Encrucijada y Action Tales presentan: EL AVATAR DE FRYTHAN.
Escrito por Han Más Solo
Tarkkof veía la puerta de”Bienvenidos a Frythan” cada vez más cercana. Pronto, la guarnición que dirige llegará a cumplir las máximas de Lord Covenant: Aniquilación total. Sin embargo, lo que ve Tarkkof ante si, como surgido de la nada, es fuego, murallas de fuego: una muralla de fuego se forma tan cerca que su caballo se levanta sobre sus patas traseras, relinchando furiosamente. Los soldados ven con cierto temor que, de alguna manera, están encerrados… a fuego, ya que no hay salida alguna que no fuese perecer ardiendo al cruzar las barreras, salvo que se pudiese volar. Antes de que pudiese dictar una mínima orden, un haz de luz blanca casi cegadora, iluminaba al Gran Coronel. Tapándose como podía los ojos, lo único que llego a distinguir del emisor de tal luz fue un gesto que veía en ocasiones al Sumun Gobernatum en los torneos que se hacían cada 8 años en el Gobernatorum: un pulgar hacia abajo. Para alegría de los ojos de Tarkkof, la luz se apaga, para oírse una palabra que sonaba de manera inhumana:
“¡Encrucijada!”
Soldados comienzan a caer como por magia, aunque no era así: de todas direcciones provenían pequeños destellos, que desde el fuego, aparecían. Los soldados del Gobernatorum veían a sus verdugos: figuras de color rojizo que por sus hombros y brazos disparaban cosas perforantes que tumbaban a todo soldado que estuviese a su alcance. Dichas figuras avanzan, sin importar que bajo el suelo que pisan haya cadáveres, llegando a pisar brazos, piernas, o cajas torácicas de los caídos: Nada los detiene, ni siquiera los ataques en masa.
La sangre escarlata cubre sus ya de por si infernales colores, provocando en muchos soldados del Gobernatorum lo que ellos habían provocado a todo aquel al que eran enviados: miedo… y pánico. Varios soldados se lanzan a las llamas para morir, aunque sea, ardiendo, pero ni eso se les respeta, ya que nada más alcanzar cualquiera de las murallas de fuego, caen por consecuencia de uno de los proyectiles de las criaturas. Tarkkof miraba apesadumbrado como iban cayendo por decenas, tal vez cientos, a cada paso que esos extraños seres daban. No se les oía hablar, tan sólo se oían los gritos de los soldados al ser alcanzados por los proyectiles: son puras máquinas de matar.
Impávido y superado ante tamaña y sorprendente ofensiva, Tarkkof veía algo insólito, gracias al fulgor de las llamas: una figura se dirige corriendo hacia su posición, y mientras va corriendo, de sus brazos emergen dos espadas, una por cada brazo. El brillo del metal afilado hace que Tarkkof trate de desenfundar su espada, pero ya es tarde: el Gran Coronel se desestabiliza de su montura, debido a que la figura abre su montura con una de las espadas de sus brazos, provocando un destrozo considerable, mientras que con la otra espada, separa la cabeza de Tarkkof del cuerpo, estando la figura dentro del caballo, para luego atravesarlo, con la cabeza de Tarkkof en la punta de una de sus espadas. La espada con la cabeza de Tarkkof se retrae del brazo del ser, para así con la mano coger la cabeza, para luego elevarse con ella, y la pone cerca de su pecho, sujetándola con sus manos: una luz que brota de su pecho ilumina la cabeza de Tarkkof, haciendo que los 2500 soldados del Gobernatorum que aún sobreviven, se fijen en lo que sucede en ese campo de batalla que parece más bien un campo de matanza.
“Soldados del Gobernatorum, observar vuestro final”.
La cabeza del Gran Coronel se hace añicos en las manos de aquel titán grisáceo de rostro color marfileño, con las manchas de sangre de la cabeza al destrozarla. Haciendo un gesto a sus tropas, la figura hace que se eleven, mientras sus armas hacen siniestros ruidos, y comenzando a iluminarse, pero no solo eso: lo que hacía de ojos y boca, también comienza a iluminarse, al igual que sus manos y su placa en el pecho. Lo ultimo que se oye a la criatura es decir:
“¡Fuerza de Choque!”
