Action Tales presenta: La Leyenda de Alzino

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Cuenta la leyenda que, en los turbulentos días del Imperio Romano, muchos fueron los hombres que se enfrentaron al poder que los subyugaba, y pocos los que lograron su libertad.

Ésta es la historia de uno de ellos...

Escrito por Gabriel Romero/ Portada: Pater

GALERAS

DE

LIBURNIA

PARTE II

IV

Ahora es personal

La hermosa galera pirata, de nombre Alejandría, era uno de los barcos más ligeros y experimentados de cuantos surcaban el Mare Nostrum en aquellos tiempos crueles, pero en ocasiones como ésta, ni siquiera eso parecía suficiente.

Brincó vaporosa sobre un mar encrespado, como una pantera corriendo en la sabana, y rodeó al barco en ruinas. Se acercó a su proa, que aún aguantaba el envite, y los piratas obligados a retirarse gritaban de furia a los jóvenes soldados, mostraban sus dientes y sus puñales manchados de sangre romana, y lanzaban flechas con plumas negras cuando ya no podían contener sus ansias de batalla.

Pero Escila les gritaba que marcharan en paz, y que le dejasen conquistar a él ese pedazo de madera, defendido hasta el último hombre y la última gota de sudor por cuatro valientes elegidos para sacrificarse. Y que estaban dispuestos a hacerlo, al igual que su capitán.

Sin embargo, esto no preocupaba al viejo Lentino. Su atención estaba sólo puesta en los piratas que huían. Al ver a la galera separarse de su presa y rodearla, para tomar rumbo a Poniente, comprendió que tenía que actuar deprisa. Miró a su contramaestre, y ordenó virar a babor, para cortar la retirada y embestirles. Nuestro inmenso barco negro avanzaba como un diablo, y su quilla partía las olas velozmente. Lentino mascullaba palabras de odio junto a la proa, y ordenó situar una fila de arqueros listos para disparar, y acercar las catapultas. Tan pronto como los corsarios estuviesen a tiro, serían suyos al fin…

Los viejos marinos empujaron con esfuerzo aquellas grandes máquinas de madera, y las cargaron con pesados bloques de piedra que pudieran hundir al enemigo. Luego derramaron aceite sobre ellos, y dos esclavos trajeron antorchas encendidas con las que prenderlos.

Pero fue demasiado tarde…

Un trueno llenó el aire de la mañana, y al instante el viejo capitán, curtido en mil batallas y sus ruidos desde que no levantaba más que un palmo del suelo, entendió lo que ocurría: miró a la galera, y vio dos enormes proyectiles volando directos hacia ellos. Luego contempló su propio barco, las catapultas derramando aceite en la cubierta, y las antorchas encendidas, y gritó como un poseso:

– ¡Rápido, apagad los fuegos y cubrid las catapultas, por los dioses, o todo arderá como un maldito infierno!

La tripulación se movió como un solo hombre: los esclavos hundieron las antorchas en sendos cubos de agua y apagaron las llamas, al tiempo que un puñado de marinos subían agua de mar mediante cubos atados con cuerdas y vertían su contenido en la madera de cubierta, diluyendo así el aceite que se hubiera derramado. Y otros más cubrían las catapultas con lonas humedecidas, tratando de protegerlas del impacto que se avecinaba. (Lógicamente, toda esta operación no debía llevarse a cabo con el agua potable almacenada en el barco, sino con agua salada, que podían obtener fácilmente.)

Pero nada bastó.

El horrible choque hizo añicos la cubierta y las catapultas, llevándose consigo a muchos hombres, todos ellos marinos con años de experiencia. El segundo proyectil cayó en el puente de popa, reduciéndolo a maderos informes que revoloteaban de forma caótica por el aire, hundiéndose en la carne de los supervivientes. Los gritos de dolor poblaban el barco, bien de los pocos que aún vivían entre los restos de las catapultas y que suplicaban ser liberados, bien de los que habían resultado heridos, o mutilados, y que lloraban su desgracia.

Yo mismo a punto estuve de caer sepultado bajo los restos del orgulloso puente de popa, que en su derrumbe mató a no menos de diez hombres. Tuve la suerte de colarme por un hueco sufrido en la madera de cubierta, e ir a parar a los anchos bancos de los remeros. Nada más que eso salvó mi vida…

Lentino salió de su escondrijo hecho una furia. Vio que los daños eran graves, pero no tanto como para privarle de su victoria. Habíamos perdido las armas de largo alcance, pero la vela y los remos habían quedado milagrosamente intactos. El timón estaba dañado, pero funcionaría. Y en cuanto a la tripulación, nadie imprescindible había muerto, y los heridos volvieron a sus puestos aun arrastrando piernas o brazos inútiles, o todavía perdiendo sangre por heridas sin cerrar. Nada iba a detener el avance del viejo capitán, y ya no era por dinero: ahora se trataba de asuntos personales.

Quería la cabeza del joven pirata colgando de su mástil.

Pero de momento esa cabeza seguía sobre sus hombros.

Escila pasaba apuros contra los soldados del navío, pero iba ganando terreno. Por el rabillo del ojo miraba su galera, y los daños producidos en el inmenso barco negro, y estaba satisfecho.

De pronto, el grito de victoria de los bárbaros del Norte llegó desde popa: habían logrado conquistarla. Atacados por dos flancos de acero vikingo, los romanos finalmente sucumbieron. No quedaba nadie vivo salvo los piratas, riendo y felicitándose sobre una montaña de cadáveres mutilados. Y estos victoriosos guerreros volvieron sus espadas hacia proa, y fueron a ayudar a los compañeros que allí luchaban, como una marea de hojas sanguinolentas, petos rotos y yelmos caídos, una marea que sacudió el tenue equilibrio del barco en apuros.

Cuando los soldados romanos lo vieron, supieron que había llegado el final, y les inundó el terror. Muchos saltaron al mar desde proa, y el resto fue empalado por la misma inercia de la carga, y lanzado al agua sin piedad en su última agonía.

Escila no tomó prisioneros.

La matanza fue tan horrible, y la victoria tan completa, que el mismo capitán se estremeció por un momento. Aunque era ésta su vida, y su misión natural, ni siquiera los piratas disfrutaban con el exterminio completo de un barco de valientes, y menos cuando este sacrificio sólo busca ganar tiempo para traidores.

Pero pronto el capitán volvió en sí, y bramó sus órdenes como una fiera desatada.

– ¡Sauno, Tercedio, reagrupad a los hombres! ¡Hemos de impedir que el barco de los Cazadores embista al Alejandría!

– Pero, capitán – dijo el pequeño Sauno de Creta –, este barco ha perdido su vela y sus remos, y ni en sus mejores condiciones sería rival para ese inmenso barco negro. ¿Cómo pretendes...?

– ¡Iluso! – interrumpió el joven pirata –. No voy a luchar contra ellos, no estoy tan loco. Que los hombres despojen a los cadáveres romanos de sus uniformes, y los vistan ellos. Vamos a mandar señales a los Cazadores para que se detengan.

El viejo Tercedio sonrió admirado por la agudeza de su capitán.

Para enfilar hacia el Oeste, hacia las Columnas de Hércules, la galera había tenido que rodear al mercante en ruinas, y ahora nuestro colosal barco negro se dirigía recta hacia ella. No habíamos tenido más que virar ligeramente hacia babor, y volvíamos a tener a la presa de frente. Y aunque la potencia de remos con que contábamos era fabulosa, el enorme peso de nuestro quinquerreme lo hacía más lento, y aún debía contar con la embestida como su mejor arma.

