AQUÍ HAY DRAGONES
Por Sigmund Nemo.
I parte de tres:
CÓMO SER UN VAQUERO (Y NO MORIR EN EL INTENTO)
Era una luminosa y fresca tarde en el pueblo de Aquí(1). Sin embargo absolutamente nadie en un radio de varios kilómetros la disfrutaba, básicamente porque todo el mundo se había puesto a cubierto por alguna que otra buena razón: hacer la siesta a la sombra, mirar la habitual telebasura en la caja tonta o tomar algo en “El Único Bar De Aquí”, que era el nombre del tercer bar del pueblo subiendo por la Calle Menor(2) a mano derecha, justo antes de llegar al estanco y enfrente de “Este Sí Que Es El Único Bar De Aquí Y Los Otros Son Meros Espejismos”, bar al que nunca entraba nadie porque todos sabían que el local era una ilusión óptica y la ensaladilla que servían estaba pasada.
En el interior del bar, sentados a una mesa del fondo, la ayudante de cocina (a quién por convenio sindical se le permitía hacer un descanso obligatorio de quince minutos al día para hacer un cigarrito, a pesar de que ella ni fumaba ni fumaría, porque fumar perjudica gravemente la salud y la de los que están a tu alrededor) estaba matando el tiempo conversando con uno de los habituales del lugar.
–¿Te importaría volverme a explicar eso lentamente por favor?
La chica observaba el mundo desde detrás de unas gafas enormes de gruesa montura negra. El grosor de los cristales deformaba el tamaño de sus ojos (acuosos, de un azul grisáceo y deprimente) de una forma atroz, dándole el aspecto de patético personaje manga creado por un aficionado al dibujo mediocre y sin talento. Su cuerpo era flaco, huesudo, perdido dentro de una ropa de segunda o hasta tercera mano, que le venía muy evidentemente grande y cuyos colores y estampado recordaban poderosamente a una bata de colegio. Por supuesto, el delantal manchado de grasa de cerdo, con la cara sonriente de la Cosa de los Cuatro Fantásticos, que usaba en horas de trabajo y que en ese momento lucía en todo su asqueroso esplendor, no mejoraba su aspecto en absoluto. Siendo piadosos podríamos decir que, pese a todo, sus cabellos de color de trigo eran el rasgo que más llamaba la atención en ella... pero, en honor a la verdad, habría que matizar que también tenían la misma textura del trigo y recordar que este, al pudrirse, adopta unas tonalidades nada favorecedoras. Eso por no hablar de la batalla campal entre las pecas y un acné tardío que se desarrollaba sobre la superficie de su blanquecina piel. Su nombre era Dorotea, pero todo el mundo la llamaba Dodo. Por ninguna razón en especial.
–Vale, vuelvo a empezar. Andaba yo por el bosque...
El interlocutor de la chica era un hombre adulto y gordo, muy gordo, con una de esas curiosas panzas tan anormalmente grandes, prominentes y tensas, que invariablemente hacen pensar al observador en la posibilidad del embarazo masculino. Por lo demás nada en particular: calvicie prematura, barba mal afeitada, pantalones tejanos demasiado pequeños a punto de estallar bajo la enorme presión a la que estaban sometidos y camiseta de manga corta gastada y deformada por el uso, de color indefinible, por cuyo cuello se escapaban los pelos de la espalda de su propietario. Le llamaban Jomer. Al hombre. A la camiseta nadie la llamaba de ningún modo desde el desafortunado incidente con la etiqueta mutante parasitaria(3).
–¿Y qué hacías tú en el bosque?
–Estaba buscando setas.
–¡¿A la tres de la mañana?!
–Últimamente me cuesta dormir por las noches...
–Levantándote a las cuatro de la tarde no me extraña.
–...y salgo a dar paseos. El caso es que esa noche se me ocurrió ir a buscar setas antes de que el cabrón de Don Acab se levantara de madrugada con ese jodío sabueso suyo y las recolectara. Ya sabes, cada año hace lo mismo, las acapara todas y luego las vende al precio que le da la gana.
–Ya... Y exactamente ¿cuantas cervezas llevabas en el cuerpo cuando se te ocurrió esa brillante idea?
–Pues no sé... no suelo contarlas... como Corto va llenando la jarra cada vez que la ve vacía...
–Lo preguntaré de otra manera: ¿Cuantas cervezas te cobró Corto?
–¡Eso no importa! ¡¿Quieres que te cuente lo del bosque o no?! ¡Además, sabes perfectamente que a mi el alcohol nunca se me sube a la cabeza!
–¡JA! ¡¿Debo recordarte el numerito que montaste el mes pasado con la cabra de Tata Wicca, la mermelada de plátano y el tanga fucsia?!
–¿Tanga fucsia? No recuerdo haberme puesto ningún tanga fucsia...
–¡¡¡Porque quien llevaba el tanga era la cabra!!! ¡Tú llevabas puesta una pajarita!
–¡Las pajaritas vuelven a estar de moda! Son elegantes y te dan un aspecto intelectual...
–No cuando SOLO llevas puesta una pajarita.
–...
–...
–Bueno, a lo que iba. El caso es que estaba yo en el bosque recogiendo setas cuando...
