AQUÍ HAY DRAGONES

Por Sigmund Nemo.

II Parte de tres:

PLAN 28 DEL ESPACIO EXTERIOR

Esta vez la Castafiore había optado por un artefacto más contundente para golpear a Jomer.

Le había descubierto oculto bajo una de las mesas mientras ordenaba el bar después de cerrar y, en un ataque de furia, había ido hasta la cocina, agarrado el microondas (nunca le gustó ese artefacto, demasiado futurista para su gusto, ella prefería usar el viejo horno de toda la vida) y vuelto al escondite de Jomer a arrearle en la cabeza con él.

(Clonc)

¡¡¡¿¿¿PERO...

(Clonc)

...ES QUE...

(Clonc)

...TÚ...

(Clonc)

...NO TIENES...

(Clonc)

...CASAAAaaa???!!!

(Clonc Clonc Clonc Clonc)

Cuando Corto vino a socorrerle y ha intentar salvar los restos del microondas, Jomer se escabulló hacia el exterior del local protegiéndose la cabeza con los brazos.

Una vez fuera se sentó en medio de la oscura y desierta calle, comprobando los daños sufridos en su cráneo. Por suerte era de constitución fuerte (hecho para durar) y no parecía tener heridas de gravedad. Como mucho tendría algunos moratones y un par de chichones al día siguiente....

En fin, ¿a donde podría ir ahora? ¡La noche aún era joven! Enumeró mentalmente todos los lugares a los que le habían prohibido la entrada. Eso no le dejaba muchas opciones. Podría ir al bosque, pasar el rato por ahí y volver a colarse en “El Único Bar De Aquí” cuando la Castafiore se hubiera quedado dormida. Era un buen plan, al fin y al cabo lo de la vaca no había estado tan mal.

Dudó un momento, acordándose de las zarzas que habían dejado su pijama de Spiderman hecho jirones... pero, dando un lingotazo de una petaca que se sacó del bolsillo, se puso en pié y empezó a avanzar calle abajo.

– Igual hasta consigo que esa vaca me invite a un par de rondas –es lo último que se le oyó decir antes de desaparecer tras una esquina.

*          *          *

Gregor se había quedado dormido sobre el polvoriento suelo del recibidor cuando de pronto unos ruidos procedentes del exterior de la casa le despertaron.

 Esa noche Alicia se había retrasado especialmente. Quizás había tenido problemas para conseguirle algo de comida. Pero eso ya no importaba, seguro que quién se acercaba por el sendero era ella con su cena.

De pronto famélico, se apresuró a ir hacia la entrada. ¿Qué le traería esa noche? ¿Pollo? ¿Algo de fruta? ¿Una fiambrera con estofado? La boca se le hacía agua mientras se estiraba todo lo que podía para alcanzar la manecilla del enorme portón. Estaba tan hambriento que podría comerse incluso...

– ¡...una vaca! –dijo cuando una verde y gigantesca (desde su punto de vista) cabeza de res cruzó la puerta y cayó sobre él, tumbándolo de espaldas.

– Uy, ¡lo siento! –La pequeña Alicia apareció toda sonriente tras el cuerpo de la noqueada bestia. –Se ha vuelto a poner verde mientras veníamos.

Bastián entró tambaleándose sin hacer mucho caso del anfitrión y, jadeando, se desplomó sobre la primera silla que encontró, provocando una pequeña tormenta de polvo.

– Coff-coff... buuuff... ¿Pero... puaff... qué leches... brooff... les dan de comer hoy... puff... buouff... hoy en día a estos bichos?

Se inclinó poniendo la cabeza entre las piernas e intentando recuperar el aliento.

– En... aarghff... mis tiempos el ganado era más... ligero... umghfff... Creo que voy a vomitaaargff...

Apoyada en el quicio de la puerta Dodo también tenía problemas para reestablecer su ritmo cardiaco normal.

– Arff... aaghhf... Esta no... ugggh... no ha sido una de mis me... mis mejores ideas... ummnhff...

– ¡Dodo! ¡Dodo mira! ¡Este es el Insecto! –trinaba la niña señalando al sujeto que yacía bajo la vaca.

– Y la cría esta, que no se cansa... umpff... la muy jodía...

– Nuuunca... No se cansa nuuunca... –murmuró el viejo desde las profundidades de sus rodillas.

– Es curioso... no... no pareces un insecto. –Dodo por fin reparó en la desafortunada víctima de la trashumancia.

– Err... No. Solo es un apodo –aclaró Gregor mientras hacía esfuerzos por quitarse al animal de encima–. Mi nombre es Gregor, pero ahora mismo me siento como una cucaracha aplastada. ¿Os importaría...?

Dodo y Alicia le ayudaron a ponerse en pié sin apenas esfuerzo

– Gracias. Ser pequeño es un asco.