Si los hombres de Escila lograban hacernos frenar, en la persecución llevaba las de ganar el Alejandría

Los rudos piratas desvistieron a los muertos, y se colocaron sus uniformes. Era una acción que nunca hubieran imaginado, ellos que odiaban al Imperio más que a nada en el mundo, y que se habían hecho célebres por sólo atacar los navíos con sus enseñas. Pero a veces los dioses de la batalla gustan de bromas crueles, y sus hijos favoritos son aquéllos que las entienden y sacan ventaja de ellas. Estaban exhaustos, pero la guerra latía en sus venas, y no había tiempo para pensar en nada más. Tomaron los escudos bruñidos, y lanzaron señales a los Cazadores, reflejando el sol en ellos.

– Capitán – dije asombrado –, el mercante nos envía un mensaje. Los soldados romanos han vencido, pero nos ordenan detenernos en el acto. Dicen que los piratas se llevaron a su capitán, el viejo Cneo Estearius, para asegurarse la huida. Y si les abordamos, él será el primero en morir...

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V

Estrategas del mar

– ¿Me oyes, capitán? Decía...

– ¡Claro que te oigo, imbécil! – respondió Lentino, colérico –. Estaba pensando. Conocí a Estearius en Lutecia, hace dos décadas. Era un buen hombre, pero cayó en desgracia. Si ahora lo tienen esos bastardos, no será fácil recuperarlo con vida, pero si muere, que no sea por mi mano. De acuerdo, frena a los remeros. Les dejaremos pasar, pero les seguiremos de cerca allá donde vayan, y por los dioses que arrasaremos cualquier guarida donde se oculten.

Y al instante corrí a llevar la orden de mi capitán. Y por un instante, me pregunté si era posible que el mismo Lentino, de alguna forma impía, también poseyera algo parecido al honor.

Nuestro barco frenó así su avance, y la galera pudo fácilmente cruzar por delante nuestro sin sufrir el más mínimo daño. Los asesinos gritaron, y elevaron al cielo sus amenazas, pero acataron sin más remedio la orden de Lentino. Acto seguido, la proa viró de nuevo, y dio comienzo la persecución.

Sobre el dañado mercante, todo eran gritos de alborozo. Los piratas disfrazados de romanos se felicitaban por haber logrado salvar a sus amigos. El mismo Escila reía como un loco por el inesperado éxito de su plan, y al relajarse, notó por primera vez cansancio. Los brazos y las piernas le dolían como si tuviera cuchillas clavadas, y a duras penas lograba enderezarse. Y él era uno de los más jóvenes de entre los piratas, por lo que imaginaba cómo debían estar sus hombres.

La batalla había sido horrible, contra un ejército preparado y dispuesto a sacrificar hasta la última gota de su sangre, y aun así vencieron. Muchos de los suyos habían muerto, y otros más habrían de morir en los próximos días. No era de extrañar por tanto que estuvieran pagando ahora el agotamiento acumulado de toda una guerra.

Varios hombres traían cubos de agua limpia para lavar los restos de sangre, y otros se vendaban las heridas. Escila contempló los pequeños cortes que había sufrido en ambos brazos, y uno algo más profundo en el muslo izquierdo, pero aparte de eso, la sangre que le cubría de la cabeza a los pies era de otros. Una vez limpio, y vistiendo la coraza de Estearius, ayudó a sus hombres a arrojar por la borda los muchos cadáveres romanos desnudos. Únicamente guardó, envuelto en mantas, el cuerpo del viejo capitán, al que había prometido devolver a su patria, aunque fuera muerto.

Pero después de eso no permitió que sus hombres se tumbasen.

Debía mantenerlos activos, para que no perdieran el ritmo del combate, hasta que pudiera fraguarse un plan de actuación. Sauno y Tercedio eran los más veteranos de cuantos había a bordo, de modo que ellos organizarían a los piratas. Luego les comentó en privado sus planes para el fin de aquel día, y todos estuvieron de acuerdo.

Finalmente, Tercedio acompañó a su capitán a hablar con los remeros del barco capturado.

– ¡Galeotes de este barco, cuyo nombre desconozco, escuchadme! ¡Yo soy Escila de Hispania, también conocido como Escila el pirata! Yo he capturado este barco, y matado a sus ocupantes. El navío me pertenece, y por tanto también vosotros, pero no voy a hacer uso de ese derecho de mar. Yo una vez fui galeote igual que vosotros, y recuerdo con aspereza aquella época. Por eso voy a haceros la misma oferta que a los remeros de todos los barcos que he capturado en mi vida: si deseáis seguirme, será como hombres libres, y remaréis en mi barco sin cadenas que os aten ni látigos que os castiguen. Seréis alimentados, y nunca heridos, y recibiréis una parte del botín que capturemos. Justamente la misma cantidad que cualquiera de los hombres que viajen en mi barco. Porque igual que los piratas se juegan la vida en cada abordaje, tampoco vuestros cuellos van seguros, y de vuestros brazos depende en gran medida el éxito de nuestra misión. Ahora bien, podéis suponer que os exigiré el mayor trabajo: deberéis remar como si os persiguiera un demonio, y acatar órdenes sin dudar. Cualquiera que ose desafiar mi autoridad o la de mis hombres será abandonado en el primer puerto que hallemos, sin monedas y sin ropa, ¿está claro?

» Por el contrario, si no deseáis seguirme, procuraré dejaros en un lugar próximo a vuestro hogar, con ropas nuevas y una bolsa de monedas romanas. Aunque como sabéis, el Imperio jamás reconocerá vuestra libertad como yo la reconozco. Ése es el trato, galeotes, ¿qué contestáis?

Los esclavos guardaban silencio.

– Aunque en este caso la situación es algo distinta – prosiguió Escila –. Mi barco está lejos de aquí, en un gran peligro, y necesito vuestra ayuda para salvarlo. Quien me la preste, recibirá la misma oferta de hoy, y una recompensa adicional por su valía. Quien no... bueno, por desgracia, ahora no puedo prometeros grandes cuidados, de modo que quien no me preste su ayuda, será arrojado por la borda. No hay espacio en este barco para peso muerto, ni tengo tiempo para contemplaciones. ¿Entendido?

– Pero no quedan remos, Escila el pirata – interrumpió un jovenzuelo de cara pecosa –. ¿O pretendes que rememos con los brazos?

– Yo os daré remos, esclavos, y el mundo entero si es necesario, con tal de obtener el pellejo de los Cazadores de Piratas.

– Llevo muchos años en barcos como éste – dijo un anciano de barba blanca –, y deseo volver a mi pueblo. Yo te ayudaré, Escila de Hispania. Remaré con toda la fuerza de mis brazos, y haré lo imposible por que venzas en tu batalla. Y entonces veremos si tus promesas siguen en pie.

Gritos entusiastas acompañaron las palabras del viejo: los esclavos respaldaban al pirata.

Escila sonreía, y murmuró para sí: “Claro que lo verás, amigo; ¡con valientes como tú, por los dioses que lo verás!”.

Escila y Tercedio volvieron a salir a la cubierta tras el baño de multitudes. El viejo estratega dacio aún no creía lo que su capitán estaba dispuesto a hacer.

– ¿Cuál será tu siguiente paso? – preguntó.

– Voy a hablar con nuestros hombres, a contarles mi plan. Luego partiremos la cubierta con las hachas de batalla, y haremos maderos con los que los galeotes puedan remar. Y después, ¿quién sabe? Que Marte y Neptuno decidan nuestra suerte, hoy les serviremos como hijos leales…

Justo en ese instante, el sol estaba ya en lo más alto del cielo. Tal y como el joven capitán se había propuesto, antes del mediodía el barco era suyo. Sin embargo, la quilla tendría que salvarse de las llamas, al menos de momento, porque era lo único que tenían.

