeza. Que ella no pudiese hacerlo no era la cuestión; no quería hacerlo. Pero dadas las circunstancias, no podía ver otra solución.
Con sus habilidades aumentadas por los Vorlon, Lyta podía tocar la mente de otro telépata, incluso un P12, y no dejar rastro de haber estado jamás allí. La idea no le entusiasmaba. Este lugar, si era lo que aparentaba, encarnaba todas las cosas en las que ella decía creer, todas las cosas por las que creía estar luchando... un lugar donde la intimidad de todos los telépatas fuera respetada. Para conseguir la información que necesitaba, violaría esa intimidad. Que ellos no supiesen que estaba pasando no era la cuestión; ella sabría que lo estaba haciendo.
No le gustaba. Pero era necesario.
-Es curioso lo rápido que el Paraíso se desvanece frente a la conveniencia personal –pensó.
Odiándose a sí misma por hacerlo, se extendió y tocó los pensamientos del hombre que acababa de hablar. Sólo un sutil escaneo superficial...
Se retrotrajo ante el contacto. ¡Allí no había nada! Pero eso era imposible, era...
Él se volvió, le devolvió la mirada, y súbitamente el patrón mental apareció en sus pensamientos, como un interruptor de la luz que hubiera sido encendido de nuevo. Pero ni siquiera un telépata altamente entrenado podía simplemente encender y apagar sus patrones neurales de ese modo. No estaban allí, y luego estaban allí.
Y al captar el perfil de su mente, se dio cuenta de algo más: era familiar.
Cada huella mental es tan individual como las dactilares, no hay dos iguales. A los telépatas se les enseña a reconocer tales patrones instantáneamente para encontrarse entre sí en medio de grandes multitudes, y para percibir enemigos potenciales.
Pero el patrón que había detectado en esta nueva mente era idéntico al patrón de la mente de Samuel.
Al ampliar su sonda, sintió cómo los patrones mentales iban encajando en la gente de la habitación. Todos iguales. Idénticos. Una mente. No muchas mentes. Una mente.
Halló el rostro de Samuel en la multitud.
-¿Quién eres? –le dijo. ¿Quién eres tú?
***
-No creo entender lo que me estás preguntando –dijo el anciano.
-Desde luego que sí –dijo G’Kar-. Para todo Narn, no hay imperativo mayor que la necesidad de regresar a casa. Es comprensible que un forastero, aun bien informado (¿telepáticamente, tal vez?), no supiera eso. No está en nuestra historia, no es algo en lo que pensemos... es quién y qué somos. La necesidad de regresar a casa está en nuestra sangre, en nuestros huesos y en nuestra estructura emocional.
-Un verdadero Narn nunca diría lo que acabas de decir, nunca renunciaría al mundo natal, nunca concedería ni siquiera la posibilidad de la extinción. Por lo tanto, aunque pareces un Narn, no puedes ser un Narn. A partir de esto sólo puedo concluir que lo que estoy viendo... no es lo que aparenta. Y si no eres lo que aparentas, entonces debo preguntarme qué más es real. Esta habitación, esta mesa, tal vez incluso la fruta, que creo estar sosteniendo en mi mano... pero que es casi seguro que no exista más de lo que existes tú.
El anciano –o lo que se le aparecía como el anciano- le examinó silenciosamente por un instante antes de hablar.
-No pareces afectado por esta conclusión tuya.
-¿Afectado? No. ¿Preocupado? Sí. Me pregunto cuántos vinieron antes que yo, cuántos otros han visto lo que querías que vieran, comido lo que pensaban que era comida nutritiva que, de hecho, no existía... provocando que se murieran de hambre sin percatarse de lo que estaba pasando.
El anciano se levantó, los miembros que previamente aparentaban debilidad ahora fuertes. Se acercó a G’Kar y le miró. G’Kar no apartó la mirada.
-Eres un Narn de lo más notable –le dijo.