– Bueno, seguro que también tiene sus ventajas. ¿Que estás haciendo tu solito en el viejo caserón de los Addams, pequeñín? Podrías hacerte daño ¿sabes? –Dodo usó la voz más maternal de la que era capaz. Ante ella, sacudiéndose el polvo, se encontraba un niño pequeño de apenas un metro de altura, de cabello revuelto, mirada ojerosa y ceñuda, vestido con traje y corbata talla adulta, con la ropa arremangada y la tela arrugada

– ¿Donde están tus papis?

– ¡Oye nena, no utilices ese tono paternalista conmigo, que podría ser tu padre! –le soltó el crío, malhumorado.

– Joder con el niño... –murmuró ella.

– Si yo le hubiera contestado así a mi madre a tu edad...

– Ja, ja, ja. No iaio, no lo entiendes. El Insecto era un señor mayor hasta que una mañana se despertó así, encogido –rió Alicia.

– ¿...? ¿Y eso? ¿Qué te pasó? –Dodo se acercó a Gregor para verlo de cerca. Sin darse cuenta de lo que hacía, cogió el palo que se había metido en el bolsillo de su falda y empezó a pincharlo con él para comprobar su consistencia.

– ¡¡¡¿Y a ti qué te ha pasado en la cabeza?!!! ¡¡¡Y deja de azuzarme con eso, leñe!!! –El pseudo-niño agitaba sus bracitos intentando apartar el palo mientras la chica, ofendida, se llevaba una mano al pelo pretendiendo, en vano, peinarlo un poco.

Bastián se levantó de la silla para defenderla.

– ¡Al menos ella no tiene que subirse a un taburete para poder orinar, mocoso deslenguado! –dijo.

– Claro que no, ella lo hace sentada. Como yo –intervino Alicia, que estaba perdiendo el hilo de la conversación–. ¿Por qué está gritando todo el mundo?

Los cuatro callaron durante todo el tiempo que tardaron los ecos de las palabras de la niña en extinguirse.

– Empecemos de nuevo. Yo soy Bastián, aquí la señorita se llama Dorotea.

– En el pueblo todos la llaman Dodo.

– Cállate Alicia –dijo la aludida.

– Y parece que a Alicia ya la conoces, ¿no?

– Eeee... sí. Suele traerme algo de comida por las noches.

– ¡Uy, la cena! Se me ha olvidado.

– Vaaale... Siento que hayamos... irrumpido así en la casa. Mi nieta no nos advirtió que habría gente.

– Gente no, solo estoy yo.

– ¿Irrumpido significa lo mismo que “rompido”?

– Cállate Alicia.

– Es que no lo entiendo... ¿Qué es lo que hemos rompido?

– Nuuunca se cansa...

– ¿Qué? ¿Qué pasa?

– Diosss...

– ¿Podría explicarme alguien por qué tengo una vaca verde tirada en el recibidor?

– Es una laaarga historia... –empezó Dodo, pero frunciendo el ceño se corrigió–. Bueno no. De hecho estaba perdida en el bosque y hemos pensado dejarla aquí hasta que encontremos a su dueño.

– Zzzmmn... déjame dormir un ratito más... grzzz... el ataque a las Puertas de Tannhäuser puede esperar un poco... grhouffzzz... –La vaca se agitaba en sueños y empezó a roncar ruidosamente.

– Genial, y encima habla –se quejó el hombrecito.

– Eso sí que no podemos explicarlo.

*          *          *

En el bosque, Jomer volvió a caer de bruces sobre los matorrales.

La primera vez había resbalado con el cuerpo de un búho, muerto en medio de un montón de excrementos. Mientras avanzaba a la pata coja intentando limpiarse la mierda del zapato, había tropezado de nuevo, esta vez con lo que parecía ser una pistola de juguete. La recogió y se la acercó para examinarla.

– Mira que llega a ser guarra la gente, dejar tirada su porquería por aquí en medio... –murmuró para si mismo.

De pronto unas luces cegadoras iluminaron toda la zona.

– Vaya, parece que el ayuntamiento se ha decidido a poner alumbrado en el bosque. Ya iba siendo hora.

Mirando a su alrededor se dio cuenta de que se hallaba cerca de la zona extrañamente despejada en la que había sorprendido a la vaca un par de noches antes. Entonces se le ocurrió levantar la cabeza para ver de dónde procedía la luz...

...y se descubrió contemplando algo que podría pasar por un cruce entre una luciérnaga gigante de hierro y la boñiga de algún dinosaurio que se alimentase exclusivamente de acero inoxidable.

Instintivamente se agachó y, escondiéndose entre los arbustos, observó como un enorme ovni descendía en absoluto silencio, posándose en el lugar exacto donde había estado el animal la otra noche.

Con unos ruiditos metálicos se abrió una de las planchas de metal de la nave y de ella descendieron media docena de misteriosos personajes.

– ¿Donde está Sikozu? –preguntó la figura más alta.