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VI

Las lejanas deidades de unos y otros

La galera avanzaba a plena velocidad en dirección a Poniente, seguida de cerca por nuestro temido barco negro. En ella, el contramaestre Cornelius daba órdenes de manera frenética. Él era en ese instante la máxima autoridad a bordo, y si había comprendido bien las órdenes de su capitán, le correspondía llevar a cabo la peor parte de la batalla. Duro es luchar contra guerreros entrenados y dispuestos a morir con la cabeza bien alta, pero nadie conoce mejor el combate en alta mar que un puñado de piratas rencorosos. Y desde el momento en que abandonaron el refugio de las islas, ningún otro puerto de la zona les era leal, de modo que tampoco podían acercarse a la costa.

Sólo tenían el mar por delante…

Cornelius organizó a los hombres tan deprisa como pudo. Había numerosos heridos, algunos de gravedad, y varios muertos. El asalto a la proa del sencillo mercante, sin corazas ni yelmos, fue un acto suicida, y aunque alteró decisivamente el curso de la batalla, también supuso grandes pérdidas entre los piratas.

Aquellos hombres curtidos entre barcos y sangre arrojaron al mar los cadáveres de sus compañeros, con sólo breves despedidas y alguna lágrima fugaz, y luego regresaron a sus puestos.

Limpiaron y vendaron sus heridas, desclavaron las flechas romanas que habían llegado a la cubierta durante el ataque, y afilaron sus armas, nerviosos como estaban por la horrible batalla que presentían. Cornelius ordenó mantenernos lejos como fuera, para que no pudiésemos utilizar nuestros arqueros, y cubos y cubos de agua potable fueron llevados a los galeotes, para evitar que desfallecieran. El Alejandría había resultado prácticamente ileso en su encuentro con los dos barcos enemigos, y eso era más de lo que podíamos decir los Cazadores de Piratas.

Arrastraron las catapultas hacia popa, y las dejaron cargadas y listas, pero no las dispararon.

Derribar de lejos un barco tan grandioso como el nuestro no era una práctica de hombres, y los mismos piratas reconocían en su huida la brillantez de nuestra sucia emboscada, y la audacia de una trampa casi perfecta.

En su profundo sentido del honor, nos habíamos ganado una buena pelea cuerpo a cuerpo…

De algún modo, incluso en el largo tiempo que fuimos tras ellos, sé que aún perduraba la extraña sensación de hermandad que siempre hubo entre nosotros. Ellos eran piratas, y nosotros éramos piratas, y en realidad nos sabíamos todos hijos de la misma madre, compañeros frente al resto del mundo. Un pirata no tiene amigos, ni familia, ni lealtad absoluta hacia nadie. Más que hacia los que son como él.

Precisamente por eso les enfurecía tanto la traición…

Cornelius esperaría el momento preciso, cuando la diosa Fortuna le sonriera, y entonces su zarpazo sería letal. Además, el capitán Escila no iba a conformarse más que con la cabeza del hombre que mandaba aquel barco endemoniado.

De momento, Cornelius rezaba en bajo a sus deidades nórdicas, que ahora le parecían tan lejanas…

Las mismas deidades con las que quería mandarle a dormir el viejo Lentino.

El capitán estaba furioso, y recorría la proa de nuestro orgulloso bajel como un león encerrado. El que fuera corsario en las rutas del Mar Egeo, a bordo de la tristemente famosa Sirena de Lesbos, el hombre que se sentó en un trono de sangre y joyas, del que fue brutalmente arrojado por las armas romanas, se disponía a la batalla definitiva.

Sabía que aquellos marinos, aquellos piratas del Mare Nostrum, eran los más fieros y terribles de a cuantos nos habíamos enfrentado, y aquella lucha bien podría costarle la vida. Pero no iba a ceder.

Ya no puedo estar seguro, querido Catalio, de si no eran todos sus actos guiados por la codicia. Si realmente sólo orquestó la traición y emboscada a una decena de barcos piratas con el oro romano en su cabeza. O si en verdad era más bien una cuestión de venganza. De hombría. De seguir probando su valor y coraje cuando ya no era tan joven como antaño.

Lentino era un diablo listo. No tenía honor, ni palabra, pero sí la astucia del zorro y la maldad de las bestias. Y Lentino era consciente de que no se puede pactar con Roma y pretender salir beneficiado.

Él sabía que los patricios romanos le menospreciaban, que hablaban de ajusticiarle por sus tiempos de pirata, y que le mandaban al combate rezando por que no volviera.

¿Y aun así hizo tratos con ellos…?

¿Tal vez creyó poder timar a los timadores? ¿Que con una bolsa llena de monedas de oro sería al fin respetado?

¿O quizá simplemente buscaba la muerte del guerrero, con una espada en alto, y no expuesto a los buitres junto a una calzada?

Realmente lo desconozco…

Sí puedo decirte cuánto le odiábamos todos. Salvo algún loco que participaba voluntariamente en aquello, la mayoría de su tripulación éramos viejos ladrones, piratas y asesinos que tuvimos mala suerte, y a los que el Imperio obligó a tomar parte en esa maldita conjura, con la espada del verdugo ya lista si nos negábamos. Y Lentino personificaba la traición…

Ciertamente, seguíamos sus órdenes con reservas, protestando en cada maniobra, quejándonos y maldiciendo por nuestro aciago destino.

Sin embargo, llegado aquel triste momento, cuando ya perdimos las catapultas (y muchos de nosotros, también la fe), empezamos a darnos cuenta de que tal vez Lentino fuera el único hombre capaz de sacarnos vivos de allí. De que esa lucha contra los marinos del Alejandría podía convertirse en la última de nuestras largas carreras.

Y necesitábamos un líder fuerte capaz de guiarnos en esa oscura batalla.

Al fin y al cabo, un pirata siempre sabe que la muerte le ronda en cada travesía, pero nunca está listo para recibirla, por mucho que la conozca y aprecie…

 

Aún recuerdo las breves conversaciones que teníamos entonces los marinos.

Había miedo, y oscuros presagios. Había anhelos e incertidumbre. Pero además, corría como las llamas una profunda expectación acerca del misterioso hombre llamado Escila.

En aquel entonces ya era famoso en todos los puertos del Mare Nostrum por su audacia y temeridad, y había ocasionado al Imperio tan enormes pérdidas que pagarían fortunas al hombre que lograse matarlo, y pasearían su piel de un confín al otro del mundo, como un trofeo de caza. Ni siquiera el mismo Lentino era tan odiado a tan joven edad. ¿Qué sería del Imperio cuando Escila llevase veinte años pirateando?

Se decía que tenía intereses políticos, que planeaba liderar la Resistencia y mandar a Roma al olvido…

Nada de eso nos importaba mucho entonces, sólo el privilegio de ser aquéllos que lograran matarlo,… o al menos terminar el día con la cabeza sobre los hombros.

Ya habíamos tenido un breve encuentro con el joven pirata, y no salimos muy bien parados. Nuestro inmenso barco negro, de nombre Némesis, había conocido tiempos mejores. Tenía un gran agujero en la cubierta, y dentro de él, los restos mezclados de las catapultas, los proyectiles que las destruyeron y los hombres que trataron de detenerlos, algunos marineros, otros esclavos. La flotación del barco no estaba en peligro, pero la tripulación había quedado muy mermada. Algunos viejos piratas se tuvieron que poner a remar, cosa que nunca habían hecho, y encima remar con fuerza, para no perder a la galera. Además, el puente de popa estaba hecho añicos, y los hombres tuvieron que trabajar de modo frenético. Retiraron las maderas partidas, tratando de salvar las que pudieran ser útiles, y arrojando al mar el resto. Hicieron barricadas que les protegieran de nuevos impactos, y una fila de arqueros se dispuso en la proa, con sus arcos y sus aljabas a mano, listos a una orden.

Lentino cerraba los puños mirando a la galera, volcado sobre el mascarón de proa. Sus ojos despedían fuego, y parecía ir a saltar del barco y nadar él mismo la distancia que le separaba de sus enemigos.