(Efecto flash back)
La oronda figura de Jomer se tambalea en medio de una pesadilla de zarzales y arbustos espinosos. Incluso él, que ha nacido y crecido en un pueblo rodeado de un frondoso bosque, aún se sorprende de lo muy inexactas que suelen ser las descripciones campestres. Tanta tontería romántica de hermosos robles y plácido césped sembrado de margaritas que siempre aparece en películas, cuentos e historias, cuando la verdad es que la “Madre Naturaleza” disfruta como una perra torturando a los incautos turistas que se adentran en la maleza con picaduras y zarpazos hasta en las pestañas... ¡menuda trampa mortal que es la puñetera vida silvestre! O al menos eso es lo que piensa Jomer esta calurosa noche.
“Los bosques deberían ser una moqueta de césped bien segado con unos cuantos árboles, para que haya un poco de variedad en el paisaje. Como esos campos de golf que salen por la tele... Pero sin los teletubis esos de la percha en la cabeza” reflexiona mientras pisa el cadáver putrefacto de una ardilla.
El insomnio le ha hecho salir en pijama y pantuflas de casa, cubriéndose apenas con una chaqueta de cazador (herencia de su abuelo), para ir a “El Único Bar De Aquí” a tomar el último trago del día. Media docena de cervezas después lloraba sobre el hombro del bueno de Corto, deprimido por su vida, su desempleo, su soltería y la muerte de la madre de Bamby. Un par de jarras más tarde la Castafiore (la mujer de Corto) le estaba echando del bar a golpes de sartén antiadherente.
A Jomer le ha parecido una actitud muy injusta. Cierto que hacía horas que el bar estaba cerrado. Cierto que él se ha colado por la ventana del cuarto de baño, hasta el dormitorio que comparten el matrimonio de taberneros (en camas separadas), en la vivienda adyacente al local, y ha despertado a Corto para que le sirviera una copa con el viejo truco de gritarle al oído “¡¡¡¿¿¿ESTÁS DESPIERTO???!!!”. Cierto también que antes de empezar a llorar sus penas, más o menos entre la cuarta y la quinta cerveza, se ha puesto en pié encima de la mesa a cantar “¡¡¡El cayado del mago tiene un nudo en la punta, un nudo en la punta, un nudo en la puuuntaaa...!!!(4) a pleno pulmón. Pero dado que su prominente barriga es fácilmente confundible con un avanzado estado de preñez, en opinión de Jomer, lo sensato habría sido asegurarse que no estaba rompiendo aguas (algo perfectamente comprensible en su delicado estado), antes de acusarle de haberse hecho cosas sucias sobre el suelo de parquet del local y emprenderla a sartenazos antiadherentes con su cabeza.
En cualquier caso, cuando se ha visto en la calle, en pijama, frotándose con una mano la coronilla lastimada y con la otra el abultado vientre (hogar del posible aunque poco probable Jomer Júnior) ha sido cuando le ha venido el antojo de setas y se ha encaminado para el bosque a buscarlas.
De eso hace ya un buen rato, tiempo más que suficiente para arrepentirse de tan absurda decisión. Sin embargo, Jomer es un hombre de principios y ni las espinas de los zarzales que desgarran los pantalones de su pijama de Spiderman, ni las viscosas vísceras de la ardilla muerta que acababa de pisar y que se filtran lentamente al interior de su pantufla, le harán desistir de su misión. Ha llegado hasta aquí a por setas y no se marchará sin ellas.
Consigue avanzar hasta una zona más despejada de maleza. Se agacha y se pone a examinar el suelo. Apenas hay luz lunar, así que cada vez que encuentra algo sospechoso de ser comestible lo recoge, se pone en pie y lo olisquea.
Cuando ya se ha llevado a la nariz varios excrementos de jabalí, su sentido del olfato dice basta y le abandona. Está prácticamente seguro de que lo que en este momento tiene en la mano es un champiñón algo pocho, pero la única manera de asegurarse de ello es darle un pequeño mordisco. Y es precisamente entonces cuando ve a la vaca.
–Vaya, vaya, vaya ¿Pero qué tenemos aquí? –dice, feliz de encontrar una excusa para posponer su experimento.
–Soy una vaca –le contesta la vaca, observándolo fijamente–. Yo en tu lugar no me comería eso.
–Déjame adivinar. Es otra mierda de jabalí, ¿verdad?
–No. Es la cabeza de la ardilla muerta que tienes pegada al pie.
–Buaaaghhhfff... –Jomer se apoya en el árbol más cercano a vomitar varios litros mal digeridos de cerveza. Cuando acaba de limpiarse la boca con la manga de su chaqueta se gira de nuevo hacia el cuadrúpedo.
–Me voy a casa, creo que se me ha pasado el hambre –y se encamina de regreso al pueblo.
La vaca le sigue con la mirada hasta que desaparece súbitamente entre los arbustos. Casi inmediatamente vuelve a aparecer sacudiéndose la ropa de ramitas, tierra y frotándose una rodilla.
–¡Estoy bien, estoy bien! ¡No me he hecho daño! –y se aleja nuevamente, cojeando, hasta perderse de vista.