– Pues no sé capitán, se suponía que tenía que esperarnos aquí... ¿No habremos aterrizado encima suyo, verdad?

– Aargh... Lo que nos faltaba. ¡¡¡PILOTOOOooo!!!

El capitán se giró hacia la apertura de la nave, a la que se asomaba una cabeza de forma inusual, claramente cabreada.

¡¿QUÉÉÉééé?!

¡¡¡¿HAS COMPROBADO QUE LA ZONA ESTUVIERA DESPEJADA ANTES DE ATERRIZAR?!!!

¡¡¡PUES CLARO QUE LO HE COMPROBADO!!! ¡¡¡¿SE CREE QUE SOY IDIOTA O QUÉ?!!!

¡¡¡HACE FALTA SER BASTANTE IDIOTA PARA QUEDARSE SIN COMBUSTIBLE EN MEDIO DEL CINTURÓN DE ASTEROIDES!!! ¡¡¡POR TU CULPA VAMOS CON RETRASO!!!

¡¡¡¿POR MI CULPA?!!! ¡¡¡LE DIJE ANTES DE SALIR QUE EL DEPÓSITO ESTABA MEDIO VACÍO!!! ¡¡¡¿PERO ME HIZO CASO EL SEÑOR CAPITÁN SABELOTODO?!!! ¡¡¡NOOOooo...!!! ¡¡¡EL SEÑOR CAPITÁN ES TAN LISTO QUE HEMOS TENIDO QUE PASARNOS TRES DÍAS EXTRAYENDO TRILITIO DE ESOS PUTOS METEORITOS!!! ¡¡¡Y TODO PORQUE EL MUY CABEZOTA NO QUISO REBAJARSE A LLAMAR AL SERVICIO DE AYUDA EN CARRETERA!!!

¡¡¡SE ACABÓ!!! ¡¡¡AHORA SI QUE TE HAS GANADO UN CONSEJO DE GUERRA!!! ¡¡¡CUANDO VOLVAMOS...!!!

– Disculpe capitán Tichy... –le interrumpió otra figura, a su lado.

¡¡¡Y TÚ QUÉ QUIERES!!!

– Nada, nada... Es solo que... no hace falta que grite... traemos comunicadores para eso ¿recuerda?... Usted ordenó sigilo y discreción...

– Uuuh... Sí. Sí, claro que lo ordené... –Levantó el brazo y habló por un pequeño artefacto adherido a su muñeca. –Piloto, eleve la nave y active el sistema de camuflaje. Luego comuníquese con el resto de la flota y dígales que continúen en órbita y esperen órdenes. ¿Entendido? Usted y yo ya hablaremos luego. Cambio y corto.

¡¡¡ENTENDIDO CAPITÁN CRETINOOOooo!!! –gritó el piloto antes de cerrar la apertura de un portazo.

Tras esto el ovni alzó el vuelo, haciéndose más y más transparente hasta desaparecer por completo.

“Qué estupidez” pensaba Jomer en su escondite. “¿Y por qué no han aterrizado con la cosa esa del camuflaje puesta?”

– Bien tropa –continuaba diciendo el capitán–. Ya sabéis lo que tenéis que hacer. ¿Tenéis bien sujetos vuestros campos mórficos? De acuerdo: Tres... Dos...

– ¡Un momento, un momento! –dijo una voz dentro del grupo–. ¿Qué es eso último que ha dicho?

– He dicho que “Dos”.

– No, antes de eso.

– Que si teníais los campos mórficos bien sujetos.

– Ah, vale. Eso es lo que había entendido... Siga, siga.

– Vuelvo a empezar: Tres... Dos... Uno...

– Y tenía que ser rosa ¿verdad?

– ...¡Ahora!... ...¡¿COMO HA DICHO SOLDADO?!

Un estremecimiento recorrió a los misteriosos personajes y casi inmediatamente en lugar de ellos había un rebaño de vacas.

De vacas verdes.

Y un gran elefante rosa también.

La vaca con los mayores cuernos se encaró a este último y lo miró de arriba abajo.

– El cabo Pirx ¿verdad?

– Sip –respondió el paquidermo.

– Sí “capitán Tichy”

– No, si el capitán Tichy es usted.

– Pero USTED debe dirigirse a MÍ como “capitán” o “señor”. Siempre. Y deje de tocarme las narices o le degrado. ¿Estamos?

– Vale.

– Grr...

– ¡Capitán! ¡Vale-capitán-Tichy! Perdón, se me olvida la coletilla... je, je.

– Bien. Y dígame cabo Pirx ¿no percibe ciertas... “diferencias” entre la forma que ha adoptado y la que han asumido sus compañeros?

– Bueno, no sé... A lo mejor los cuernos me han quedado algo caídos. ¿A usted qué le parece?

– A mí me parece que sí, cabo Pirx. Es más, incluso me atrevería a decir que más que cuernos parecen colmillos...