Nos preparábamos para la terrible batalla que podría matarnos, y que sin duda haría temblar las olas del Mare Nostrum durante muchos siglos. Se había convertido en un asunto personal, una cruenta guerra entre el joven cachorro y el viejo lobo de mar, y sólo podía terminar con la muerte de uno de ellos.

Respiramos hondo, rezamos cada uno a nuestros dioses lejanos, y preparamos las defensas lo mejor que pudimos. El poderoso Marte no iba a darnos más tregua en la que hacerlo…

El rubio contramaestre Cornelius sonrió al ver surgir en el horizonte la línea aún poco definida de las Columnas de Hércules.

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VII

Los truenos de la victoria

Viajando en dirección sudoeste, el Alejandría bordeó la costa africana. Y nosotros fuimos detrás.

Pasamos muy cerca de las Columnas de Hércules, tanto como para contemplar las olas estrellándose en sus rocas, y luego seguimos camino, con el viento a favor, y guiándonos por el brillante sol que ya bajaba enfrente nuestra.

El Némesis no iba a perder a su presa fácilmente.

– Estad alerta – dijo Lentino, mirando hacia nosotros, sus fieles lacayos –, presiento una encerrona.

– No han lanzado señales a la costa – le respondí  en el acto, tratando más de convencerme a mí mismo –, ni las han recibido, capitán.

– Aún así. Estos piratas son auténticos demonios.

Y entonces se desató el infierno…

Aunque el sol brillaba en el cielo con toda su fuerza, el aire se llenó de truenos, de una potencia ensordecedora, y en ese instante vimos con horror un enjambre de proyectiles, no menos de seis o siete, volando hacia nosotros desde la costa, desde posiciones ocultas en las rocas o en los árboles. La mayoría eran grandes piedras, bloques de granito y roca virgen provenientes de las canteras de África, y capaces de hundir hasta el más formidable de los barcos con su solo contacto.

Pero otros eran enormes bolas de paja o madera a las que habían prendido fuego, como antorchas voladoras buscando a sus víctimas, en la luminosa claridad del Mare Nostrum.

Lentino corrió a proteger a sus hombres, pero ya sabía que estábamos perdidos. El primer impacto se produjo en las barricadas de proa, despedazándolas como si no fueran más que granos de arena de un reloj. Dos viejos marinos trataron a amontonar nuevos objetos que pudieran resguardarnos, pero fue demasiado tarde, y acabaron aplastados, y luego envueltos en llamas. El segundo proyectil incendió la cubierta, y el tercero, y el cuarto, prendiéndola con un fuego que se extendió hacia la popa, y alcanzó el mástil y las velas. El quinto se deslizó por el costado de la nave, destrozando los remos de babor. El sexto proyectil falló su blanco, hundiéndose en el mar.

Y todo quedó en silencio en las Columnas de Hércules…

Muertos, heridos, fuego y ruinas consumieron nuestro orgulloso navío.

Los que antaño eran fieros piratas corrían hoy como niños asustados, como diminutos cachorros en apuros. Se había evaporado su venganza, su valor, su indomable espíritu de guerreros del mar.

El mismo Lentino salió a cubierta con una expresión de horror absoluto. Nunca se había visto en aquellas aguas un ataque semejante, tan cruel, tan demoledor, sobre un solo barco enemigo, por muchos Cazadores de Piratas que hubiera en él. Y no habían necesitado enviar señales a sus amigos ocultos en la costa…

Los malditos piratas de tierra debieron avistarnos en la lejanía del horizonte, y descargaron en nosotros todo el poder de sus catapultas, como la furia de los coléricos dioses del Olimpo.

Yo por mi parte, tuve que bajar a toda prisa del puesto de vigía, antes de que las terribles llamas consumieran el mástil e hicieran imposible mi huida. Y contemplé con tristeza el modo en que la enorme y orgullosa vela negra del Némesis era reducida sólo a cenizas…

Me quedé estupefacto, e incapaz de moverme o hablar, hasta que los gritos de los hombres de cubierta me obligaron a volver al mundo. Había muy pocos supervivientes, y la mayoría con graves heridas. Huesos rotos, quemaduras, sangre a borbotones,… todos con horrible aspecto, moviéndose a duras penas, saliendo de debajo de los bloques impactados y de las montañas de maderos rotos.

Rápidamente traté de organizar a los pocos que seguían en buenas condiciones, para que ayudaran a rescatar a sus compañeros y, sobre todo, para que trajeran agua con la que apagar el fuego. Si no nos dábamos prisa, todo acabaría pronto…

Luego marché hacia el capitán, que seguía inmóvil y aterrorizado junto a popa, y le sacudí por los hombros para que recuperase la cordura. Tenía el rostro descompuesto, temblaban sus manos, y le caían goterones de sudor por las mejillas.

– ¡Capitán, por los dioses! ¡Le necesitamos al mando!

A nuestro lado, un sinfín de cubos llenos de agua fueron izados por babor, pero aun así la lucha contra el fuego era dura, y la victoria parecía ir a escaparse entre las manos. Las llamas se resistían ante el esforzado coraje de un puñado de hombres sudorosos, que no eran más que una veintena de mancos, ciegos o simplemente tullidos. Pero al fin las derrotaron, aun a costa de sacrificar la vela y media cubierta. Fue un encuentro titánico, en el que los pulmones se quemaban y los brazos pesaban como un maldito infierno.

Pero Lentino seguía quieto, con la mirada fija más allá de su propio barco.

Él fue el primero en contemplar nuestro amargo destino:

Por encima de las columnas de humo, los gritos de los heridos y el olor de los muertos, llegaba cruzando las olas la terrible galera esmeralda.

– Ha dado la vuelta protegida por las islas – dijo el capitán, más hablando consigo mismo –, sabiendo que sus amigos terminarían con nosotros.

– ¿Y qué vamos a hacer? – pregunté, llevado por los nervios –. ¡Ahora sí que estamos perdidos!

– ¡Escúchame bien, gordo estúpido! – gritó Lentino, agarrándome por el cuello –: ¡Vamos a resistir hasta que nos maten! ¡Eso es lo que hacen los hombres! Una vez fuimos llamados piratas. No deshonremos ese título.

Y ésa fue la primera vez en que descubrí el auténtico coraje de Cayo Lentino, natural de Lesbos.

Pero el resto de la tripulación ahora carecía de él…

El Némesis estaba envuelto en una nube de humo negro y espeso, y los remos seguían quietos, al menos los que aún permanecían enteros. En cuanto los otros supervivientes descubrieron la galera que navegaba hacia nosotros a plena potencia de remos, abandonaron las tareas de rescate y limpieza, saltó la alarma, y todos buscaron por instinto al capitán, en espera de órdenes.

Una masa informe de marinos destrozados se arremolinaron en torno a su figura, gimiendo, suplicando, buscando un norte y un faro que habían perdido en sólo un instante.

Lentino al fin apretó los dientes, y gritó:

– ¡Rearmaos, Cazadores! ¡Tomad de nuevo vuestras corazas y yelmos, y las espadas que os dieron fama! ¡Arqueros, formad una línea en la proa, atentos a mi orden! ¡Mercenarios, situaos por detrás, dispuestos a presentar batalla!

Nos quedamos estupefactos.

Nadie tenía ya esas energías, ni esa aparente confianza, todos nos sentíamos abatidos, y con intención de rendirnos, aunque sabíamos a la perfección que los piratas de Escila no tomarían prisioneros.

Pero Lentino no estaba dispuesto a rendirse con tanta facilidad. Era un traidor a su gente, y una espada vendida, pero debo reconocer que en aquel día supo hallar su propio valor, y convertirse en un héroe.