–Están locos estos humanos –se dice la vaca. Luego se olvida del tema y continúa ocupándose de sus vacunos asuntos.
(Fin del efecto flash back)
–Bueno, ¿qué opinas? –dijo Jomer en cuanto terminó de contarle su historia a Dodo.
Ella reflexionó unos instantes antes de responder.
–Es imposible... –concluyó.
–Te juro que es cierto. ¡¡¡Esa vaca hablaba!!! En ese momento no le di importancia porque estaba concentrado en el asunto de las setas, pero...
–...que haya vacas sueltas por el bosque. Todos los granjeros las tienen supercontroladas. Si se hubiera perdido alguna habría corrido la voz...
–...cuando llegué a casa y me puse a pensar me di cuenta de que lo más raro de todo fue que dijera era una vaca.
–...sobretodo aquí, en el bar. Lo que la gente no le cuenta a Corto voluntariamente se lo sonsaca la Castafiore a base de interrogatorios de portera metomentodo.
Dodo, que tenía la mirada perdida, pensando en voz alta, se dio cuenta de pronto de lo que Jomer estaba diciendo.
–¡Un momento! ¿Qué tiene de raro que una vaca diga que es una vaca? Lo extraño sería que asegurase ser un tocadiscos, ¿no?
–Eso lo dices porque no tienes una mente detectivesca como la mía. Que una vaca es una vaca es evidente, pero cuando insiste en que realmente es una vaca resulta sospechoso. ¿No será que está ocultando algo? ¿Qué gana la vaca haciéndome creer que es una vaca? ¿Eh? ¿Eh? ¿No será que en realidad es un... un... TOCADISCOS?
Dodo contempló a Jomer con infinita paciencia. Al fin se levanto, pasándose la mano por el pelo y soltando un soplido.
–Mira Jomer –dijo mientras intentaba sin éxito plancharse las arrugas del delantal con un gesto–. Estoy dispuesta a creerme que te colaste de noche en el bar, al fin y al cabo tampoco sería la primera vez. Me creo también que te fuiste a buscar setas a las tres de la madrugada e incluso que te encontraste una vaca perdida en el bosque. –De pronto se puso seria, con los brazos en jarra. –Pero lo que no admite duda es que LAS VACAS NO HABLAN y que UNA VACA NO ES UN TOCADISCOS.
–¿Te he dicho ya que la vaca era verde?
– ¡Oh, por el amor de...!
De pronto un grito interrumpió la conversación de ambos personajes.
–¡¡¡DODOOOoooOOOooo!!! –se oyó desde el otro lado de la puerta que conducía a la cocina del bar.
Detrás de la barra un hombre ocupado en secar con un trapo los vasos que acababa de fregar se estremeció y le hizo un gesto con la cabeza a la chica. Era un individuo entrado en años pero que aún se mantenía en buena forma física. Sin duda en sus años mozos fue todo un seductor. Su piel endurecida y agrietada, sus abundantes patillas plateadas por el paso del tiempo y el pendiente que adornaba su oreja le daban cierto aire de viejo lobo de mar.
–Será mejor que vayas –le susurró–. Hoy la Castafiore está de especial mal humor.
–¡¡¡TE HE OÍDOOOooo!!! –rugió la voz tras la puerta.
–¡Ya voy! –contestó Dodo acercándose a la barra–. Oye Corto, Jomer dice que la otra noche se encontró una vaca perdida en el bosque, ¿tú sabes de alguien que haya echado en falta alguna de las suyas?
–¡Una vaca parlante de color verde! –matizó el aludido desde su mesa.
–Qué raro... –dijo Corto, el hombre tras la barra–. Pues no, nadie me ha dicho nada de eso... pero por la noche Jomer suele ir bastante pedo... igual se lo ha imaginado todo.
–Puede. De todos modos iré a echar un vistazo al bosque cuando salga de aquí. Por si acaso.
–¡¡¡DODOOOoooOOOooo!!! ¡¡¡TU DESCANSO DE QUINCE MINUTOS PARA EL CIGARRITO ACABÓ HACE QUINCE SEGUNDOOOoooS!!! ¡¡¡TE LOS VOY A DESCONTAR DE LA PAGAAAaaa!!! ¡¡¡Y ESPERO QUE TE HAYAS FUMADO EL CIGARRITOOOooo!!!
–Ya le dije que yo no fumo –se oyó decir a Dodo mientras se metía por fin en la cocina y cerraba la puerta tras de si.
–¡¡¡EL DESCANSO PARA EL CIGARRITO ES OBLIGATORIO Y TIENES QUE FUMARTE UN CIGARRITOOOooo!!! ¡¡¡LO DICE TU CONTRATOOOooo!!! ¡¡¡MAÑANA TE FUMAS DOOOoooS!!!
–¡Sic!
Jomer lanzó una mirada compasiva a Corto, el cual, una vez más, se preguntó porqué dejó su vida de marinero errante para casarse con una ex-soprano irascible.