– Uy no. Eso seguro que no. Los colmillos van hacia abajo, en cambio esto mío va más bien pa delante ¿Lo ve? –dijo mientras movía los colmillos de un lado a otro, provocando que su trompa se agitara–. Lo que sí me ha quedado un poco fláccido es el morro...

– ¡¿Morro?!

– ¿Eh? Ah sí, perdone. Quería decir... ¡El-morro-capitán-Tichy!

– ¿Ha bebido cabo Pirx?

– Bueno... para entonarme un poco, ya sabe...

– Umphf... Está bien, no tengo tiempo para esto. Usted quédese aquí y monte guardia mientras los demás nos vamos de inspección. Si aparece Sikozu dígale que estamos en la segunda fase del Plan 28, ella ya sabrá qué hacer ¿Entendido? Ya aclararemos lo de su... su... “morro” cuando volvamos.

En formación militar el rebaño se adentró en los matorrales. En el último momento una idea repentina hizo que la vaca/capitán se girase hacia el elefante rosa.

– ¡Cabo Pirx! Por un casual no será usted pariente del piloto ¿verdad?

– Pues sí señor, es mi tío. ¿Como lo ha adivinado?

– Intuición. –La vaca se introdujo definitivamente en la espesura mientras refunfuñaba. – El muy cabrón... Por eso insistió en que me lo llevara con el equipo de campo... Esta me la paga...

Jomer, que había presenciado inmóvil toda la escena, aguantando la respiración cuando las verdes bestias pasaban por su lado prácticamente rozándole, se encontraba ahora ante una difícil disyuntiva: Por una parte no podía volver al pueblo si no quería toparse con una manada de reses espaciales por el camino, por otra, no podía huir en dirección contraria porque el elefante bloqueaba esa vía de escape. Por último (aunque no por ello menos importante) se había escondido en medio de un zarzal, sufría pinchazos por todo el cuerpo y algo (porfavorqueseanhormigas, porfavorqueseanhormigas) le estaba subiendo por la pierna, así que tampoco podía quedarse allí. Lo único que tenía a su favor era una pistola de juguete.

Se sacó la petaca del bolsillo y tomó un trago.

Una pistola de juguete y una petaca.

Miró al enorme paquidermo y luego a su petaca. Paquidermo. Petaca. Paquidermo. Petaca...

– ¡Holaquétal! Bonita noche ¿eh? –exclamó, surgiendo de pronto ante el animal.

– ¡Hola! ¡Soy una vaca! –dijo el elefante.

– Uyyy... Y tantooo... ¡Una preciooosa vaca verde! –Jomer era todo él sonrisa y buen rollo.

– ¡¿Verde?! ¡No, verde no! –y con un estremecimiento el elefante rosa cambió de color–. ¿Qué tal ahora?

– Mejooor, muuucho mejooor. –Su sonrisa se expandió todavía más al contemplar el llamativo tono fucsia en la gruesa piel de la mole. –¿Te apetece un trago?

El cabo Pirx sintió que a su rostro también afloraba una sonrisa cuando se dio cuenta de que acababa de encontrar a su alma gemela.

*          *          *

– ¿Desde cuando vive Gregor en casa de los Addams? –preguntó Dodo mientras acompañaba a Alicia a su casa.

– No sé... Un par de semanas –respondió la niña malhumorada.

Estaba enfadada desde que iaio Bastián se había dado cuenta de la hora que era y había insistido en que debería estar en la cama durmiendo desde hacía rato. Dodo se ofreció a llevarla con sus padres mientras el abuelo y Gregor se quedaban vigilando a la vaca. Ahora las dos caminaban con paso apresurado por las ensombrecidas calles del pueblo.

– ¿Y te dijo qué está haciendo en Aquí?

– No...

Alicia no se decidía entre continuar haciendo mala cara o contarle a su improvisada canguro todo lo que le había sonsacado al okupa del viejo caserón desde que lo conoció. Pero le había hecho prometer que no se lo contaría a nadie y claro...

– Bueno sí. Pero es un secreto ¿vale?

– Soy una tumba. –La chica miró a la niña y, anticipándose a algún comentario tonto propio de ella, se apresuró a añadir: –Quiero decir que no diré nada.

– Entonces bueno...

El tono alegre de su voz regresó a ella, encantada de ser el centro de atención.

– Pues resulta que el Insecto era un señor mayor muy aburrido y soso ¿sabes? Y nadie le hacía caso y se metían con él cuando creían que no les oía ¿no? Pero resulta que sí que les oía a veces.

– Seguro que le llamaban “insecto” a sus espaldas. Ya sé lo que es eso –comentó su compañera. Ella adquirió el apodo de Dodo de un modo similar. Empezaba a sentirse muy identificada con Gregor.

– Sí, eso también –siguió contando la pequeña–. Y entonces va un día y se despierta siendo un niño ¿no? Y claro, ya no podía volver a trabajar y le echaron de su piso porque nadie se creyó que fuera suyo de verdad...