Y esa extraña fuerza, que era tan propia de aquel hombre, se contagió a la tripulación, y todos gritamos sus mismas ansias de devolver el golpe. Hasta que un marinero vino a romper el embrujo:

– ¡Vía de agua a babor! ¡Capitán, uno de los proyectiles ha agujereado el casco! No debe quedarnos más de una hora…

Y el mundo se nos cayó encima. Ya no había más esperanza, ni más lucha. Estábamos condenados a morir como ratas, o a ahogarnos saltando por la borda. Todos arrojamos las armas al suelo, y el fantasma de la rendición volvió a planear sobre el barco.

Hasta que la voz de Lentino nos detuvo:

– ¡Alto ahí, Cazadores de Piratas! ¿Acaso pensabais ganar esta batalla? No, vamos a morir, pero moriremos matando. Les recibiremos con una salva de flechas, y venderemos caro el pellejo. Y cuando todos hayamos muerto, y cuelguen nuestros cuerpos de su quilla, aún seremos recordados muchos años en este Mare Nostrum, por la terrible ferocidad con que luchamos. ¿Y bien? ¿Estáis conmigo? ¡Pues id a cumplir mis órdenes de una maldita vez!

Gritamos, enardecidos, furiosos, y corrimos a ocupar nuestros puestos de batalla, como un solo hombre, pero en silencio.

Ninguno se dio cuenta de que, si todos moríamos, nadie iba a saber de nuestra hazaña, y nadie iba a recordarnos...

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VIII

La matanza de los piratas

Ninguno de los tripulantes del Alejandría podía ver qué se ocultaba dentro de la espesa nube de humo negro del Némesis, pero aun así se prepararon para abordarlo. De nuevo armados y protegidos, acorazados en la proa, taparon sus rostros con pañuelos, y rezaron cada uno a sus deidades.

Clavaron de nuevo el corvus, y los arpeos de abordaje, por segunda vez en el mismo día. Pero esta vez no había botín ni saqueo en sus cabezas: sólo muerte y venganza.

Apretaron con fuerza los mangos de sus armas, y se lanzaron al ataque.

Pero cuando estaban ya muy cerca, y se aprestaba Cornelius sobre el mascarón de proa para saltar hacia sus enemigos, emergió del humo una lluvia de flechas, tan sorpresiva y terrible que mató a muchos piratas, e hirió a bastantes más, pese a petos y corazas. A él mismo le atravesó el brazo derecho, que en adelante arrastraría como muerto.

Pero eso no le restó valor, ni coraje, ni ansia de ver a sus enemigos muertos y expuestos al hambre de los buitres. Así que gritó, por encima del humo y los quejidos de sus hombres:

– ¡Vamos, piratas del Mare Nostrum! ¡Demostradles cómo se paga la traición! ¡Al abordaje!

Y todos le siguieron como una tromba, como un enjambre de abejas al ataque.

Al instante el miedo desapareció en favor del odio, de la sed de sangre y los gritos de batalla. No era una lucha civilizada, ni una guerra por ideales: era el simple enfrentamiento de animales sin honor y sin conciencia, tan solo guiados por la rabia asesina, y por la tremenda necesidad de acabar la lucha cuanto antes. De matar o morir.

Ya no había diferencias entre Cazadores y piratas. Ya nadie se preguntaba quién pudiera tener razón en un principio: ya sólo quedaba la muerte.

Los vikingos saltaron al barco enemigo sin nuevos ataques que les recibieran. El espectáculo que se abría ante su mirada era infernal: ni un alma sobre la maltrecha cubierta, y todo el lugar plagado de fuegos de intensísimas llamas rojas que Lentino había ordenado volver a prender para ellos. Tupidas cortinas de humo negro hacían llorar los ojos y escocían las gargantas, el suelo temblaba, crujía, inestable y carcomido por la batalla.

Aun así no se arredraron, y encomendándose a los crueles dioses que les habían abocado a semejantes torturas, llamaron a sus enemigos con gritos de desprecio, ansiando la batalla definitiva.

Y éstos surgieron, de entre las espesas columnas de humo, o saltaban por encima de las altas hogueras, tiznados de negro como demonios tras las puertas abiertas del infierno, empuñando sus armas con la desesperación de los condenados. Era lo único que podía otorgarles una pequeña ventaja, y se aferraban a ello como un náufrago a un madero.

Era una lucha sucia, sin orden ni concierto. Era una turba salvaje, y su mismo desenfreno compensaba su reducido número y su deplorable estado. Finas hojas de acero cortaban las gargantas y los vientres, puñales curvos desgarraban la carne, grandes hachas de piedra quebraban los huesos. Y al frente de todos iba Lentino, con su sable de pirata, que ya estaba rojo de sangre.

Los vikingos se vieron empujados por la mortal carrera de sus enemigos, que buscaban llegar tan lejos como fuera posible antes de que los mataran. Y ese empuje hizo que ellos mismos no pudieran avanzar, tropezándose unos con otros, hechos una masa informe incapaz de defenderse. Se herían con sus propias armas, chocaba el metal contra el metal, y a la cabeza de las tropas, el contramaestre Cornelius fue pisoteado por la lengua de asesinos que defendía tan salvajemente su barco, quedando herido en un rincón.

Viendo esto, fue Ardo, el osado eunuco de los Mares del Norte, quien dio una voz para asumir el mando, desde detrás de los hombres:

– ¡Adelante, piratas! ¡Superad la sorpresa! ¡Son apenas un atajo de ratas traicioneras!

Y oyendo esos gritos, los vikingos hallaron el aplomo necesario. Empuñaron con fuerza los gruesos mangos de sus hachas y mazas, apretaron los dientes con saña, y se lanzaron osados al encuentro de la muerte. O de la victoria…

Recrudecieron su ataque, destrozando con presteza las desorganizadas filas de los Cazadores. Mancharon sus hojas, mellaron sus filos, e hicieron sonar tan alto como podían sus burlescos cantos de batalla. Ni los cráneos ni los pechos de sus fornidos rivales estaban preparados para algo así, y pronto los cuerpos mutilados anegaron nuestro suelo.

Y los piratas empezaron a ver por fin saciada su añeja venganza…

Por su parte, Ardo, desde ese momento convertido en nuevo líder de los sangrientos invasores, buscó con los ojos al que era su oponente natural: el capitán Lentino.

Cortada la cabeza, la serpiente deja de luchar…

Y allí lo encontró, a lo lejos, mirándole cara a cara con la espada en la mano. Aguardándole. El viejo marino estaba petrificado, observando el ataque con ojos de hielo. Ardo llegó hasta él, osado, pero no fue el primero en moverse. Lentino giró la muñeca tan veloz como un rayo, y de un espadazo arrancó el yelmo de la cabeza del eunuco, y a éste le hizo caer por los suelos.

 – Tú no puedes ser Escila – dijo, riéndose a carcajadas –, y él debe creerme estúpido si envía a una niña a liderar su ofensiva. ¿Dónde está tu capitán? ¿Dónde se oculta de mí?

El odio inflamó el rostro del vikingo, que se puso en pie de un salto y lanzó una estocada mortal, pero el veterano espadachín la detuvo sin dificultades. Repartieron fintas, mandobles e insultos, y Lentino aún sonreía. Obviamente, el joven guerrero nacido en las montañas de Germania no era digno contrincante para mi sádico capitán. El muchacho era duro, y cruel, y luchaba con el valor de incontables generaciones de bárbaros norteños aplastados y exiliados por la bota romana, pero no sabía mucho del arte de la esgrima. Y en cambio Lentino nació con una espada en la mano, y sus pies encima de la cubierta de un barco. Era un hombre único y salvaje, que había hecho suyas las aguas, que visitó todas las naciones y puso en jaque a la misma Roma. Un hombre que sólo buscaba morir con honor, pero que no iba a ponérselo fácil.