* * *
En la plaza del Ayuntamiento de Aquí, a última hora de la tarde, cuando el astro rey está a punto de ponerse, solía congregarse un alto porcentaje de la población del pueblo, divididos en tres claras franjas de edad: un montón de críos jugando a fútbol y gritando hasta quedarse afónicos; una pequeña comunidad de adolescentes con ínfulas de inadaptados, despatarrados en los bancos bajo los árboles, fumando cigarrillos que ellos mismos se liaban y pretendiendo estar de vuelta de todo; y un puñado de abuelos, más alejados, sentados en sus propias sillitas plegables de plástico traídas de casa, disfrutando de los últimos rayos de luz solar del día y criticando la actitud de los otros dos grupos.
El motivo principal para estas reuniones espontáneas era tocarle las narices al alcalde, el Barón Vicenç Von Ente, pero hacía años que este se cansó de que le dieran el coñazo y trasladó las oficinas y a los funcionarios del ayuntamiento al Castillo, en la parte más alta y alejada del pueblo (llamada por los lugareños “Aquí Arriba”), donde poder seguir tramando sus planes de dominación mundial sin tanto ruido de fondo(5). De modo de que si los aquienses(6) seguían concentrándose en la plaza era básicamente por inercia.
Subiendo por la Calle Menor apareció Dodo y se paró en la esquina, echando un vistazo a la plaza, hasta que dio con la persona que estaba buscando. Se acercó al grupo de abuelos, donde una niña de melena oscura y cara ovalada estaba sentada en una de las sillitas, escuchando con aparente fascinación las lecciones de “La Moral De Los Viejos Tiempos Y Como Se Hacían Las Cosas Antes, Que Era, Por Cierto, Muchísimo Mejor” con las que la estaban sermoneando el resto de ancianos tertulianos.
–...y si no obedecías te arreaban en la palma de la mano con una vara tal que así... –estaba diciendo en ese preciso momento uno de los viejecitos, que pretendía estar tomando el sol a pesar de ir vestido con la suficiente ropa como para pasar el invierno en el ártico, mientras hacía un gesto con los brazos para mostrar la longitud del objeto en cuestión. Por un momento Dodo se preguntó si a lo que se refería el hombre no sería al grosor de la vara, pero tenía serias dudas de que incluso en los Buenos Viejos Tiempos se arrease a los niños revoltosos con varas del grosor de un tronco de árbol. En el fondo la chica era un poco demasiado optimista. –...y te aseguro que ya nunca jamás olvidabas la lección, no sé si me entiendes.
–¡Eso, eso, nunca jamás olvidabas la lección! –corearon el resto de ancianos mirando con desprecio a los adolescentes de los bancos.
–Buenas tardes señor Koreander –interrumpió Dodo y añadió dirigiéndose a la niña–. Hola Alicia, ¿has visto a tu abuelo?
Koreander (el viejo de la vara), que no se había dado cuenta de la presencia de la chica hasta que esta había hablado, pegó un pequeño brinco y se inclinó hacia la figura que le había saludado ajustándose sus pequeñas gafas y frunciendo el ceño intentando reconocerla.
–Vaya por Dios, pero si es la pequeña Dorotea. ¡Cómo has crecido! –La miró de arriba abajo con aire de desaprobación– Deberías comer más, estás muy flaca. Y deberías hacer algo con ese pelo. No es normal. ¿Por qué no te lo escondes con algo? Una bolsa de papel en la cabeza tal vez...
–¡Hola Dodo! –saludó Alicia con una sonrisa de oreja a oreja.
La niña tenía un cuerpecito pequeño y una cabeza grande y redonda, con cara soñadora y ojazos negros y brillantes. El pelo, moreno y rizado, le caía como una cascada sobre los hombros y vestía un vestidito rojo oscuro bajo el que llevaba un suéter de lana a grandes franjas rojas y blancas. Era una niñita realmente mona, de las que provoca en la gente de su alrededor la necesidad de cuidarla, protegerla de todo mal y evitar a toda costa que se caiga por el agujero de alguna madriguera, persiguiendo a conejos retrasados. Por suerte ella todavía no era consciente del efecto que producía en los adultos y no abusaba de él (Pero, ¡uy cuando se dé cuenta!).
–Sr. Koreander, no me he vuelto a poner una bolsa en la cabeza desde que dejé el instituto. El psiquiatra dijo que no era bueno para mi autoestima... –dijo Dodo.
–¡Bah! ¡Y qué sabrá ese Dr. Ente(7) de lo que más le conviene a una chica! Dime, ¿ya te has casado?
–Desde la última vez que me lo preguntó, o sea ayer, no Sr. Koreander –respondió ella con infinita calma–. Estoy buscando al abuelo de Alicia, ¿no está con ustedes?
–Pues deberías buscarte un marido, que se te está empezando a pasar el arroz. No sé si me entiendes...
–El abuelo ha dicho que iba a regar los geranios y que le guardase el asiento... –intervino Alicia–... pero no lo entiendo. Mamá dice que las flores que tenemos en casa son bugambilias... ¡Ah, mira! ¡Ya vuelve! ¡¡¡IAIOOO!!! ¡¡¡HA VENIDO DODO HA BUSCARTEEE!!!