G’Kar se encogió de hombros.
-Eso me han dicho.
-Durante el tiempo de mi existencia, pocos han descubierto jamás lo que tú acabas de descubrir, y aun entonces sólo en los últimos instantes de sus vidas. Tú eres el primero...
Miró al horizonte, parecía estar concentrándose en algo que estaba lejos de allí.
-...sí, el primero, pero ahora hay otra descubriendo esto también, no lejos de aquí. Tu compañera –volvió a mirar a G’Kar-. Tal vez esto sea algo bueno. De ambos puedo aprender qué hice mal, que os permitió descubrir qué estaba pasando tan rápidamente.
-He sido maestro antes. Estoy seguro de que puedo ser de ayuda –dijo G’Kar-. Lyta, no obstante, podría no ser tan solícita.
-Ya veremos –dijo el anciano-. Es algo extraño, conocer a otra mente abiertamente, y... hablar. Aunque sólo sea un ratito.
-¿Por qué sólo un ratito?
-Porque independientemente de cómo acabe nuestra conversación –y no te equivoques, lo estoy esperando con ansia- ninguno de vosotros abandonará este planeta con vida.
-Tal vez –dijo G’Kar-. Pero hasta entonces, si quieres aprender de mí, primero debo aprender de ti. Así que te pregunto de nuevo: ¿quién, o qué, eres tú?
***
Tan pronto como ella formuló la pregunta, los otros telépatas –o lo que parecían ser telépatas- se quedaron en silencio. Consideró las posibilidades.
-Es imposible que dos personas tengan las mismas huellas mentales. Luego ellos no pueden existir. Luego estoy viendo lo que no existe.
Cerró los ojos, y por primera vez se dio cuenta de la ligera presión telepática sobre la base de los haces nerviosos ópticos, táctiles y auditivos, enviando falsas señales de vuelta a su cerebro. Apagó los impulsos engañosos y abrió los ojos.
La habitación estaba vacía.
Cerró los ojos, se deshizo del último de los impulsos, oculto hábilmente de toda detección, y abrió los ojos de nuevo.
La habitación no estaba.
Se encontraba de pie dentro de un bosque, las altas ramas formando un vasto dosel sobre ella.
Frente a ella se extendían las cáscaras oxidadas de lanzaderas y astronaves personales de cientos, tal vez miles, de mundos. Estaban recubiertas de enredaderas y cubiertas de hojas. Algunas de las enredaderas habían dejado rastros en el polvo donde habían sido usadas para arrastrar –o habían arrastrado ellas mismas- las naves dentro, donde no podían ser vistas desde órbita.
Las lanzaderas más recientes, aún nuevas e impolutas, llevaban símbolos del Cuerpo Psíquico.
Lyta sintió tristeza por la multitud de pasajeros –ahora todos muertos- que habían ocupado una vez esos navíos, pero rápidamente apartó tal pensamiento. Se dirigió hacia las naves... y oyó movimiento entre los árboles distantes. Mientras miraba, animales, pájaros e insectos de toda forma y descripción parecieron manar de las sombras. Reptaban, saltaban, se deslizaban, andaban con paso majestuoso y galopaban saliendo del bosque, moviéndose juntos, completamente en silencio, y mirándola directamente con una inteligencia fuera de lo común.
Los psi-escaneó desde lejos.
Todos registraban la misma impresión mental.
No, se corrigió, no cientos de criaturas con la
misma impresión, la misma impresión recubriendo sus propios patrones neurales.
Las palabras le llegaron desde sus más tempranos días de entrenamiento en el
Cuerpo Psíquico, un fenómeno frecuentemente discutido en
***
-Yo soy este mundo –dijo el anciano.
-No es posible –respondió G’Kar-. Los planetas no son criaturas inteligentes.
-¿No? Tal vez no la tierra, o el metal, o sus moléculas componentes, pero ¿y las propias formas de vida? ¿Rama y hoja, pezuña y garra?
