Encrucijada presenta: ALCOI ZOMBIE CITY


Escrito por
Carlos Daminsky / Portada: Santiago Ramos


-Capítulo 1-

Lleva mucho, mucho tiempo en el tejado. Tanto que ya ni se acordaba cuánto. ¿Y para qué recordar? Lo único que necesitaba recordar era que se llamaba Fede. Con eso le bastaba, un nombre con el que continuar con vida. Un eslabón para proseguir ligeramente cuerdo allá arriba.

Podría tener un rifle con cañón grueso del calibre 270 con una acción del Mauser 98 y podría disparar con su mira telescópica y sería el dios de la muerte desde encima del edificio. Pero aquello era otra ilusión. Humo. No había arma. Y ni tan siquiera sabría como manejarla. ¡Qué bien! ¡Qué divertido! ¡Un nuevo crudo día en Divertilandia! ¡Crudo como carne correosa...! Carne... Oh, sí. Palabra ya casi mística para él. En su mente se formaron imágenes de chuletas fritas y grasientas... Butifarras, longanizas... Y por qué no, también hamburguesas. Sin ningún complejo... La boca se le hizo agua imaginado tan suculentos ágapes... ¡Oh, sí! ¡Qué olor! ¡Qué jugo! ¡Un grueso entrecot! ¡Un crujiente trozo de churrasco! ¡Oh, sí! Entraría en el restaurante con traje y corbata y pediría una ración doble de todo. ¡Qué bueno, amigo!

Entonces golpeó con el pie algo que salió rodando describiendo un círculo casi perfecto y después se paró. Era una puta lata de conserva. Su comida diaria. Y los pensamientos sobre las chuletas fritas, se esfumaron. Vuelta a la realidad, dura y pura. ¡Oh, amigo!

Se agachó y miró el bote. Ojos anodinos. Hoy menú especial: fabada asturiana. Y lo mismo ponía en todas las latas que tenía apiladas.

El cielo parecía menos turbulento de lo habitual. Qué más daba... El sol no iba a salir. Estaba de vacaciones por eterno. Se había ido a una isla lejana de playas blancas, de esas que salían en los folletos de los viajes turísticos. Bueno, Fede dudaba que quedara alguna playa de esas y menos blanca. El blanco era un color que se había esfumado de la escala cromática de las cosas.

Mortalmente aburrido se puso a echar una siestecita. Tampoco había mucho más que hacer...

De punta a punta del tejado había quince pasos a lo largo y veinte a lo ancho. Aquéllas eran las dimensiones de su mundo. Para no quedarse atrofiado, todos los días se dedicaba a andar un buen rato por aquel reducido espacio mientras hablaba consigo mismo. Y a veces, cuando tenía ganas, se ponía a dar gritos como un demente, desde allí. Total, ningún vecino le iba a echar la bronca.

Llegó por enésima vez borde del tejado, mientras daba su paseo, y paró en seco. ¿Por qué no? Porque no. ¿Pero por qué? Que no. Puso los pies en el filo, las puntas sobre el vacío. ¿Por qué? Que no, no, no. Dio unos pasos para atrás, no quería ver la maldita caída... De momento hoy no... Mañana ya vería. Eso, mañana sería otro día. A pesar de que todos los días eran igual de parecidos.

A lo lejos vio el puente de San Jorge, ahora una especie de espina dorsal ruinosa que se mantenía a duras penas alzado como un raquítico vestigio por el que ya no iba a pasar más el denso tráfico que solía cruzarlo antaño. Y aquella visión fue un resumen de todas las cosas. Rió irónicamente. Un presente sin presente. ¡Qué bien! ¡De puta madre, colega! Se rascó la entrepierna. Y bueno, el resto del panorama tampoco era muy halagüeño. Más bien desolador, por decir algo... Sí. Alcoi, se extendía devastada en un círculo estéril de cenizas. Inerte y asolada, ahora era un mero escombrero. Pero él tenía suerte. Se hallaba sobre uno de los pocos pisos que se habían mantenido erguidos. Y además era lo suficiente alto.

Bebió un poco de agua mineral embotellada y después miró una lata de cerveza barata. Pasó de abrirla, aquello podría saber a mil demonios. La lanzó al vacío.

Fue hasta el borde y se bajó un poco el roído pantalón tejano. Estaba hecho una mierda, pero le tenía tanto cariño que lo iba a llevar hasta que se hiciera polvo. Hasta que se desintegraran. ¡Sí señor!

Se puso a mear con gusto. El orín describía una amplia parábola, mientras caía por el borde.

Mientras se rascaba la cabeza poblada con un largo pelo enmarañado, creyó escuchar algo. Será nada. Se metió los dedos en los oídos, para limpiárselos. Pero el seguía escuchando algo. Bueno...

Se asomó al borde y lo vio venir. Alguien venía corriendo... ¿Corriendo? Entonces debía ser algún... ¿humano?