Desde el otro lado de la plaza se acercaba otro viejecillo, prácticamente idéntico a los que estaban sentados, que avanzaba con paso lento mientras se peleaba con la bragueta de su pantalón de pana, intentando abrochársela. Se trataba de un hombre ya muy mayor, bajito y encorvado, de piel curtida pero fláccida, signo de que en otro tiempo fue un hombre obeso, pero cuya hija había obligado, a base de verduras insípidas y comida dietética, a perder peso. El resultado no era del todo satisfactorio. Su aspecto hacía pensar en una pera mustia.
–Cremalleras... ¡Malditos inventos modernos! ¡¿Por qué ya no harán braguetas de verdad?! Como las de antes... ¡¡¡Con botones!!! –refunfuñaba mientras se acercaba–. ¿Eh? Ah, hola Dorotea. ¿Qué es eso de que vienes a buscarme? ¡Todavía sé volver solo a casa! No estoy senil, ¿sabes?
–Además, mamá siempre me envía a mí a buscarle –añadió la niña, siempre dispuesta a ayudar–. Me da una propina si lo hago.
–¡¿Así que es por eso que siempre te tengo pegada a las pantorrillas?! ¡¡¡Tu madre me va a oír!!!
–Ya te dije que deberías haberle pegado más a tu hija cuando era pequeña –dijo Koreander–. Mi padre nos pegaba a mis hermanos y a mí a todas horas y ya ves lo bien que hemos salido. No sé si me entiendes.
Se escucharon varios murmullos de asentimiento entre los tertulianos. Dodo se apresuró a cambiar de tema.
–No he venido a llevarle a casa Sr. Bux. Puede que haya una vaca perdida en el bosque y si la encuentro necesitaré ayuda para traerla hasta Aquí y buscar a su dueño. Ya sabe que a mí lo de manejar ganado no se me da bien.
–Llámame Bastián, Sr. Bux me hace sentir viejo. ¿Los animales aún salen corriendo en cuanto te ven? –preguntó iaio Bastián ya más calmado.
–Umfh... Sí, aún lo hacen –respondió ella en tono cortante.
–Es que esos pelos dan auténtico miedo, no sé si me entiendes –murmuró una voz por lo bajini.
–Está bien, tranquila, yo te acompaño.
–¡¿Iaio-puedo-venir-iaio-puedo-venir-iaio-puedo-venir...?!
Bastián se sacó un billete arrugado del bolsillo.
–Alicia cariño, te doy este billete si prometes dejar de seguirme todo el santo día.
–Mamá me da el doble por seguirte.
–¡Argh! ¡Recuérdame que tengo que hablar con tu madre muy seriamente cuando lleguemos a casa! ¡¡¡Malditos críos!!!
–Deberías haber pegado más a tu hija cuando era pequeña, Bux. Siempre te lo digo.
–Cierra esa bocaza, Koreander, viejo chocho. ¡Tu y tus métodos nazis de educación! ¡¡¡No te quiero volver a ver en mi vida!!!
–Está bien hombre, no te sulfures, solo era un comentario, no sé si me entiendes. ¿Nos vemos mañana, Bux?
–Sí, claro. Hasta mañana Koreander. Hasta mañana chicos.
El trío (Dodo, Alicia y Bastián) se alejó lentamente cruzando la plaza, siguiendo el ritmo pausado que usaba al andar el más anciano, mientras el lugar empezaba a llenarse de mujeres de todas las edades las cuales, quejándose por verse obligadas a repetir ese mismo espectáculo día tras día, arrastraron a niños, jóvenes y viejos hacia sus respectivas casas.
El astro rey se ocultó tras las montañas.
* * *
Tras una de las ventanas del viejo caserón abandonado de los Addams, Gregor “el Insecto”, semioculto por las raídas cortinas, observaba la puesta de sol. Los restos de cielo iluminado que aún podían verse adoptaban tonalidades rosáceas y anaranjadas de lo más ñoñas.
Alicia no podía tardar mucho más. En cuanto consiguiera escamotear los restos de la cena que había preparado su madre la tendría allí de nuevo, como cada noche desde que llegó a Aquí. A Gregor no le gustaba Alicia (demasiado mona, demasiado entrañable... realmente escalofriante). Incluso había estado tentado de echarla a patadas en más de una ocasión, pero gracias a ella tenía algo que comer cada noche... y era de las pocas personas que no huían espantadas por su “inusual” aspecto.
Gregor intentó sentarse en una de las carcomidas sillas a esperar, pero en su actual estado no alcanzaba el asiento, así que se quedó tumbado en el suelo e intentó adivinar con qué manjares le sorprendería esa noche la niña.
* * *
–¡Iaio Bastián, iaio Bastián! ¿A ti tu papá te pegaba con una vara cuando eras pequeño? –preguntó Alicia mientras correteaba y daba saltitos alrededor de sus acompañantes.
Para sorpresa y envidia de los otros dos, no parecía tener ningún problema para avanzar entre los matorrales asesinos y las plantas antropófagas (es un decir) que invadían el bosque. En cambio Dodo estaba concentrada maldiciendo para si misma a Jomer y la madre que lo trajo al mundo, mientras tiraba de la falda que se le había vuelto a quedar enganchada en un espécimen de la flora local, hasta que la tela a cuadros se desgarró. Otra vez.