El final estaba predicho, y sólo era cuestión de tiempo…

De pronto, sin previo aviso, un terrible impacto sacudió el navío como si de un maremoto se tratara. Los hombres rodaron por los suelos, las maderas que a duras penas se sostenían cayeron en tromba sobre los guerreros de ambos bandos, y sólo yo, que no había participado en la batalla y seguía en la popa, resguardado del acero y la crueldad, pude darme cuenta de lo que sucedía.

Y mi gritó superó el ruido de lucha y las llamas:

– ¡Capitán, hemos sido embestidos! ¡Es el barco que empleamos de señuelo, y nos están abordando! ¡Oh, por Júpiter, no son soldados romanos, sino los malditos piratas vestidos con corazas de legionarios!

Y entonces Lentino lo comprendió todo.

Comprendió por qué la galera huyó hacia el Oeste abandonando a su víctima, y por qué sus enemigos resistían lo indecible cuando (o al menos eso había pensado él) estaban solos en la batalla. Comprendió quién movía los hilos en la sombra, y comprendió que Estearius llevaba tiempo muerto. Y por encima de todo, comprendió que estaba acabado.

Y esta vez era Ardo quien reía...

– ¿Querías a mi capitán, bastardo? ¡Bien, pues ahí lo tienes!

Lentino se puso nervioso.

No quería morir atacado por la espalda, y menos atravesado por lanzas romanas empuñadas por vikingos. Los mismos vikingos junto a los que había luchado hombro con hombro en otro tiempo, y a los que ahora estaba matando. ¿Cómo había llegado a una situación tan desesperada? ¿Y por qué razón?

Dicen que cuando un hombre está a punto de morir, revisa en un instante toda su vida, y saca conclusiones. Si eso fuera cierto, y hubiera ocurrido en el caso de Lentino, nadie sabrá nunca qué conclusiones obtuvo. Si se arrepintió de haber sido pirata, o bien se arrepintió de haberles traicionado. Lo único que sé con certeza, amigo Catalio, es que apretó los dientes, agarró con fuerza la empuñadura de su espada, y atacó de nuevo a Ardo, prefiriendo morir en un duelo justo que ser linchado por la multitud.

De un sablazo desarmó al norteño, y elevó la hoja para descargar el golpe definitivo…

Y fue en ese preciso momento cuando yo entendí al fin cuál habría de ser mi papel en la tragedia. Para qué me habían puesto los dioses sobre la cubierta del Némesis, y a quién debía entregar mi lealtad.

Fue en ese justo momento cuando tomé una maza caída en el suelo, y golpeé con ella en el yelmo de mi capitán, derribándolo.

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IX

El Chacal de Germania

Lentino despertó como de un sueño, con la cabeza dolorida, igual que las muñecas y tobillos. Antes incluso de abrir los ojos, ya notó que estaba erguido, atado de pies y manos por fuertes cadenas y, según la brisa helada que acariciaba todo su cuerpo, completamente desnudo.

Lentamente su mirada se aclaró, y vio ante sí al norteño al que estuvo a punto de matar, al contramaestre al que sus hombres pisotearon como una alfombra, y a un joven alto y fornido, de larga melena negra y poblada barba, vestido con una túnica corta de color rojo sangre, sandalias amarradas al tobillo, y un talabarte de cuero y piedras preciosas del que colgaba un sable con empuñadura de plata. Fue él quien se adelantó hacia el prisionero, y todos le obedecían como a su capitán.

– Tú debes ser Escila – habló Lentino, con la boca reseca.

– Dices bien. Yo soy Lucio Augusto Alzino, natural de Hispania, y apodado Escila el Pirata. Yo soy líder de los llamados Patriarcas del Mar, y en general de todos los Piratas del Mare Nostrum. Y tú eres la vergüenza de los hombres, Lentino. Has vendido a tus hermanos y a tu patria a cambio del oro de Roma, has presentado batalla a los que fueron tus compañeros y, de no ser por mi astucia, nos hubieras matado a todos. Pero esta vez has mordido más de lo que puedes tragar, y ahora soy yo el que te tiene en sus manos. Y quien se encuentra con Escila no tiene escapatoria…

» ¿Hay algo que quieras decir, rata?

– Tú no eres un pirata como el que yo fui – respondió el marino, entre susurros –. Sólo atacas barcos romanos, y se dice que tienes aspiraciones políticas. Tú no haces esto por dinero. ¿Quién eres, joven chacal, que tienes a Roma temblando como una hoja?

– ¿Tanto te asombra? Soy hijo de un romano, el general Cornelio Alzino, y gracias a él conozco bien los métodos y las intenciones del Imperio. Ellos invadieron mi patria, e impusieron su cultura, su moneda y hasta su lengua a una nación mucho más vieja que Roma, y que doblegaron sólo con la fuerza de las armas. Se han paseado por todo el mundo con la arrogancia de quien se cree su dueño, y ya es hora de que alguien les pare los pies. Yo he unido bajo mi mando a todos los piratas del Mare Nostrum, y los he convertido en un ejército que plantará cara a las legiones romanas. Tal vez algún día caminaremos sobre las ruinas de un Imperio.

– ¡Ja, ja, ja! Eres un crío, y tienes sueños de crío. ¡Cómo se nota que nunca has mandado un ejército! Tranquilo, Roma pisoteará esos sueños, y entonces verás la realidad.

Escila apretó los dientes con furia desmedida, pero al fin sonrió.

– ¡Qué poco sabes...! Sí he mandado un ejército, y más numeroso de lo que tú hayas visto nunca. A mí me siguieron todas las tribus bárbaras de las fronteras del Norte, y atacamos con tal furia los puestos romanos que hicimos que desplazaran la linde hacia el sur.

» ¿Sabes quién es Bellian el Grande? Era un famoso bandolero de las colinas de Germania, que atacaba convoyes romanos para alimentar a los míseros pueblos de montañeses, su gente. Pues bien, mi padre, Cornelio Alzino, general de las legiones romanas, fue mandado a terminar con su revuelta por el entonces cónsul Tiberio. Y embaucó al hermano pequeño de Bellian para que lo traicionara, a cambio de inmensas riquezas y una finca, y prometiéndole que no harían daño a su hermano, que se contentarían con desterrarle a una isla desierta. ¡Pobre iluso! Como es lógico, tan pronto como supieron dónde estaba su campamento, lo arrasaron, mataron a Bellian y a su familia (incluido el infeliz delator) y a muchos de los aldeanos que le seguían. ¡El bueno de Cornelio, siempre tan cumplidor...! ¡Y el maldito Ejército Imperial le retiró con todos los honores, y a él sí le regalaron una finca en Hispania! ¡Cornelio Alzino, que no era más que un asesino, un carnicero, una bestia de la guerra! Eso es lo que busca el Imperio, y eso es lo que valora en sus hombres.

» En aquella finca nací yo, en la alta sociedad romana, la que vivía en secreto bajo la dominación de Augusto, y a la vez urdía planes de venganza contra viejos enemigos, entre el incienso de las ofrendas y el brillo del oro. Pero también la sórdida Hispania de los mercenarios del puerto, de los ladrones de poca monta y sus raros botines, de los barcos piratas... Aquel lugar me asqueaba, me producía la mayor repulsa que puede sentir un muchacho hacia el lugar donde nació.

» Y en cuanto pude, a la edad de quince años, visité Germania, intentando conocer la tierra donde se forjó el mito de gran soldado de mi padre. ¿Cómo crees que me sentí al ver a aquella pobre gente, aún llorando a sus padres y maridos después de quince años, y aún escupiendo al oír el nombre de Cornelio, al que llaman “La rata que vino del sur”? ¿Y al ver a los fornidos soldados romanos, todo brillo y majestuosidad con sus grandes corazas, haciendo uso de crueles derechos de conquista sobre las mujeres y los niños, riéndose del valor de un pueblo sometido, y gastando sus riquezas con las manos sucias del profanador? ¡Por Júpiter, aquélla era mi gente, vestidos con la misma ropa que yo, hablando mi misma lengua, y se estaban portando como bestias! No pude soportar los gritos de mi conciencia, acabé con sus vidas, y fui expulsado del Ejército. Y entonces asumí el mando de aquellas gentes, tomé su valor, y les regalé la libertad. Y ahora la llevaré a mi patria, que tanto la necesita.