“No hay ningún recuerdo entre nosotros, ni siquiera entre los más viejos, que nos diga cómo ocurrió. Algunos de los que llegaron aquí hace mucho y descubrieron nuestra naturaleza tenían sus propias ideas sobre ello. Creían que mucho tiempo atrás, unos vínculos comenzaron a forjarse entre todas las formas de vida nativas. “Telesimbiosis”, lo llamaron. Individualmente, ninguno de los que viven en este lugar son inteligentes, tal y como lo interpretas. Pero colectivamente hay una mente grupal, un destello de consciencia que enlaza todas las formas de vida nativas en una gran entidad que, un día, hace mucho... despertó”.
“El nuestro es un trabajo sin rival de paz y cooperación. La flor le dice al insecto cuándo es más adecuada la polinización; el animal herido llama a los carroñeros cuando está a punto de morir para que el cuerpo no se desperdicie. Somos Uno”.
“Pero de vez en cuando a lo largo de los años, otros llegaron aquí, otros cuyas intenciones no eran pacíficas. Destruirían la tierra, talarían los bosques, matarían a los animales. Respondimos volviéndonos aún más fuertes, hasta que pudimos imponer una presión telesimbiótica sobre aquellos que venían aquí. Se perderían en la ilusión, como casi hiciste tú, hasta finalmente morir de hambre. Sus cuerpos serían trasladados hasta áreas que requiriesen fertilización, para servir al ego mayor”.
-Es más fácil para nosotros tratar con los de tu género de este modo –dijo el anciano-. Pero tenemos otros medios a nuestra disposición.
***
Lyta miró alrededor. Había ahora miles de criaturas tomando posiciones por todas partes. Incluso armada, sabía que sólo podría abatir a unos pocos de ellos. Si lanzaban un ataque coordinado, se vería desbordada sin esperanza. Mordida, golpeada y pisoteada hasta la muerte.
Podía sentirles preparándose para atacar, percibió la creciente agitación en sus mentes unificadas.
No había dónde huir, dónde esconderse, y casi se le había agotado el tiempo.
Pero no las ideas.
Cerró los ojos de nuevo y se concentró. Las mentes colectivas parecían casi sobrenaturales, pero siempre había un elemento central en alguna parte. Los pensamientos no cobraban existencia aleatoriamente; todos tenían que empezar en algún sitio. Visualizó los patrones de pensamiento de las formas de vida que la rodeaban y se centró en rastrearlas hasta su origen, el origen del pensamiento.
-Vamos, maldita sea, concéntrate.
Los Vorlons la habían alterado, incrementado sus habilidades hasta un grado que ni siquiera ella entendía completamente.
-Puedo hacerlo.
***
-Otra cosa –dijo G’Kar, tratando de ganar tiempo. Si la entidad podía sentir a Lyta en movimiento, entonces era que ella debía estar lista para entrar en acción. Podría ayudar distraer a la entidad, y mientras estaba en ello... aprender algo.
-¿Cuál? –preguntó el anciano.
-Una pregunta. Desde el amanecer del tiempo registrado, mi raza y cualquier otra ha vuelto su atención a comprender el universo, a descubrir el sentido último de nuestras vidas. Tenéis una ventaja: podéis dedicar la consciencia colectiva unificada de todo un planeta a la tarea. Así que pregunto: ¿habéis resuelto esa cuestión? ¿Habéis tocado lo incognoscible?
-Yo... –el anciano hizo una pausa, pareció perder momentáneamente la concentración. Entonces se sacudió la distracción- Sí, lo hemos hecho. Cuando nos volvimos conscientes, fue nuestro primer pensamiento: ¿quiénes somos? ¿Y de dónde venimos? Necesitábamos definirnos frente al universo. De modo que sí, formulamos esa pregunta, y tras años invertidos meditando esta única cuestión, finalmente recibimos una respuesta. Conocemos el significado de todo esto, la importancia de...