– ¿No tiene familia?

– Sí, sí, ahora iba a contarlo... Resulta que les enviaba el dinero que ganaba a sus papás, ¿sabes? Pero claro, su jefe tampoco se creía que el Insecto se hubiera transformado en un niño y ya no quería darle trabajo ni pagarle. Dijo que en realidad ni se acordaba de que alguien llamado Gregor hubiera trabajado para él... ¿Tú entiendes cómo puede ser eso?

– En las empresas, en las muy grandes, trabaja mucha gente. A veces los empresarios no conocen a todos sus empleados...

– Pero el Insecto llevaba un montón de años trabajando allí... y me dijo que en todo ese tiempo nunca había hecho nada malo y que procuraba no hacerse notar y no molestar  a nadie y...

– Precisamente por eso. Pero me estabas contando sobre su familia...

– Sí, que ya no les podía dar dinero a sus papás y que le daba mucha vergüenza que le vieran porque ahora era diferente ¿no? Y entonces se cayó de un puente...

– ¡¿Cómo que se cayó de un puente?!

– Sí, bueno... esa parte no la entendí muy bien... pero resulta que se cayó encima de un tren que pasaba por allí y no se hizo daño ¿sabes? Tiene que molar eso de caerse encima de un tren... Si no te haces nada, claro. Y bueno, que entonces quiso bajarse pero no podía porque el tren iba muy rápido ¿no? Y cuando el tren se paró, vio que estaba en un pueblo que no conocía y que eso estaba bien porque ya no tenía ni trabajo ni casa ni familia ni nada ¿no? Y en el pueblo nadie sabía que el no era un niño de verdad y ya no le daría vergüenza ser así en Aquí ¿no? Y entonces encontró la casa de los Addams y vio que estaba abandonada y entró... y entonces fue cuando me lo encontré y le dije que le traería algo para cenar...

– ¿Qué estabas haciendo tú en casa de los Addams?

– ¿Yo?... Pues... Nada. –Alicia se dio cuenta de que acababa de meter la pata. –Bueno... a veces voy allí a buscar tesoros y cosas así... Pero eso también es un secreto ¿No te chivarás a mamá, verdad?

– No me chivaré con una condición, que no vuelvas a llamar Insecto a Gregor ¿vale? No creo que le guste.

La historia del hombre reducido la había conmovido profundamente. El niño repelente al que acababa de conocer  se transformó de pronto en alguien muy próximo y familiar.

Hubo una época en que ella sufrió también las burlas de la gente, en que también quiso pasar desapercibida... pero finalmente había conseguido integrarse de algún modo. O acaso solo fue cuestión de azar el conocer a buenas personas que la ayudaran a sentirse mejor consigo misma: Jomer, Bastián y su familia, Corto... Incluso la furibunda Castafiore la trataba con toda la normalidad de la que era capaz.

Lejos habían quedado los tiempos en que iba al instituto avergonzada, con la cabeza tapada para que los demás alumnos no se rieran de su aspecto. Ya nadie la llamaba “Feto-Punk”, ni “Engendro Cuatro-Ojos”, ni “Escoba de la Pelu”. Ya no era la niña fea del pueblo. Incluso había aprendido a aceptar el apodo de “Dodo” sin ofenderse. Tal vez fue suerte sí, pero igualmente tuvo que esforzarse en superar sus defectos y hacer valer sus virtudes. Aunque... ¿Qué habría hecho si en plena crisis de autoestima hubiera sufrido una transformación que la hubiese dejado tan indefensa como el hombrecillo? ¿Cómo habría sobrevivido sin nadie a quién acudir? ¿Acaso no habría huido también?

No. Gregor podía considerarse afortunado, porque ningún lugar mejor al que ir que Aquí si padecías de un aspecto inusual. La gente de este pueblo era capaz de asumir prácticamente cualquier cosa, por extraña que fuera, sin apenas inmutarse. Más raro fue aquel verano que no paró de nevar(1).

Por fin llegaron al portal de casa de Alicia. Tras hacer sonar el timbre, Christa, la madre de la niña, abrió la puerta y las hizo pasar al iluminado interior.

– ¡¿Te parece bonito hacer sufrir así a tu madre?! ¡¿Sabes la hora que es?! –le dijo a su hija frunciendo el ceño–. ¡Te mando a la plaza a buscar a tu abuelo y lo único que consigo es que os perdáis los dos!

– ¡Bah!... Pero si no me ha pasado nada. ¿Qué hay de cena? Tengo hambre.

– Pero podría haberte pasado Cualquier Cosa. Sube inmediatamente a tu cuarto. ¡Esta noche te vas a la cama sin cenar! A ver si así aprendes a no darme estos sustos.

– ¡Jo! ¡¡¡PUES NO ES JUSTO!!! –y diciendo esto Alicia salió corriendo escaleras arriba. Tras el ruido de sus pasos se oyó un sonoro portazo.