– Entonces, tú también eres un traidor, chaval.

– No. Yo nací romano, porque eso no está en manos de los hombres, sino de dioses. Pero tan pronto como fui adulto para ver el mundo real, y conocer la terrible maldad y desprecio del Imperio, que aplasta nación tras nación y no permite al hombre desarrollarse como tal, elegí mi papel en esta historia.

» Por otra parte, Bellian tenía una amante, Allasia, hija del líder de uno de los más poderosos clanes de montañeses, y la belleza personificada. En una de las primeras batallas, mi padre la vio, y la quiso para él, y tras el ataque final y la muerte del forajido, Cornelio la hizo suya por la fuerza, y la convirtió en mi madre. De modo que la mitad de mi sangre es germana, y por ello sentía a aquella gente como parte de mí, como mis hermanos perdidos, y fue gracias a eso que logré control sobre las tribus, y ellos me siguieron.

» Y más aún te diré, Lentino: Durante mucho tiempo la cruel sociedad hispánica susurraba que yo no era hijo de Alzino, sino de Bellian, y fui apartado de su mesa, como una bestia que se desecha de la venta. Fui llamado “bastardo” ymalnacido, y mi propio padre me repudió, creyéndolo también.

» Pues como prefieran, ahora este bastardo va a llevar la guerra a su casa, y el nombre de Alzino será temido y susurrado por los que antes lo vitoreaban.

» ¿Cómo no voy a querer terminar con el Imperio, si me ha empujado a la destrucción y a la muerte, y ha destruido a mi familia? Ahora éstos son mi única familia, los rubios vikingos que me acompañaron desde el Norte, y que no han querido más que estar bajo mis órdenes.

– Ahora veo por qué Roma te teme – dijo Lentino –. Tienes el poder y la voluntad para mover los cimientos de este mundo, pero un hombre así es peligroso. Enviarán legiones a matarte, y pagarán fortunas por tu cadáver. Yo soy uno de esos enviados, así que mátame de una vez, y que tengas suerte.

– Sí, voy a matarte, por dos razones. Primero, porque traicionaste a los que fueron tus amigos, y has diezmado a mis hombres, y sus almas gritan desde el Hades porque les envíe la tuya. Y segundo, para que Roma entienda que no podrá detenerme, como señal de aviso para los que vengan después.

» Hallarán el mascarón de proa de tu barco en una playa cercana a Roma, y tu cabeza colgando de él. El resto de tu cuerpo lo arrojaremos por la borda, para que los depredadores del mar se alimenten. No hay mayor deshonra para un marino que ahogarse en agua salada y que los tiburones lo devoren.

– Bien – respondió Lentino, bajando la cabeza, admitiendo su fin –. Haz como quieras...

Y Escila se marchó, dejando a sus hombres el trabajo sucio. Pensaba que aquel hombre no se merecía ni que él lo matara personalmente.

– ¿Y qué vamos a hacer contigo, gordo? – me dijo Escila, con una sonrisa.

Yo le miré de arriba abajo, y supliqué perdón.

Mi piel estaba abrasada, mi pecho ardía como un millar de carbones, y tal vez nunca podría curar de nuevo mis manos. Pero eso a ellos no les importaba…

Los piratas contemplaban dudosos al hombre que les había puesto en bandeja a su más peligroso enemigo, y que con su solo acto de traición había dado fin a la sangrienta batalla junto a las Columnas de Hércules.

¿Cómo debían actuar con respecto a mí…?

Mucho se hablaba al respecto en aquel instante, después de arrasar por completo la cubierta del Némesis, y que yo fuera su único superviviente. Yo les había ayudado como nadie antes… pero también fui uno más de los Cazadores de Piratas… no un marino, ni un guerrero, pero sí miembro de pleno derecho de aquella horrenda tripulación.

¿Qué determinación tomarían sobre mí…?

Nadie estaba seguro, nadie tenía la razón, pero lo único en lo que sí estaban todos de acuerdo era en que tales decisiones sólo competían a un hombre en todo el Mare Nostrum: Escila el Pirata.

– Tú sabes que yo siempre te he sido fiel, Escila – le lloré, pidiendo por mi vida –, pero desde que el mítico Calen Rompehuesos, el hombre al que serví quince años como a un padre, desapareció de la faz de la tierra como llevado por los dioses, nadie pudo sustituirle. Caímos en poder de Roma, y ellos me obligaron a traicionaros. Pero únicamente lo hice para ganarme la confianza de Lentino, y un día entregároslo en bandeja. Tú lo sabes, muchacho, tú me conociste. ¡Tienes que creerme!

– No tengo por qué creerte, viejo. Debería acabar contigo, y no quedarían pruebas de vuestra indignidad, pero yo no mato a quien me ayuda. Trabajarás para mí el resto de tu vida, sin más ganancia que el alimento y el lecho. Te llevaremos en mi barco, y servirás como criado al resto de la tripulación. Y si alguna vez me huelo otra jugada, no me contentaré con matarte...

Besé sus pies, y el suelo que tocaba, y puedes jurar que puse mi pellejo en no volver a defraudarle nunca. Durante los tres largos años que serví a su lado…

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X

La condena de los piratas

Al fin, con la batalla concluida, Escila miraba en silencio la cubierta de su galera, y el salvaje maremágnum de cuerpos destrozados. Unos amigos, otros enemigos, ya no importaba... Los lamentos de los heridos llegaban hasta él, como la dulce canción de las sirenas que atraen a los marinos, pero en el capitán no provocaban sino el dolor atroz de los supervivientes, que a veces tortura más a los hombres que las heridas reales. El olor de la sangre venía en oleadas de una abrumadora intensidad, conforme trataban de limpiarla de la madera, y formaba anchos ríos que enfangaban los suelos, calaban las botas y desembocaban en el mar, como todos los ríos del mundo. En momentos así, viendo a amigos y enemigos convertidos en fragmentos irreconocibles y confusos, todos mezclados y pudriéndose lentamente, soñaba con no haber iniciado nunca esta guerra, haber aceptado el destino que le deparaban los dioses, y ser un general romano como su padre. Y mandar un barco del Imperio en estos mares. Al menos de esa forma, los hombres no sufrirían por su culpa, no se sacrificarían por agradarle, y su cabeza no tendría un precio tan alto como para tentar a viejos piratas desesperados.

Pero la vida no tiene retorno, y el destino es el que uno se construye a golpe de puño y espada, y nunca puede derribarse para construir uno nuevo, como si de un viejo edificio se tratase.

Por eso, Escila dejó de mirar a la cubierta, y se giró para contemplar a sus capitanes, con los que se había reunido en la popa del Alejandría. Allí estaban Sauno y Tercedio, el valiente Ardo, e incluso el mal afortunado Cornelius. Todos bebían vino, pero nadie reía.

– Ha sido lo peor que he sufrido en mi vida – dijo el capitán –. Yo he contemplado batallas horribles en las que enormes ejércitos eran masacrados sin conciencia, y he visto a las tribus de Germania pelear como lobos, con una ferocidad y un ensañamiento que me asustaron igual a mí que a las legiones romanas a las que aplastaron. Pero incluso ellos luchaban por algo. Lo de hoy ha sido una matanza entre bestias, la aniquilación completa de dos tripulaciones de hombres valientes, por culpa de los malditos generales romanos, que engordan en la capital a costa de soldados inocentes a los que envían a morir por ellos, a costa de hombres que no nacieron romanos pero que están condenados a morir como tales, sirviendo a un Imperio sobre el que escupirían. En verdad os digo que a veces me arrepiento de esta lucha, pero días como hoy me devuelven la fe en lo que hacemos.