Todos los”soldados del ejército” que Iribus mandó para detener el ataque de las tropas del Gobernatorum, emiten poderosas descargas de energía hacia los”supervivientes”del primer ataque: un fortísimo olor a quemado se hace notar en la zona, ya no sólo de aquellos que prefirieron morir en el fuego en lugar de la batalla, sino de aquellos que reciben las descargas de energía.
Todos van cayendo fulminados sin remedio, diciendo rápidamente algo que muchos olvidaron: oraciones. Las luces de las armas se van apagando, dejando al descubierto un espectáculo desolador: una inmensa masa de carne quemada, a la que se le puede ver en algunos casos, huesos de brazos o piernas. El líder decide aterrizar, y los demás lo secundan, dando pie a un derrumbe de toda la masa quemada. El olor a carne putrefacta es intenso, pero dichas criaturas no sienten olor, ni piedad. Sin embargo, al líder de las huestes de Iribus le llama la atención una luz azulada en los cielos. Con un brillo en las cuencas de lo que deberían ser sus ojos, registra el suceso anómalo.
“Misión cumplida. Regresemos junto al amo”
Gahard ha recobrado la movilidad en sus piernas, y la sensibilidad en la espalda, merced al ungüento de Iribus, quien permanecía sereno, esperando a la llegada de sus huestes. Gente parapetada como Drexer o Ursus, permanecían presas del miedo, y no era para menos: nadie se ha enfrentado a un mago y ha vivido para alardear de ello. Gahard se acercaba a Iribus preocupado.
“Iribus, deberíamos de ir allí cuanto antes. Quien sabe si Mihrnila sigue o no viva en aquel lugar tenebroso”
“Te recuerdo que además de tu esposa y Lumira, Aarón también está allí. Solo nos queda esperar a que…”La frase de Iribus se interrumpe por un débil sonido, que según va pasando el tiempo, se hace cada vez más audible: sonidos de pisadas. En el horizonte se ven dos ramales, los dos de figuras rojizas como la sangre, y en uno de ellos, una figura grisácea marcando el paso de ambos ramales. Con ellas llega un olor al que Gahard se había acostumbrado: el olor a muerte y desolación. Las figuras se van aproximando a Iribus, dejando ver detalles de la batalla: sangre reseca, piel pegada en algunas zonas… La figura líder se arrodilla ante Iribus, dando parte de su misión:
“Amo, misión cumplida. Los esbirros del Gobernatorum han sido aniquilados, sin provocar bajas civiles. Además, he registrado un fenómeno lumínico dudoso producido anómalamente” Los ojos del ser se iluminan y despliegan frente a Iribus y Gahard la imagen vista por el ser.
“Tiene que ser cosa de Aarón”. Iribus lo tenia claro, e iluminando su bastón, ordena a la figura que se levante, y la dice: ”Transporte”.
Gahard ve asombrado que la criatura se funde parcialmente, de manera que deja ver su sombrío y sobrecogedor interior: destellos en diversas zonas, de colores vivos, por donde están brazos o piernas, al igual que en donde está la cabeza. Gahard ve como Iribus se introduce en el hueco dejado por el ser, y una vez colocado su bastón cerca de la pierna derecha, la figura se empieza a recomponer.
“Dime, Gahard ¿alguna vez has querido experimentar la sensación que tienen los halcones mensajeros que enviabas?”Iribus hablaba a Gahard una vez dentro del ser completamente cerrado.