– No seas muy dura con ella Christa. Lo cierto es que la culpa es mía. Hemos ido al bosque... –intentó explicar Dodo.

– ¿Lo de la vaca? No te preocupes querida, el Sr. Koreander pasó hace un buen rato a preguntar si ya la habíais traído y me lo contó todo –la tranquilizó la madre–. ¿Te apetece un poco de leche? Estaba haciendo para mí.

Christa era una mujer bajita y algo regordeta, de pelo castaño y corto. Pese a tener solo una hija, estaba decidida a no dejar que esta creciera como el típico hijo único engreído y malcriado, intentando enseñarle a ser responsable y... en fin, buena persona. Eso hacía que en ocasiones pareciera más exigente de lo que realmente se merecía Alicia. Sin embargo, las personas que la conocían bien sabían que, en realidad, estaba muy orgullosa de su hija y que, de todos modos, la querría con la misma intensidad aunque la niña no alcanzase ninguna de sus expectativas. Era de ese tipo de personas. Aun esperando mucho de los demás, en el fondo, jamás se sentía decepcionada cuando la gente hacía, simplemente, aquello que estaba en su naturaleza. Esta contradicción podía llegar a ser bastante desconcertante.

La condujo hasta la cocina, donde la invitó a sentarse a una pequeña mesa auxiliar. La pequeña estancia era cálida y agradable. Tal vez su trabajo no le dejase mucho tiempo, pero saltaba a la vista que a Christa le encantaba cocinar y prefería hacerlo en un ambiente cómodo.

Sirvió dos tazas de leche caliente y se sentó también a la mesa.

– ¿Cómo está tu marido? ¿Trabajando? –preguntó Dodo por cortesía.

– ¿Beppo? Bueno, supongo que debería decir que sí. Pero ya sabes cómo son los funcionarios. Su empleo consiste básicamente en una siesta muy prolongada –rió la mujer–. Hoy tenía turno de noche... En realidad no entiendo por qué el alcalde Von Ente les hace trabajar hasta tan tarde. Por mí que sus ronquidos le relajan. ¿Prefieres miel o azúcar? Creo que aún queda un poco de cacao en alguna parte...

– Azúcar, gracias.

– Y a todo esto... ¿Donde se ha quedado mi padre? ¿Con la vaca?

– Sí. Queremos averiguar de quién es y devolvérsela esta misma noche. Está esperando a que yo vuelva.

– ¿Y cómo pensáis averiguarlo? ¿Preguntándoselo? Ja, ja, ja...

– Sí, bueno... La vaca no está siendo muy colaboradora que digamos... Bastián está convencido de que es una especie de experimento vacuno de Von Ente. Verás, es una vaca algo... peculiar.

– Ah, pues si mi padre cree que el alcalde tiene algo que ver no habrá nada ni nadie que le haga cambiar de opinión. Le tiene auténtica tirria a ese hombre. Se le ha metido entre ceja y ceja que es una especie de tirano megalómano o algo así...

Dodo se puso súbitamente en pié.

– ¡Oh no! ¡¿No creerás que...?! –preguntó alarmada.

– Puedes estar convencida de que sí –dijo Christa siguiendo a la chica que corría hacia la puerta –. No pierdas el tiempo yendo hasta donde sea que hayáis llevado a la vaca. Ve directamente al Castillo. Seguro que ya está allí.

– ¿A la velocidad a la que camina? –se extrañó Dodo devolviéndole la taza que aún sostenía en la mano–. No debe haber llegado ni a la Calle Menor.

– Te sorprendería la velocidad que puede llegar a alcanzar papá cuando se lo propone. No dejes que haga ninguna tontería, que Beppo necesita el trabajo en el ayuntamiento.

– Haré lo que pueda –suspiró antes de salir corriendo calle arriba–. ¡Y gracias por la lecheeeeee...!

– De nada mujer, de nada –contestó mientras la veía marcharse en la oscuridad–. Qué raro. ¿Por qué están todas las farolas apagadas?

Christa se encogió de hombros y entró de nuevo en su casa. Cuando un rato más tarde se apiadó de su hija y le subió algo de cena, descubrió que Alicia se había vuelto a ir, descolgándose por la ventana de su habitación.

*          *          *

Gregor, sentado en el suelo del destartalado caserón de los Addams y abrazado a sus piernas con la barbilla apoyada en las rodillas, contemplaba en silencio y desde una distancia prudencial el durmiente cuerpo de la vaca. El anciano se había marchado poco después de que lo hicieran la joven con la niña, dejándole encargado de la vigilancia del animal.

Gregor pensaba. Pensaba en cómo una vida aburrida podía convertirse por arte de birlibirloque en una pesadilla surrealista. Pensaba en le serie de acontecimientos que le habían llevado hasta esa noche, hasta ese lugar, hasta esa situación tan absurda. Pensaba en la cena que Alicia no le había traído y en que se moría de hambre.