–¡Umph! Cariño, a mí mi padre jamás me puso las manos encima... aunque me arrancó varios dientes, eso sí(8) –respondió Bastián, a quién la naturaleza tampoco se lo estaba poniendo nada fácil.
–¿Y por eso no has salido bien?
–¡¿Qué?! ¡Alicia, te he dicho cientos de veces que no hagas caso de nada de lo que dice Koreander! ¡Ese viejo chocho está caduco desde hace décadas!
–¿Qué significa caduco?
–Que pierde las hojas cada otoño y no le vuelven a salir hasta primavera – explicó Dodo, que en realidad no estaba prestando mucha atención.
–Aaah...
La niña se quedó en silencio unos instantes
–¿Entonces a tito Koreander le crecían hojas cuando era joven?
–Sí, exacto. –Bastián sonrió mientras se imaginaba al viejo de la plaza cubierto de hojas de planta espinosa. –Je, je, je... Vaya, que curioso. Una vaca verde.
Sí, por fin, delante del trío estaba plantada sobre sus cuatro verdes patas una enorme vaca, verde como una vaca verde, que los observaba con mirada bobina.
A su alrededor el suelo estaba despejado y negruzco, como si algo hubiera quemado la zona para dejarla limpia. De hecho, un observador elevado se sorprendería al ver un extraño signo de grandes dimensiones grabado a fuego sobre la superficie del bosque. Desgraciadamente los espectadores presentes en el lugar eran más bien bajitos.
La vaca miró de arriba a abajo a los tres visitantes (deteniéndose brevemente en el peinado de Dodo), juzgando el grado de amenaza de cada uno de ellos. Tras unos instantes rumiando (literalmente, ¡era una vaca!), se sentó en el suelo y empezó a silbar mirando hacia otro lado, como si la cosa no fuera con ella.
Los aquienses giraron sus respectivas cabezas hacia el lugar al que miraba y luego volvieron a centrar su atención en el cuadrúpedo con la boca abierta y el ceño fruncido.
–¿Tito Koreander era tan verde como esa vaca?
–No cariño. Lo que pasa es que... err... las vacas no distinguen bien los colores –dijo Bastián dubitativo–. Lo leí en alguna parte...
–No creo que eso afecte al color de la piel –corrigió Dodo–. A menos que se trate de una clase rara de daltonismo...
La vaca bajó la cabeza contemplando su cuerpo.
–Ups.
Con un estremecimiento cambió de color adoptando un aspecto blanco con grandes manchas violetas (sobre las que se leía “Milka”) y los miró con una ceja levantada, desafiándolos a que volvieran a criticarla.
–De repente me apetece chocolate con leche –soltó Bastián sin que viniera a cuento de nada.
–Esta vaca es un poco rara...
–Anda que como sea un tocadiscos camuflado... –dijo Dodo mientras recogía un palo del suelo sin apartar la mirada del animal y empezaba a pincharlo para comprobar su consistencia.
La vaca se apartó de un salto y se enfrentó al grupo, furiosa.
–¡Está bien, está bien! ¡Me habéis descubierto! Esto no es tan fácil como parece ¿sabéis? ¡¡¡No tenéis ni idea de lo chungo que resulta controlar detalles tan nimios como el color cuando una solo ve en blanco y negro!!! –Los otros se apartaron cautelosamente. –¡Por vuestra culpa voy a tener que adelantar mis planes!
Con un gesto hizo aparecer una pistola de diseño futurista en su cola(9) y la lanzó al aire, atrapándola con la boca y apretando el gatillo con su viscosa lengua.
–¡Guegacge ahgge uecgo gígec! –les espetó, apuntándoles.
–¿¿¿Lo qué???
La vaca depositó cuidadosamente la pistola en el suelo ante ella y repitió la orden.
–¡Digo que me llevéis ante vuestro líder! –y volvió a agarrar el arma con expresión amenazante.
* * *
En la cima del monte Ese(10) se alzaba, con su enorme silueta recortándose bajo el cielo alumbrado por la luna creciente, el tenebroso Castillo de Aquí Arriba, sede del ayuntamiento de Aquí, donde los funcionarios soñaban con eternas pausas para el desayuno y en enormes lotes de navidad.
En el balcón más alto de la torre más alta del ala más alta del castillo, una figura siniestra observaba las lucecitas del alumbrado público que se encendían en el pueblo, a sus pies.
Mientras, en otra de las torres (más concretamente en una de las de tamaño mediano que pasaba totalmente desapercibida entre la arquitectura surrealista que caracterizaba al edificio) el Barón Vicenç Von Ente, Dr. en psiquiatría y alcalde del lugar, que observaba a la siniestra figura con su telescopio, anotó mentalmente que tenía que despedir a ese guardia del castillo que se pasaba todo su turno de vigilancia fumando pitillos a la fresca. Luego desvió el aparato para echar un vistazo a sus dominios.
–¡Igor! –gritó de pronto.
Un individuo deforme y renqueante se le acercó desde detrás de una mesa llena a rebosar de documentos oficiales.
–Ez “Aigor”, zenió. ¿En qué puedo zervir al zenió Barón?