“Te refieres a…” A Gahard no le da tiempo a terminar la frase al ver que una fría y metálica mano le coge, para luego sentir como el suelo va alejándose más y más de sus pies…
El humo se ha ido disipando después del derrumbe de la torre y demás estructura del Gobernatorum. De los restos, pueden apreciarse varios cadáveres por doquier, quemados y con sensación de agonía permanente, y dos figuras en pie: una, desnuda, cuyos ojos ya de por si rojizos, parecían arder como si viviera en el Averno. En la parte izquierda de su espalda, un dibujo de un yelmo del cual negras y largas cicatrices se extienden por el cuerpo cual tentáculos de pulpo o calamar, y frente a él, de pie, con las cadenas cubriéndole brazos y piernas, de color azul intenso, con un yelmo cubriendo su rostro, estaba la figura del Avatar. Las miradas de ambos están fijas entre ellos, hasta que un fulgor verdoso llama la atención de Lord Covenant: su espada rota recibe parte de la luz del alba, como señalándola. A la desesperada, se lanza a por la espada, emitiendo un grito casi animal, provocando que las cadenas del Avatar comiencen a moverse de sus brazos y sus piernas, lanzándose directamente hacia Covenant, que al coger lo que queda de su espada, la arroja fuertemente hacia el pecho del Avatar. Las cadenas de los brazos atraviesan el cuello de Covenant, decapitándolo, mientras que las que estaban en las piernas, se clavan en su corazón, si es que alguna vez, llegó a tenerlo. Una asustada Mihrnila asiste a la salvaje escena, hasta que ve caer (o al menos eso parece), algo del mismísimo cielo: una figura humanoide que sujeta a una persona que a Mihrnila la cuesta reconocer a primera vista, pero cuando el humanoide aterriza, la espía ve con terror que la figura que es sujetada por el humanoide, es Gahard.
“¡Gahard!” El grito de Mihrnila se escuchaba por el lugar como señal de vida en kilómetros por la zona.
“Cariño” la primera palabra que salía de su temblorosa boca tras aterrizar. Aún estaba algo pálido por el viaje, pero el aguerrido guerrero va dispuesto a abrazar a su esposa, como si fuera la última vez que la viese. Del humanoide se oye un ruido, como de agua hirviendo, deshaciéndose parcialmente. La cara de Mihrnila se torna de sorpresa cuando ve a quien sale de él: Iribus.
Lumira está dolorida, sangrando por su entrepierna, aunque no de forma abundante. Tras haber permanecido tiempo inconsciente, la joven vejada, humillada, y torturada, camina como puede hacia donde se encuentra la cabeza de Lord Covenant. En un gesto de rabia, de furia, Lumira destroza los ojos del que fuera torturador no sólo de ella, sino también del que fuera su propio hijo: su amigo y amor no correspondido Aarón.
“Acércate, Lumira, él no molestará nunca más” La voz era del Avatar, que yacía en el suelo, con la espada rota de Covenant clavada en el corazón, y mostrando una negrura que, lentamente, invadía su cuerpo. La joven, según va avanzando, ve asustada como bajo la faz casi negra del Avatar, las facciones van pareciéndose a las de Aarón.
“Tú le amabas, le amabas desde lo más hondo de tu corazón. Tu amor no era bien visto, pero ahora gozarás de un lazo amoroso más fuerte que el que has tenido. Deja que toque tu zona mancillada” Gahard y Mihrnila ven atónitos como el Avatar toca con su mano la zona desgarrada… y un brillo casi cegador se produce. Cuando el brillo cesa, el vientre de Lumira está hinchado, al igual que sus pechos. Mihrnila reconoce ese estado: está embarazada.
“Ahora le amarás como nunca le amaste. Un amor que nada ni nadie podrá separar… jamás”Al bajar la mano, las palabras del Avatar suenan algo débiles, a la par que tiene medio cuerpo consumido en la negrura. Iribus se acerca con su bastón, con gesto desencajado. Con el tiempo, el niño que protegía, se convirtió en un hijo para él, alguien a quien querer. Lo que ve le deja desolado.
“Iribus”El Avatar tiene todo el cuerpo oscurecido, menos una pierna, que continúa con su color azulado.”Cuida de ellos como cuidaste de él. Sé lo que también se te ha negado… y eso es lo que te doy”. El cuerpo del Avatar ya es prácticamente oscuro, y en su lugar está Aarón, inconsciente. Gahard y Mihrnila se acercan para tratar de reanimarlo… sin éxito. Aarón no reacciona.
Lagrimas brotan de los ojos de Lumira, de Iribus, de Gahard, lágrimas acompañadas por el amanecer, cuyo sol muestra su luz, una luz de luto por el alma caída.