¿Qué hacía él, un anónimo y gris oficinista, al cuidado de un cuadrúpedo verde que hablaba en sueños? ¿Qué había hecho para merecerse aquello? ¿Por qué el universo parecía insistir en no dejarle a solas para poder regodearse en su depresión?

– Zzzz... naves de combate en llamas alrededor de la estela de Orión...grrhzzz... brillantes Rayos-C... mmmghzz... brillantes... –murmuraba la vaca, agitándose–... como lágrimas en la lluvia...aaahmmmfffzzz...

“¿Pero que clase de ganado crían en este pueblo de locos?” se preguntó Gregor, acercándose gateando.

– ... ummphzzz... es hora de... de... –La vaca abrió súbitamente los ojos, mirando directamente hacia él, a apenas medio metro de distancia de su cuerpo –... MORIR.

El niño se levantó de un salto, retrocediendo espantado, pero el animal no se inmutó. ¿Estaba todavía dormido? ¿Por qué ya no se movía? ¿Habría muerto?

– No soy tan estúpido como para acercarme a ver si aún respiras –dijo en voz alta por si acaso–. Seguro que estás fingiendo y en cuanto me tengas al alcance pegarás un brinco para asustarme.

No se produjo ninguna reacción, así que Gregor se acercó de nuevo para ver si aún respiraba y...

...la vaca, poniéndose en pie de un brinco, le dio un susto de muerte.

– ¡¡¡JA!!! ¡Parece que SÍ eres “tan estúpido”, patético humano! –le gritó.

El niño, lívido de alarma, le arreó un puñetazo en pleno morro que sorprendió por completo a ambos.

– ¡Ay! –exclamó su oponente levantando una pata y frotándose la zona lastimada–. Ahora sí que te has pasado...

– ¡¿Sí?! Y qué piensas hacer, ¿pegarme una coz? –Se agarraba el puño con el que la había atizado. El golpe le dolía más a él que a la vaca.

– ¡Se me ocurre una idea mejor! –dijo ella haciendo un extraño gesto con la cola–. Mierda... parece que se me han acabado las pistolas...

Aprovechando la distracción, Gregor corrió a la sala contigua y cerró rápidamente la puerta que conducía al recibidor. Miró a su alrededor. Se encontraba en la desordenada y sucia biblioteca de la casa. Conocía la habitación y sabía que no tenía ninguna otra salida(2). Estaba atrapado.

Se apoyó en la madera para impedir que la bestia entrara. Cuando la vaca empezó a cargar contra la puerta entendió que no aguantaría mucho en esa posición. Tenía que encontrar un lugar mejor donde esconderse de su furia vacuna.

Joderjoderjoderjoder... –musitaba para si mismo.

Ninguno de los dos se había dado cuenta aún de que la dichosa puerta era corrediza y que, por tanto, la actitud de Gregor era completamente inútil para impedir que fuera abierta.

*          *          *

– Capitán Tichy, señor, la luz en este planeta es sumamente insuficiente... No puedo ver ni mi pseudópodo delante de la cara...

– ¿Y yo qué quiere que le hag...? ¡Argh! ¡Mieeerda, he vuelto a pisar una de esas cosas!

Perdido en lo que parecía mitad de ninguna parte, el rebaño de vacas verdes continuaba avanzando en su misión de inspeccionar la zona. De momento habían descubierto que la flora nativa era definitivamente agresiva y que se habían olvidado de traer linternas con las que alumbrar un poco el camino.

– ¿Es otro de esos especimenes muertos en medio de sus propias deposiciones, capitán?

– Por el olor diría que sí, teniente. Parece obra de una Pistola del Cagarse...

– Eso solo nos lleva a una conclusión posible, capitán: Sikozu estuvo envuelta en algún tipo de refriega y se vio obligada a usar su arma reglamentaria.

– Sería una teoría interesante si no fuera porque no me parece que esas muestras de la fauna local puedan representar una amenaza para alguien como la comandante Sikozu. Probablemente solo estaba comprobando el arma. Con esa puta manía que tienen los técnicos de hacer armamento silencioso y sin lucecitas ni ná, uno nunca sabe si su pistola funciona o no...

– Pero... pero entonces... ¿Por qué no estaba la comandante esperándonos en el punto de encuentro asignado?

– Probablemente se alejó para orinar o algo así y se perdió por el camino... ¡¿Alguien puede decirme por qué leches está todo tan oscuro?! ¡¿Acaso esos inmundos humanos están tan retrasados que ni siquiera han descubierto la electricidad o qué?!

– No parece muy probable, capitán. Su atmósfera está llena de señales de radio claramente artificiales. Recomiendo prudencia, señor. Tal vez nos estén preparando una emboscada.