–Aigor, ¿que son ensas lunces de anllí abajo?
–Zon laz farolaz de pueblo, zenió.
–¡¿Faronlas?! ¿Cuando aprobé YO que se punsieran faronlas en MI puenblo?
–El alumbrado público ez obligatorio zenió. Zuz votantez amenazaron con montarle un motín zi no lo inztalaba, zenió.
–¡¡¡Los votanntes me amenazanron a MÍ!!! ¡¿Cómo se antreven?! ¡Los quiero anrrestados ipso facto!
–Zenió, el “ipzo facto” ze noz ha acabado. El próczimo pedido no noz llega hazta el mez que viene.
–Umph... Pues enntonces apunta a todos ensos traidonres fanscinerosos para ser anrrestados el mes que vienne... –Von muerte hizo un mohín, contrariado por no poder encarcelar a nadie por culpa de problemas logísticos. –¡Y apanga innmediatamente tondas ensas faronlas, que quién tienne que pagar luengo la fanctura de la lunz soy YO!
–¿No ze zupone que cobra impueztoz para ezo, zenió?
–¡Los inmpuestos son MÍOS y lo que haga con enllos es consa MÍA! ¡¿Enstamos?!
–Zí zenió Barón. Lo que uzté diga, zenió Barón.
Aigor se dirigió hacia una caja metálica empotrada en la pared y, tras abrirla, bajó una enorme interruptor de hierro enmohecido que soltó un chispazo al hacer contacto. Las luces fluorescentes del despacho en el que se encontraban subieron de intensidad a la vez que fuera, en el pueblo, el alumbrado público se apagaba súbitamente.
–Enso es. Ansí está muncho mejor.
Más arriba, en el balcón más alto de la torre más alta del ala más alta del castillo, la figura siniestra, sorprendida in fraganti por la repentina subida de tensión, apagó nerviosamente su pitillo y adoptó la postura de firme, más propia de un miembro de la guardia.
Más arriba aún, en el cielo estrellado, una extraña constelación de forma triangular empezó a moverse.
* * *
Mientras, en el bosque...
–¿Qué es un líder? –preguntó de forma bastante previsible Alicia.
–Un líder es un jefe. El que más manda, ¿entiendes? –le aclaró Dodo.
–En casa la que más manda es mamá.
–Ya. En mi caso la que me da órdenes es la Castafiore... aunque se supone que mi jefe es Corto...
–¡Pues a mí no me manda nadie! –exclamó Bastián–. ¡¡Que no sufrí la posguerra para tener que arrodillarme luego ante ese papanatas de Von Ente!!
–Creo que ha habido algún tipo de error –reflexionó la chica en voz alta–. No creo que se refiera a nuestro líder, se debe referir al suyo ¿no? Quiero decir que al fin y al cabo es una vaca, y las vacas siempre son propiedad de alguien. ¡Que el ganado no cae del cielo así como así, vamos!
–¡¿Cómo que no?! –la interrumpió el viejo–. ¿No te acuerdas de aquella vez que el Dr. Ente intentó digievolucionar a los terneros aquellos y nos pasamos dos meses ahuyentando a un puñado de toros rojos con alas que insistían en anidar en el campanario?
–Pues ahora que lo dice... no. Es la primera vez que oigo algo parecido.
–¡Ajá! Eso es porque luego usó la maquina esa de “Todo Ha Sido Un Sueño” para que todos lo olvidaran y le volvieran a votar en las siguientes elecciones. Que no lo recuerdes demuestra que tengo razón.
–Entonces ¿a usted le parece que debe ser del alcalde?
–¿Una vaca parlante multicolor? ¿De quién si no?
–Si me permitís interrumpiros un segundo... –La vaca había vuelto a soltar su arma e intentaba meter baza en la conversación, sin obtener resultados.
–Hombre Bastián, pero no podemos estar seguros de eso. Podría ser de cualquier otra persona... Tata Wicca, por ejemplo, tiene un montón de cerdos zombies y patos momificados paseándose por su granja (por no mencionar a la cabra en tanga)... O Don Acab, con todos esos perros de caza vestidos de cuero rojo ajustado... Incluso, por lo que tengo entendido, la Sra. Essex ha estado haciendo experimentos de clonación transgénica con ovejas e insectos palo...
–Yo no...
–Mira Dorotea, yo solo digo que ese Dr. Ente no es de fiar, que siempre anda maquinando cosas raras.
–Estooo...
–Tito Koreander siempre dice que para transgénicos los Addams. Que esos si que sabían ser gente rara y no como los de ahora.
–¿Lo ve? Y también está el Cementerio de Animales Maldito. Si la vaca ha salido de allí es que alguien la enterró... y no tiene por qué haber sido Von Ente. O Tal vez alguien la lanzara al Pozo del Retorno Infernal. O que...
–¡¡¡EH!!! ¡¿Os importaría dejar de hablar de mí como si no estuviera?! –gritó exasperada la vaca.
Se produjo un silencio incómodo.