La persona venía por la desquebrajada calle, pero no parecía ser perseguida. La vio sortear varios vehículos oxidados que bloqueaban el camino y parase. Le pareció que miraba para atrás. ¿Qué hará ese jodido chiflado? Después se arrodilló y se tocó la pierna. Debía estar herido. Y, efectivamente, cuando reanudó la carrera se dio cuenta que iba cojeando. A Fede se le ocurrió una idea... ¿Tendría suerte y pasaría por aquí? Después se puso a mirar el tejado buscando algo, hasta que dio con ello. Sí, aquello podría valer. ¿Por qué no intentarlo?

Se asomó medio agachado en el borde. ¡Vamos, vamos, vamos! ¡Hacia aquí! El hombre venía hacia allí, pero pasaría lejos. ¡Vamos, cabrón!

Y entonces la suerte se alió con Fede. El tipo cambió de rumbo y vino hacia el edificio. ¡Ahora! Cuando lo vio pasar por debajo, le gritó. El individuo se paró en seco, medio aturdido. Miró en todas las direcciones.

Apuntó y soltó el gran trozo de cemento y contempló su caída con grandes ojos, observando como iba hacia abajo irremisiblemente. Apretó los puños y se mordió los labios. ¡Venga, venga!

Y el pesado pedazo le dio en la cabeza al hombre, que se derrumbó como un títere. ¡Bingo!

Sin pesarlo dos veces abrió la trampilla descorriendo las barras y descendió a las escaleras. Sus pies parecieron volar.

Bajó los tres pisos y salió a la calle. El individuo estaba en el ceniciento suelo, de espaldas. Un charco de sangre le salía de la cabeza.

Cuando se acercó, éste se movió dándose la vuelta. «Ayúdame», dijo con la cara bañada de rojo espeso.

«Tranquilo, ahora mismo te ayudo». Fede volvió a levantar el trozo de hormigón y esta vez lo lanzó con tanta fuerza que el cráneo del tipo crujió sonoramente.

Escuchó gritos. Fede miró hacia la calle, las penumbras parecían alargarse al fondo. Sintió un escalofrío. Cubrió el rastro de sangre con el polvo del suelo e  inmediatamente tiró del cuerpo inerte.
    
No le costó mucho subir el cadáver, la verdad que el hombre estaba bastante escuálido. Normal. Cualquier superviviente no iba a tener un cuerpo de esos de anuncio televisivo. De aquella antigua tele, por supuesto. ¿Cuanto tiempo haría que no veía la tele?

Más tarde los vio pasar, era un grupo numeroso. Venían tambaleándose, con sus decrépitos cuerpos. Los vigiló, siempre con el cuidado suficiente para que no lo vieran. Se pararon y estuvieran husmeando un rato, después se marcharon calle arriba. ¡Joderos, hijos de puta! ¡Os he jodido la merienda!

 -Capítulo 2-

Que no... Que sí... Que no... Que sí... No... Sí... Va, venga, un poquito más... Que no... Vamos... ¡No! Aquella situación resultaba de lo más ridículo, con un andrajoso Fede barbudo y desliñado con los pies al borde del vacío tratando de no mirar hacia abajo. La caída seguramente le quebraría todos los huesos. Ya podía escuchar casi cómo iban a sonar contra el suelo ceniciento... Krarrrrkkkk... No estaría nada mal. ¿Pero y si no se mataba y se quedaba inútil...? No quería ni pensarlo. Las alimañas andantes no tardarían en dar cuenta de él. Sus bocas babosas, sus ojos lechosos... ¡Agggg! ¡Qué asco!

Si saltaba de una puñetera vez, lo haría bien. Oh, sí. Se tiraría de cabeza... Sí... Así no fallaría. Su cabeza se abriría como un melón al llegar al final de la mortal caída, y allí abajo desparramaría sus desquiciados sesos.

¿Por qué entre tanta gente, me había tocado a mí sobrevivir? ¡Joder! Si hasta permanecer con vida era una maldición. Una pesada carga, todos los días se lo recordaba el pulso de los latidos de su corazón. Bom... Bom... Bom.

Sabes qué... que de momento paso de saltar. ¡A la mierda! Mañana ya veremos... Mañana será otro día... Sí...

Fede, con una mano haciéndose sombra, estuvo oteando por enésima vez desde lo alto del tejado la ciudad destruida. Todo seguía igual que el día anterior y que el otro y que el otro... nada iba a cambiar ese pesado silencio inerte. Nada... Las ruinas se extendían decrépitas y por un momento le pareció que todo era un puto fosar, lleno de enormes losas que conmemoraban la extinción de la puta humanidad. ¡Tan sabios!, ¡tan inteligentes! ¡Oh sí, de verdad! Allí estaba la prueba, en forma de monolitos de escombros y cascotes. Fede lanzó una risotada y se rascó su casposo pelo. Cada día la cosa iba a peor... ¿Por qué iba a mejorar? Ya no se creía nada. No era de extrañar, con el panorama que tenía todos los días ante sus cansados ojos ojerosos. Suficiente tenía con no volverse majareta perdido.