El anciano hizo de nuevo una pausa. Miró a G’Kar. Sus ojos se ensancharon.
-La otra...
-¿Lyta?
Asintió.
-Ella... no es como los otros. Más fuerte. Creímos que era igual que los otros.
-Estabais equivocados.
***
La imagen llegó hasta sus pensamientos: profundamente enterrado bajo la corteza superior del planeta, un tipo de bacterias, una forma de vida microscópica que tenía todos los rasgos clásicos de neuronas individuales... evolucionó con las otras formas de vida nativas, las infectó a lo largo de millones de años, creó un ciclo de vida simbiótica, enraizó en sus propios relés nerviosos hasta que alcanzaron una especie de masa crítica, hasta que fueron susceptibles a la superior biomasa neural y acabaron controladas por ella.
Había millas y millas de materia bacteriana enroscada muy por debajo de la superficie, donde estaba caliente, húmeda y segura.
Corrección: donde creía estar segura.
Lyta lanzó un ataque telepático masivo. Sintió que la mente colectiva se tambaleaba bajo el asalto, sintió que luchaba para neutralizar sus intentos de desorientarla y despedazar sus patrones neurales. No estaba preparada; nunca había pensado que pudiera ser atacada de esta manera.
Con los ojos cerrados, oyó cómo las criaturas se dirigían en estampida hacia ella, impelidas por el miedo. Matarla, matarla, hacerlo ahora.
Se arrodilló, hundió sus dedos en la tierra y taladró el duro suelo con sus pensamientos. Estaba sudando, temblando, pero se negó a desmayarse. Romper el enlace neural, sobrecargar las espurias rutas sinápticas, neutralizar las transmisiones electroquímicas, romper, sobrecargar, neutralizar, romper, sobrecargar, neutralizar.
Muy abajo, algo masivo y húmedo comenzó a rasgarse.
La negrura surgió hacia arriba, alzándose tras sus ojos.
En su mente, un planeta gritó.
***
Cuando abrió los ojos de nuevo, G’Kar estaba de
pie frente a ella. Se hallaban de vuelta en
-No te muevas –dijo él-, te encontré en el suelo y te traje de vuelta. Tu corazón se detuvo por un instante, y creí que no ibas a conseguirlo.
-... los animales... –su voz era débil, un susurro. Le martilleaba la cabeza, y tenía el cobrizo sabor de la sangre en su boca. Debía haber reventado una vena, pensó de un modo casual.
-Vagabundeaban sin propósito alguno cuando te encontré. Lo que fuese que los mantenía unidos, ha desaparecido ahora. ¿Puedes contarme qué ha pasado?
Entre cuidadosos sorbos de agua, lo hizo.
***
G’Kar digirió la información durante un instante antes de decir:
-¿Has matado a todo un planeta?
-Me cabreó –dijo, y se encogió de hombros-. Maté el cuerpo principal de la biomasa telesimbiótica. Pero no me hago ilusiones de haberla eliminado toda. Se volverá a desarrollar hasta la masa crítica con el correr de los años, pero pasarán siglos antes de que pueda ejercer suficiente influencia para crear una nueva mente colectiva planetaria a la escala que hemos visto aquí.
Se concentró en él. Dolió.
-Pude sentirte hablándole a la entidad hacia el final –le dijo-. Me ayudaste a entrar al distraerla. No sé qué le preguntaste, pero debió ser una pregunta del demonio, porque casi toda la entidad estaba concentrada en ella. ¿Qué era?
-Oh... nada importante –dijo él, conteniendo lo que sospechaba era una sonrisa irónica-. Nada importante en absoluto.
Con eso, se volvió, regresó a la carlinga, y encendió los motores.
Durante los minutos siguientes, los únicos sonidos en la nave fueron el rugir de los motores, y G’Kar en el compartimiento delantero... riéndose.