No es asiduo visitante de cementerios, pero Drexer sentía el deber de acudir. Tras esperar a que los demás del pueblo rindieran respeto, él quería rendir el suyo, lejos de miradas curiosas. Además, llevaba consigo algo que encontraron en la casucha, algo en lo que estaba escrito: ”PARA DREXER”. Era la pizarra de Aarón.
Drexer se acerca a la figura que Iribus dejó hecha, en la que se representa a Aarón tirando de un carromato. El posadero decide colgar la pizarra en el cuello de la figura, y se arrodilla para rezar.
“Sé que estaba equivocado con respecto a ti. Creí que eras el mal encarnado, y resultaste el mejor de todos los que aquí habitamos. Deberías de oír lo que los niños cantan, y lo que las madres cuentan a sus hijos para que duerman felices. Estés donde estés, cuida bien de mi hija, aquella que conseguiste arrebatarme… y que no supe verlo” Drexer se levanta y decide retirarse a su posada, cuando una brisa repentina sopla, y algo le golpea la cabeza. Cuando Drexer, enfuruñado, busca lo que le ha golpeado, descubre que es la pizarra lo que le causará un buen chichón, pero para su sorpresa, hay algo escrito, algo nuevo: ”ELLA ESTÁ BIEN, ERES ABUELO, SE LLAMA AARÓN”
Drexer miró a la estatua de Aarón, y luego al cielo… para acto seguido hacer algo que nunca pensaba hacer en un cementerio: reír de felicidad.
Dsentok se había convertido en el dueño de la ciudad de Hairabe, en vista del vacío de poder en el Gobernatorum hace un año: hubo discusiones en las filas hasta que el Señor de los Colmillos se hizo el amo y señor. Hoy hay algo que le llama la atención: un carromato, escoltado por dos figuras encapuchadas que montan a caballo, han osado cruzar por la ciudad… sin pagar el peaje debido. Eso era algo que Dsentok no estaba dispuesto a tolerar. Montado en su montura, devoradora de carne humana, el Señor de los Colmillos se para delante del carromato, para ver a sus integrantes: una joven y hermosa rubia, que está amamantando a un niño, y a su lado, vestido con túnica roja, y de diferente color que ella, el que parece su marido. A los lados, dos figuras encapuchadas que mantienen la cabeza en penumbra, ocultando su rostro.
“Habéis cruzado sin pagar peaje. Aquí en Hairabe, eso es un castigo muy grave”
“No sabíamos que había que pagar peaje por cruzar, los guardias no nos dijeron eso” La voz del hombre sonaba tranquila, sin miedo, lo cual hacía enfadar a Dsentok.
“¿Que mis guardias no dijeron eso? Mis guardias tienen órdenes de matar a todo aquel que no pague el peaje”La voz del Señor de los Colmillos era tensa, ardía en deseos de luchar…, pero no sólo. En un gesto, Dsentok hace un silbido para llamar a sus tropas… sin resultados.
“¿Llamabas a alguien?”El hombre de tez oscura lanza una bolsa de tela negra al Señor de los Colmillos, que coge al vuelo. Es lo último que recordará tras sentir el impacto de varios proyectiles disparados desde atrás por una decena de figuras aterradoras con sangre y piel de las tropas de Dsentok. El Señor de los Colmillos y su caballo caen acribillados sin ni siquiera gritar. El ruido de los proyectiles hace llorar al pequeño.
“Iribus, deberías dejar de usar eso, ya está el pequeño llorando otra vez”Lumira le da en una espinilla a Iribus para recriminarle el acto, mientras trata de hacer callar a su hijo, Aarón, cogiéndole suavemente para mecerle, y así dormirle. Con su mano derecha, Lumira tapa una marca de nacimiento que el pequeño ha heredado de su padre: el dibujo de un yelmo. Gahard y Mihrnila se adelantan para ver si alguien más de las tropas de Dsentok queda en pié.
“Todo despejado, Iribus. Si seguimos así, es cuestión de meses que haya paz en los territorios”
“Espero que así sea, Gahard, que así sea” Con un
gesto de las riendas, el carromato sigue adelante, mientras con un brillo de
bastón, las figuras de Iribus, las Máquinas de
Espero que os haya gustado a todos, de todo corazón.