Angua
Es muy difícil decir algo sobre Adrik. Leer sus hazañas no es divertido: hay que verlas. O mejor, oírselas contar en persona. Hay un perro en un barrio de Madrid que aún debe tener pesadillas con él después de que le acosara a través de una puerta durante unos interminables minutos. Un buen puñado de hombres suspiran por él, deseando volver a compartir su cama. Media población de Sevilla se llevará a la tumba la imagen de su poderoso culo.
Pocas personas existen que transmitan tan buen rollo y sepan a la vez ser tan ácidos. Ver a Adrik es a la vez relajante y estresante. Siempre está con la cabeza llena de proyectos, pero desprende una especie de tranquilidad contagiosa. Puede estar hablando de cualquier tontería y de pronto soltar una perla de sabiduría que parece imposible que haya salido de la misma persona. Porque Adrik engaña, y mucho. Es un pícaro ingenuo, que aún guarda la capacidad de maravillarse y de que le brillen los ojos ante cualquier novedad. Y eso es algo de envidiar.
Sabe rodearse de personas interesantes, tal vez porque él mismo es alguien con mucho que ofrecer, y me han contado que sus decisiones arrastran a las masas. No es para menos. Es carismático, pero por mucho que repita su mantra de la fama y la gloria, no consigue ser un maldito ególatra. O si lo es, lo disimula a las mil maravillas. Siempre te quedas con ganas de verle más, de que te cuente más cosas, y el tiempo con él pasa volando, porque se adapta perfectamente a cualquier situación.
Vamos, que aún tiene mucho que ofrecer y vamos a tener Adrik para años. Mejor, porque es la única forma de llegar a conocerle bien. Y a la velocidad a la que trabaja su mente, me da la impresión de que no tardaremos mucho en volver a saber de él…