» Hoy han muerto hombres valientes, muchos, algunos de ellos grandes amigos nuestros, y también muchos cobardes, y sus restos están mezclados por la furia de la batalla. Harán falta duros trabajos para despedirnos de ellos, y luego reparar los daños causados en nuestro barco. Tú te ocuparás de coordinarlo, Sauno.

» Por otro lado, comprobaremos los navíos a los que nos hemos enfrentado, y conservaremos lo que pueda sernos útil. Daremos empleo en la ciudad a los remeros que me han ayudado. Guardaremos el mascarón de proa del Némesis para abandonarlo cerca de Roma, con la cabeza de Lentino colgando de él. Y hay un cadáver envuelto en mantas que prometí devolver a su patria. Ésas son las tareas que nos aguardan, amigos míos.

– ¿Y qué pasará con nosotros? – dijo Cornelius.

– Hemos perdido a muchos hombres – añadió Sauno –, y los que no están muertos ni heridos han perdido la voluntad. Se quedan sin hacer nada, tumbados sobre la cubierta, que está llena de olores putrefactos, y pronto vendrán las gaviotas a comerse los restos de los marinos. Si les dejamos seguir así, no habrá servido de nada esta victoria.

– Dadles vino, y asado caliente, y agua con la que lavarse. Dadles nuevas ropas con las que vistan sus cuerpos heridos, y dejad que poco a poco vayan olvidando el horror.

– ¿Y crees que con eso bastará? – preguntó Ardo.

– No, desde luego que no – respondió Escila –, pero no podemos permitirnos el lujo de pararnos ahora a llorar nuestras pérdidas. Si lo hiciéramos, pronto nos uniríamos a Lentino y los suyos.

Caminó por el diminuto rincón, y miró a los ojos de sus hombres de confianza. Y vio honor.

– Yo sé que habéis sido muy valientes, mis viejos amigos, y os admiro. Tan pronto como volvamos a pisar tierra firme, pagaré a un escriba para que redacte vuestra hazaña, y seréis inmortales. Pero de momento, por lo que a mí respecta, la batalla no ha terminado. Igual que pudimos caer bajo las espadas romanas, ahora podemos morir víctimas de enfermedades, o por falta de víveres y agua potable. Limpiemos el barco, pongamos rumbo al Este y cumplamos las tareas que os he propuesto. Os juro que, con el dinero que nos den por las pertenencias de nuestros enemigos, invitaré a todos los hombres a una gran noche de fiesta en Hispania, con buenas bebidas y mujeres que nos hagan olvidar. ¡Y ahora moveos, gandules, que no tenemos todo el día!

Y así fue, lentamente, como los rudos piratas del Alejandría fueron limpiando los restos de la salvaje batalla. Limpiándolos de su orgullosa galera esmeralda, y de sus duras conciencias de vikingos.

No sería fácil, ni llevaría sólo un día olvidar el horror al que se habían enfrentado.

Pero tendrían que hacerlo.

Porque aquél era su mundo, su hogar, su tierra y sus aguas, y para esto era para lo que un día nacieron. Para mirar más allá de la sangre y el entrechocar de las espadas, y hallar en lo más profundo de su ser la auténtica voluntad de los hombres fieros. La voluntad de enfrentarse a todo un Imperio, sólo por un sueño vago de libertad.

Y navegaron de nuevo, con la vista inmóvil en el extraño futuro que pudiera aguardarles, en el amargo destino que adivinaban para sí.

Y así fue, muy despacio, como los hombres más temidos del Mare Nostrum volvieron a sus ocupaciones, y tras una batalla que haría grandes sus leyendas y temidos sus nombres, el Alejandría volvió a surcar las olas.

Hasta que el dios de la guerra volviera a llamarles a la lucha.

Porque estaban condenados al acero y la sangre, para siempre.

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Epílogo

Héroes de unos, piratas de otros

Así pues, ésa es la historia, amigo mío, tal como la escuché de sus labios, y como tuve la ocasión de contemplarla por mí mismo.

La historia de cómo hallé al pirata Escila, y cómo, por ventura de los dioses, acabé sirviendo en su tripulación. Ahora ese tiempo parece a nuestros ojos oscuro y borroso, perdido en la bruma del pasado. En efecto, muchos años transcurrieron desde entonces, y no siempre para bien. Los hados se confabularon de nuevo en nuestra contra, y demasiados hombres buenos cayeron bajo la furia del acero romano. Y no fue sólo hombres que murieron por su culpa.

Más que nada, murió un sueño.

Lo que antaño fue esperanza, fue ilusión, y hermandad de barcos y batallas, acabó transformado en miedo, en persecuciones de noche a ningún lado, en olvido. Llegó el día en que no tuvimos puerto donde cobijarnos, ni amigos, ni catacumbas seguras. La recompensa por cabezas capturadas se hizo demasiado alta, y el pueblo estaba oprimido en exceso por unos impuestos crueles e inhumanos. Nadie iba a protegernos si podían ganar unos sestercios fácilmente.

Las tropas registraban cada villa, cada puerto, cada almacén abandonado. Las familias eran explotadas, torturadas, interrogadas a diario, hasta lograr que confesaran algo que no sabían. Y aun así, necesitaron una batalla más grande que la misma Historia para acabar con los piratas del Mare Nostrum…

Nos destrozaron, Catalio. Nos mataron.

Puede que yo sea hoy el último que queda de los nuestros, puede que mañana sea poco más que carroña. Pero no terminarán con nosotros.

Podrán matar a los hombres, hundir los barcos, sobornar a los escribas para que mientan, pero nadie podrá matar la esperanza. La lucha por un futuro mejor.

Ya no hay Escila, ni piratas vikingos, ni galera liburnia. No queda vivo ninguno de aquéllos, ni Sauno, ni Tercedio, ni el contramaestre Cornelius, ni Ardo el eunuco. Pero el ansia sigue viva, en el corazón de todos los hombres justos. Y vendrá un día a reclamar a aquéllos que pretendieron acallarla, a los que usurparon el poder y mataron a sus enemigos, a los infieles.

Ellos nos llamaban piratas, y asesinos, y ladrones. Pero otros nos llamaron héroes, y abrazaron nuestra causa hasta el fin de los tiempos. Hasta que el acero romano terminó nuestro viaje en un mal día.

Sé que cientos de hombres osados lucharon junto a Escila y vertieron su sangre dignamente, y ni un millar de mentiras romanas podrá cambiar eso, ni convertirnos en demonios. Sé bien quiénes fuimos, y la causa que defendíamos, y mi honra sigue intacta.

Y puedo decirte que en verdad llegará un día en que seremos recordados, mucho después de que nos hayamos podrido bajo tierra. Cambiará el mundo, viajará el sol muchas veces por el amplio cielo, pero nadie olvidará la hazaña de los piratas, que se alzaron contra un Imperio de cobardes, y plantaron cara. Cuando tenían todo en contra, no temblaron, sino que apretaron sus armas con fuerza, y dieron un paso adelante.

Y nadie podrá quitarnos eso, mucho menos el indigno Emperador de Roma. Porque incluso él caerá, te lo prometo, algún día caerá de su ornamentado trono de joyas, y será arrastrado por el fango para divertimento de aquellos de los que se mofó.

E incluso entonces, seguirá habiendo piratas…

F   I   N

Dedicado a Mohamed, Li e Iria, sin cuya amistad esta novela no habría sido posible.

Y sobre todo, a Chus, sin cuya presencia constante, mi vida no tendría sentido…