–Ejem... –continuó el animal–. Yo solo quisiera aclarar que no conozco a ninguna de esas criaturas humanas que habéis nombrado... ¡¡¡Y QUE OS ESTOY APUNTANDO CON UNA PISTOLA DEL CAGARSE, ASÍ QUE BASTA DE TANTA CHÁCHARA Y HACED LO QUE SE OS ORDENA!!!
–¿¿¿Una pistola de qué???
–¡¡¡DEL CAGARSE!!! ¡Su rayo afecta directamente al sistema digestivo y provoca unas deposiciones tan grandes y tan continuas que acaban produciendo la muerte por agotamiento!
–Vaaayaaa... que cosas que se inventan hoy en día... A ver, déjame mirarla de cerca... –y Bastián recogió el arma del suelo y empezó a examinarla, ante la estupefacción del cuadrúpedo.
–Tú...Tú... ¡No puedes hacer eso! ¡No es justo! ¡Devuélvemela ahora mismo! ¡¡¡Es mía!!! –dijo mientras pataleaba como una loca.
–¡Bah...! Pero si no funciona... –El viejo disparó al azar unas cuantas veces sin que se produjera ningún efecto aparente y acabó tirando despreocupadamente la pistola entre los arbustos. –¿No debería sonar un piñau-piñau o un zaaapp o un algo?
–¡Para que lo sepas, no todos los mega rayos tienen efectos especiales de ciencia ficción incorporados! Algunos se limitan a hacer aquello para lo que han sido diseñados y punto.
Un murciélago, un búho y un par de ratones silvestres que pasaban casualmente por ahí, sintieron de pronto la imperiosa necesidad de vaciar sus intestinos.
–¡No importa... porque también tengo un Pistolón de la Hostia!
Y diciendo esto se sacó otra arma de diseño con la cola(11) y también la lanzó para agarrarla con la boca. Sin embargo en esta ocasión no afinó bien el tiro y el artefacto fue a parar directamente a las manos de Alicia.
–Mooolaaa... –dijo la niña adoptando la postura de un Ángel de Charlie y apuntando al animal–. Bang, estás muerta.
La vaca se inmovilizó y cayó de lado, completamente tiesa.
–¡Bah...! En mis tiempos hasta las pistolas de juguete hacían algún ruidito.
–Creo que se ha quedado frita.
Dodo se acercó y volvió a pincharla con el palo, obteniendo un gruñido como única respuesta.
–¿Qué hacemos ahora? Deberíamos llevarla a algún lugar a cubierto hasta que averigüemos quién es el dueño.
–¡Yo sé donde, yo sé adonde!
–Está bien Alicia, pero deja de apuntarme con esa cosa ¿quieres?
–¡¿Pretendes que arrastremos esa montaña de carne fuera del bosque?!
–Pues sí. ¿Se le ocurre alguna idea mejor?
–Buff... Ya estoy muy mayor para estas cosas.
Uniendo fuerzas con sus compañeras, Bastián se agachó para empujar al inmóvil animal. Por suerte, a medida que avanzaban el peso de la vaca iba allanando el camino, de modo que la única que sufría los ataques de las zarzas y los arbustos era ella.
–Y encima el regreso hace subida...
Sus figuras se perdieron en la oscuridad de la noche. Arriba, en el cielo, un grupo de estrellas en curiosa formación, desafiando varias leyes astronómicas, se desplazaban lentamente en dirección a ese mismo lugar.
(Fin de la I parte)
(1). El pueblo se llama Aquí porque su fundador, que formaba parte de un grupo de bárbaros algo cortitos que huían del Imperio Romano unos cuantos siglos después que este hubiera desaparecido, dijo a sus compañeros en ese mismo lugar: “¡Estoy harto de andar! ¡No me muevo de Aquí hasta que alguien me diga a donde vamos y de qué conio estamos huyendo!”. Curiosamente formuló este ultimátum en un idioma que no existiría hasta muchísimos años más tarde, de forma y manera que sus colegas no entendieron ni media palabra y le dejaron solo y abandonado allí (o sea Aquí), donde una pésima dieta de frutos silvestres y conejos cojos (los sanos no se dejaban pillar, los muy...) le provocó una grave crisis de esquizofrenia con trastorno de personalidades múltiples, a partir de las cuales se desarrolló una pequeña comunidad endogámica de gente rara que fue creciendo hasta convertirse en el actual pueblo de Aquí.
(2). La calle principal, paralela a la Calle Más Menor, a un lado, y la Calle Más Menor De Todas, al otro... ¡Y viva Barrio Sésamo!
(3). Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
(4). Canción compuesta por Terry Pratchett y popularizada por la sin par Tata Ogg.
(5). Los funcionarios no solían ser especialmente molestos en ese sentido. Sobretodo porque se pasaban el día durmiendo en sus puestos de trabajo. Von Ente acabó acostumbrándose a los ronquidos.
(6). Aquienses: Dícese de los habitantes de Aquí.
(7). Sí, el alcalde era también el psiquiatra del pueblo, ¿qué pasa?
(8). El padre de Bux era dentista.
(9). Describir el lugar exacto de donde sacó el arma resultaría algo... escatológico.
(10). Los aquienses no eran especialmente originales en lo que a inventar nombres se refiere
(11). Sí, del mismo lugar del que se había sacado la otra.