Pero la demencia era una amiga que poco a poco iba haciéndose hueco. Como si él estuviera en un banco y la locura se presentara allí en persona…

—Buenas...

—Buenas.

… y  a continuación se sentara y fuera dándole empujoncitos hacia un lado del banco para ir desplazándolo hasta el peligroso borde.

Y cuando se tiene hambre, la locura se hace más fuerte. Sí, la muy cabrona aprovecha el momento. Es paciente. Tiene mucho tiempo para esperar, el que no tiene el pordiosero Fede... Paciente, muy paciente.

El resultado estaba por allí esparcido. Había probado la carne humana, ya no volvería a ser el mismo... No... ¿Y qué diferencia había ahora entre él y las alimañas que vagaban por la ciudad destruida? Bueno..., pensó, yo creo que soy más guapo. Y lanzó una risotada.

En estos tiempos que corren las justificaciones sobran. La única justificación que basta es seguir medio vivo al día siguiente. Y, si se era muy valiente, juntar todos los días y contar las semanas e incluso los meses... Esas son las razones, ¡sí señor! No hay que preocuparse por si el sueldo llega a fin de mes.

Fede se rascó la barba e hizo una mueca con los labios. Un pensamiento oscuro ascendió hasta la cima de su cráneo... Y la carne humana está mucho más buena que ese puto montón de botes de fabada asturiana, con todos los respetos... Lo malo es que se pudría rápidamente, había que darse prisa para que no se pusiera incomestible.

Escogió, según su criterio, el mejor pedazo que quedaba y se lo llevó a su boca. Y lo masticó con gusto. Sin remordimientos. Pronto tendría que volver a comer de las latas de conserva.
    
El cielo encapotado y grisáceo, horizonte triste de luz diáfana que baña con aura mortecina todas las ruinas. La urbe parece como una pequeña maqueta a escala a la que alguien ha olvidado pegar sus piezas y las ha dejado esparcidas sin orden.

A Fede le vienen y le van pensamientos, que van saltando las vallas de sus neuronas. Piensa..., piensa... Piensa en bajar de allí arriba. ¿Por qué no marcharse de aquel patético escenario? Dejar la ciudad. Escapar. ¿Te has vuelto loco? Pero si éste es un lugar seguro. Aquí se está razonablemente bien... Ya... Pero tarde o temprano tendré que irme de aquí... ¿Sí? ¿Y adónde? Eso... Pues hacia delante... No hay más remedio... Tirar para delante... Tú quieres una muerte segura. ¿Y qué más da? Si no bajo de este tejado, algún día amaneceré aquí arriba más tieso que un pajarito. O sea que... habrá que prepararse. Sin ningún plan lejano. Los pies para delante y a correr. Veamos qué hay más allá... si se puede.

Y mientras estaba en aquellas tribulaciones, decidiéndose, Fede escucha un ruido. Se queda extrañado. Es como el sonido de un mosquito que se va amplificando. Se levanta del suelo y mira el grisáceo panorama. Mira en una dirección, mira en otra. De momento no ve nada. ¿Qué será ese ruido?

Por fin ve algo. Es un puntito que aparece en el horizonte. Parpadea y se queda fijo mirando. El puntito surca entra las nubes y se va haciendo más grande, más claro. El ruido que produce le desconcierta. ¿Qué coño es eso?

Y el mosquito se acerca rápidamente, y él se da cuenta de que es un pequeño ultraligero propulsado a motor. ¡Qué maravilla! Se queda embobado mientras el aparato pasa muy cerca. Fede puede ver que hay una persona pilotándolo con un casco y un visor oscuro.

El piloto inclina la cabeza. Le ha visto, allí en medio del tejado. A continuación el ultraligero cambia de rumbo y da la vuelta para dirigirse directamente hacia él.

Fede piensa que le encantaría poder volar, como aquel tipo. Pero de repente esos pensamientos se le hacen añicos, cuando la primera ráfaga de ametralladora barre el  tejado y pasa a escasos centímetros de su cuerpo. Las balas levantan el suelo llenándolo de agujeros.

¡Mierda! Fede se tira al suelo y rueda. Una segunda ráfaga pasa muy cerca e impacta en la pila de botes de conservas, reventándolos.

¡Hijo de puta! El aparato pasa por encima de él y se aleja. Ahora tiene tiempo, antes de que dé la vuelta. ¡Menos mal que el cabrón ese no tiene mucha puntería!

Abra la compuerta de la trampilla y desaparece por ella, como viento bufado por la boca del mismísimo Satanás.

Abajo escucha cómo el ruido de mosquito se va alejando.

¡Es hora de pirarse, colega!

Continuará…