Encrucijada presenta: ALCOI ZOMBIE CITY

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Nota: Recomendado para lectores mayores de 18 años

-Capítulo alternativo 4 (2ª temporada)-

LA VIEJA QUE NO TENÍA MIEDO A LOS ZOMBIS

Escrito por Carlos Daminsky/ Portada: P.  Mudie

Dolores Hernández, la vieja de 80 años, volvió a correr las cortinas de su casa y después remugó por lo bajo varias cosas incomprensibles. Cierto, aquella mujer mayor que tenía el  pelo blanco y recogido en un topo había vivido en su juventud la Guerra Civil, por lo que la catástrofe que había convertido en cascotes Alcoi, para ella era como retornar a los antiguos horrores que asolaron el país en una cruenta guerra en el 36. Aquella había sido otro tipo de batalla, pero en el fondo todas las guerras eran iguales. Destrucción y miseria. Penas y maloliente muerte.

Y lo peor de todo, recordaba, fue el periodo de posguerra. La hambruna y la escasez de alimentos fue terrible, provocando un caos extremo.

Pero había sobrevivido a aquellos oscuros días y ahora el miedo o la desesperación ya no iban con ella. Incrédula hasta saciedad, su reseca carne ya estaba escarmentada. ¡A la mierda todos!

Lo que sí le irritaba profundamente era que, ahora que estaba jubilada y llevaba una apacible vida, todo se había truncado. La tranquilidad se había ido al garete.

Hacía mucho tiempo que ya no votaba. No se fiaba de esos politicuchos de tres al cuarto. Ella era gallina vieja y no la iban a engañar. No, señor. Y lo peor de todo es que sus temores le dieron la razón, cuando las bombas empezaron a caer y ella pensó: ¡Otra vez no! Todo se volvía a repetir de nuevo.

Aunque las reglas del juego de la vida y la muerte habían cambiado.

Cerró los ojos, apretó el cinturón de su bata anaranjada y echó la cabeza hacia atrás en el sillón tapizado con cenefas de flores. El tic-tac del reloj de pared era el único  leve ruido que alteraba el silencio en la vetusta casa.

Dormitó un rato plácidamente y después se levantó y fue hasta la despensa. Había sido previsora. Los tiempos, sabía la vieja, iban a ponerse muy mal, grises. Y ella, poco a poco, con la constancia de una pequeña hormiga, había reunido toda aquella comida: Botellas, tetra-bricks, latas de conserva y demás productos envasados. Era lo bueno de la vida moderna: alimentos producidos en serie en las cadenas de las factorías.

Abrió la botella de leche y se preparó café instantáneo en una taza, que estaba decorada con un dibujo de la Puerta de Brandenburgo de Berlín. No estaba igual que cuando se bebía caliente, pero había que acostumbrarse. Esa era la cuestión. Acostumbrarse al día a día, a los nuevos tiempos.

Removió el café con una cuchara pequeña y luego le apeteció añadir un poco de muesli para que la bebida estuviera más dulce.

Dio un largo sorbo y a continuación volvió a remover el café con leche. La taza tintineó. Paró de agitar, pero el tintineo continuó. La vieja se puso alerta. Alguien andaba por el jardín. Había puesto varios cables entre las plantas que estiraban un cascabel que tenía dentro de la casa.

Con cuidado descorrió la cortina y observó el vergel, descuidado y lleno de broza. Al principio no vio a nadie pero, después de unos instantes, percibió algo que se  movió. Seguro que era una de esas cosas extrañas que andaban torcidas y grotescamente animadas. Algo que ni Dios ni el Diablo habían podido crear porque ellos mismos eran mentira y jamás habían existido. Tan solo habían siso una cortina de humo a lo largo de los siglos. Aquellas cosas que caminaban medio muertas eran la semilla oscura de la humanidad. ¡Los desgraciados monstruos esos! Pero Dolores no les tenía miedo, en la época de la guerra civil había dado con fachas que habían sido peores que esos pobres inhumanos. Por unos instantes recordó un interrogatorio que sufrió física y mentalmente en su cuerpo. Casi estuvo a punto de morir torturada. Aquella reminiscencia la enfureció aún más. Así que agarró una larga y gruesa vara que tenía apoyada junto a la puerta. ¡Como venga para aquí le doy una manta de palos!

El zombi se hizo visible. Su figura alterada parecía andar perdida y sin rumbo. Cada paso que daba producía un temblor esperpéntico en todo su maltrecho cuerpo lleno de fango apegado y de heridas gangrenadas. Todavía se podía ver el dibujo de las letras del grupo en la camiseta que portaba: AC/DC.

La criatura errática se adentró en el jardín y la vieja lo vio venir, con su rostro deforme. Sus ojos lechosos se cruzaron con la mirada de Dolores y pareció darse cuenta de su presencia. ¡Ven para acá, que te vas enterar, desgraciado!

La anciana abrió la puerta de golpe y se puso en guardia con la vara. El zombi rugió y babeó, tensó sus manos hasta tal punto que parecieron zarpas y, a continuación, fue automáticamente a por la anciana.

Dolores Hernández lo esperó preparándose para defenderse. ¡Ahora verás! Y cuando el muerto viviente se le iba a echar salvajemente encima, la vieja golpeó con todas sus fuerzas y la vara le dio de lleno en su macabro rostro. La criatura se paró en seco, sorprendida, y se llevó una mano a su penosa cara agrietada. Luego lanzó un gemido y soltó un cálido tufo pestilente que amenazó con hacer vomitar a la vieja. A continuación, Dolores volvió a golpear al zombi pero éste se apartó, retrocediendo. ¡Fuera! ¡Largo de aquí! ¡Vete! El muerto volvió a rugir y se encorvó, la miró unos instantes y sorprendentemente se dio la vuelta y se fue trotando, despareciendo como una sombra fugaz.

La anciana se apoyó en la vara y tomó aire, jadeando. Su corazón se había disparado. ¡Uf! ¡Uf! ¡Uf!

Más tarde, ya calmada,  fue hasta una silla que tenía al final del jardín lleno de maleza y se sentó en ella. Desde allí tenía una vista privilegiada de la ciudad. Qué lástima que ahora esté todo por los suelos. Bueno, habrá que esperar. Triste esperanza. A lo mejor alguien vendrá al rescate. ¡Bah! ¡Da igual! ¡Si viene algún otro monstruo por aquí se va a llevar una buena tunda! ¡Como el otro! Mientras, me quedaré un rato aquí. Sí. A lo mejor tengo suerte y el sol vuelve a salir. ¡En fin!