– Menuda gilipollez, ¡pero qué emboscadas ni qué poll...! Oiga, ahora que lo pienso, ¿por qué no usamos un tricolocalizador o comosellame para encontrar a Sikozu y orientarnos por este escabroso terreno? Me suena que tenemos de eso ¿verdad?

– Bueno... sí. Tener, lo que se dice tener, tenemos unos cuantos. Pero es que...

– ¿Es que, qué?

– Pues que no tienen pilas, capitán. Las lanzamos al motor de la nave cuando nos quedamos sin combustible en la órbita del quinto planeta. Gracias a eso conseguimos llegar hasta el cinturón de asteroides...

– ¡¿Todas las pilas?!

– Ehmm... Sí, capitán. Y me temo que sin tricorders no reconoceríamos a la comandante Sikozu aunque nos topáramos de narices con ella. Piense que a estas alturas puede haberse transformado en prácticamente cualquier cosa...

Mientras una de las vacas le decía esto a otra, de cuernos más largos, que encabezaba la marcha, el grupo pasaba, sin que ninguno de sus miembros se diera cuenta, por las inmediaciones de la casa de los Addams, semioculta tras las espesas copas de los árboles.

– ¡No diga estupideces teniente! Sikozu tendrá exactamente el mismo aspecto que nosotros. Tenemos órdenes estrictas de adoptar esta bioforma aborigen que los nativos interpretarán como inofensiva. La comandante jamás desobedecería esas órdenes, ella es una militar profesional y con mucho futuro en el ejercito. No como otros...

– Eso no lo dirá por mí, ¿verdad capitán Tichy? Ya sé que prohibió que nadie se acercara a su mujer... Le aseguro que cuando nos encontró juntos no estábamos haciendo lo que usted cree... Todo tiene una explicación...

Se oyeron cuchicheos y risitas contenidas entre el resto de los presentes.

– ¡Discutiremos eso en otro momento! Uhmm... Creo que se me están acumulando las conversaciones pendientes... Debería empezar a apuntármelas en la agenda...

Súbitamente la floresta dio paso a una calle asfaltada. Sin proponérselo, el rebaño había llegado a la entrada del pueblo.

– ¿Qué es esto? –preguntó la vaca/capitán.

– Estructuras artificiales, capitán. Viviendas. Creo que hemos descubierto un centro de población.

– Joder, pues también está a oscuras –se quejó frunciendo el ceño. La civilización humana parecía estar mucho menos desarrollada de lo que había asegurado Inteligencia Militar. A largo plazo eso facilitaba la Invasión, pero en ese momento solo añadía dificultad a la tarea de inspección. –De acuerdo, atención patrulla: Avancen en fila de a dos pero procuren no separarse del grupo. Escojan una pareja y cúbranse las espaldas mutuamente. ¿Entendido? Teniente, usted conmigo.

– Disculpe capitán... –dijo la vaca más escuálida del grupo–. Es que... como el cabo Pirx se ha quedado atrás montando guardia, ahora solo somos cinco... y nadie quiere hacer de pareja conmigo(3)...

– El universo es un lugar frío, soldado... err... quiero decir injusto... bueno, frío e injusto... ¡Loquesea!. ¿Patrulla? ¡Adelante! Y procuren no llamar la atención.

– ¿Y cómo hacemos eso, capitán? –le preguntó la vaca/teniente.

– ¿Eh? Pues... con un avance... indiferente.

Las vacas, apiñadas las unas contra las otras, pisándose mutuamente y escudriñando sus alrededores con nerviosismo, se internaron en las apagadas calles del pueblo. Las aceras desiertas fueron poco a poco calmando los crispados ánimos de todas ellas. No se percibía ningún peligro en el ambiente, ni indicios de que los habitantes del lugar les estuvieran tendiendo una trampa. Todo era tranquilidad, quietud y silencio.

Por eso, cuando los miembros del mucho menos tenso y apretujado rebaño llegaron a la altura de “El Único Bar De Aquí”, no estuvieron preparados en absoluto para la inmensa y descomunal figura que les salió al encuentro.

¡¡¡COOOoooRTOOOooo!!!¡¡¡¿QUÉ HACEN TODAS ESTAS VACAS VERDES DELANTE DE MI BAAAaaar!!!

(Fin de la II parte)

(1). En el 76. El verano más frío que se recuerda en Aquí. Cuando las temperaturas empezaron a subir, se puso a llover ediciones de bolsillo de “Las mil y una noches” traducidas al finlandés. Mucha gente sufrió las consecuencias de aquello. Sobretodo cuando se descubrió que había una errata en la página 305. Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

(2). De hecho sí tenia varias salidas más, ocultas tras puertas camufladas entre las librerías, que conducían a todo un laberinto de pasadizos secretos. A los Addams les gustaba jugar al escondite.

(3). Cuando hay que escoger pareja, tanto si se trata de un grupo par como impar, siempre hay un pringado a quién nadie quiere tener a su lado.